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6 de Septiembre 1944- Argentina

El coronel Juan Domingo Perón, se hace cargo de la Presidencia del Consejo Nacional post-guerra creado por su iniciativa el 25 de agosto del mismo año. 

DISCURSO EN OCASIÓN DE LA INTEGRACIÓN DEL CONSEJO NACIONAL DE POSGUERRA
Juan Domingo Perón
[6 de Septiembre de 1944]
Al hacerme cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión, y encontrarme ante el multiforme aspecto que ofrecía el panorama social de nuestra patria, hube de concretar mis opiniones afirmando que la “vida civilizada, en general, y la económica, en particular, del mismo modo que la propia vida humana, se extinguen cuando falla la organización de las células que la componen”.
De entonces acá, toda mi preocupación de gobernante ha girado alrededor de este principio que juzgo polarizador de toda obra de gobierno. Todos mis afanes han tendido a la estructuración, cada vez más completa y ajustada, de organismos capaces y potentes; y al mejor funcionamiento de mecanismos suficientemente afinados para que estén constantemente en condiciones de cumplir su finalidad, con la menor resistencia posible.
No importa dilucidar aquí si, en lo que al medio social argentino se refiere, el ideal anhelado está próximo o lejano; importan tan sólo sentar una vez más la afirmación de que si no se contribuye con la mayor constancia y el más denodado empeño a orientar, organizar y encauzar la vida del cuerpo social, y de cuantos elementos, factores y sistemas contribuyen a que cumplan naturalmente sus funciones, el cuerpo social muerto, cae y se precipita en los abismos del desorden, para desintegrarse finalmente en la anarquía.
Los múltiples acontecimientos de la más variada índole que a diario he tenido ocasión de apreciar en la Secretará de Trabajo y Previsión, han puesto de relieve el encadenamiento lógico y fenómenos que, a primera vista, alejados entre sí, y como pertenecientes a capos opuestos, se enlazan de tal manera, que en la raíz de su ser o en la esencia de sus manifestaciones, armonizan en idéntica causa o razón. Débese ello, a que puede hablarse de una economía patronal y de una economía obrera sino de una economía nacional. Por este motivo, los problemas que afectan a uno cualquiera de los distintos grupos sociales, que en la vida real pueden existir, no son peculiares del grupo en que se manifiestan en un modo dado, sino comunes casi, a todos los demás. Basta el concurso de ciertas y determinadas circunstancias para que salgan la superficie con mayor o menor virulencia; pero respondiendo a un reducido número de causas que, con características análogas, engendran los problemas económicos generales de un país.
Y tal es la trabazón que entre sí guardan todos los factores que intervienen en la producción, distribución y consumo de la riqueza que no puede articularse la vida económica de los trabajadores sin tocar los soportes fundamentales de la economía patronal. El encadenamiento que existe entre los problemas que a uno y a otros afectan; las influencias que mutuamente ejercen, son testimonios elocuentes de la necesidad imperiosa de coordinar íntimamente los órganos y las funciones que enlazan la acción de los individuos con las responsabilidades gubernamentales.
El sino económico de los individuos, el proceso dinámico singular de la economía, se enlazan e integran en la coyuntura económica nacional; y cuando las economías nacionales entablan entre sí relaciones y surge lo que denominamos economía mundial, los procesos dinámicos de la economía nacional se asocian para constituir una economía más amplia: la de la economía de todos los pueblos del mundo.
La redistribución de los recursos humanos, espirituales y materiales de un país, cuando se pasa de un período de normalidad a otro extraordinario o viceversa, requiere planes coordinados que no pueden dejarse a merced de la corazonada que inspire la exaltación de un sentimiento o la audacia de una improvisación. Determinar la política económica que conviene seguir a corto plazo, y enlazar sus realizaciones con las medidas que deben tender a más lejana ejecución, son tareas que requieren, por encima de todo, una vasta acción coordinadora. La coordinación sólo es posible cuando se cuenta con la vocación decidida de implantarla; la capacidad técnica para proseguirla; y el tiempo suficiente para consolidarla.
Las fuerzas armadas, las fuerzas económicas y las fuerzas creadoras, unidas en haz indisoluble por medio de una sólida cultura ciudadana, son los cimientos sobre los que debe edificarse nuestro porvenir para mantenernos económicamente libres y políticamente soberanos.
