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26 de Agosto 1858- Argentina

Nació en Gualeguaychú (provincia de Entre Ríos), el 26 de agosto de 1858 el notable escritor costumbrista José S. Álvarez, “Fray Mocho”, autor de cuentos como Memorias de un vigilante, Un viaje al país de los matreros y Salero criollo, entre otros. Fundó la revista semanal “Caras y Caretas”. 

Por Marcelo Leites
José Seferino Álvarez, más conocido como Fray Mocho (por su carácter frontal y bondadoso y porque tenía un hombro más alto que el otro, lo que lo hacía caminar medio ladeado), es el primer escritor profesional de la Argentina.
Llegó a ser contemporáneo de Mitre y Sarmiento y escribió ensayos sobre los escritores más representativos de la época, como Quiroga e Ingenieros.
Gaucho entrerriano, aprendiz en “Los campos floridos” -una estancia de Gualeguaychú- hasta los doce años, Álvarez representa al narrador oral por antonomasia. De hecho, sus cuentos se destacan por el vívido cuadro de costumbres del 900’ y por la reproducción del habla popular a través de diálogos, que leídos hoy todavía suenan naturales y espontáneos.
Fue expulsado del histórico Colegio Nacional de Concepción del Uruguay donde sus padres lo habían enviado para finalizar sus estudios secundarios (que no concluyó), por una revuelta contra el Director.
A los 21 años se instala en la Capital Federal y se transforma en periodista, al principio reportero y luego cronista policial, germinales de “Memorias de un vigilante”, uno de sus primeros libros importantes.
Su obra puede situarse dentro del realismo criollo junto a la de Roberto Payró (sobre quien también escribió ensayos), derivada del naturalismo francés. Hay una influencia innegable del registro periodístico en sus narraciones, al menos en cuanto a la simplicidad del lenguaje y al hecho de ajustarse estrictamente a la historia.
Viaje al país de los Matreros es una de sus obras más trascendentes. Verdadera colección de viñetas populares, describe con precisión diversas zonas de nuestra región y hay retratos admirables, realizados por ño Ciriaco y el Aguará, dos personajes que a la manera de Virgilio con el Dante, conducen al narrador -observador testigo-, por cada una de las historias o leyendas de fogón que el lector va descubriendo simultáneamente. Este procedimiento sumado a la “visualidad” propia del estilo de Fray Mocho nos retrotrae a esa época del culto al coraje (tan propio del criollo), a esas vidas, a esas historias y nos parece estar entre los pajonales, las flores de ceibo o los bañados, en compañía de los diversos animales del campo o del monte, que el texto va nombrando, presenciando una carneada, escuchando relatos de fugitivos perseguidos, constatando ya entonces la pobreza del interior enfrentada a la riqueza y oportunidades de la Capital.
Fray Mocho nunca perdió el sentido del humor y ese tono aparece frecuentemente en las viñetas, muchas veces bajo la forma de dichos o refranes, como por ejemplo: “tiene más grasa que chaquetón de gallego”, “Dios lo guarde del agua mansa”; “aquí soy el aguará solitario, allá soy el loro barranquero”.
Para este rescate, también seleccionamos textos de su primer libro, escrito en 1885, “Esmeraldas”, llamado así por el color erótico de sus narraciones; aunque leídas hoy resulten naif, no dejan de cuestionar, a través de un erotismo desprejuiciado ciertos valores e hipocresías que en algunos casos siguen vigentes. Además están muy bien escritas, son verdaderamente “picantes”, aún dentro de su inocencia, o, justamente, por su candor.
Fue el creador de la célebre revista “Caras y Caretas”, donde aparecieron por primera vez célebres caricaturas de políticos y personajes de la “farándula” y todavía hoy se la sigue editando con ese mismo nombre. “No he ofendido a nadie ni a nada, porque no quise dañar y porque tengo un corazón puro” testamentó Fray Mocho en la primera edición de En El Mar Austral - crónica del sur sin haber viajado nunca al sur - a partir de relatos de marineros, contiene algunas de las descripciones más valoradas por la crítica.
Y poco antes de su muerte le expresó a su mujer: “Yo soy duro como el ñandubay de nuestra tierra. No me entra el hacha así nomás….Muero peleando…Mirá, m'hija, hay que jugarle risa a la vida”. Le faltaban tres días para cumplir los cuarenta y cinco años, cuando falleció en Buenos Aires, el 23 de agosto de 1903.
Obras:
1885: Esmeraldas (Cuentos mundanos)
1887: Galería de ladrones de la capital
1897: Memorias de un vigilante
1899: Caras y Caretas
1897: Viaje al país de los matreros
1898: En el mar austral
1906: Cuentos de Fray Mocho
Texto
Los lunares de mi prima
La historia de los únicos amores serios que he tenido, es algo que siempre he deseado contar y que hasta hoy no lo he hecho esperando que abandonara la tierra, aquella que debió ser mi compañera.
