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26 de Agosto 1792 – Uruguay

Nace en Montevideo, Manuel Oribe (Manuel Ceferino Oribe y Viana). Militar, fue presidente constitucional de Uruguay entre 1835 y 1838 y fundador del Partido Nacional. Falleció el 12 de noviembre de 1857. 
Era hijo del capitán Francisco Oribe y de María Francisca Viana, descendiente del primer gobernador de Montevideo, José Joaquín de Viana, y hermano de María Josefa Francisca Oribe y Viana e Ignacio Oribe. Al comienzo de la revolución independentista en el Río de la Plata se enroló en las filas patriotas como voluntario.
Su bautismo de fuego tuvo lugar en la batalla de Cerrito, el 31 de diciembre de 1812, en el transcurso del segundo sitio de Montevideo (1812-1814), hecho de armas que concluyó en una victoria de los patriotas. Participó luego al lado de José Artigas de la resistencia de los orientales contra la invasión Luso-Brasileña del año 1816.
A fines del año 1817, caído ya Montevideo en poder de los luso-brasileños, Oribe, engañado por las promesas del Director Juan Martín de Pueyrredón al que sólo le movía el empeño de restarle elementos a Artigas, abandonó la lucha y pasó a Buenos Aires junto con su hermano Ignacio y el coronel Rufino Bauzá, llevándose consigo el Batallón de Libertos y un batallón de artillería.
Enemistad entre Rivera y Oribe
El historiador Francisco Bauzá, hijo de Rufino Bauzá, en su obra "Historia de la dominación española en el Uruguay" (1880-1882), argumenta que ante la insistencia de Artigas en nombrar a su favorito, Fructuoso Rivera, como comandante militar al sur del río Negro para hacer frente a la invasión, Rufino Bauzá y Manuel Oribe se habrían manifestado en contra, situación que generó un violento intercambio de palabras con un Artigas al que ya la situación militar se le iba de las manos.
La enemistad personal entre Rivera y Oribe, que al parecer data de tales acontecimientos, decidió al joven oficial a abandonar a su jefe. Carlos Federico Lecor, comandante del ejército ocupante, no opuso traba alguna al pasaje de los oficiales orientales a Buenos Aires, por más que no pudo atraerlos a su causa. Rivera y su gente quedaron al servicio del invasor lusitano.
Primer período en Buenos Aires
En Buenos Aires, según se sabe por la compulsa de la papelería de la época, desde 1819, Oribe, junto a Santiago Vázquez y otros orientales residentes allí, opuestos por igual a la ocupación portuguesa y brasileña como a Artigas, habría integrado una sociedad secreta de carácter masónico, llamada Sociedad de los Caballeros Orientales, la cual esperó al menos hasta el Congreso Cisplatino de 1821 para emprender el retorno a la, desde entonces, llamada Provincia Cisplatina y comenzar sus trabajos para revertir la situación.
Entretanto, tras la derrota definitiva de Artigas (e incluso antes de ella) otro sector de la clase dirigente oriental se había adherido a los ocupantes, aceptando y colaborando en los hechos estrechamente con los portugueses. Este sector será el único que esté representado en el Congreso Cisplatino de 1821.
La ocupación de la Banda Oriental y su transformación en "Provincia Cisplatina" por parte de las tropas portuguesas y brasileñas había traído como consecuencia adicional la fractura de los sectores dirigentes, que desde entonces se alinearon en dos grupos separados por la aceptación o no de aquella presencia militar:
1 - El grupo montevideano - incluido Fructuoso Rivera -, pro portugués, llamado Club del Barón, por su proximidad al comandante invasor Carlos Federico Lecor (Barón de la Laguna),
2 - Los exiliados en Buenos Aires, donde Oribe revistaba, fuertemente influido por el unitarismo (aunque luego Oribe se destacó como un general del federalismo), y partidario de la reincorporación a las Provincias Unidas del Río de la Plata en cuanto fuera posible.