La tarea, ciertamente, o es fácil, ya que se trata de lograr la homología funcional de un sinnúmero de engranajes que actúan en planos múltiples y opuestos; y de esta reunión de esfuerzos, obtener, además, resultados positivos que contribuyan a proporcionar mayores satisfacciones y seguridades a la colectividad nacional.
No faltará quien, al considerar el decreto que otorgó al Vicepresidente de la Nación la superior dirección del ordenamiento social y económico argentino, y creó en Consejo Nacional de Posguerra, juzgue que empeñarse en definir orientaciones de tal índole, equivale a comprometer innecesariamente el porvenir económico del país. La reacción de esos escépticos consiste en censurar cuantas iniciativas nacionales surjan, y criticar cuanto se haga sin condicionarlo o supeditarlo a lo que decidan los que resulten vencedores en la actual contienda mundial.
Frente a este escepticismo enfermizo y decadente, opongo la fe en los altos destinos de mi patria. Frente a esta maledicencia, afirmo claramente la decisión inquebrantable de que la Argentina propulse la ascensión de su economía, la intensificación de su cultura, el mejoramiento de sus clases sociales, y logre el prestigio que merece ante todos los hombres de buena voluntad que pueblan los continentes de la Tierra.
Y la proclamo con fe y con tesón, porque tengo el convencimiento absoluto de que todos mis conciudadanos –salvo los cegados por el odio, por el egoísmo o por la pasión política- comparten mis ideas y mis sentimientos en cuanto se refiere a la orientación económico-social que la Argentina debe trazar en adelante; y que sintetizo en los siguientes postulados fundamentales:
1º. El Estado no debe alterar los principios de libertad económica, tanto para los productores, como para los consumidores; pero la desarticulación provocada por la guerra en la economía mundial exige prever las soluciones aplicables a las necesidades apremiantes de posguerra, estimulando la producción, y toda la mano de ora disponible, con el fin de alcanzar un justo equilibrio de las fuerzas productivas, y la elevación de la renta nacional.
2º. El Estado debe contribuir al perfeccionamiento de los conocimientos técnicos de cualquier orden, en todas las actividades nacionales; a que se aumente el rendimiento individual; a mejorar de modo efectivo las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores; a fomentar el progreso de la clase media; y a estimular el capital privado en cuanto constituye un elemento activo de la producción, y contribuye al bienestar general.
3º. Serán estériles cuántas energías se consuman para alcanzar los objetivos precedentemente indicados, si no se actúa con un criterio ordenador, que asistido de los adecuados resortes consultivos, determine los principios fundamentales de carácter económico y social, y adopte las medidas que desde este momento deban aplicarse para resolver las situaciones que puede provocar el tránsito de la guerra mundial a la paz; y las que requiera la posterior consolidación de la normalidad.
Proclamo en primer término el principio de libertad económica. Pero esta libertad, como todas las libertades, llega a generar el más feroz egoísmo, si en su ejercicio no se articula la libertad de cada uno, con la libertad de los demás. En efecto. Un instinto universalmente comprobado lleva a todos los seres a perseverar en su ser, a proveer a su conservación y a su desenvolvimiento. Este es el más radical, el más tenaz y el más eficaz de todos los instintos. Empuja al hombre a procurarse lo necesario para la vida, a buscar un cierto bienestar, a asegurar su porvenir. Comúnmente, llámase a este instinto, interés personal.
Aunque la palabra interés se encuentra con frecuencia empleada en un sentido despectivo, en interés personal, puesto que responde a una tendencia natural, es legítimo siempre que respete los límites que le impone la libertad individual, familiar y social.
El abuso conduce al egoísmo. En cambio, el noble ejercicio de este instinto humano, se extiende a los que en cierto modo son como una continuación de la persona individual; los miembros de la familia; y alcanza a cuantos le rodean: a los conciudadanos, a los compatriotas, a la humanidad entera; y lleva, por tanto, en sí, una de las raíces del amor familiar, del patriotismo y del sentimiento de hermandad entre hombres y naciones. Su recto ejercicio, además de alcanzar el beneficio apetecido, es fuente originaria de las virtudes que sirven a su vez para modelarlo.
Pero no todos venimos al mundo, dotados del suficiente equilibrio social para someternos de buen grado a las normas de sana convivencia social. No todos podemos evitar que las desviaciones del interés personal degeneren en egoísmo expoliador de los derechos de los demás, y en ímpetu avasallador de las libertades ajenas. Y aquí, en este punto que separa el bien del mal, es donde la autoridad inflexible del Estado debe acudir para enderezar las fallas de los individuos, y suplir la carencia de resortes morales que deben guiar la acción de cada cual, si se quiere que la sociedad futura sea algo más que un campo de concertación o un inmenso cementerio.
