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20 de Agosto 1789 – Argentina

Nace Bernardo de Monteagudo.

Bernardo de Monteagudo nació en Tucumán el 20 de agosto de 1789, un mes después de que estallara en París la que pasaría a la historia como la Revolución Francesa. Estudió en Córdoba y luego, como Mariano Moreno y Juan José Castelli, en la Universidad de Chuquisaca (actual Bolivia) donde, en junio de 1808, se graduó como abogado, con una tesis muy conservadora y monárquica titulada: "Sobre el origen de la sociedad y sus medios de mantenimiento". Pero vertiginosamente, al calor de los acontecimientos europeos que precipitarán las decisiones en América, sus lecturas y sus ideas se van radicalizando. Mientras Napoleón invadía España y tomaba prisionero a Fernando VII, creando un conflicto de legitimidad que será en adelante el argumento más fuerte de los patriotas para proponer el inicio de la marcha hacia la independencia, Monteagudo escribe el “Diálogo entre Fernando VII y Atahualpa”, una sátira política en la que los dos reyes se lamentan de sus reinos perdidos a manos de los invasores. El tucumano le hace decir a Fernando: “El más infame de todos los hombres vivientes, es decir, el ambicioso Napoleón, el usurpador Bonaparte, con engaños, me arrancó del dulce regazo de la patria y de mi reino, e imputándome delitos falsos y ficticios, prisionero me condujo al centro de Francia”. Atahualpa le responde: “Tus desdichas me lastiman, tanto más cuanto por propia experiencia, sé que es inmenso el dolor de quien padece quien se ve injustamente privado de su cetro y su corona.”
Allí aparece una de las primeras proclamas independentistas de la historia de esta parte del continente: “Habitantes del Perú: si desnaturalizados e insensibles habéis mirado hasta el día con semblante tranquilo y sereno la desolación e infortunio de vuestra desgraciada Patria, despertad ya del penoso letargo en que habéis estado sumergidos. Desaparezca la penosa y funesta noche de la usurpación, y amanezca luminoso y claro el día de la libertad. Quebrantad las terribles cadenas de la esclavitud y empezad a disfrutar de los deliciosos encantos de la independencia”.
Al año siguiente, exactamente el 25 de mayo de 1809, fue uno de los promotores de la rebelión de Chuquisaca contra los abusos de la administración virreinal y a favor de un gobierno propio que sería la chispa de la Revolución que estallaría un año después en Buenos Aires. Con apenas diecinueve años de edad, será el redactor de la proclama, donde dice: “Hasta aquí hemos tolerado esta especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria, hemos visto con indiferencia por más de tres siglos inmolada nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un usurpador injusto (se refiere a España, es claro) que degradándonos de la especie humana nos ha perpetuado por salvajes y mirados como esclavos. Hemos guardado un silencio bastante análogo a la estupidez que se nos atribuye por el inculto español, sufriendo con tranquilidad que el mérito de los americanos haya sido siempre un presagio cierto de su humillación y ruina”. El virrey Cisneros ordenó una violenta represión que llevarán adelante Nieto, desde el sur, y Goyeneche, desde el norte. Ambos hacen una verdadera masacre y Monteagudo va a parar engrillado a la Real Cárcel de la Corte de Chuquisaca por el “abominable delito de deslealtad a la causa del rey”. El mariscal Nieto había enviado a todos los efectivos disponibles para combatir a los patriotas, en apoyo del Capitán de Fragata José de Córdova. La ciudad universitaria había quedado virtualmente desamparada. Monteagudo, ansioso por plegarse a las filas patriotas que se acercaban decidió preparar un plan para fugarse. Alegando “tener una merienda con unas damas” en el jardín contiguo de la prisión, obtuvo la codiciada llave que le abría la puerta de salida.1 Así, el 4 de noviembre de 1810, recuperó su libertad, partió hacia Potosí, y se puso a disposición del ejército expedicionario, que al mando de Castelli, había tomado la estratégica ciudad el 25 de noviembre. El delegado de la junta, que conocía los antecedentes revolucionarios del joven tucumano, no dudó en nombrarlo su secretario.
La dupla empezó a poner nerviosos por igual a realistas y saavedristas que veían en ellos a los “esbirros del sistema robespierriano de la Revolución Francesa”.
Monteagudo confirmó que estaba en el lugar correcto cuando fue testigo de la dureza de las medidas aplicadas por el Representante y el aplicado cumplimiento de las órdenes de Moreno que insistía: “Las circunstancias de ser europeos los que únicamente se han distinguido contra nuestro ejército en el último ataque, produce la circunstancia de sacarlos de Potosí, llegando al extremo de que no quede uno solo en aquella villa”.
Así salieron, el 13 de diciembre de 1810, los primeros 53 españoles desterrados para la ciudad de Salta. La lista fue armada personalmente por Castelli.
El Alto Perú tenía una doble connotación para hombres como Monteagudo y Castelli. Era sin duda la amenaza más temible a la subsistencia de la revolución y era la tierra que los había visto hacerse intelectuales. Fue en las aulas y en las bibliotecas de Chuquisaca donde Mariano Moreno, Bernardo de Monteagudo y Juan José Castelli habían conocido la obra de Rousseau y fue en las calles y en las minas del Potosí donde habían tomado contacto con los grados más altos y perversos de la explotación humana admitida en estos términos por uno de los principales responsables de la masacre, el Virrey Conde de Lemus: “Las piedras de Potosí y sus minerales están bañadas en sangre de indios y si se exprimiera el dinero que de ellos se saca había de brotar más sangre que plata.”2 Allí también se habían enterado de una epopeya sepultada por la historia oficial del virreinato: la gran rebelión tupamarista. Fueron los indios los que les hicieron saber que hubo un breve tiempo de dignidad y justicia y que guardaban aquellos recuerdos como un tesoro, como una herencia que debían transmitir de padres a hijos para que nadie olvidara lo que los mandones soñaban que nunca había ocurrido.
