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21 de Agosto 1891 - Argentina

Nace en Buenos Aires, Florencio Molina Campos, pintor, dibujante que inmortalizó al hombre de campo. De niño veraneaba en el Tuyú. La témpera fue su medio predilecto para pintar. Ilustró durante 12 años los almanaques de Alpargatas. Asesoró a Walt Disney en varias películas. Muere a los 68 años. 
Su nombre completo era Florencio de los Ángeles Molina Campos, nació en Buenos Aires 21 de agosto de 1891, hijo de Florencio Molina Salas y de Josefina del Corazón de Jesús Campos, perteneció a una familia tradicional de Buenos Aires, relacionada con el ámbito castrense tenía ilustres generales entre sus ancestros.
Su familia poseía varios campos, y Florencio alternaba su vida en viajes entre el campo y la ciudad, muy alejado de lo castrense.
El 31 de julio de 1920 contrajo matrimonio con María Hortensia Palacios Avellaneda, al año siguiente nace su primera y única hija el 11 de junio de 1921 llamada Hortensia la cual tenía por sobrenombre Pelusa. El matrimonio fracasó y tiempo después se separó de Hortensia Palacios Avellaneda, ella se quedó con la custodia de la hija de ambos.
Su primera exposición en 1926, fue en la Sociedad Rural Argentina. Marcelo Torcuato de Alvear, Presidente de la República Argentina de esa época, lo nombró profesor de arte del Colegio Nacional Nicolás Avellaneda, después de presenciar la exposición. 1926 fue un año clave en la cultura de Argentina: Roberto Arlt publicó su primera novela (El juguete rabioso) en el cual quedó expresada la conflictividad social y subjetiva de las grandes ciudades argentinas; Los desterrados relatos casi póstumos de Horacio Quiroga quien representa en ellos el exilio interior ante una vida urbana insoportable y un ámbito rural clientelizado y, más cerca de la obra pictórica de Molina campos aunque en lugar del tono expresionista jocoso con un tono trágico terminal el Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes; en efecto, en cierto modo existe una gran relación entre la obra pictórica de Molina Campos y la literaria de Ricardo Güiraldes, pero a la vez con tremendos contrastes: Molina Campos pinta a sus personajes con un humor melancólico que entonces aparece entre un aparente naïf y un cierto expresionismo, en cambio Güiraldes retrata literariamente a los gauchos con una suma melancolía.
En 1930 publicó en el diario La Razón la serie Picapiedras criollos. El 14 de marzo de 1930 Alpargatas S.A., aceptan la confección del almanaque del año 1931, que consistió en doce obras gauchescas ejecutadas al gouache con una visión idealizada y costumbrista. Las cuales tienen difusión a nivel internacional.
En el año 1937, tras obtener una beca de la Comisión Nacional de Cultura, viaja a Estados Unidos. Donde contrae matrimonio en segundas nupcias con María Elvira Ponce Aguirre, el 21 de diciembre se casa con el aval de la ley estadounidense.
En 1938 realiza una exposición en el English Book Shop de Nueva York.
En 1942 hasta mediados de los 50 es contratado como asesor técnico de los estudios de Walt Disney, para colaborar el los rodajes de: "El Gaucho Volador", "Goofy se hace Gaucho", "Saludos Amigos", "El Gaucho Reidor", "Los tres amigos". Colaboró en la realización de la película animada Bambi de 1942, donde se distingue el estilo de los animales y los árboles, que reproduce la vida silvestre de la Isla Victoria en el lago Nahuel Huapi, ubicado en la Patagonia Argentina.
En 1946, edita “Vida Gaucha”, libro de texto para estudiantes de español en Estados Unidos.
En 1950, ganó el Premio Clarín, Medalla de Oro del V Salón de Dibujantes Argentinos.
En 1956, actuó en el cortometraje “Pampa Mansa”, que fue presentado en el Festival de Berlín, donde estuvo presente.
En la muestra "Bicentenario: 200 años de Humor Gráfico" que el Museo del Dibujo y la Ilustración, realiza en el Museo Eduardo Sívori de Buenos Aires, donde le rinde homenaje a los más importantes creadores del Humor Gráfico en Argentina a través de su historia.
En 1981 Se realizó la muestra homenaje a Florencio Molina Campos en la Galería «La casa de Antonio Berni», dirigida por Humberto Golluscio. La misma contaba con 115 obras cedidas por el museo "Florencio Molina Campos" de Moreno, gracias a su directora María Elvira Ponce Aguirre de Molina Campos. Fue el mismo Antonio Berni el encargado de presentar la muestra.
Actualmente su única hija y su nieto dirigen F. Molina Campos Ediciones, única firma autorizada para editar productos con sus imágenes, con oficinas en Buenos Aires. Conjuntamente con la Fundación Florencio Molina Campos son quienes fomentan la difusión de la obra de este artista, emblema de argentinidad a nivel mundial.
