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Homenaje a Eduardo Luis Duhalde

Semblanza de Eduardo Luis Duhalde a cargo de Luis Hipólito Alén.

EDUARDO LUIS DUHALDE  y EL REVISIONISMO HISTÓRICO

Si algo caracterizó la vida de Eduardo Luis Duhalde, fue la multiplicidad de dimensiones que asumió y en las que logró destacarse a lo largo de sus 72 fructíferos años de vida. Abogado, periodista, magistrado, funcionario público, fueron algunas de las tareas que emprendió y en las que su pensamiento se unió a la acción, teniendo como guía la lucha por el pleno respeto de la dignidad humana.

Con ese espíritu militante, siendo muy joven había emprendido, junto a otro inolvidable, Rodolfo Ortega Peña, el desarrollo de un programa de revisión de la historia argentina que si bien reconocía los aportes ya realizados por grandes autores como  José María Rosa, Juan José Hernández Arregui, Rodolfo Puiggrós y Jorge Abelardo Ramos, buscaba encontrar en el estudio del pasado claves para la acción política en el presente.

Para 1964 y en función de ese programa, Duhalde y Ortega Peña se unieron al grupo “Cóndor”, junto al nombrado Hernández Arregui y a otro grupo de intelectuales, conformado por Oscar Balestieri, Alberto Belloni, Ricardo Carpani, Rubén Bortnik y Rubén Borello. SI bien la experiencia tuvo corta vida, vale rescatar de su manifiesto liminar, publicado el 4 de junio de 1964 en homenaje a Felipe Varela, la explícita adhesión al revisionismo histórico, planteado tanto en oposición a la historia oficial del liberalismo –aceptada por la izquierda oficial-, cuanto a la historiografía del nacionalismo de derecha, oligárquico y elitista.
Como parte de esa experiencia, el 17 de octubre de 1964 se fundaba el  Centro de Estudios Históricos “Felipe Varela”, que desde mayo de 1965 publicaba la revista “La Unión Americana” dirigida por Duhalde y Ortega Peña quienes publicaron muchos trabajos, luego ampliados en los libros que más tarde publicarían.
La adhesión al revisionismo histórico no significaba solamente recuperar una mirada del pasado hecha desde la vereda opuesta a las clases dominantes, sino fundamentalmente una herramienta para comprender las luchas de las montoneras y los caudillos federales como el antecedente necesario de las luchas revolucionarias del proletariado industrial, en gran parte de origen provinciano, y heredero histórico de aquellas gloriosas luchas nacionales (en palabras del manifiesto de Cóndor).

Ya desde que iniciaran su actividad conjunta en 1961, Duhalde y Ortega Peña comenzaron a publicar artículos sobre distintos sucesos históricos. En 1963 tomaron la decisión de firmar como pares sus trabajos, en una tarea que no reconoce antecedentes (ni tampoco continuadores) y que los llevó a merecer un reconocimiento conjunto traducido en un sinnúmero de apodos y finalmente bendecido por Leopoldo Marechal que en Megafón o la guerra los transformó en Barrantes y Barroso, dos de los personajes centrales de su obra.

En 1965 publicaron varios trabajos: una investigación sobre el crimen de Felipe Vallese, el primer desaparecido peronista, publicada con el apoyo de la Unión Obrera Metalúrgica; sus comentarios a un trabajo de David Peña (abuelo de Rodolfo Ortega Peña y secretario de Juan Bautista Alberdi) llamado “Alberdi, los mitristas y la Guerra de la Triple Alianza” y “El asesinato de Dorrego: poder, oligarquía y penetración extranjera en el Río de la Plata”, estos dos en la editorial Peña Lillo.

Con “El asesinato de Dorrego” no sólo comenzaron a desgranar la saga de los caudillos sino que por primera vez la muerte del gobernador federal aparecía como lo que había sido: un crimen del poder, desnudado en su total impudicia. Lavalle ya no era una simple “espada sin cabeza” sino que se transformaba en la herramienta que la oligarquía nativa y sus mandantes extranjeros usaban para frenar cualquier iniciativa de construcción de una alternativa nacional y popular.
Ese mismo año, en la revista del Centro de Estudios Históricos Felipe Varela, “La Unión Americana” publicarían –con el mismo nombre de la revista- el primero de sus trabajos sobre la figura del hasta entonces olvidado caudillo catamarqueño, que la historiografía oficial había reducido poco más que a la figura de un bandolero finalmente vencido en Pozo de Vargas y recordado en las edulcoradas canciones folklóricas que recordaban sus batallas y su derrota.