El 14 de diciembre de 1810, Castelli firmó la sentencia que condenaba a muerte a los enemigos de la revolución y principales ejecutores de las masacres de Chuquisaca y La Paz, recientemente capturados por las fuerzas patriotas. A las nueve de la noche fueron puestos en capilla, destinándoseles habitaciones separadas para que “pudiesen prepararse a morir cristianamente”.
El día 15, en la Plaza Mayor de la imperial villa, entre las 10 y 11 horas de la mañana, se ejecutó la sentencia, previa lectura en alta voz que de la misma se hizo a los reos, hincados delante de las banderas de los regimientos.
Entre los espectadores que rodeaban el patíbulo, hubo uno que siguió ansioso el desarrollo de la escena. Bernardo de Monteagudo, que había visto las masacres perpetradas por Paula Sanz y Nieto apenas un año atrás en Chuquisaca, no olvidará nunca el episodio que sus ojos contemplaron:
“¡Oh, sombras ilustres de los dignos ciudadanos Victorio y Gregorio Lanza!3 ¡Oh, vosotros todos los que descansáis en esos sepulcros solitarios! Levantad la cabeza: Yo lo he visto expiar sus crímenes y me he acercado con placer a los patíbulos de Sanz, Nieto y Córdova, para observar los efectos de la ira de la patria y bendecirla con su triunfo”4.
Cumpliendo con las órdenes de la junta, Castelli había iniciado conversaciones secretas con el jefe enemigo Goyeneche para tratar de lograr una tregua. Una pieza clave en las negociaciones fue Domingo Tristán, gobernador de la Paz y primo de Goyeneche. Finalmente el armisticio se firmó el 16 de mayo de 1811.
Como era de esperar, la noche del 6 de junio de 1811, las tropas de Goyeneche rompieron la tregua: una fuerza de 500 hombres atacó sorpresivamente a la avanzada patriota. Goyeneche pretendía que las que habían violado la tregua eran nuestras tropas por haberse defendido.
Los dos ejércitos velaban sus armas a cada lado del río Desaguadero, cerca del poblado de Huaqui. Las tropas de Castelli, Balcarce, Viamonte y Díaz Vélez, en la margen izquierda, sumaban 6.000 hombres. Del otro lado, Goyeneche había reunido 8.000. A las 7 de la mañana del 20 de junio de 1811 el ejército español lanzó un ataque fulminante. El desastre fue total.
Pero aún en la derrota, aquellos hombres no se daban por vencidos. Quizás en aquellas noches de charlas interminables en los Valles andinos haya nacido el plan político que los morenistas sobrevivientes a la represión expondrían en la Sociedad Patriótica, y es muy probable que Bernardo de Monteagudo haya esbozado las primeras líneas del proyecto constitucional más moderno y justo de la época y que publicaría en la Gaceta de Buenos Aires meses después. Allí decía el tucumano: Los tribunos no tendrán algún poder ejecutivo, ni mucho menos legislativo. Su obligación será únicamente proteger la libertad, seguridad y sagrados derechos de los pueblos contra la usurpación el gobierno de alguna corporación o individuo particular, pero dando y haciéndoselos ver en sus comicios y juntas para cuyo efecto -con la previa licencia del gobierno- podrán convocar al pueblo. Pero como el gobierno puede negar esa licencia, porque ninguno quiere que sus usurpaciones sean conocidas y contradicha por los pueblos, se establece que de tres en tres meses se junte el pueblo en el primer días del mes que corresponda, para deliberar por sufragios lo que a él pertenezca según la constitución y entonces podrán exponer los tribunos lo que juzgaren necesario y conveniente en razón de su oficio a no ser que la cosa sea tan urgente que precise antes de dicho tiempo la convocación del pueblo, y no conseguida, podrá hacerlo".
Castelli fue enjuiciado y obligado a bajar a Buenos Aires para ser juzgado por la derrota de Huaqui y por su conducta calificada de “impropia” para con la Iglesia católica y los poderosos del Alto Perú. Ningún testigo confirmó los cargos formulados por los enemigos de la revolución. La nota destacada la dio el testigo Bernardo de Monteagudo cuando se le preguntó “si la fidelidad a Fernando VII fue atacada, procurándose inducir el sistema de la libertad, igualdad e independencia. Si el Dr. Castelli supo esto”. Monteagudocontestó con orgullo en homenaje a su compañero: “Se atacó formalmente el dominio ilegitimo de los reyes de España y procuró el Dr. Castelli por todos los medios directos e indirectos, propagar el sistema de igualdad e independencia.”.
Monteagudo se hizo cargo de la dirección de la Gaceta de Buenos Aires, donde escribía textos como el que sigue: “Me lisonjeo de que el bello sexo corresponderá a mis esperanzas y dará a los hombres las primeras lecciones de energía y entusiasmo por nuestra santa causa. Si ellas que por sus atractivos tienen derecho a los homenajes de la juventud, emplearan el imperio de su belleza en conquistar además de los cuerpos las mentes de los hombres, ¿qué progresos no haría nuestro sistema?”. Este artículo le valió el reto de Rivadavia, por entonces secretario del Triunvirato en estos términos: “El gobierno no le ha dado a usted la poderosa voz de su imprenta para predicar la corrupción de las niñas”. Monteagudo decide fundar su propio periódico el Mártir o Libre.