La naturaleza humana y la naturaleza de las cosas se encuentran por doquier, y siempre idénticas en su fondo. Pero una porción de modalidades y de circunstancias accidentales dan a cada época, y a cada región del globo, así como a cada individuo, una fisonomía particular.
El problema económico, siempre idéntico en su fórmula general, se plantea, pues, según los lugares y los tiempos, con hipótesis diversas. Estas hipótesis están condicionadas por la naturaleza del suelo y del subsuelo; los climas, la situación geográfica, la civilización, la forma del Estado, el régimen de las asociaciones, el desarrollo cultural, la moral, la abundancia de la población, la técnica industrial, los medios de comunicación, la situación de los trabajadores y otros factores relacionados con la idiosincrasia y las costumbres de cada pueblo. Querer, pues, aceptar e imponer un patrón universal, querer atribuir a uno solo de estos factores las responsabilidades que en conjunto le corresponden, constituye una utopía y demuestra la contumacia de la maldad.
Ningún régimen, examinado en los detalles de su organización, es inmutable, pues, si bien es posible descubrir leyes y principios universales, su aplicación es susceptible de modalidades diversas según el lugar y el momento en que se vive.
El derecho esencial que tienen los pueblos, es exigir a sus gobernantes que al adaptar con la mayor prudencia los sistemas a las circunstancias cambiantes, jamás se abandonen los principios y las leyes esenciales.
¿Y sería injusto que este derecho legítimo de los pueblos se le negara al Estado cuando pretenda exigir el cumplimiento a los reacios o recordarlo a los que por olvido o distracción pretenden beneficiarse de la buena fe de los demás?
Pero, en momentos excepcionales como el presente, en que el mundo se encuentra ante las ruinas de instituciones que se creían logradas e inmutables; en que se perfilan, si bien inciertamente los contornos que revestirá la sociedad futura; en que hombres de gran experiencia política, como el primer ministro inglés, Winston Churchill, llegan a preguntarse cómo es posible imaginar que la masa del pueblo sea capaz de decidir por votos, en las elecciones, la recta vía que se debe seguir entre el cataclismo de los cambios que contempla la humanidad, considero que tengo derecho a plantear estas cuestiones:
Primera: ¿Es prudente dejar a merced de las múltiples, dispares y contradictorias determinaciones aisladas, la orientación ordenada de las delicadísimas cuestiones de carácter social y económico?
Segunda: ¿No debe ser el Estado quien, en aras de un interés superior, que es el de todos y cada uno de los integrantes de la comunidad nacional, ejerza la inalienable función constitucional de promover por todos los medios el bienestar general?
El principio de libertad económica que he proclamado no puede, pues, evitar que el Estado realice esta acción tutelar para coordinar las actividades privadas hacia una finalidad colectiva nacional, condicionada, consiguientemente, a ciertos preceptos que le son consustanciales. Si una nación quiere ser económicamente libre, y políticamente soberana, ha de respetar y exigir que le sean a ella respetados los principios básicos que rigen la vida de los hombres y de los pueblos: el derecho y la moral. Y si una nación no quiere ser o no se esfuerza en mantenerse económicamente libre y políticamente soberana, merecerá el escarnio y la befa de los contemporáneos, y la condenación de la historia.
En concreto: El principio de “libertad económica” no se vulnera, ni siquiera se empaña, cuando el Estado “dirige la economía”, de la misma manera que la libertad de transitar libremente por el país no queda afectada cuando se encauza o se dirige por determinadas rutas, en vez de permitir que, galopando a campo traviesa, se causen daños irreparables a terceros, sin conseguir de paso, provecho alguno para el viajero.
Es Estado puede orientar el ordenamiento social y económico sin que por ello intervenga para nada en la acción individual que corresponde al industrial, al comerciante, al consumidor. Estos, conservando toda la libertad de acción que los códigos fundamentales les otorgan, pueden ajustar sus realizaciones a los grandes planes que trace el Estado para lograr los objetivos políticos, económicos y sociales de la Nación.
Y que no estoy innovando viejos moldes, ni improvisando orientaciones para alardear de originalidad, os lo comprueba el vuelco dado por el concepto clásico de la economía política, desde que se convirtió en economía social. De ciencia que investigaba y realizaba tan solo las leyes generales de la producción, distribución, circulación y consumo de los bienes materiales, ha pasado a mayor jerarquía científica, cuando ha orientado tales finalidades hacia la conservación y prosperidad del orden social.