A dicho artículo, y ya desde la editorial “Sudestada” que fundaron para hacer conocer no solo sus libros sino también trabajos de otros destacados autores, lo seguirían “Felipe Varela contra el imperio Británico: Las masas de la Unión Americana enfrentan a las potencias europeas”, editado en 1966, “Las guerras civiles argentinas y la historiografía”, publicado en 1967, “Folklore argentino : y revisionismo histórico(La montonera de Felipe Varela en el cantar popular)”, del mismo año,  “El manifiesto de Felipe Varela y la cuestión nacional: Manifiesto del general Felipe Varela a los pueblos americanos sobre los acontecimientos políticos de la República Argentina en los años 1866 y 1867”, y “San Martín y Rosas: Política nacionalista en América” los dos de 1968, año en el que también aparecerían otros dos trabajos centrales en la obra de los dos autores: “Baring Brothers y la historia política argentina: la banca británica y el proceso histórico nacional de 1824 a 1890”  y “Facundo y la montonera : historia de la resistencia nacional a la penetración británica”, este último publicado por Editorial Plus Ultra.

Por fin, en 1969 completarían sus trabajos sobre Felipe Varela con dos nuevas obras: “Proceso a la montonera de Felipe Varela por la toma de Salta”, publicado por Sudestada, y “Reportaje a Felipe Varela”, de la editorial de Jorge Álvarez, donde utilizaban textos del caudillo para entablar un diálogo que abarcaba también aspectos de la realidad nacional de ese momento.

En junio de 1971, la revista “Todo es Historia” dirigida por Félix Luna, -con quien polemizaron más de una vez-, publicó un trabajo especial sobre la figura de Mitre, compilado por María Sáenz Quesada, en el cual Duhalde afirmó: “Bartolomé Mitre es el nombre en el cual se concentra la política británica en el Río de la Plata en su mayor intensidad colonial. Su significación es la de expresar el uso instrumental de Buenos Aires contra toda la Nación, al servicio de una mentalidad y designios exclusivamente europeos. Desde un punto de vista nacionalista popular, la actuación de Mitre para la constitución de la Argentina como Nación independiente es nefasta”. Agregaría que “Mitre era un historiador ‘serio’, es decir, conocía a los historiadores de su época. Pero su ‘cientificidad’ estuvo permanentemente al servicio de una concepción antinacional. Creó superhéroes, parcializó a argentinos de temple y obscureció como a salteadores a los caudillos. Sus ‘sanmartines y belgranos’ son personajes recortados con las tijeras de (Thomas) Carlyle y litografiados por (Leopoldo) Torre Nilsson. Pero la deshumanización que alimenta toda la historiografía mitrista tiene raíces más profundas que las estéticas; propia de la falta de contenido popular de toda su weltsanschaung (cosmovisión)”. Y finalmente, respecto a la actuación de Mitre con relación al interior del país, sostuvo que “Quizás hubiera sido importante oír a los propios interesados en este punto. Preguntarle por ejemplo al Chacho, a los (Ambrosio) Chumbita, a (Aurelio) Salazar, a Felipe Várela o a esos miles de campesinos, de condenados de la tierra del noreste argentino que se levantaron en armas contra Mitre, en respuesta a la política porteñista que ‘el círculo de Mitre’ llevaba a cabo contra el interior provinciano. La liquidación del mercado interno era una necesidad básica para la política porteño- británica. Asimismo la consolidación de pequeños grupos que se van afirmando como oligarquías lugareñas, que serán las correas de transmisión de la política mitrista en el interior Jugarán un papel en la represión y dominio liberal de las provincias. La negatividad del ciclo mitrista en el interior se siente todavía hoy, a más de cien años” .

Esas declaraciones de Duhalde sintetizan, en gran manera, su pensamiento sobre Mitre como constructor de un modelo de estado-nación dependiente (luego perfeccionado por Roca), al que dota de una historia a su medida y que, para su consolidación, precisó de la represión brutal contra la resistencia del interior, encarnada en el gauchaje federal.