El 13 de enero de 1812 participa de la fundación de la Sociedad Patriótica y comienza a dirigir su órgano de difusión, El Grito del Sud. La Sociedad Patriótica junto a la recién fundada Logia de Caballeros Racionales (mal llamada Logia Lautaro) con San Martín a la cabeza participará el 8 de octubre de 1812 del derrocamiento del Primer Triunvirato y la instalación del Segundo que convocará al Congreso Constituyente que conocemos como la Asamblea del Año XIII en la que Monteagudo participará como diputado por Mendoza. La Asamblea adoptará una serie de medidas que Castelli y Monteagudo habían concretado en el Alto Perú: la abolición de los tributos de los indios; la eliminación de la Inquisición; la supresión de los títulos de nobleza y de los instrumentos de tortura.
El 10 de enero de 1815 edita el periódico El Independiente, que apoya incondicionalmente la política del director Supremo Carlos María de Alvear. Al producirse la caída del Director, Monteagudo es desterrado y viaja a Europa. Residirá en Londres, París y en la casa de Juan Larrea en Burdeos. Pudo regresar al país en 1817 cuando San Martín lo nombra Auditor de Guerra del ejército de los Andes con el grado de Teniente Coronel. Redactó el Acta de la Independencia de Chile que firmó O’Higgins el 1º de enero de 1818.
A comienzos de 1820 fundó en Santiago el periódico El Censor de la Revolución y participó de los preparativos de la expedición libertadora al Perú. Colaboró estrechamente con San Martín quien lo nombrará, poco después de entrar en Lima, su ministro de Guerra y Marina y, posteriormente, ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores. Muchas de las medidas tomadas por San Martín, como la fundación de la Biblioteca de Lima y de la Sociedad Patriótica local, fueron impulsadas por Monteagudo. Propició la expropiación de las fortunas de los españoles enemigos de la revolución: “Ya no se encuentran esos grandes propietarios que, unidos al gobierno, absorbían todos los productos de nuestro suelo; subdivididas las fortunas, hoy vive con decencia una porción considerable de americanos que no ha mucho tenían que mendigar al amparo de los españoles”.
El 25 de julio de 1822, mientras San Martín se encaminaba hacia Guayaquil (actual Ecuador) para entrevistarse con Bolívar, se produjo un golpe contra Monteagudo en Lima. El alzamiento fue promovido por los sectores más conservadores, que encontraron eco en el Cabildo de la ciudad virreinal y consiguieron la destitución y la deportación del colaborador de San Martín. Monteagudo se radicó por algún tiempo en Quito, tras ser un testigo privilegiado de la decisión de San Martín de renunciar a sus cargos y delegar el mando de sus tropas en Bolívar. El libertador venezolano lo incorporó a su círculo íntimo y le confió la tarea de preparar la reunión del Congreso anfictiónico que debía reunirse en Panamá para concretar la ansiada unidad latinoamericana. Pero entre la gente más cercana a Bolívar había importantes enemigos de Monteagudo, como el secretario del Libertador, el republicano José Sánchez Carrió, que desconfiaba del tucumano porque lo creía un monárquico. Estaba ocupado y entusiasmado en la concreción de aquel sueño de la Confederación sudamericana, cuando recibió un anónimo que decía: “Zambo Monteagudo, de esta no te desquitas”. Sin darle la menor importancia a la amenaza, la noche del 28 de enero de 1825 iba con sus mejores ropas a visitar a su amante, Juanita Salguero, cuando fue sorprendido frente al convento de San Juan de Dios de Lima por Ramón Moreira y Candelario Espinosa, quien le hundió un puñal en el pecho. Un vecino del lugar, Mariano Billinghurst, acudió al lugar y trató de auxiliarlo ordenando su traslado al convento, donde fue atendido por un cirujano y un boticario que nada pudieron hacer para salvar su vida.
Espinosa fue detenido y Bolívar lo interrogó personalmente para saber quién lo había contratado para matar a Monteagudo, pero el sicario mantuvo el secreto. Según distintas versiones nunca confirmadas, el instigador del crimen fue Sánchez Carrió quien poco tiempo después murió envenenado.
Varios años después, el 25 de abril de 1833, San Martín le escribía a su amigo Mariano Álvarez, residente en Lima, diciéndole que debía hacerle “…una pregunta sobre la cual hace años deseo tener una solución verídica y nadie como usted puede dármela, con datos más positivos, tanto por su carácter como por la posición de su empleo. Se trata del asesinato de Monteagudo: no ha habido una sola persona que venga del Perú, Chile o Buenos Aires, a quien no haya interrogado sobre el asunto, pero cada uno me ha dado una diferente versión; los unos lo atribuyen a Sánchez Carrió, los otros a unos españoles, otro a un coronel celoso de su mujer. Algunos dicen que este hecho se halla cubierto de un velo impenetrable, en fin, hasta el mismo Bolívar no se ha libertado de esta inicua imputación, tanto más grosera cuanto que prescindiendo de su carácter particular incapaz de tal bajeza, estaba en su arbitrio si la presencia de un Monteagudo le hubiese sido embarazosa, separarlo de su lado, sin recurrir a un crimen, que en mi opinión jamás se cometen sin un objeto particular”.
Monteagudo, previendo a sus críticos contemporáneos y futuros publicó en La Gaceta de Buenos Aires: “Sé que mi intención será siempre un problema para unos, mi conducta un escándalo para otros y mis esfuerzos una prueba de heroísmo en el concepto de algunos, me importa todo muy poco, y no me olvidaré lo que decía Sócrates, los que sirven a la Patria deben contarse felices si antes de elevarles altares no le levantan cadalsos”.