Esta división es el antecedente más remoto del surgimiento de las divisas tradicionales del Uruguay, luego transformadas (cuando tuvieron un programa escrito) en modernos partidos políticos: respectivamente el Partido Blanco y el Partido Colorado.
Regreso a Montevideo
En 1821 Oribe volvió a Montevideo y el día en que se produjo la lucha entre los portugueses, realistas fieles y los partidarios del Imperio del Brasil que venía de proclamar a Pedro I como emperador, tomó partido por los portugueses, mientras sus compañeros se movían en el sentido de involucrar a algunas de las Provincias Unidas del Río de la Plata en el sostenimiento de su causa.
Oribe recibió el cargo de sargento mayor en las fuerzas del general Álvaro da Costa, el cual continuaba dueño de Montevideo, mientras que Carlos Federico Lecor, vuelto al lado brasileño, mantuvo el control de la campaña desde su cuartel en Canelones, para lo cual contó con el invalorable sostén que le daba el tener de su lado al ex comandante artiguista Fructuoso Rivera, cooptado por el grupo pro portugués (y ahora unánimemente pro brasileño) en marzo de 1820.
Da Costa, sin medios para resistir por mucho tiempo, y a decir verdad, a la espera de una definición en la guerra entre Portugal y Brasil por la independencia de este último país, embarcó para Lisboa con sus tropas en febrero de 1824, abandonando completamente a su suerte al grupo de los Caballeros Orientales que se había aferrado a sus armas como posibilidad para triunfar. Oribe y su círculo, sabedores de lo que les esperaba si caían en manos de Lecor, abandonaron Montevideo, regresando a Buenos Aires para un segundo exilio. El último día de febrero de 1824, Lecor y Rivera entraron en Montevideo sin disparar un tiro, y conminaron al Cabildo a jurar fidelidad al emperador Pedro I de Brasil.
Segundo exilio en Buenos Aires
Nuevamente el grupo disperso hubo de reunirse en Buenos Aires, más exactamente en un saladero del entonces partido (hoy barrio) porteño de Barracas, del que era administrador el oriental Pedro Trápani. Allí, y tras las fuertes medidas represivas de los brasileños contra los partidarios del movimiento de 1822 y 1823, que llegaron incluso a las confiscaciones de ganados y bienes de estancieros de Buenos Aires, cundió la alarma en estos sectores, que vieron cómo las reses de los campos orientales eran arreadas para los saladeros de Río Grande del Sur, que en poco tiempo comenzaron a desbancar a sus similares de Buenos Aires en el mercado local.
Los exiliados orientales recibieron la visita y el apoyo de Juan Manuel de Rosas, que se convirtió en uno de los principales sostenes de la expedición que la historia conocería como Cruzada Libertadora. Es posible que de estos hechos date el comienzo del vínculo, muy estrecho después, entre Manuel Oribe y Juan Manuel de Rosas. La consigna por la que convocaban a los patriotas era clara; recuperar, según el ideario artiguista, la Banda Oriental para las Provincias Unidas del Río de La Plata, de ahí que los panfletos revolucionarios reclamaban a los patriotas con el lema Argentinos Orientales, a fin de que se sumaran a la heroica Cruzada.
Los Treinta y Tres Orientales
El 19 de abril de 1825 se produjo el ingreso a la llamada Provincia Cisplatina por parte de un pequeño grupo comandado por Juan Antonio Lavalleja y Manuel Oribe, al que se conocería como los Treinta y Tres Orientales. Poco más tarde, Oribe llegará frente a Montevideo con fuerzas a su mando y pondrá sitio a la ciudad a la cual liberará desalojando a las tropas brasileñas. Fue promovido a teniente coronel el 19 de septiembre de 1825 y se encontró en la batalla de Sarandí el 12 de octubre por lo que fue ascendido a coronel tras la victoria oriental. Meses más tarde, el 9 de febrero de 1826, Oribe obtuvo una completa victoria sobre la fuerte columna brasileña en el llamado combate del Cerro.
