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LA TARDÍA REIVINDICACIÓN DEL LIBERTADOR

Por Hugo Chumbita.
Miembro de número del Instituto Nacional Manuel Dorrego

Lejos de su tierra, en 1850 se extinguió la vida del último Gran Capitán de la independencia sudamericana: soldado, político, gobernante, forjó los ejércitos libertadores, creó el partido secreto de la revolución, condujo la guerra, marcó el rumbo de la libertad, la igualdad y la ilustración de todos, bregó por la unión de nuestra América, dio ejemplo de conducta y abnegación a las futuras generaciones. Sin embargo, una pesada losa de silencio cayó sobre su sepulcro, y sus restos mortales tardaron treinta años en ser repatriados.

Este hombre había cometido el pecado de ofrecer sus servicios a la Confederación Argentina para rechazar la agresión de las potencias europeas, había legado su sable a Rosas en tributo a su empeño contra el neocolonialismo, una causa “de tanta trascendencia –según sus palabras– como la de nuestra emancipación de España”, y había repudiado a los americanos que se unían al extranjero para reducir el país “a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española”. Estos americanos extraviados eran los que comenzaron a detentar el poder después de Caseros, y nunca le perdonaron aquellos gestos.

La reivindicación de San Martín fue una operación tardía, que tropezó con insidiosas reticencias y ambigüedades. Alberdi le reprochaba haberse ido a gobernar un país (Perú) “que no era el suyo”; Sarmiento le achacaba la represión a uno de los bandos patriotas chilenos; V. F. López le recriminaba haber desobedecido al Directorio porteño; Mitre reconocía su genio militar pero le censuraba supuestas limitaciones intelectuales, errores y estrecheces de criterio político.

La larga secuencia del rescate de su memoria tuvo diversas alternativas, entre las cuales una de las más interesantes fue la polémica que planteó el historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna, al sostener que la reivindicación del Libertador se inició antes en Chile que en la Argentina. En efecto, él había publicado varios textos precursores, y desde 1856 había propiciado la erección de su estatua ecuestre, que una sociedad patriótica costeó y encargó al escultor francés Daumas. Terminada en 1960, su inauguración se demoró, y también en Santiago existían sordas resistencias. Vicuña recordaba que ya en la época revolucionaria muchos aristócratas santiaguinos lo vieron como un intruso y lo despreciaban tachándolo de “mulato” y “paraguayo”.
Entre los numerosos ensayos sanmartinianos de este autor, el que publicó en 1871 en dos ediciones del diario El Mercurio de Valparaíso, titulado “El general San Martín en Europa (revelaciones íntimas)”, relata el ostracismo de sus últimos años, basado en confidencias de su hija y su yerno que recogió en un viaje a Francia. Allí, entre otras referencias de gran interés para retratar su personalidad, explica que “San Martín era profundamente reservado” y “descendió a la tumba llevando consigo dos clases de grandes secretos: los suyos propios y los de sus enemigos”. “Él no tenía aversión a la España, porque […] en San Martín la independencia de la América había sido más un sistema, una ley inevitable del destino, que una pasión o un odio”. “En cuanto a Inglaterra, si bien admiraba el mecanismo de sus instituciones, […] no podía decirse que fuera un anglómano”; “el instinto del insurgente, es decir, del criollo, triunfó siempre de la idea especulativa”; “había servido la independencia americana, porque la sentía circular en su sangre de mestizo”.

Al enterarse del homenaje que se preparaba en Chile, en Buenos Aires una suscripción pública que encabezó José Guerrico se apresuró a encargar a Daumas una copia de la estatua que se instaló en 1862 en Retiro. La otra se inauguró en la Alameda de Santiago en 1863. Lamentablemente, en Chile los esfuerzos de Vicuña Mackenna y otros admiradores del Libertador fueron opacados después por una especie de olvido deliberado en los círculos de la elite que alimentaban las rivalidades con la Argentina. Y en nuestro país, el reconocimiento al Padre de la Patria se fue abriendo paso paulatinamente, aunque sólo se completó en el centenario de su muerte, el Año del Libertador 1950. Siempre recuerdo que en mi ciudad natal recién entonces se rebautizó con su nombre y se erigió su monumento en la plaza principal, desplazando a Mitre. Hoy, en la revisión de nuestra historia, sólo falta despejar el secreto de su origen, un tema que es la clave de su misión americanista, de su compromiso con la liberación de los pueblos de esta parte del mundo.

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