Este principio de libertad económica ha de ser antídoto que se oponga al desarrollo de las ilusiones colectivistas, por un lado, y el estímulo a la iniciativa privada. Pero de igual modo que las prohibiciones o limitaciones del comercio interno e internacional, cuando se emplean como sistema general, pueden conducir a la asfixia de las actividades y al empobrecimiento de la población, la buena organización de las actividades humanas requiere la dirección conveniente junto al estímulo necesario. Por esto he afirmado que ate la desarticulación provocada por la guerra mundial es indispensable prever las soluciones aplicables a las necesidades apremiantes de posguerra, estimulando la producción y utilizando toda la mano de obra disponible, con el fin de alcanzar un justo equilibrio de las fuerzas productivas, y elevar la renta nacional.
El Estado tiene el deber de estimular la producción; pero debe hacerlo con tal tacto, que logre, a la vez, el adecuado equilibrio entre las diversas fuerzas productivas. A este efecto determinará cuáles son las actividades ya consolidadas en nuestro medio, las que requieren una poyo para lograr solides a causa de la vital importancia que tienen para el país; y por último cuáles han cumplido ya su objetivo de suplir la carestía de los tiempos de guerra, pero cuyo mantenimiento en época de normalidad representaría una carga antieconómica que ningún motivo razonable aconseja mantener.
De la acertada combinación de estas distintas situaciones, dependerá en gran parte, el proceso de la futura industrialización nacional que permita dar ocupación normal y bien retribuida, a todos los habitantes del suelo argentino.
Desde un punto de vista puramente industrial, cabe fomentar aquellas industrias cuya materia prima sea genuinamente nacional entre otras razones porque tienen mayores probabilidades de subsistir una vez terminada la guerra.
Hemos de convenir que las condiciones especialmente favorables que la guerra ha creado en la Argentina, con relación al resto del mundo, equivale a una protección artificiosa y pasajera. La industria argentina, no sólo ha logrado substituir a un gran número de artículos que antes se importaban del extranjero, sino que ha lucrado con una exportación creciente, a tal punto que en el año 1943 equivalía al propio valor de exportación de los productos agrícolas.
En todo momento el Estado puede fomentar o proteger determinadas industrias. Puede pensarse en determinado orden de jerarquías dando preferencia a unas sobre otras. Pero, debe evitarse en lo posible la creación o sostenimiento de industrias artificiales, cuya vida económica depende de alguna forma de protección, que directa o indirectamente, siempre representa un gasto.
Un mínimo de Industria pesada siempre es necesario y conveniente para cubrir las mínimas necesidades de la defensa nacional, los elementos básicos, tales como hierro y carbón, no sólo escasean en nuestro país, sino que, a causa de su enorme desgaste, seguirán probablemente a precios elevados aun después de la guerra.
Se habrán agotado nuestros recursos de hierro viejo, y su importación es inevitable; pero tengamos en cuenta que las fuentes de producción mundial son perecederas, y los países productores lo harán pagar cada vez más.
El carbón, difícilmente recuperará sus precios normales de preguerra porque, al igual que el petróleo, son combustibles nobles que deberán ser usados para algo mejor que para ser quemados.
Gran Bretaña y Estados Unidos, que han sabido utilizar el hierro y el carbón para adquirir su extraordinario poderío, están empeñados en investigar el descubrimiento de nuevos sucedáneos, capaces de reemplazar el carbón de piedra, cuyos subproductos son más necesarios y valiosos que las calorías. Análogamente tratan de reemplazar en lo posible el hierro y el acero por material plástico, derivado de la producción agraria.
Los cursos de agua, aprovechados racionalmente por el Estado nos suministrarán la energía hidroeléctrica necesaria, independizándonos del vasallaje que rendimos al carbón. En otras palabras la técnica moderna presiente la futura escasez de materias primas perecederas y orienta su mirada hacia los productos de cultivo. En las pampas inagotables de nuestra patria se encuentra escondida la verdadera riqueza del porvenir.
No debemos imitar a los grandes países industriales, siguiendo el camino que les condujo al poderío de posguerra, porque las circunstancias son otras muy distintas a las que existían en los comienzos de su industrialización. Debemos andar al compás de los tiempos modernos y crear industrias fundadas en materias primas del país.