También estuvo presente el 20 de febrero de 1827 en la victoria de las armas argentino-orientales sobre las imperiales brasileñas en Ituzaingó.
A pesar de estar fuertemente identificado con el grupo que rodeaba a Juan Antonio Lavalleja, el 14 de agosto de 1832, durante la primera administración de Fructuoso Rivera fue designado coronel mayor, y el 9 de octubre de 1833 fue nombrado Ministro de Guerra y Marina. Será ascendido a brigadier general el 24 de febrero de 1835. El propio Rivera patrocinó la candidatura de Oribe para sucederlo en el mando presidencial, siendo elegido el 1º de marzo de 1835 como segundo presidente constitucional.
Primera presidencia de Oribe
El primer gobierno de Rivera, entre 1830 y 1834, había transcurrido en su casi totalidad bajo la vigencia del régimen de fronteras abiertas impuesto por la Convención Preliminar de Paz. Su administración, de hecho ausentista, ya que pasó la mayor parte del tiempo en Durazno, ciudad que había fundado en 1821, fue llevada adelante por un círculo exclusivista de políticos vinculados al antiguo partido pro portugués y pro brasileño: Los cinco hermanos (Lucas José Obes y sus cuatro cuñados), lo que provocó dos movimientos insurreccionales de Juan Antonio Lavalleja en 1832 y 1834, ambos fácilmente derrotados. Manuel Oribe no tomó parte en tales movimientos.
Elabora el Gran Libro de Deudas de 1835 (primer esbozo de la contabilidad del estado uruguayo), pasando por la creación de un sistema de jubilaciones y pensiones en ese mismo año, a la fundación de la Universidad de la República en 1838, el gobierno de Oribe aparece como el primero que echa andar el proyecto de autogestión de las clases dirigentes del Uruguay, sin recostarse en ningún poder fuera de fronteras.
Rivera derrota a Oribe
En julio de 1836 Rivera, agraviado por las resultancias a que arribó una comisión nombrada para examinar las cuentas de su período de gobierno y también destituido del cargo de comandante de la campaña, recurrió a las armas, siendo derrotado el 19 de septiembre de ese año en campos de Carpintería, en el departamento de Durazno, refugiándose poco después en el Brasil, donde se vinculó a la revolución de los farrapos de la República Riograndense, a la que se habían adherido algunos de sus ex camaradas de armas del ejército portugués, como Bento Gonçalves da Silva.
Volvió a intentarlo Rivera al año siguiente reforzado con tropas riograndenses, y consiguió derrotar a Oribe el 22 de octubre de 1837, en Yucutujá, en el departamento de Artigas. Poco después, Rivera es derrotado en la acción del Yí, pero la victoria brasileño-riverista de Palmar, el 15 de junio de 1838, dejó la República en manos de Rivera.
Por otro lado, el bloqueo impuesto por una flota francesa a Buenos Aires, gobernada por su aliado en este conflicto, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, dejó incomunicado al presidente Oribe. Presionado desde el río y sitiado en la capital, Oribe presentó, dejando sentada su protesta y legitimidad del cargo que le obligaban a abandonar, su renuncia el 24 de octubre de 1838.
Tercer exilio en Buenos Aires
Pasó a Buenos Aires, donde Rosas lo recibió como presidente legal del Uruguay, y utilizó su experiencia militar incorporándolo al ejército que comandaba, por entonces en lucha contra el Partido Unitario. Oribe combatió a la Coalición del Norte, formada por las provincias de Tucumán, Salta, La Rioja, Catamarca y Jujuy en 1840 y 1841.