Referencias:
1 Documentación original en poder de G. René Moreno. Cfr. MARIANO A.PELLIZA, Monteagudo, su vida y sus escritos. Buenos Aires, 1880.
2 El Conde de Lemus a Su Majestad, en Contrarréplica a Victorian de Villava; en Ricardo Levene, Ensayo histórico sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno, Apéndice, Buenos Aires, Peuser, 1960.
3 Revolucionarios asesinados por Nieto y Paula Sanz
4 Bernardo de Monteagudo: Ensayo sobre la Revolución del Río de la Plata desde el 25 de Mayo de 1809, en Mártir o Libre, Buenos Aires, 1812.

Autor: Felipe Pigna
Fuente: www.elhistoriador.com.ar


La pluma de Monteagudo
La Gaceta de Buenos Aires, enero de 1812.
El 28 de enero de 1825 moría apuñalado en Lima Bernardo de Monteagudo. Este patriota de la independencia americana inició su carrera política participando en la revolución de Chuquisaca el 25 de mayo de 1809. Luego formó parte de la expedición al Alto Perú y de la expedición libertadora del Perú, a las órdenes del general José de San Martín. Fue uno de los primeros periodistas de la Revolución de Mayo. En 1812 fundó Mártir o Libre. En enero de ese mismo año, desde las páginas de La Gaceta de Buenos Aires, escribía las siguientes líneas.
Observación
Un pueblo que repentinamente pasa de la servidumbre a la LIBERTAD está en un próximo peligro de precipitarse en la anarquía y retrogradar a la esclavitud. El placer embriagante que recibe de un nuevo objeto, que determina su admiración, le expone a abusar de una ventaja cuya medida ignora, porque jamás ha poseído. El necesita que los peligros pongan freno a sus deseos exaltados, antes que su felicidad lo haga desgraciado, si en sus mismas alteraciones no le indica los medios de hacerse inalterable. El imperio de las pasiones sobre el corazón del hombre es demasiado lánguido cuando el peso de sus desgracias lo abruma: pero cuando la prosperidad lo dilata, y el placer lo anima, suelta entonces la brida a sus caprichos y debilidades. La América ha convertido su llanto en risa de un momento a otro, y a la humillación en que vivía se ha sucedido la independencia en que debe morir: pero aún le falta la sanción del tiempo, y es preciso confesar que entretanto influirán más las pasiones sorprendidas por este nuevo espectáculo, que la razón misma guiada por el impulso del orden. En esta precisa lid los peligros deben mirarse como un don del cielo, y yo sostengo que nuestra conservación pende de los grandes riesgos que nos rodean. Si ellos desapareciesen repentinamente de las costas del Uruguay, y de las escarpadas montañas del Perú, ¿quién duda que entonces las rivalidades, las disidencias, los odios, la, ambición y todas las pasiones, renovarían una guerra interior más funesta a la LIBERTAD, que todas las armas de los tiranos? Al abrigo de una calma exterior se suscitarían mil borrascas interiores, se animarían los celos, y ya cada uno seguro de las actuales amenazas, sólo se esforzaría a ganar partido para prevalerse después de él, y usurpar los derechos del pueblo, como lo intentarían muchos hipócritas a quienes ya conocemos, por más que se justifiquen y procuren profanar la virtud de los buenos para disfrazar sus crímenes. Por estas razones yo quiero que los escollos se amontonen delante de nosotros, quiero que nuestra cerviz esté siempre amenazada del yugo opresor, quiero ver siempre en conflictos a los que se jactan de patriotas, y quiero que alguna vez lleguemos al mismo borde del precipicio, para conocer entonces la energía de que son capaces. Observo mucho tiempo ha, que sólo cuando amenaza un peligro, se conmueven los resortes de nuestra energía, se obra con rapidez, y se proyecta con calor; pero luego que pasa el conflicto vuelve la languidez y la indiferencia; y la unión que empezaba a conciliarse a vista del riesgo, se disipa lejos de él. Yo espero que llegará un momento en que se consolide la LIBERTAD, en que se afiance la uniformidad de sentimientos, en que las pasiones enmudezcan, y éste será un gran riesgo en que la patria se estremezca y tiemble al ver su destino vacilante: pero también espero que entonces la energía hará una explosión violenta y forzará a los tiranos a doblar su trémula rodilla delante de la majestad del pueblo.

Buenos Aires 23 Enero 1812
Cuando yo veo que en la capital de Lima, en ese pueblo de esclavos, en ese asilo de los déspotas, en ese teatro de la afeminación y blandura, en esa metrópoli del imperio del egoísmo, consiguió el visir Abascal levantar un cuerpo cívico bajo el nombre de la concordia, compuesto de 1500 hombres de la clase media, uniformados y armados a sus expensas, juzgo que Buenos Aires se degradaría hasta el extremo, sino imitase con doble esfuerzo este interesante ejemplo. La urgencia es mayor, y la obligación no puede ser más sagrada. El ejército de la república debe salir al campo de Marte, bien sea a ensayar el vigor de sus brazos, o a batir las falanges orgullosas que vengan a insultar nuestro pabellón: la capital debe quedar con fuerzas interiores para mantener la tranquilidad en su recinto y apoyar el decoro del gobierno: estos dos grandes objetos no pueden conciliarse sin la acelerada organización de la legión cívica que ya se ha promovido: cada momento de demora enfría el ardor de la empresa, y retarda nuestros progresos. El pueblo libre de Buenos Aires ¿no será capaz de la energía que mostraron los esclavos de Lima, cuando Abascal en los conflictos de desprenderse de sus tropas veteranas y provinciales, abrazó aquel arbitrio para asegurar su existencia, amenazada entonces por el espíritu de LIBERTAD, que empezaba a difundir el autor del Diario secreto y sus muchos prosélitos? No lo creo, antes espero que todos los que se consideran dignos de ser ciudadanos, serán desde hoy soldados, y correrán a tomar la divisa del valor entrando en competencia con los aguerridos orientales y demás campeones que se han señalado en nuestra historia. Argentinos: la LIBERTAD no se consigue sino con grandes y continuos sacrificios: las voces y clamores de una multitud acalorada no han hecho independiente a ningún pueblo: las obras, la energía, la energía y el entusiasmo son los que han llenado los anales de la LIBERTAD triunfante. Tomad las armas, o id a buscar los grillos en un tranquilo calabozo.