En paralelo a su intenso trabajo como historiadores, Duhalde y Ortega Peña, fieles a su compromiso ético, emprendieron otras tareas. Ya en 1969 habían sido partícipes de experiencias como la del Cordobazo,  y luego, sin abandonar la representación jurídica de muchos sindicatos, frente a las persecuciones y asesinatos desplegados por la dictadura instalada en 1966 decidieron asumir la defensa de los presos políticos, sin hacer distinción en la pertenencia de los mismos a diferentes agrupaciones y más allá de su adhesión a las corrientes del peronismo revolucionario. Pertenecieron a la Gremial de Abogados, una agrupación que luchaba, desde el ejercicio profesional, por el pleno respeto de los derechos humanos.

Esa ardua labor los llevó a enfrentarse decididamente con los grupos de poder. Sufrieron más de un atentado, pero tal vez el episodio que marcó más su actividad de aquellos días –y constituyó un punto de inflexión en la represión de las luchas populares-, fue la masacre de Trelew, cuando el 22 de agosto de 1972 la Marina fusiló a un grupo de prisioneros políticos –la mayor parte de ellos, defendidos por Duhalde y Ortega Peña-, en represalia por la fuga de un núcleo de dirigentes de las organizaciones armadas que combatían a la dictadura. El suceso, verdadero punto de partida del terrorismo de Estado que se ensañaría contra nuestro pueblo pocos años más tarde, los volcó decididamente a la acción política.

El 17 de noviembre de 1972, Perón regresaba a la Argentina. En el avión que lo trasladaba venían Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña. Este sería luego candidato a diputado nacional en las listas del Frente Justicialista de Liberación, que el 11 de marzo de 1973 consagraba en las urnas a la fórmula encabezada por Héctor J. Cámpora y Vicente Solano Lima.

Duhalde y Ortega Peña publicaron entonces la revista “Militancia” que se definía como “Peronista para la Liberación”. Sus páginas constituyeron la expresión de las corrientes más críticas de la izquierda peronista, denunciando el abandono del programa del FREJULI y el desvío hacia la derecha que significaba la influencia de López Rega. No fue casual, entonces, que la revista fuera clausurada por el propio Perón. Duhalde y Ortega Peña sacaron entonces la segunda época de “De Frente”, la revista que había dirigido a mediados de los ’50 John William Cooke.

Ortega Peña había asumido como diputado tras la renuncia de un grupo de legisladores de la Juventud Peronista. Desde allí y con el auxilio permanente de Duhalde, puso su banca al servicio de las luchas populares, como un verdadero tribuno de la plebe.

Pero la muerte de Perón desató el infierno y el 31 de julio de 1974 Rodolfo Ortega Peña caía abatido por las balas de la Triple A en la esquina de Carlos Pellegrini y Arenales. Ya nada sería igual, Duhalde debió pasar a la clandestinidad, y la situación general del país empeoró progresivamente hasta el golpe de estado del 24 de marzo de 1976. Vendrían luego los tiempos del exilio, primero en Cuba y de allí a Madrid, donde ejerció la presidencia de la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU), foro incansable de denuncia de los crímenes de la dictadura cívico militar que lo había privado de sus derechos civiles y políticos, incluyéndolo en la nefasta Acta de Responsabilidad del 18 de junio de 1976.

El alejamiento forzado de la patria con su consecuencia de desarraigo y la necesidad de encontrar una nueva vida, mientras en la Argentina se sucedían las caídas de tantos compañeros, no desanimaron a Duhalde. Es preciso recordar que frente al golpe genocida del 24 de marzo, en el ámbito internacional no hubo una condena expresa a la dictadura, por el desprestigio que cargaba el gobierno de María Estela Martínez. Hacer comprender la magnitud de las violaciones a los derechos humanos que se cometían en la Argentina y lograr que los órganos de protección del sistema universal y los del sistema interamericano fijaran su atención en nuestro país, fue una tarea que requirió del esfuerzo militante de muchos exiliados y en el que la participación de Eduardo Luis Duhalde fue central.

Ello se combinaba con la ayuda a quienes llegaban al exilio, para que pudieran reorganizar sus vidas pero también obteniendo testimonios que hoy son prueba fundamental en los juicios en que se juzgan los crímenes de lesa humanidad.