Al terminar la primera guerra mundial en 1918, la Argentina se encontró con gran diversidad de industrias establecidas para suplir la carencia de productos manufacturados que antes se importaban. El proceso industrial se habla iniciado, y progresivamente se fue acentuando. Pero esta transformación industrial, incrementada en el curso de la actual guerra, se realizó por sí sola, por la iniciativa privada de los que poseían una mayor confianza. “El Estado –dije en otra ocasión- no supo advertir esa evidencia que debió guiarlos y tutelarlos, orientando la utilización nacional de la energía facilitando la formación de la mano de obra y del personal directivo; armonizando la búsqueda y extracción de la materia prima con las necesidades y posibilidades de su elaboración; orientando y protegiendo su colocación en los mercados nacionales y extranjeros, con lo cual la economía nacional se habría beneficiado considerablemente".
Quiera Dios que en las circunstancias presentes sepamos aprovechar las lecciones del pasado y las experiencias que hemos vivido para convertir esta tierra bendita en la verdadera tierra de promisión que nuestros próceres entrevieron en sus sueños de de grandeza.
Poco esfuerzo me costará sostener la validez de los principios contenidos en el segundo punto de las ideas fundamentales sostienen mis convicciones, sobre política económico-social. Perfeccionar los conocimientos técnicos, aumentar el rendimiento individual, mejorar las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores, fomentar el progreso de la clase media y estimular el capital privado, son ideas que vengo sosteniendo desde el mismo día que me hice caro de la Secretaría de Trabajo y Previsión. No debo, pues, abundar en detalles que pongan de manifiesto mi modo de pensar. Pero la tergiversación que se ha dado palabras mías, pronunciadas recientemente, me obliga a detenerme un tanto en el último concepto citado, o sea, el estímulo al capital privado.
Mantener una firme decisión en lo económico, y lograr nuevos avances que intensifiquen la riqueza general, y mejorar el nivel de la población son tareas que requieren una vasta preparación técnica que no puede improvisarse. Pero exigen también un verdadero denuedo para hacer frente a las malévolas insinuaciones quienes quieren obtener nuevas riquezas a costa del sufrimiento ajeno; y de aquellos otros que buscan en la revolución roja o en la disipación anárquica, la única forma de encontrar satisfacción a sus ambiciones o compensación a sus fracasos.
Sé que son dos flancos a cubrir, batidos por enemigos igualmente encarnizados. Pero la Revolución Nacional no se ha hecho en vano sino que logrará extirpar por igual odios y egoísmos; y seguirá su obra imperturbablemente para que la paz y tranquilidad reinen con igual plenitud y pureza en los campos, en los talleres, en las oficinas, en las fábricas, en el hogar de los patrones y de los trabajadores.
Cualquiera que juzgue desapasionadamente, convendrá conmigo que no es posible encauzar los buenos deseos y desarraigar las malas costumbres, dejando a merced de cada cual la elección del camino a seguir. Es preciso limar asperezas, corregir errores, orientar voluntades.
A lograr estos objetivos vengo dedicando mis mejores afanes de cada día y en su realización empeño mi voluntad, mi decisión y mi cariño. Y tened por bien entendido - y os ruego lo manifestéis a cuantos buscan zaherir la patriótica intención que me guía-, que no he de buscar en exóticas teorías ni en ajenas realizaciones la fórmula mágica que resuelva los problemas que nuestra patria tiene planteados. Para buscar la solución de los problemas de mi patria me basta solamente ser argentino.
Uno de nuestros preceptos constitucionales declara que todos los habitantes de la Nación gozan del derecho de usar y disponer de su propiedad. Y otro, más terminante, añade que la propiedad es inviolable. La propiedad privada es, por lo tanto, indiscutible. Pero la extensión de los derechos que confiere, las modalidades que presenta y los límites que alcanza son cuestiones derivadas o conexas que abarcan totalmente la organización del régimen de los bienes. Y de igual manera como se regula el derecho sucesorio, se organizan las profesiones e industrias sobre una base de concurrencia o monopolio, se fijan las reglas que presiden los tratados de comercio y el régimen aduanero, como se regula el contrato de trabajo.
Resulta de ahí, que un régimen de bienes solo puede ser justo de una manera relativa. Y será tanto más justo cuanto por un lado, se adapta a las circunstancias económicas, políticas y sociales creadas por la naturaleza y la historia, y por otro lado, en cuanto produzca a los particulares ventajas económicas que correspondan a la eficacia del esfuerzo que tributen a la colectividad. Quedan naturalmente comprendidos, dentro del régimen de bienes el trabajo manual, el trabajo intelectual, el trabajo de dirección, la iniciativa y el capital.