A los pueblos interiores
Cuando en el número 12 interesé a los ciudadanos ilustrados, para que consagrasen sus desvelos a los intereses de la patria, borrando con su influencia las impresiones del vicio y el error; creí que el eco de mi voz penetraría hasta lo interior de esas provincias, convenciendo a sus habitantes de la obligación en que están de propagar sus luces, su energía y esfuerzos para auxiliar los de esta capital. No ignoro que en el interior hay hombres capaces de llenar este sagrado objeto, y sus reflexiones serían muy interesantes, aun cuando no se contrajesen más que a indicar los recursos, que en cada pueblo pueden apurarse para fomentar el espíritu público; interés el más urgente a que debemos contraernos en estos días de conflicto. No quiero que por esto se prescinda enteramente de los arbitrios que conducen al fomento de la industria, comercio y agricultura, de cuyos progresos pende la opulencia de un estado, que empieza a desenvolver el embrión de sus facultades: pero sí sostengo, que nuestro principal objeto debe ser formar el espíritu público con cuyo auxilio triunfaremos fácilmente de las dificultades, hasta hollar los mayores peligros. Calculemos con exactitud nuestros intereses: la América, atendidas sus ventajas naturales, está en actitud de elevarse con rapidez al mayor grado de prosperidad, luego que se consolide su deseada independencia: hasta tanto, querer entrar en combinaciones de detalle y planes particulares de felicidad, sería poner trabas y embarazos al principal objeto, sin progresar en éste ni en aquellos. Cuando un pueblo desea salir de la servidumbre, no debe pensar sino en ser libre: si antes de serlo quiere ya gozar los frutos de la libertad es como un insensato labrador que quiere cosechar, sin haber sembrado. Foméntese el espíritu público y entonces será fácil subir por el tronco hasta la copa del árbol santo de nuestra salud: pero mientras ese fuego sagrado no inflame a todas las almas capaces de sentir, yo veo pendiente sobre nuestra cabeza la espada de los tiranos y próximos a unirse de nuevo los eslabones de esa ronca cadena que acabamos de tronchar. Americanos: ¿cuándo os veré correr con la tea de la LIBERTAD en la mano, a comunicar el incendio de vuestros corazones a los fríos y lánguidos que confunden la pusilanimidad con la prudencia, la frialdad con la moderación, la lentitud con la dignidad y el decoro, y lo que es más, el saludable entusiasmo de los verdaderos republicanos con el delirio, la ligereza o poca madurez en los juicios? Pueblos: ¿cuándo seréis tan entusiastas por vuestra independencia, como habéis sido fanáticos por la esclavitud? Habitantes de los últimos ángulos del continente austral: la LIBERTAD de la patria está en peligro; tomad, tomad el puñal en la mano antes de acabar de leer este período si posible es, y corred, corred a exterminar a los tiranos; y antes que su sangre acabe de humear, presentadla en holocausto a las mismas víctimas que ellos han inmolado desde el descubrimiento de la América. Ciudadanos ilustrados: fomentad este furor virtuoso contra los agresores de nuestros derechos: perezcamos todos, antes de verlos triunfar: vamos a descansar en los sepulcros, antes que ser espectadores de la desolación de la patria. Si ellos sobreviven a nuestro dolor, que no encuentren sino ruinas, tumbas, desiertos solitarios, en lugar de las ciudades que habitamos: que enarbolen su pabellón sobre esos mudos y expresivos monumentos de nuestro odio eterno a la esclavitud. Firmeza y coraje, mis caros compatriotas: vamos a ser independientes o morir como héroes, imitando a los Guatimozines y Atahualpas.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar

Bernardo de Monteagudo y la necesidad de independizarse de España
Desde la conformación del primer gobierno patrio, sin injerencia de España, se había desatado una larga guerra independentista, de la cual muy pocos se animaban a vaticinar de forma explícita cómo terminaría. No sólo por las dificultades económicas y la tenaz resistencia que podrían poner los ejércitos realistas; también porque no eran pocas y mucho menos desdeñables las diferencias internas en cuanto a cómo organizar el nuevo país, todavía inexistente, sin desestimar las formas en que se dirimían estos desacuerdos: golpes de mando, encarcelamientos, campañas militares, etc.
Aun así, sin consensos definidos y con grandes turbulencias, el proceso independentista avanzaba. En 1815 comenzaron a ser electos en las provincias los diputados que se reunirían en Tucumán para inaugurar un nuevo congreso constituyente, luego de la Asamblea del año XIII que había también permitido avances importantes. Entre las instrucciones que las provincias -no todas- daban a sus diputados, se encontraba la de “declarar la absoluta independencia de España y de sus reyes”.
El 24 de marzo de 1816 fue finalmente inaugurado el Congreso en Tucumán. El porteño Pedro Medrano fue su presidente provisional y los diputados presentes juraron defender la religión católica y la integridad territorial de las Provincias Unidas. Entre otros diputados, se encontraban Paso, Pueyrredón -quien sería pronto electo como nuevo Director Supremo-, Godoy Cruz, Laprida, Bulnes, Serrano y Malabia. Entretanto, el gobierno no podía resolver los problemas planteados: la propuesta alternativa de Artigas, los planes de San Martín para reconquistar Chile, los conflictos con Güemes y la invasión portuguesa a la Banda Oriental, entre otros.
Finalmente, cuando San Martín llamaba a terminar definitivamente con el vínculo colonial, una comisión de diputados propuso un amplio temario para su tratamiento. El 9 de julio de 1816 tocaba deliberar sobre la libertad e independencia del país. Se leyó el texto del acta y se preguntó a los presentes si querían que las provincias se declararan en libertad, escuchándose una a una las respuestas afirmativas y, más tarde, el coro unánime del “Nos, los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en Congreso General…”.
Para difundir la noticia de la independencia, el Congreso envió por medio de chasquis, en carreta y a caballo, copias del Acta, de la cual se habían impreso 1500 en español y 1500 en quechua y aymara. Diez días más tarde, a propuesta de Medrano, se agregó a la liberación de España la referente a “toda dominación extranjera”, y el 25 se adoptó oficialmente la bandera celeste y blanca.
Para celebrar la fecha de la independencia, recordamos las palabras de Bernardo de Monteagudo, uno de los principales acompañantes de San Martín en la campaña de Los Andes y redactor de la proclama independentista chilena.