Ya sobre el fin de la dictadura, Duhalde publicó el trabajo que mejor describe la ideología y el funcionamiento de la última dictadura: “El Estado Terrorista argentino”. La obra rápidamente se constituyó en uno de los libros más leídos en los albores de la democracia recuperada, al tiempo que resulta ser material de consulta indispensable para investigadores, juristas e historiadores que reflexionan sobre ese período oscuro.

Vuelto a la Argentina, Duhalde retomó sus muy variadas actividades con impulso renovado. Así, formó la Editorial Contrapunto, desde la que no solo publicó obras esenciales sobre la realidad contemporánea sino que reeditó parte de sus trabajos conjuntos con Ortega Peña y otros de carácter histórico .

Su producción personal en esos tiempos abarcó distintas cuestiones, desde el análisis de nuevos fenómenos que se producían en el continente como el surgimiento del Ejército Zapatista , la recuperación de experiencias políticas de las décadas anteriores , la reflexión sobre la ética y la violencia , o los estudios sobre el derecho a la información , además de reeditar sus trabajos con Ortega Peña sobre Felipe Varela en un solo libro, al que agregó su propia reflexión .
Todavía le quedaba tiempo como para dirigir un periódico de nuevo cuño (y lamentablemente, de corta vida) , y pasar luego a desempeñar brillantemente la magistratura judicial como juez del Tribunal Oral en lo Criminal Nº 29 de la Capital Federal, donde dictó sentencias memorables en casos de gran trascendencia, todo mientras ejercía la docencia universitaria como titular de la cátedra de Derecho a la Información en la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

En esos años no se privó de hacer conocer sus opiniones y de sostenerlas por distintos medios, ni tampoco de polemizar con quienes sostenían visiones de la historia que se contraponían con su aguda mirada. Así en junio de 1997 se cruzaba con María Sáenz Quesada, que en una nota publicada en Clarín (conjuntamente con Luis Alberto Romero), le imputaban –junto a Ortega Peña-, haber adulterado datos en sus libros. La respuesta de Duhalde, en una carta de lectores a ese diario, fue tan sintética como certera: “usted escribe sobre los estancieros y su platería. Nosotros lo hicimos sobre los peones y sus sufrimientos”.

Era un posicionamiento frente a otras corrientes de la historiografía argentina que siempre fue central en el pensamiento de Duhalde, desde los tiempos en que escribía con Ortega Peña, cuando en relación a la supuesta objetividad de los historiadores liberales sostuvieron que “... la objetividad se resuelve en parcial actitud de consolidación del orden establecido (por quienes detentan el poder). El historiador de uno u otro bando (el antagonismo ‘montoneros-liberales’ persiste con toda su vigencia), se lanza sobre el pasado utilizando la analogía como método de proyección de su propia circunstancia histórica”.

Es que para Duhalde, tanto la construcción de la historia “oficial”, la producida por la Academia Nacional de la Historia, como otras que aparentemente se posicionaban en otros lugares del arco ideológico (la “historia social” de Halperin Donghi y sus seguidores, o los trabajos de Leonardo Paso, militante del Partido Comunista), solo continuaban a los modelos que acompañaron la construcción del Estado Nación tras la derrota nacional en Caseros. Era la historia contada por los vencedores de Pavón, la construida como relato oficial luego de la aniquilación de las montoneras del Chacho Peñaloza, de Felipe Varela y de Ricardo López Jordán.

Esa visión de la historia, propia de las clases dominantes y construida a su medida, se reconocía deudora de la obra de Bartolomé Mitre que, ya en el siglo XX, continuaría Ricardo Levene al frente de la Academia Nacional. Por eso ya habían dicho, con Ortega Peña, que la verdadera historia comenzó a conocerse con el revisionismo histórico, y se dedicaron a reivindicar la lucha de los caudillos federales, excluidos de los cenáculos oficiales y transformados en poco más que bandidos a los que fue necesario exterminar.

La obra de Duhalde –primero en esa sociedad simbiótica con Ortega Peña, y luego en su producción individual-, no fue el simple racconto de sucesos del pasado, narrados en su sucesión temporal pero desprovistos de todo análisis. Por el contrario, esos sucesos adquirían relevancia en tanto y en cuanto constituían las razones sobre las que se fundaba un presente en el cual ambos en conjunto y luego Duhalde por sí, combatieron para transformarlo en pro de un mundo más justo.