Batalló contra el general Juan Lavalle, venciéndolo en la batalla de Quebracho Herrado el 28 de noviembre de 1840, y otra vez en la batalla de Famaillá, el 17 de septiembre de 1841. Tomó prisionero al gobernador de Tucumán, Marco Avellaneda, al que hizo degollar y exhibir su cabeza en una pica en la plaza pública de Tucumán. Desde aquí en adelante, la oposición unitaria y sus aliados colorados del Uruguay insistieron cada vez más en la imagen del Oribe degollador y asesino, al igual que la de Rosas. La literatura de opositores políticos a éste último como las Tablas de Sangre escritas por el cordobés José Rivera Indarte cargaron las tintas sobre este tema, creando la imagen de la exclusividad de la violencia por los federales y los blancos.
Tras vencer al gobernador de la provincia de Santa Fe, pasó a Entre Ríos. Allí, al frente de un poderoso ejército, el 6 de diciembre de 1842 derrotó en batalla de Arroyo Grande al ejército de Rivera que, en guerra contra Juan Manuel de Rosas desde marzo de 1839, había invadido la provincia de Entre Ríos.
Rivera en derrota repasó el Uruguay frente a Salto, retornando apresuradamente a Montevideo donde sólo pudo entregar el mando en el presidente del Senado, Joaquín Suárez, y salir nuevamente a campaña para recomponer su ejército deshecho.
Sitio a Montevideo (1843-1851)
Mientras Oribe avanzaba sobre Montevideo, el 12 de diciembre el gobierno informa sobre la derrota del ejército aliado de operaciones en Entre Ríos al mando del presidente y rápidamente crean el Ejército de reservas para proteger Montevideo, comandado por el militar unitario argentino José María Paz y el oriental Melchor Pacheco y Obes. A él se sumaron varios grupos de las colectividades francesa, española e italiana que formaron "legiones" que numéricamente superaron en conjunto a los propios efectivos orientales con los que contaban los colorados. Entre estas legiones figuraba el mercenario José Garibaldi. Además el ejército estaba formado por esclavos (de 10 años de edad en adelante) incorporados por leva forzosa, a pesar que desde 1814 se establecía abolida la esclavitud en todo el territorio y que desde la jura de la Constitución (18 de julio de 1830) estaba prohibido su introducción en el mismo. Para no generar otro conflicto, el gobierno decide indemnizar a los propietarios de los esclavos, pese a lo cual los esclavos fueron ocultados o vendidos a los saladeros de Río Grande do Sul que pagaban más que el gobierno.
El 16 de febrero de 1843 Oribe puso sitio a la ciudad de Montevideo. Sería este el tercero de los sitios en que él participara, y el más largo de todos, ya que duraría ocho años y medio, hasta el 8 de octubre de 1851.
Acto seguido, organizó nuevamente su gobierno. Designó ministros, hubo un parlamento y se dictó una ingente cantidad de disposiciones legales. Así dio comienzo el Gobierno del Cerrito, denominado de esta forma por estar instalado el cuartel general de Oribe en el Cerrito de la Victoria, donde 30 años antes hubiera iniciado su carrera de las armas y estableciendo la capital provisional de Uruguay en la ad hoc creada ciudad de Restauración (actualmente el barrio montevideano de Villa Unión).
Fue en esta población que por primera vez se rindió oficialmente homenaje a José Gervasio Artigas, al serle dado el nombre del prócer federal a la principal avenida de Restauración. Dicho nombre le fue dado en vida del prócer (1849) y entre los primeros actos de la administración del riverista triunfante en 1852, con ayuda brasileña, Joaquín Suárez figura el de eliminar tal denominación.
El Gobierno del Cerrito controló la totalidad del país hasta 1851, exceptuando Montevideo y Colonia del Sacramento. Tuvo su puerto de ultramar alternativo en la rada del Buceo, al este de Montevideo, y aplicó la Constitución de 1830 como base de su orden jurídico. Algunas figuras destacadas de aquella administración fueron Bernardo Prudencio Berro, Cándido Juanicó, Juan Francisco Giró, Atanasio Cruz Aguirre, Carlos Villademoros y otros patricios, algunos de importante actuación política posterior.