Fuente: Mariano de Vedia y Mitre, La vida de Monteagudo, Tomo I, Buenos Aires, Editorial Guillermo Kraft, pág. 73.
"Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez. Ya es tiempo de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía." Bernardo de Monteagudo
Fuente: www.elhistoriador.com.ar

Bernardo de Monteagudo sobre la conquista de América
Cuando Cristóbal Colón se aventuró a través del océano Atlántico a navegar durante 32 días por mares antes desconocidos, estaba seguro de que su destino era Asia. Tan poderosa era su convicción sobre lo fructuoso del viaje, que soportó siete años de desdenes en las Cortes de Portugal y de Castilla sin abandonar su empresa. El marino genovés había adquirido todos los elementos de astronomía, geometría y álgebra que eran necesarios para los cálculos náuticos. Además, sabía de cartografía y geografía. Los relatos de Marco Polo sobre el gran Genghis Khan le daban más fuerza. Colón reunió todas las características de la época, una mezcla de lo medieval y lo moderno: su móvil fue al mismo tiempo la riqueza, el conocimiento de la naturaleza y la expansión del cristianismo. Después de una esperanzada noche, en la madrugada del 12 de octubre de 1492 1, un tripulante de la carabela La Pinta, dio el aviso de tierra. Pero, ¿cómo fue posible que un insignificante y reducido grupo de marineros enviados por la corona española destruyera sin mayores trámites los imponentes imperios de las tierras hasta entonces desconocidas por los europeos? Las explicaciones han recorrido varias sendas: desde las características personales de los mandamás aztecas (mexicas en náhuatl) e incas, las guerras intestinas entre los pueblos indígenas, la superioridad militar europea, sumada a la guerra microbiana que fulminó a la población local. Como fuera, este encuentro en el mayor genocidio conocido hasta hoy. Más de trescientos años después de la llegada de Colón, en las ciudades coloniales era poco frecuente que la masacre y dominio del indígena fuera motivo de denuncias. Pero en los albores de la Revolución de Mayo, algunos revolucionarios ya mostraban un particular interés por poner de relieve estos hechos. Así lo hacía Bernardo de Monteagudo, en la recordada oración pronunciada durante la inauguración de la Sociedad Patriótica, en 1812. Reproducimos aquí parte de su exposición.

Fuente: Bernardo de Monteagudo, “Oración inaugural pronunciada en la apertura de la Sociedad Patriótica la tarde del 13 de enero de 1812”, en Obras Políticas, Buenos Aires, La Facultad, 1916, pág. 247.
"Una religión cuya santidad es incompatible con el crimen sirvió de pretexto al usurpador. Bastaba ya enarbolar el estandarte de la cruz para asesinar a los hombres impunemente, para introducir entre ellos la discordia, usurparles sus derechos y arrancarles las riquezas que poseían en su patrio suelo. Sólo los climas estériles donde son desconocidos el oro y la plata, quedaban exentos de este celo fanático y desolador. Por desgracia la América tenía en sus entrañas riquezas inmensas, y esto bastó para poner en acción la codicia, quiero decir el celo de Fernando e Isabel que sin demora resolvieron tomar posesión por la fuerza de las armas, de unas regiones a que creían tener derecho en virtud de la donación de Alejandro VI, es decir, en virtud de las intrigas y relaciones de las cortes de Roma con la de Madrid. En fin, las armas devastadoras del rey católico inundan en sangre nuestro continente; infunden terror a sus indígenas; los obligan a abandonar su domicilio y buscar entre las bestias feroces la seguridad que les rehusaba la barbarie del conquistador. La tiranía, la ambición, la codicia, el fanatismo, han sacrificado millares de hombres, asesinando a unos, haciendo a otros desgraciados, y reduciendo a todos al conflicto de aborrecer su existencia y mirar la cuna en que nacieron como el primer escalón del cadalso donde por el espacio de su vida habían de ser víctimas del tirano conquistador. Tan enorme peso de desgracias desnaturalizó a los americanos hasta hacerlos olvidar que su libertad era imprescriptible y habituados a la servidumbre se contentaban con mudar de tiranos sin mudar de tiranía." Bernardo de Monteagudo.

Referencias:
1) O un día después, si se confirman las investigaciones que afirman que el grito del llamado Rodrigo de Triana se produjo el 13.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