Sus dibujos y pinturas rememoran con un toque humorístico típicas viñetas gauchescas. Es muy recordado por sus clásicos almanaques de la fábrica Alpargatas SAIC, donde bajo la supervisión del Ingeniero de Planta su gran amigo Luis Pastorino llegaron a lograr las más atractivas imágenes de la época.
De aire entrañablemente caricaturesco y, a menudo, naif (aunque con exageraciones y cromaturas que lo conectan también con un nada ingenuo expresionismo), su dibujo, inspirado principalmente en el mundo gauchesco, refleja a un observador agudo de la realidad nacional; en tal sentido, aunque la estilística sea diferente, Molina Campos tiene puntos comunes en cuanto a temática con Pedro Figari.
En 1956 expuso en la Galería Witcomb de Buenos Aires. Su última muestra tuvo carácter de homenaje póstumo, en 1959.

Fuente: http://culturaynacion.blogspot.com.ar
Por: Osvaldo Vergara Bertiche
“Vengo de arar la tierra con mis manos encallecidas, tomaré mis frágiles pinceles. No sabría decir que me apasiona más: si transformar la tierra en vida o mostrar la vida de mi tierra”. Florencio Molina Campos.
En 1931 aparecían por primera vez los almanaques de la Fábrica Argentina de Alpargatas, ilustrados por Florencio Molina Campos. Almanaques convertidos en célebres y legendarios.
Desde el principio “los almanaques generan sorpresa y risas, al presentar al gaucho, a sus chinas, a los animales, todos ellos caricaturizados, mostrando una inmensa gracia y simpatía.
Dichas imágenes , distinta de esos de nuestro campo, rompían con la tradición de mostrarlos comúnmente con una fisonomía adusta”. (Delfor Reynaldo Scandizzo – Todo es Historia – Nº 331 – Febrero de 1995).
Las láminas se imprimieron en una cantidad cercana a los 18 millones.
De esas imágenes dijo Córdova Iturburu: “Lo inesperado de las láminas residía en que el artista veía al gaucho como él se veía a sí mismo, riéndose de su pobreza, de sus debilidades, de sus carencias, de sus limitaciones”.
Jamás Florencio Molina Campos será condenado al olvido.
Sus pinturas, son nítidas, sorprendentemente vivas, muestran “los rasgos de los paisanos que vio, su apostura y sus gestos, la vestimenta, la humilde intimidad de los ranchos, el aire al mismo tiempo inocente y medio bárbaro, ingenuo y socarrón de esos peones, puesteros, domadores, reseros, jugadores de truco y comedores de asado, en medio de sus rudas tareas en la silenciosa llanura, apenas interrumpida por algún monte de talas o eucaliptus empequeñecidos por la lejanía.
También la absoluta presencia del cielo y la desmesura de tales campos sin agricultura que haceconcentrarse al hombre en sí mismo e intensifica la presencia de las cosas, la silueta de un pájaro, un perro lejano o un cardo”.
“Cuando los pintó, esos seres y esas cosas ya se habían transformado o desaparecido con las mudanzas del progreso.
Gracias a su poder evocador llegaron a nosotros aquellas gentes del sur. Se apoyan en la puerta de un boliche de campaña, los pies chuecos y una boina o un sombrerito sobre los ojos, pialan un potro en un corral, pasan - llegados no se sabe de donde – con sus caballos y sus carros, reaparecen con sus grandes dentaduras, hambrientas o risueñas, y sus sacos que les quedan chicos, sus oscuras mujeres de torta frita y mate, suficientes cuando calzan zapatos, doñas de respeto, gordas y perezosas de lavar ropa o sentadas delante de un horno.
Con humildad y devoción, casi con inocencia, Molina Campos dejó un testimonio de ese pasado con una gracia y una frescura que no pierde uno solo de sus brillos con el paso del tiempo”.
“Pero entre la realidad vivida y el recuerdo la distancia interpuso un extraño elemento: el humor. Todo está visto a través de un lente que acentúa y exagera los rasgos y las expresiones.
Más allá del realismo de un rostro, percibe lo que en él es peculiar y lo destaca, lo que primero salta a la atención en el conjunto de sus rasgos. Molina Campos capta al vuelo ciertas fisonomías, que en la vida pasan confundidas con el ambiente, y de ellas hace nacer lo cómico.
Esas dentaduras adquieren una presencia rotunda, esas mejillas brillan como cobre a la intemperie”.
“En los ojos chispea la ironía, el regocijo, la chanza, nunca la tristeza o la resignación, salvo en algunos gauchos viejos de antiguas barbas, que llegan muy lentos a caballo o están presentes casi sin estar, en alguna fiesta.