Otro gran tema fue la propuesta de la reunificación de la Patria que realizó Rosas en 1845, con la reincorporación del Uruguay a las Provincias Unidas del Río de la Plata, anulando las imposiciones de la Convención Preliminar de Paz, dictada por la conveniencia del Imperio Británico en el Río de la Plata, en 1828. Manuel Oribe no quiso decidir o no tuvo la altura política para decidir sobre este acto trascendente y envió el tema a tratamiento de una comisión parlamentaria que se perdió en devaneos que a nada llegaron.
Sea como fuere, hacia 1850 la causa de Oribe y Rosas parecía destinada a triunfar. La revolución de 1848 en Francia, que había derribado a la monarquía de Luis Felipe, había dejado a la intemperie al Gobierno de la Defensa, sostenido por aquella. El gobierno de Montevideo no aceptó el ofrecimiento del príncipe-presidente Luis Napoleón Bonaparte de enviar para socorrer a la plaza sitiada a los presos políticos de la represión de las Jornadas de Julio, diciendo por boca de Manuel Herrera y Obes: "¿Qué sería de nosotros si vienen los comunistas?".
En 1850, el enviado de Luis Napoleón, el almirante Lepredour, firmó una convención de paz con Felipe Arana, canciller de Rosas. Un año antes lo había hecho Southern, enviado del Imperio Británico. El gobierno de la Defensa, con las horas contadas, se apresuró a involucrar su última carta: el Imperio del Brasil y el caudillo entrerriano Justo José de Urquiza.
Brasil veía con aversión el triunfo de Rosas y Oribe en el Plata, y ya desde 1848 este último hubo de repeler duramente varias incursiones brasileñas dedicadas al arreo de ganado hacia Río Grande del Sur en la frontera norte. En cambio el caudillo entrerriano Urquiza, buscando una salida más ágil y directa para sus ganados hacia sus compradores del exterior, sin pasar por la aduana de Buenos Aires, fue tentado por Manuel Herrera y Obes quien le ofreció el puerto de Montevideo para tales efectos.
Urdida la trama, los acontecimientos se precipitaron después de agosto de 1851, cuando Urquiza se declaró en rebelión contra Rosas. Poco después penetraba en territorio oriental, marchando hacia el Cerrito para quitar de en medio a Manuel Oribe, su antiguo camarada de armas. Este ordenó a sus comandantes que detuvieran al entrerriano, pero sus órdenes fueron extrañamente desobedecidas. Casi en un abrir y cerrar de ojos, Urquiza se apersonó delante de Montevideo, conminando a Oribe a rendirse, lo que éste hizo, abandonado de todos.
Últimos años
Manuel Oribe se retiró, estando ya en los tramos finales de su existencia. Fue un devoto de la Virgen de los Treinta y Tres, a la que regaló una corona de oro.
El 12 de noviembre de 1857 falleció en el Paso del Molino, casi al final de la hoy llamada calle Uruguayana de Montevideo.
Durante su velatorio, la Bandera de los Treinta y Tres Orientales, por la que combatiera, fue sostenida por quien había sido el abanderado de la expedición e incondicional partidario suyo, Juan Spikerman. Se le decretaron honores oficiales y recibió sepultura en el cementerio del Paso del Molino, siendo posteriormente trasladado a la Iglesia de San Agustín (fundada por él en recordatorio de su esposa Agustina Contucci), en el barrio de La Unión (nombre que tras 1852 se dio a la villa de la Restauración, contigua a su campamento militar del Cerrito).
Familia
Manuel Oribe se había casado con su sobrina, Agustina Contucci, el 8 de febrero de 1829, habiendo 4 hijos de su matrimonio. Años atrás, en 1816, la actriz oriental Trinidad Guevara había tenido con él una hija, Carolina, que fue apadrinada por Gabriel Antonio Pereira.
