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SEPTIEMBRE Y LAS BALAS

Compartimos artículo publicado por el historiador Enrique Manson, Miembro de nuestro Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano "Manuel Dorrego", en Tiempo Argentino, el pasado 6 de septiembre de 2013. 

SEPTIEMBRE Y LAS BALAS
(de plomo y de tinta)

"Primero vino Uriburo; Diciendo: yo lo acomodo; Pero lo arregló de un modo; Q’uera mejor el barullo; Dejó arreglado lo suyo; Y empeoró lo de todos".

Arturo JauretcheEl paso de los libres


El 6 de septiembre de 1930, cuando el general José Félix Uriburu llegó al gobierno encabezando la marcha de los cadetes del Colegio Militar, muchas cosas terminaron y muchas otras comenzaron en la Argentina. Algunos historiadores hablan del primer golpe militar, pintando el período que corre entre la batalla de Pavón y 1930 como un tiempo de estabilidad, en que la democracia no fue conmovida por intervenciones militares. Sin embargo se trataba, en todo caso, del primer golpe militar triunfante, y más precisamente, del primero del siglo XX.

Uriburu tuvo un poder relativo sobre su revolución. Se hallaba acotado por los factores de poder que habían apoyado al derrocamiento del Peludo, pero que desconfiaban de las inclinaciones "fascistas" del general. No deja de ser cuestionable tal calificación. El general no creía en la democracia, un sistema caótico manejado por demagogos venales. El pueblo, en su opinión, no estaba capacitado para gobernar y debía obedecer a quienes habían nacido para mandar. No en vano era miembro de una familia tradicional de Salta, y formado en una institución verticalista como el Ejército. Para colmo, el poeta Leopoldo Lugones había bendecido la Hora de la espada.
Poco entendería Uriburu del fascismo. Sólo admiraba su autoritarismo y su desprecio por la democracia. Más intelectual había sido la formación de algunos "nacionalistas" que lo acompañaron en las horas de conspiración, ya que no en las de gobierno. Poco tardó la oligarquía tradicional en dejar atrás al espadón.
Se iniciaba la etapa del fraude, y de la renovación de nuestra condición colonial, de la que sería modelo el Tratado Roca-Runciman.

José Luis Torres la bautizó La Década Infame.

En 1924 Lugones había bendecido a los uniformados la nueva aristocracia por haber “sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada”. El poeta afirmaba que ésta “implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque es su consecuencia natural, hacia la demagogia y el socialismo.”

Las palabras del vate cordobés encontraron algunos oídos bien dispuestos. Su pensamiento se fue instalando a través de las décadas entre los centuriones. Esta convicción, más que un presunto fascismo, impulsó la conducta de quienes, bien que con distintas tonalidades, derrocaron gobiernos en 1943, 1955, 1962 y 1966. Hasta culminar, con el baño de sangre, que queremos creer que el poeta no hubiera suscripto, de 1976.

Sin embargo, el baño de sangre no ha cambiado la manera de pensar –y, tal vez, de hacer, como diría algún intendente de nuestros días- de otros escribas de estilo menos pulido que el de Lugones pero de afirmaciones no menos categóricas. Hace pocos días, la Tribuna de Doctrina – o el diarito de Mitre, según la inclinación política de quien lo mencionara, rechazaba categóricamente los dichos de Cristina Fernández de Kirchner al adherir a una metáfora expresada por el intendente de Berazategui que se había referido a las balas de tinta que hoy reemplazan a las balas de plomo que se usaron en 1955 para derrocar a Perón.

“Ni las balas de plomo derrocaron a al general Juan Domingo Perón, ni existen balas de tinta, ni, en caso de existir, podrían destituir gobiernos. Perón no cayó por obra de las armas que alzó la Revolución Libertadora en 1955. Cayó, básicamente, porque su régimen se había agotado y abundaban los escándalos y las burdas muestras de autoritarismo”, afirma el ignoto editorialista.