Viejos bardos de chiripá, densos y solemnes, a menudo empuñan guitarras que sonaron bajo ombúes o carretas, guitarras que saben historias del fondo de la pampa, encarnaciones del recuerdo y el olvido, depositarios de una remota sabiduría.
A ellos los han sucedidos esos otros personajes rubicundos calzados con alpargatas, todavía ávidos de vivir”. (Diario Mar de Ajó)Valeria A. García señala que: “La obra artística de Molina Campos surgió en una época en la que la elite porteña tenía sus ojos puestos en la tradición y el arte europeos.
Florencio Molina Campos comenzó a mirar a su alrededor, comenzó a nombrar nuestras cosas, nuestras costumbres, nuestra gente, mientras la elite artística se había encargado de ponerle nuevo nombre a los nombres extranjeros.
En esa época de desarraigo artístico y cultural, Molina Campos impuso su estilo, un estilo que nació como consecuencia de su amor por su patria y sus costumbres”.Cesáreo Belnaldo Quirós, al analizar la obra de Molina Campos dice: “Es el creador personalísimo de ese personaje que, derivando del gaucho legendario, y que tanta gloria le cupo como soldado de la Libertad y como montonero en las guerras intestinas, gasta sus últimas bizarrías dentro de su natural coraje, como hombre de "a caballo", domador si viene al caso, y siempre manejando el cuchillo, arma y utensillos sin rival en sus manos”.
“Molina Campos alcanzó las postrimerías de este curioso sujeto allá en su niñez, en las estancias de sus familiares, hecho él mismo, hombre de "a caballo" , conocedor del campo y sus faenas, y muy especialmente, de las "pilchas" y el apero de un montao.
En esa comunión cotidiana, y conociendo el más allá del gaucho, del tape y del pulpero gringo, se encontró un día con la sorpresa de que aquel pasado y este presente, bullían en su espíritu, y así, sin propósito de trascendencia, sin saber dónde iba, encontró su forma de narrar, de dar vida, a ese personaje de las soledades; romántico, raptor de mujeres, confiado siempre en su caballo y en su cuchillo”.
"Así, su lápiz y su pincel, fueron requeridos trazos que la imaginación opulenta, bizarra del artista, marcaba en el papel.
Solo, sin academias ni maestros, traduciendo esa verdad que llevan los predestinados, fue contando, Molina Campos, todo lo que sabía y había percibido en el campo abierto, en el rodeo, en las Fiestas, en la pulpería, en su propia guitarra y en ese enorme conocimientos de pilchas y sus nombres, y de pelos y marcas de montados”.
“De ese medio, de ese rigor de la vida campera, del extraordinario desapego de ese hombre de campo, por el interés material de las cosas, fue plasmándose ese personaje suyo, el gaucho: el Gaucho de Molina Campos, jamás por él ridiculizado, pues nunca supuesto tal descortesía, puesto que, lo que podamos encontrarle de caricaturesco, no es sino un recurso del que , el artista, sin saberlo, echa mano para dar más fuerza, más vigor, al extraordinario carácter de su obra”.
Y Hugo Monzón agrega: “Florencio Molina Campos es un capítulo aparte en la historia de la plástica local, un capítulo asociado a la estampa popular de ribete caricaturesco y acento costumbrista que con el artista desborda los límites del género... Hay agudeza y penetrante observación en esas estampas que glosan aspectos de la vida en la llanura, fusionando cierta épica pampeana y el singular gracejo criollo, el ademán de un ritual cotidiano o el estatismo concentrado, silenciosos como la horizontalidad del campo.
El gaucho, el paisano, está construido desde sus botas o alpargatas, hasta el apero, descriptos sus adornos y detalles con minucia miniaturista, introducido en un esquema personal que deforma rasgos hasta lo grotesco, sin desvincularse de la fisonomía campesina.
Es espectáculo - gaucho para exportación - pero nunca más que eso: documento, historia, una literatura autóctona calificada gráfica y pictóricamente y cierto engranaje sutil aún en las más gruesas descripciones.
Molina Campos confería un tratamiento a la figura, vigorosamente estilizada, y otro al paisaje, generosamente pictórico y elocuente, lírico y expresivo en su dimensión...".
Los almanaques, un material publicitario que fue revolucionario para la época, llegó a todos los confines y el Pueblo lo hizo suyo.
¿Qué sucedió para que así fuera? Ese pueblo, el de la Década Infame, sumergido y humillado se sintió representado y mes a mes conservó “en las paredes de los boliches, almacenes, casas y ranchos”, cada una y todas las láminas.
Esta colección se transformó en la más auténtica “PINACOTECA DE LOS POBRES”.

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