Manuel Oribe fue uno de los hombres públicos de Uruguay de más tardía reivindicación, sobre todo por la leyenda de crueldad acuñada durante la Guerra Grande. Aún en 1919, el destacado líder y estadista colorado José Batlle y Ordóñez escribía que ser colorado es odiar la tradición de Rosas y Oribe, y su prensa aludía siempre al Partido Nacional como el partido oribista. En el centenario de su muerte (1957) los miembros colorados del Consejo Nacional de Gobierno se negaron a ponerse de pie para homenajearlo.
También desde filas propias hubo actitudes comparables: el diario conservador del Partido Nacional El Plata pasó por alto la conmemoración de aquel aniversario, sin mencionarlo siquiera. Se justificaba porque su fundador era de origen colorado y firmemente reaccionario, Juan Andrés Ramírez. El gran reivindicador de la figura del héroe oriental fue Luis Alberto de Herrera, quien a través de sus trabajos históricos, dejó sentada la figura de Oribe en sitial de honor.
Bibliografía
Carlos Machado, Historia de los orientales, Montevideo, 1973
Aníbal Barrios Pintos, Los libertadores de 1825, Montevideo, 1976
Mateo Magariños de Mello, El Gobierno del Cerrito
Francisco Bauzá, Historia de la dominación española en el Uruguay, Montevideo, 1929
Guillermo Vásquez Franco, Francisco Berra, la historia prohibida, Montevideo, 2001
José de Torres Wilson, Oribe: el Uruguay en la lucha de los Imperios. Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1976, 1ª ed.
Efraín Quesada, Cuando Montevideo aguardaba los ejércitos de Rosas, Revista Todo es Historia N°83, Buenos Aires , 1974
Rela, Cronología histórica, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental.
1810 – Argentina
Son fusilados en Córdoba, por oposición al movimiento de independencia, el ex virrey Santiago de Liniers (Santiago Antonio María de Liniers y Bremond, o en francés, Jacques Antoine Marie de Liniers et Brémond); el gobernador Juan Gutiérrez de la Concha; el coronel Santiago Allende; el asesor Victorino Rodríguez y el ministro de Real Audiencia Joaquín Moreno. Leer más…
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
El 26 de agosto de 1810, dos meses después de la instalación de la Primera Junta, los revolucionarios de Mayo tomaron una de las decisiones más difíciles que debieron enfrentar: el fusilamiento de Santiago de Liniers. Se trataba del héroe de la Reconquista, quien durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 se había ganado el afecto de los habitantes de Buenos Aires, y se convirtió en el único virrey elegido localmente. En julio de 1809, la Junta Suprema de Sevilla designó virrey a Hidalgo de Cisneros y Liniers se trasladó a su finca de Alta Gracia, en Córdoba.
Luego de su instalación, el 25 de mayo de 1810, el primer gobierno patrio buscó el acatamiento de las provincias interiores y destacó expediciones al norte y al Paraguay. Pero en Córdoba debieron enfrentar el primer foco de resistencia, encabezado nada menos que por Santiago de Liniers.
El levantamiento fue pronto sofocado y los conspiradores apresados. La Junta tomó entonces la decisión de fusilar a los rebeldes. El doctor Juan José Castelli fue el encargado de hacer cumplir la orden de la Junta. En Cabeza de Tigre, Córdoba, fueron ejecutados Santiago de Liniers, Juan Gutiérrez de la Concha, Santiago de Allende, Victorino Rodríguez y Joaquín Moreno.
A continuación transcribimos un manifiesto publicado en la Gaceta de Buenos Aires, donde el gobierno de entonces explicaba las razones que lo condujeron a tomar una medida tan extrema.
Fuente: Gaceta de Buenos Aires (1810-1821), reimpresión facsimilar dirigida por la Junta de Historia y Numismática Americana, Buenos Aires, 1910, pág. 481 y siguientes. Gaceta correspondiente al 10 de octubre de 1810, adaptada para El historiador, en Mariano Moreno, Escritos. Vol. II, prólogo y edición crítica de Ricardo Levene, Ediciones Estrada, 1956. pág. 172-189.