Así, en “El Asesinato de Dorrego” ponían por primera vez al descubierto los crímenes del poder como necesarios para la consolidación de un proyecto antinacional . “Baring Brothers” desnudaba la entrega de nuestras riquezas, disfrazada bajo los términos de un empréstito mechado de corrupción y otras iniquidades, que es a su vez el antecedente necesario del endeudamiento externo al que tantas veces recurrieron otros gobiernos. “Facundo y la montonera” no se agotaba en el análisis de la figura del caudillo, que no ocultaba los claroscuros del mismo, sino en el carácter nacional y popular de las resistencias del interior, en las que se reflejaban, más de un siglo después, las luchas de la resistencia peronista.
El ciclo de Felipe Varela es, tal vez, aquel que más interés reviste puesto que la reivindicación del caudillo y sus luchas, a la vez nacionales y americanas, se contrapone con la condena del mitrismo como expresión de las políticas antinacionales y antipopulares que habían cimentado la construcción del Estado-Nación en la década de 1860.

Duhalde, que bien comprendía la importancia de ese ciclo y de su principal figura no sólo en aquellos momentos sino en su impacto sobre el presente, retomaría en su último libro específicamente dedicado a la investigación histórica su análisis del fundador de La Nación: publicando “Contra Mitre. Los intelectuales y el poder: de Caseros al 80” (Ed. Punto Crítico, Buenos Aires 2005). Una de las dedicatorias de ese libro recuperaba su entrañable relación con Rodolfo Ortega Peña: “in memoriam, porque este libro deberíamos haberlo escrito juntos, tal como nos proponíamos hacerlo cuando el terror del Estado cortó su vida hace 30 años. Y porque todavía sigo aprendiendo de sus comentarios y observaciones sobre este período histórico, que resuenan en mis oídos al escribir este trabajo tan largamente postergado”.

En “Contra Mitre” Duhalde define algunos puntos centrales de su pensamiento en cuanto a la tarea del historiador: “No se trata sólo de la fascinante ceremonia de volver a recrear lo que ya no está para que una tragedia perdida pueda ser audible. Resignificar la historia es el paso inquietante e indispensable para contribuir a deshilachar el discurso encubridor y equívoco del presente, heredero de los valores de un liberalismo mistificador. Tampoco es tarea fácil, cuando las corrientes del revisionismo histórico –que fueron muy severas en el juicio a la política mitrista- han perdido todo espacio vigente en la historiografía argentina, interesadamente descalificados sus historiadores junto a los proyectos nacionales que los impulsaron, desde un cientificismo neoliberal. Este libro pretende contribuir a la reinstalación de una visión crítica del mitrismo, buscando superar la estrechez ideológica e instrumental de aquel revisionismo tradicional, sin desdeñar por inválidos sus importantes aportes” .

Los tópicos que atravesaron su producción historiográfica se recrean y renacen en plenitud en “Contra Mitre”, mostrando no sólo la fuerza del pensamiento de su autor sino la vigencia de sus análisis y su aplicación a nuestro presente. Dice allí Duhalde: “Las últimas décadas del presente argentino, nos han enseñado que el terrorismo de Estado y la posterior democratización política sin alterar el modelo económico excluyente de vastos sectores de la sociedad, no son linealmente opuestos y que la etapa sobreviniente tiene como presupuesto de su posibilidad la existencia del primero, con su limpieza represiva colectiva y la obtención de la docilidad necesaria para la aceptación del discurso narrativo de la ‘democratización y pacificación’ asentado en la persistencia de un orden social cada vez más injusto” .

En ese orden de ideas, Mitre-Sarmiento se revelan como los precursores del terrorismo de Estado que se enseñoreó de nuestro país hasta 1983, y a la vez, son la condición necesaria para que se pudiera instalar el modelo de Estado de la generación de 1880, caracterizado por un sistema político basado en el fraude y la corrupción, y una proyección económica estructurada sobre nuevas formas de dependencia, ambos excluyentes de la participación popular. Ello del mismo modo en que el Estado terrorista de 1976-1983 se proyecta posteriormente en el neoliberalismo reinante desde fines de la década de 1980 y hasta la crisis de 2001, con sus privatizaciones, su endeudamiento colosal y sus corolarios de marginación y exclusión.