Dejando de lado las balas y las bombas verdaderas que produjeron la verdadera guerra civil desatada en septiembre de 1955 y la sangre de argentinos, profusamente derramada por argentinos, parafraseando a la Corte que en 1930 produjo una acordada que reconocía al déspota del 6 de septiembre, el actual escriba justifica el derrocamiento del gobierno constitucional debido a sus propias culpas: se había agotado, abundaban los escándalos, y las burdas muestras de autoritarismo. Sin precisar que artículos de la Constitución establecen estas causas no probadas como legítimas para el derrocamiento, la pluma del anónimo opinador coincide con la leyenda urbana que atribuye a Perón la culpa de los cientos de muertos por el bombardeo criminal del 16 de junio. La

La Causa y el Régimen

El Granero del Mundo, pese a sus instituciones pretendidamente republicanas, era gobernado por la misma oligarquía terrateniente que manejaba el poder económico. El rémington y los ferrocarriles habían permitido que el Ejército de línea terminara con las montoneras, y los hijos de los gauchos federales debieron guardar la lanza y los recuerdos de sus viejas luchas o soportar el castigo de la frontera donde se matarían mutuamente con los indios, como tributo a la civilización. Es lo que relata José Hernández en su Martín Fierro.
Los inmigrantes, atraídos por la prosperidad económica y el espejismo del fácil acceso a la tierra, no tenían expectativas políticas, de modo que no fueron obstáculo para los que mandaban. Pero sus hijos, que no soñaban con el regreso al país de sus padres y sentían la Argentina como propia, reclamaron una participación política que no era legítimo negar. La Unión Cívica Radical y su caudillo, Hipólito Yrigoyen, enmarcaron la exigencia, sumándolos a los hijos de los viejos federales, que ahora remplazaban la inútil lanza montonera por la libreta de enrolamiento.
Tras la ley Sáenz Peña, los gobiernos radicales de Yrigoyen, Marcelo T. de Alvear, y nuevamente Yrigoyen fueron tolerados de mala gana por la oligarquía., cuyo poder económico no había sido afectado. La conmoción mundial de 1930 terminó con su paciencia. Y con la de otros actores que llegaron entonces a la escena política. Y que llegaron para quedarse.

El militarismo

Los militares habían participado siempre de la política. En las Invasiones Inglesas, en la Revolución de Mayo, en las luchas y revolucionarios de 1876, 1880, 1890, 1893, 1905. Sin embargo, lo habían hecho encuadrados en partidos políticos, y siguiendo a caudillos más o menos carismáticos. Eran alsinistas o mitristas; roquistas o yrigoyenistas. Los del 6 de septiembre, en cambio, fueron producto de la reforma del ministro Pablo Ricchieri. Su presencia suponía la aparición de un fenómeno nuevo: el militarismo.
Ricchieri quiso formar un ejército moderno. Su marco legal fue la Ley Orgánica Nº 4031, su modelo el ejército alemán, su oportunidad, el peligro de guerra con Chile por el diferendo limítrofe. El nuevo ejército sería “profesional”. Los militares abandonarían la política... Pero con el profesionalismo llegó el menosprecio por los políticos. Estos se valían de tretas y artimañas non sanctas para alcanzar sus objetivos. Todo lo contrario del honor militar, propio de hombres consagrados al servicio exclusivo de la Patria, hasta el punto de perder la vida. Alguna vez Carlos Pellegrini había dicho que el militar “viste de otra manera (que la del civil), hasta habla y camina en otra forma”. Pero también se formaba en un internado, desarrollaba sus tareas en un cuartel, se entretenía en un “casino”, y muchas veces se casaba con la hija de un superior o la hermana de un camarada, por lo que se movía en un microclima que, a lo largo de las décadas se fue haciendo más impermeable a toda influencia civil.
Sarmiento afirmó alguna vez que “El Ejército es un león que hay que tener enjaulado para soltarlo el día de la batalla”. “Y esta jaula”, agregaba Carlos Pellegrini,… es la disciplina,... y sus fieles guardianes son el honor y el deber. Ay de la nación que debilite esa jaula,...que haga retirar esos guardianes: pues ese día se habrá convertido esa institución, que es la garantía de las libertades del país y de la tranquilidad pública, en un verdadero peligro, en una amenaza nacional.”
Ni uno ni otro eran antimilitaristas. Pero en 1924 llegaría un poeta que consideró a los uniformados la nueva aristocracia por haber “sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada”. Leopoldo Lugones afirmaba que ésta “implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, por que es su consecuencia natural, hacia la demagogia y el socialismo.”
Las palabras del vate cordobés encontraron algunos oídos bien dispuestos. Su pensamiento se fue instalando a través de las décadas entre los centuriones. Esta convicción, más que un presunto fascismo, impulsó la conducta de quienes, bien que con distintas tonalidades, derrocaron gobiernos en 1943, 1955, 1962 y 1966. Hasta culminar, con el baño de sangre, que queremos creer que el poeta no hubiera suscripto, de 1976.