¡Quién pudiera inspirar a los hombres el sentimiento de la verdad y de la moderación, o volver atrás el tiempo para prevenirlos a no precipitarse en los criminales proyectos, con que se atraen la venganza de la justicia! Ellos no nos habrían puesto en los amargos conflictos que hemos sufrido.
Sensibles a sus desgracias, y más aún a las de aquellos, a quienes teníamos en singular consideración (1), los hemos prevenido con gestiones oficiosas, que debieron desviarlos de la ocasión del error, y del temerario empeño a que los llevaba su arrojo… El designio concertado de sostenerse a todo trance los hizo sordos a la voz de la razón y enemigos de todo lo que se oponía a sus injustos caprichos, juraron nuestro exterminio; y forjaron un abismo de males en que se han sepultado ellos mismos.
Ya conocéis que hablamos de los delincuentes autores de la conspiración de Córdoba, cuya existencia no nos ha sido posible conservar. Nada hemos excusado, de cuanto pudo interponerse en abono de sus personas. El valor recomendable de la dignidad e importantes servicios en los unos; el carácter de la magistratura, y de los empleos en los otros; la razón de humanidad en todos; nada alcanzó a suspender el golpe, que quisiéramos haber aliviado. (…)
La desolación de sus familias nos conmueve; la consternación consiguiente a la noticia de un castigo ejemplar nos aflige y contrista: todo lo hemos presentido, y dejando al tiempo la obra de gastar las primeras impresiones del espíritu, hemos concedido esta breve tregua al desahogo (2), para que en la calma y serenidad de un juicio libre y despejado, reconozcáis los urgentísimos motivos que han podido arrancar de nuestra moderación el fallo terrible que una necesidad imperiosa hizo inevitable.
Desde los momentos de nuestra instalación (3) les circulamos todos los impresos relativos al objeto de convencerlos de la pureza de nuestras intenciones, recomendándoles con eficacia la grande importancia de la unión y conformidad, con que convenía estrecharnos recíprocamente, para lograr tan gloriosa empresa. (…) Sin embargo, formaron un sistema decidido de dar en tierra con una obra que debían respetar. El sólo nombre de Junta con deposición de algunos jefes se les presentó insoportable, y uniéndose D. Santiago Liniers con el Intendente de la provincia D. Juan Gutiérrez de la Concha, el asesor D. Victorino Rodríguez, el prelado diocesano D. Antonio Orellana (4), el coronel de milicias D. Santiago de Allende, y el ministro de Real Hacienda D. Joaquín Moreno, se decretó atacar con fuerza armada a los partidarios del nuevo gobierno…
Para desacreditar a la Junta se le llenó de imprecaciones, se le imputó el ignominioso carácter de insurgente y revolucionaria, se hizo un crimen de Estado declararse por su causa, se interesó contra ella la religión misma, queriendo el prelado forzar a los ministros a que profanasen los púlpitos, y los confesionarios; y lograron poner terror a los habitantes… (…) Así fue que resistiendo toda ilustración acerca de la legitimidad de nuestra obra, reputaban delito todo lo que pudiera desviarlos del inicuo plan que habían jurado.
Para disipar todas las dudas que un celo indiscreto pudiera oponer, diputamos cerca del gobernador Intendente de Córdoba a su hermano político el Dr. D. Mariano de Irigoyen, sujeto de su más íntima confianza. El presidente de la Junta dirigió cartas amistosas a D. Santiago Liniers, explicándole con franqueza y candor los mismos sentimientos para desviarle del errado camino en que lo veía empeñado. (…) Estas cartas expresivas y enérgicas no sirvieron más que de irritar su obstinación.
Es oportuno observar que sólo los mandones, empleados y cierta clase de gentes bien conocidas son los que han odiado nuestra causa. (…) Ellos pensaron reducirnos a la terrible alternativa de seguir la suerte de la España perdida, o de disponer como árbitros de la nuestra, vendiéndola al primero que se presentase a comprarla al precio que los conservase en su fortuna.