El “Contra Mitre” apareció cuando ya Eduardo Luis Duhalde había asumido la tarea de construir, por primera vez desde un cargo público, políticas de Estado basadas en la promoción y protección de los derechos humanos, en consonancia con los postulados que Néstor Kirchner enunciara al asumir el gobierno en 2003. No fue una simple coincidencia: una vez más, Duhalde enseñaba con el ejemplo, aportando generosamente sus esfuerzos en la Secretaría de Derechos Humanos que bajo su gestión se transformó de ser una simple oficina de atención de los reclamos de las víctimas del terrorismo estatal –función que le habían asignado los anteriores gobiernos-, en una usina generadora de políticas públicas centradas en el respeto irrestricto a la dignidad humana.

La recuperación del predio donde funcionó el Centro Clandestino de Detención de la Escuela de Mecánica de la Armada y su refundación como Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos, la creación del Archivo Nacional de la Memoria y del Centro de Asistencia a las Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos “Dr. Fernando Ulloa”, la participación de la Secretaría en los juicios por crímenes de lesa humanidad, la revitalización y ampliación de las políticas reparatorias de las víctimas, abarcando no solo el aspecto económico sino su acompañamiento y asistencia, la puesta en práctica de iniciativas destinadas a los sectores sociales en situación de vulnerabilidad (niños, niñas y adolescentes, cuestiones de género, igualdad e identidad sexual, adultos mayores, pueblos originarios, afrodescendientes, entre otros), ocuparon un espacio central que no excluyó la reflexión teórica. Así Duhalde propuso pensar a los derechos humanos como el núcleo central e imprescindible de una teoría del Estado, basada en la asunción por parte de éste de sus responsabilidades éticas.

Al mismo tiempo, continuó con otros emprendimientos, dirigiendo para Colihue la edición de las obras completas de John William Cooke y acordando con la misma empresa la reedición de sus trabajos conjuntos con Ortega Peña. Escribió múltiples artículos sobre temas diversos, aunque todos ellos reunidos en lo que era su incansable trabajo al frente de la Secretaría de Derechos Humanos.

Una de sus últimas tareas, que le fuera encomendada por la Presidenta de la Nación, Dra. Cristina Fernández de Kirchner, fue la promoción de la querella contra las autoridades de los diarios Clarín, La Nación y La Razón, por la apropiación ilegal de Papel Prensa, la empresa productora de papel para periódicos. Allí se unían su vocación por trabajar para el fin de la impunidad, en el convencimiento de que sobre el olvido y la injusticia es imposible sentar las bases de una sociedad verdaderamente democrática, con su convicción por la consolidación del derecho a la comunicación.

Me consta personalmente, porque tuve el enorme privilegio de acompañarlo y ser su amigo, la gran satisfacción que sintió con dos iniciativas del gobierno: la reivindicación de la gesta heroica de la Vuelta de Obligado, con el retrato de Juan Manuel de Rosas presidiendo el monumento inaugurado por la Presidenta, y la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”, del que llegó a formar parte.
Eduardo Luis Duhalde tenía varios proyectos en distintas etapas de avance, aunque la mayor parte de ellos cercanos a su conclusión, cuando la muerte lo sorprendió, en abril de 2012. A modo de cita y sin agotar el catálogo de trabajos pendientes, valgan una biografía de San Martín que provisoriamente titulaba “Pepe”, otra sobre el Batallón 601 de Inteligencia del Ejército y su rol durante el Estado Terrorista, y alguna sobre los negros en la Argentina. Queda la esperanza de su edición, sabiendo que, más allá de las revisiones que en su rigurosidad siempre precedieron a la publicación definitiva, no hay obra suya que pase desapercibida.

Quedan seguramente muchos aspectos por tratar de la obra y la vida de Eduardo Luis Duhalde. No pretendo agotarlos en esta breve semblanza: tan solo, dejar un pequeño testimonio de su compromiso vital por hacer de este país al que tanto amó, esa patria justa, libre y soberana por la que luchó incansablemente.

LUIS HIPÓLITO ALÉN

Vea el video del homenaje por DORREGO TV

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