“Pacho” O'Donnell y Monteagudo

Mario “Pacho” O'Donnell es psicoanalista, escritor de ficción e historiador. Actualmente preside el Instituto Nacional de Revisionismo Histórco Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Entre sus múltiples tareas, se dedica a rescatar figuras fundamentales del pasado argentino que la historia oficial dejó de lado. Monteagudo. Pionero y mártir de la unión americana es su último libro. En él aborda nuevamente un personaje que define como "fascinante" y sobre el que viene investigando desde hace tiempo. En diálogo con Tiempo Argentino no sólo se refirió a este trabajo, sino también a su concepción de la historia y a la forma en que el relato del pasado irradia sobre el presente.
–No es la primera vez que trabaja sobre la figura de Monteagudo.
–Sí, porque es una figura excepcional. Mitre habla de él como un aventurero, como el hombre que le hacía cometer errores a San Martín. Lo cierto es que fue un personaje civil muy importante en un momento de la historia en que los protagonistas eran militares. Era, además, una pluma extraordinaria. Por eso he puesto en mi libro un apéndice con algunas obras. El se expresó sobre diferentes temas desde una gran actualidad como el rol de las mujeres en el proceso revolucionario. Era un hombre de origen humilde, se quedó huérfano muy pequeño y fue enviado a Chuquisaca al cuidado de un sacerdote que era pariente de él. Allí estaba la famosa universidad donde estudió la gran mayoría de los próceres independentistas no sólo de Argentina sino de varios países. Había ahí un gran fermento revolucionario. La de Córdoba y la de Chuquisaca eran las dos grandes universidades del Cono Sur, con la diferencia de que la de Córdoba era fundamentalmente religiosa. En la de Chuquisaca, en cambio, se enseñaban leyes que era la carrera que elegían los jóvenes "progres" de la época.
–En el primer capítulo de su libro, donde se narra el asesinato de Monteagudo en un callejón, podría ser también el primer capítulo de una novela.
–Sí, porque considero que la historia es un relato y que particularmente la historia argentina es un relato maravilloso, de una riqueza y de una imaginación cuasi delirante, con personajes y circunstancias extraordinarias. Por eso nunca practiqué la novela histórica. Hay grandes novelistas históricos como Marguerite Yourcenar, Robert Graves, incluso Tomás Eloy Martínez con Santa Evita. Pero considero que la realidad histórica puede ser mucho más fascinante que lo que pueda inventar alguien. La novela histórica tiene algo de pereza, la pereza de ese escritor que si realmente se hubiera ocupado de investigar cómo fueron los hechos y quiénes fueron los personajes habría escrito un relato mucho más interesante que el surgido de su imaginación. En esto mi concepción de la historia difiere de la que tienen quienes han tratado de hacer de ella una ciencia dura transformándola en algo plagado de contraseñas, de lecturas entendibles sólo para los iniciados, de escrituras para el colega, textos que la gente no compra ni lee. Soy un gran partidario de la divulgación que muchos otros denigran.
–¿Por qué?
–La divulgación es algo democrático, es compartir un conocimiento con los demás, hacer que lo que uno sabe lo sepan también otros. En este sentido siempre reivindico a un maestro con el cual teníamos pocas coincidencias ideológicas e incluso apasionadas discusiones, como fue Félix Luna. Tenía una concepción liberal de la historia, pero con una gran apertura. Puso la historia al alcance de la gente. Curiosamente, hoy no es reivindicado por los sectores más liberales y conservadores de la historia cuyos númenes son más bien historiadores que hacen investigaciones de circunstancias pequeñas y puntuales como el comercio de la caña de azúcar en el siglo XV o el número de llamas que había en la Patagonia del siglo XVII.
–Lo suyo no es la novela histórica pero utiliza recursos novelescos que hacen que el lector quiera saber qué pasó.
–Sí, porque hoy, el lector, en cuanto uno se lo permite, trata de escaparse del libro. La relación actual entre el lector y el libro es muy lábil. En cuanto una deja de tenerlo agarrado del cuello, se va. El libro ha dejado de ser favorecido por las circunstancias necesarias, la atención es flotante, no hay mucho tiempo para leer, se lee en situaciones no muy favorables como un colectivo o una cola. Por eso escribo capítulos cortos. Mi libro sobre Rosas tiene cerca de 120 capítulos porque para mí mismo hoy es difícil leer un mamotreto, esos libros gruesos de letra pequeña y frases y capítulos largos.
–Volviendo a Monteagudo, también la investigación acerca de esa muerte que hace Bolívar tiene aristas novelescas relacionadas con el cuchillo que le atravesó el corazón.
–Sí, la cuchillada fue muy profesional. Bolívar constata que el cuchillo estaba recién afilado. Los afiladores eran pocos, era un trabajo que hacían los barberos. Entonces convoca a los barberos y les pregunta quién ha afilado ese cuchillo. Se entera así de que quien lo hizo afilar era un negro fornido. Con un pretexto convoca a los negros mediante un bando y ahí es reconocido Candelario Espinosa, el sicario contratado para matarlo. Bolívar lo lleva a su despacho y tiene una entrevista privada con él en la que le dice que no morirá ahorcado si le dice quién le ha encargado el crimen. Evidentemente se lo dice porque Candelario permanece en prisión pero no es ahorcado. Bolívar no comparte con nadie esa revelación, pero uno puede concatenar una serie de hechos y sacar conclusiones. Sánchez Carrión que era un hombre de extrema confianza del libertador venezolano muere misteriosamente al poco tiempo. Luego de muerto Bolívar, uno de sus secretarios confiesa que el nombre que le había dado Espinosa era el de Sánchez Carrión. También se hicieron muchas especulaciones sobre un asunto de faldas.
–¿Y usted qué cree?