Tal ha sido el sistema que desplegaron los conspirantes de Córdoba. Don Santiago Liniers fue autor de todas las medidas y disposiciones para resistir nuestras tropas que se dirigían a no obligar a los pueblos por violencia, sino a librarlos por solicitud de ellos mismos de la opresión en que los tenían abatidos. De acuerdo con el jefe de la provincia circularon inmediatamente a las interiores la noticia de nuestra Junta, suponiéndola de una forma tumultuaria y revolucionaria contra la autoridad soberana del Sr. D. Fernando VII para desacreditarnos en el juicio de los buenos vasallos… Juraron odio eterno a nuestra memoria; substrajeron las provincias a nuestra dependencia, y lograron conmover los pueblos del Perú, poniéndolos en armas bajo la obediencia del virrey de Lima y a la dirección de sus gobernadores.
¡Ciudadanos! ¡Antes de entrar a la graduación de tan graves crímenes, fijaos en la calidad de los sujetos que los cometieron! No eran éstos, hombres extranjeros a nuestro país… Todos ellos o por las leyes de nacimiento, o por el antiguo goce de empleos distinguidos, o por una larga serie de grandes beneficios debían preferir la pérdida de su propia existencia, al horrendo proyecto de ser agentes de las calamidades y ruinas de estos pueblos. Ellos rompieron los vínculos más sagrados que se conocen entre los hombres…
Los conspiradores de Córdoba han cometido el mayor crimen de estado, cuando, atacando en su nacimiento nuestra grande obra, trataron de envolver estas provincias en la confusión y desórdenes de una anarquía. Ellos querían el exterminio de la Junta, por más justos que fuesen los fines de su instalación; y juraban la ruina de los pueblos… Semejante empeño condena a la América a una perpetua esclavitud, y apelamos al juicio de las almas nobles para que gradúen el crimen de seis hombres que han querido sofocar con fuerza armada los derechos más sagrados y la felicidad más segura de los innumerables habitantes de este vasto continente.
Incendiaron los campos, las cabañas, las mieses, los rebaños, sin motivo, y sin utilidad… La tierra peligra, y la existencia de estos hombres inquietos era arriesgada en todo punto del suelo. La impunidad de crímenes tan detestables podría ser de un ejemplo fatalísimo… No hay arbitrio. Es preciso llenar dignamente este importante deber. Aunque la sensibilidad se resista, la patria imperiosamente lo manda. A la presencia de estas poderosas consideraciones, exaltado el furor de la justicia, hemos decretado el sacrificio de estas víctimas a la salud de tantos millares de inocentes. Sólo el terror del suplicio puede servir de escarmiento a sus cómplices. Las recomendables cualidades, empleos y servicios que no han debido autorizar sus malignos proyectos, tampoco han podido darles un título de impunidad, que haría a los otros más insolentes. El terror seguirá a los que se obstinaren en sostener el plan acordado con éstos… Los grandes malvados exigen todo el rigor del castigo; nuestra tierra no debía alimentar hombres que intentaron inundarla con nuestra sangre….
Corramos el telón a esta escena lúgubre: ya se descubre un horizonte más alegre. Nuestras tropas corren sin oposición quinientas leguas de un territorio libre y tranquilo, apresurándose al auxilio de los habitadores del Perú que nos aclaman. Los moradores de aquellas provincias se hallan en el mismo estado de opresión y violencia en que estaban los de Córdoba: suspiran por el momento en que puedan expedir sus derechos, y hacer libre uso de sus acciones: y se acerca este día que sólo podrá ser triste a los opresores.
Referencias:
(1) Alude aquí a Santiago de Liniers, héroe de la reconquista de Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas.
(2) Entre la ejecución de los autores y la publicación de este manifiesto transcurrió un mes y medio.
(3) Se refiere a la instalación de la Primera Junta de Gobierno el 25 de mayo de 1810.
(4) Al obispo Orellana se le perdonaría la vida por su investidura.

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