Decir régimen de bienes, equivale a régimen de riquezas. La riqueza general nace de la producción, siente la influencia de los capitales disponibles. De ahí que, para la prosperidad de un país es de vital importancia desarrollar la formación de capitales, y su utilización juiciosa por parte de los particulares y de los poderes públicos.
Juzgo, en consecuencia, que debe estimularse el capital privado en cuanto constituye un elemento activo de la producción y contribuya al bienestar general.
Dije en la Bolsa de Comercio que “una riqueza sin estabilidad social puede ser poderosa, pero siempre será frágil”. Dije además, que “ni las corrientes comerciales han de modificarse bruscamente ni se ha de atacar en forma alguna al capital, que con el trabajo forma un verdadero cuerpo humano, donde sus miembros han de trabajar en armonía”. Por ello respeto los intereses obreros en la misma medida que respeto los capitales. Y añado, además, que tan insensato sería pretender negar los primeros como desdeñar los segundos. Y cuantos aquí están reunidos saben que esto o se hará. Tampoco se permitirá que cada cual imponga su voluntad por la fuerza o medre con artimañas, pues el Estado, que está en condiciones de impedirlas, y posee legítimamente la fuerza que le otorga la autoridad de que está investido, la ejercerá siempre que sea preciso lograr que sean por todos respetados los principios del derecho y de la equidad.
Siempre he considerado pernicioso el capital que pretende erigirse en instrumentos de dominación económica. Lo considero, en cambio, útil y beneficioso cuando veo elevar su función al rango de cooperador efectivo del progreso económico del país y colaborador sincero de la obra de producción, cuando comparte su poderío con el esfuerzo físico e intelectual de los trabajadores para acrecentar la riqueza del país.
Humanizar la función del capital es la gran misión histórica que incumbe a nuestra época. Este criterio podrá ser compartido o impugnado. Pero repasad la historia social en lo que va del siglo, y luego, con la mano puesta sobre vuestro corazón, decidme lealmente si es preferible abrir la válvula de los sentimientos, de los buenos sentimientos, o hacer gala de egoísmo para sumir a nuestra patria -que cuenta con tantos recursos para hacer la felicidad de sus habitantes- en el desastre material y en el caos espiritual en que han caído tantos pueblos y naciones.
Reflexionad con cordura acerca de lo que vengo exponiendo sobre la necesidad de que todos abramos los brazos para unirnos en un sentimiento de hermandad que signifique la función social, que cada uno de nosotros cumplimos en la vida.
Señores:
Al dar por iniciadas las tareas que el superior gobierno de la Nación me ha confiado para contribuir al ordenamientos social y económico del país, y dejar constituido el Consejo Nacional de Posguerra, que como organismo consultivo ha de prestarme su colaboración, he sentido la necesidad irrefrenable de trazar las grandes líneas a que sujetaré mi actuación futura. Creo que ellas pueden significar, tanto para patrones y trabajadores, como para los restantes grupos sociales del país, la garantía más absoluta de que serán respetados sus derechos y sus intereses, y propulsado, en la medida de lo posible y conveniente, el bienestar de todos.
Estas grandes líneas han de estar robustecidas en cada caso concreto por el dictamen del cuerpo consultivo que ha de acompañarme en la ardua tarea que se me ha confiado.
Al poner en posesión de su cargo a los señores que integran el Consejo Nacional de Posguerra, he de significarles cuánto me honra contar con la cooperación tan valiosa, de su inteligencia, capacidad y conocimiento de los complicados resortes de la economía nacional.
A su actuación patriótica y a su dictamen legal ajustaré mis normas directivas. Y abrigo la esperanza de que en la acción futura, frente a este nuevo organismo, podré contar también con el concurso de todos los hombres eminentes, representativos de la técnica, del capital, y del trabajo, para integrar las comisiones que, llegado el caso, considere necesarias. Y estoy convencido de que con la misma espontaneidad y sinceridad con que yo haré el llamado, me contestará cada uno de los requeridos; porque en momentos difíciles para el mundo, cuyas repercusiones puedan afectar a la Argentina, ninguno de sus hijos dejará de prestar abnegada ayuda, con tal de contribuir a la grandeza de su patria.
Con esta confianza vivo y con esta convicción trabajo.
JUAN DOMINGO PERÓN

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