–Aunque no tengo ningún elemento probatorio, planteo una hipótesis. Monteagudo tiene una gran insistencia en la convocatoria del Congreso Afictiónico en Panamá. El anfictionismo era la tradición griega según la cual las ciudades en conflicto se reunían y trataban de dirimir sus dificultades a través del diálogo para no llegar a la guerra. Fíjese en la precocidad de Bolívar que en la carta de Jamaica, que escribe en 1815, cuando había fracasado en su primera expedición revolucionaria y estaba exiliado en Kingston, ya hablaba de la necesidad de que las naciones surgidas de la dominación española conformaran una unidad para defenderse entre sí. Esto se hace carne en Monteagudo, lo mismo que en San Martín. Por su parte, Sánchez Carrión era la máxima autoridad de una logia muy ligada a sectores del absolutismo europeo. En esa época se había constituido la Santa Alianza que bajo pretextos religiosos estaba integrada inicialmente por tres monarquías absolutistas que eran la rusa, la alemana y la austríaca. Luego se incorporan la Francia napoleónica y España. Era una unión muy poderosa cuyo objetivo era retrotraer el mundo al tiempo anterior a la Revolución Francesa, es decir, terminar con las ideas republicanas y recuperar las colonias perdidas en América. Como lo explicaba Monteagudo en su ensayo sobre la unión americana, era muy importante que las naciones pudieran unirse para enfrentar los nuevos peligros que las acechaban luego de haberse independizado de España. Y Monteagudo aboga por una unión que no sea retórica, sino que tenga un ejército aportado por los distintos países que, a su vez, deben financiar y abastecer esa fuerza porque de producirse una invasión de la Santa Alianza, no habría tiempo para coordinar los esfuerzos, por lo que debía haber un dispositivo de respuesta. También tenía en cuenta la amenaza británica. Por eso Bolívar tiene una discusión muy fuerte con Rivadavia porque éste petardeó la reunión de Panamá, no tanto por la Santa Alianza, sino por su anglofilia. Esa unión americana podía ser usada también contra Gran Bretaña, que independientemente de la Santa Alianza aspiraba a adueñarse de aquello que había dejado España. Soy un convencido de que Candelario Espinosa fue un sicario contratado por Sánchez Carrión en cumplimiento de una orden del absolutismo para terminar con este tipo que fastidiaba. Esa fue una de las causas del fracaso de la reunión de Panamá que se hizo en 1826. Pero entre la ausencia de Monteagudo asesinado en 1825, el saboteo de los imperios y de los países que seguían las instrucciones de éstos y las diferencias internas, la reunión fracasa. No es difícil pensar que, lamentablemente, el asesinato de Monteagudo haya sido una solución política eficaz porque la Santa Alianza logra conjurar un régimen liberal en España, que había obligado a Fernando VII a jurar una constitución republicana o una monarquía constitucional. Lo hace con la famosa invasión de los Cien mil hijos de San Luis, una expedición organizada y gobernada por la Santa Alianza que termina con este ímpetu de monarquía constitucional en España. De modo, imagínese, que les resultaba muy fácil eliminar a un tipo que en Lima estaba haciendo cosas que podían ir en su contra.
–¿Más que un hombre de acción Monteagudo era un ideólogo?
–Sí, fue un personaje principal en la Asamblea del año XIII. En ese momento colaboraba con Alvear, por lo que seguramente no fue el momento más feliz de su vida. A su llegada a Buenos Aires ya era una figura muy importante en la ciudad, era columnista de los diarios, editorialista. Luego del exilio vuelve y O'Higgins lo toma a su lado. La proclama independentista de Chile está escrita por Monteagudo. Luego San Martín lo toma como su primer ministro. Prácticamente él gobierna Lima mientras San Martín se ocupa de las acciones bélicas. Fue un gran ideólogo, un hombre con una gran capacidad de explicar, de interpretar los sucesos. Era un gran generador de ideas. Estaba convencido de su utilidad en la causa revolucionaria y por eso lo va a buscar a Bolívar y lo hace a través de la amante de éste, Manuela Sáez. Llega al campamento acompañado por ella, lo que en principio despierta los celos de Don Simón. Recordemos que se lo describe como una persona de muy buen aspecto. Tan es así que yo tomo una descripción que hace Vicente Fidel López casi en estado de excitación erótica cuando habla, por ejemplo, de las pantorrillas bien torneadas de Monteagudo.
–¿Monteagudo era un hijo de la Revolución Francesa?
–Eso tiene que ver con su formación en Chuquisaca. Pero yo le hago una crítica a la historia que nos cuentan. Se supone que los antecedentes de Mayo son las ideas de la Revolución Francesa, pero no se toman en cuenta las sublevaciones indígenas. Entre nosotros hay una larga tradición de resistencia. Monteagudo tiene una participación muy activa en la sublevación de los criollos y originarios del 25 de Mayo de 1809, la rebelión del Alto Perú Potosí, La Paz, Chuquisaca. Fue reprimida salvajemente por Goyeneche. A raíz de esta sublevación Monteagudo queda preso y luego se escapa. El inauguró la guerra psicológica, es el creador de la Guerra de Zapa que consistía en hacer publicaciones con noticias falsas que engañaran al enemigo. Es tal la desmoralización que esto produce, que San Martín entra en Lima sin disparar un tiro.
–Usted preside el Instituto Dorrego que desde el revisionismo propone otra forma de narrar la historia. ¿De qué modo influye el relato del pasado en el presente?
–Yo defino la corriente nacional, popular y federalista –me gusta más llamarla así que revisionista– como la que mira la historia desde la perspectiva de los sectores populares. La historia oficial, la que ha sido el pensamiento único, la que ha escrito los programas educativos de escuelas, colegios y universidades, la que ha bautizado parques, calles y avenidas, es la historia vista desde los sectores dominantes. Humorísticamente podríamos definir esta historia como un boliche con un patovica en la puerta que decide quién entra y quién no. Es la historia de los grandes hombres. Para mí, en cambio, la historia es una consecuencia de movimientos sociales en los que los sectores populares siempre son protagonistas.
Una figura fascinante
A tal punto la figura de Bernardo Monteagudo le resulta interesante a Pacho O´Donnell que la abordó diversas veces. El primer libro referido a él aparece en 1995, el segundo en 2011 y el tercero es muy reciente.
Cuando se le pregunta cuáles son las diferencias entre ellos contesta: "La edición de 1995 fue editada por Planeta, la actual la publicó Aguilar. Esta última editorial ha publicado varios libros míos, ha hecho una suerte de colección que tiene unidad visual. Ha tomado algún libro original como Artigas y también ha tomado reediciones como Juan Manuel de Rosas. El último libro sobre Monteagudo no es una reedición, sino una reescritura. El libro de 1995 se titulaba Monteagudo. La pasión revolucionaria, mientras que éste es Monteagudo. Pionero y mártir de la Unión Americana"
"Monteagudo -explica O´Donnell la razón de su insistencia- es un personaje tan fascinante que después de publicar el primer libro seguí trabajando sobre él y se me presentó como muy relevante su extraordinaria visión de la necesidad de unión de las naciones americanas, las naciones neonatas recién salidas de la dominación española". Es imposible no relacionar este rasgo ideológico de Monteagudo rescatado por el historiador con la situación actual de América Latina, con la necesidad de unidad latinoamericana que sostienen muchos de sus países. O´Donnell señala: "Cada vez que se hable del Mercosur, de CELAC, no debe dejarse de tener en cuenta a este abogado extraordinario que fue Monteagudo".

Por: Mónica López Ocón
Publicado por El Restaurador http://revisionistasdesanmartin.blogspot.com.ar

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