La crisis del capitalismo

Al terminar la Primera Guerra Mundial, en 1918, el esquema centro-periferia de la división del poder económico había incorporado un nuevo componente. Los Estados Unidos salieron convertidos en los mayores inversores y los mayores acreedores. De ahí que si las potencias europeas seguían siendo "centro" de las colonias y semicolonial de la periferia, ahora aparecía un "centro” del "centro" en la potencia americana.
En la posguerra los Estados Unidos vivieron una creciente prosperidad: crecimiento industrial, altos depósitos en los bancos y grandes inversiones de pequeños y medianos ahorristas. Pero la producción creció más rápido que la capacidad de consumo. No era la exportación solución en un mundo hambreado, y los stocks crecieron vertiginosamente. Bajó la producción, lo que trajo desocupación y caída de salarios. El círculo vicioso llevaba al paro industrial. Con la quiebra de los principales bancos, la crisis llegó al clímax.
Washington empezó a reclamar el pago de las deudas y a retirar las inversiones en el exterior. La crisis cruzó el Atlántico y llegó a las devaluadas potencias europeas. De ellas pasaría a la periferia, y así llegó de Inglaterra a la Argentina. Entre 1929 y 1932 nuestras exportaciones cayeron violentamente. No estaban las cosas para seguir soportando al radicalismo. Figuras del patriciado que no creían en la democracia -gobierno de la chusma y de los demagogos- y que se sentían admirados por el orden establecido por las dictaduras europeas, y jóvenes nacionalistas que suponían que sólo la conducción de un caudillo como Primo de Rivera, Mussolini o el mismo Hitler, podían salvar al país de la decadencia y de la crisis buscaron un salvador. Algunos creyeron encontrarlo en un general salteño y simplote que usaba bigotes de largas guías.

El fascismo uriburista

Uriburu tuvo un poder relativo sobre su revolución. Se hallaba acotado por los factores de poder que habían apoyado al derrocamiento del Peludo, pero que desconfiaban de las inclinaciones "fascistas" del general. No deja de ser cuestionable tal calificación. El general no creía en la democracia, un sistema caótico manejado por demagogos venales. El pueblo, en su opinión, no estaba capacitado para gobernar y debía obedecer a quienes habían nacido para mandar. No en vano era miembro de una familia tradicional de Salta, y formado en una institución verticalista como el Ejército. Para colmo, Lugones había bendecido la Hora de la espada.
Poco entendería Uriburu del fascismo. Sólo admiraba su autoritarismo y su desprecio por la democracia. Más intelectual había sido la formación de algunos "nacionalistas" que lo acompañaron en las horas de conspiración, ya que no en las de gobierno. Poco tardó la oligarquía tradicional en dejar atrás al espadón.
Se iniciaba la etapa del fraude, y de la renovación de nuestra condición colonial, de la que sería modelo el Tratado Roca-Runciman.
José Luis Torres la bautizó La Década Infame.

Enrique Manson
Miembro del Instituto Dorrego
Septiembre de 2010


Ni las balas de plomo derrocaron a al general Juan Domingo Perón, ni existen balas de tinta, ni, en caso de existir, podrían destituir gobiernos. Perón no cayó por obra de las armas que alzó la Revolución Libertadora en 1955. Cayó, básicamente, porque su régimen se había agotado y abundaban los escándalos y las burdas muestras de autoritarismo.

“sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada”. Leopoldo Lugones afirmaba que ésta “implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, por que es su consecuencia natural, hacia la demagogia y el socialismo.”
Las palabras del poeta cordobés encontraron algunos oídos bien dispuestos entre los uniformados. No muchos, por entonces, ya que la mayoría llevaba décadas escuchando el discurso liberal y, si bien desconfiaban de lo “populachero” del peludismo y tampoco veían con buenos ojos a los punteros conservadores, respetaban en cambio a los estadistas que dirigían los partidos tradicionales, aparentemente incontaminados de los manejos de comité.
La convicción de la superioridad de los militares y su destino de nueva aristocracia se iría formando con las décadas, recorriendo caminos en los que muchas veces tropezaría con criterios de alianza con sectores políticos, nacionalistas unos, liberales otros y hasta populares en ciertos casos. Esta convicción, más que un presunto fascismo, impulsó muchas conductas políticas de uniformados, bien que con distintas tonalidades ideológicas, en los gobiernos de 1943, 1955, 1962 y 1966. Hasta culminar, con una trágica concreción que, queremos creer que el poeta no hubiera suscripto, en 1976.

Manson, Enrique

Historiador.

Vocal de la comisión directiva del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano "Manuel Dorrego".

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