Hoy que eso ha sucedido, quiero confiar al papel lo que solo durante tantos años ha guardado mi memoria.
Nunca me acuerdo de la época en que hube de casarme con mi linda prima Margarita, sin que se erice el cabello.
Si no hubiera sido la indiscreción de Pedro, el gallego sirviente que desde hacía tres años tenía mi tío Cipriano, indudablemente yo sería a la fecha un honrado padre de familia y no un solteron calavera que pasea continuamente del brazo con el fastidio.
Sin embargo, le agradezco al pobre gallego el servicio que me hizo, impidiéndome que con el tiempo llegara a ser uno de esos que llevan lo que todos ven menos ellos.
Al cumplir los veinte y cuatro años y recibir mi título de escribano, me encontré solo en el mundo; sentí la nostalgia del hogar; quise hacerme una familia, hablando claro.
Entonces me fijé en mi prima Margarita, cuyo padre había sido tan bueno para mí.
Noté que era una real moza y me expliqué recién la causa porque me daba rabia cuando sabía que alguno la festejaba o le hacía monerías que yo siempre encontraba estúpidas.
Era una morochita rosada, dueña de unos ojos negros, pestañudos y más llenos de promesas que boca de un candidato presidencial, y de un cuerpo, un aire, un modo de caminar y un lunar sobre la boca, un poco a la izquierda de la nariz, que eran verdaderamente enloquecedores.
¡Y luego aquel pelito corto que usaba y le daba un aire tan calavera!
Traté de entenderme con ella y a poco andar lo conseguí, máxime cuando mi pobre tío Cipriano hacía tiempo que me tenía echado el ojo para yerno.
Obtenido el consentimiento de los tíos de hacer de su hija mi compañera y previo el beneplácito de ésta que, entre paréntesis, lo concedió no bien lo solicité, me entregué con todo ardor a ser un perfecto novio.
La madrugada ya me encontraba vestido para asistir a la misma misa que ella, un pretexto como otro cualquiera que teníamos, para asestarnos miradas matadoras en las cuales creíamos envolver poemas de amor sublime.
Más tarde venía el almuerzo en su casa, al cual era infaltable, y en el que siempre tenía la suerte de quedar sentado al lado de mi prima Margarita y enfrente a su lunar, a aquel pequeño puntito, negro que daba a su fisonomía un aire tan picarezco.
Luego un pretexto u otro, me llevaba a su casa cada media hora ¡había llegado a ser para mi una especie de necesidad verla lo menos cincuenta veces por día.
¡Oh! no nos cansábamos de hablar con los ojos yo y mi linda prima Margarita!
Un nido de amor comencé a arreglarme, donde no se colocaba un solo objeto, sin que la que debía habitarlo conmigo pusiera su visto bueno.
Queríamos que nuestra casita fuera así pequeño edén que no tuviera igual en la tierra.
¡Y cómo nos deleitábamos, en las horas que pasábamos juntos, pensando en los placeres que nos esperaban!
Egoistas con nuestro cariño, vivíamos sólo el uno para el otro en nuestro paraíso, no teniendo ella más Dios que yo, ni yo más Dios que ella!
Acercándose el día feliz de nuestra unión, algunas plantas de mérito que debían colocarse en el jardín, sólo faltaban para que el pequeño nido estuviera terminado.
Y yo, acompañado del gallego Pedro, determiné ir a buscarlas a la quinta que el tío poseía en Morón.
Yendo en el tren con el antiguo servidor de mi futura y para hacer menos pesado el viaje emprendí conversación con él.
Se deshizo en pinturar sobre las bondades de ella, su inteligencia, su gracia y su belleza.
—Qué lindo lunar el que tiene en la cara, le dije entusiasmado.
—Ese nu es nada, me contestó, si viera los otros.
—¿Cuáles otros?... le repliqué alarmado por los conocimientos que demostraba tener.
—¡Pues!... lus que tiene en lus muslitus y en otras partes que yu me sé... Esus si que valen!
E hizo aquel salvaje una mueca con pretenciones ridículas de guiñada.
Inútil me parece decir que no traje plantas de la quinta de mi tío Cipriano y que en mi visita de la noche tuve tal pelotera con mi bella prima Margarita, que nuestro compromiso quedó roto para siempre, comenzando yo al otro día a deshacer el pequeño nido casi terminado.
En cuanto al pobre viejo, que permaneció ignorante de los acontecimientos de Pedro, decía siempre que hablaba de mí:
—Es un loco de remate... un tarambano que morirá como un perro.
Estilo
Por http://www.escritoresclasicos.com
No es cosa muy común el hecho de que un comisario de investigaciones observe con ojos de escritor el heterogéneo material humano de los bajos fondos, como tampoco es corriente que un oficial mayor de la marina atienda más al paisaje que a la maniobra, con el oculto propósito de ver, más allá de las rutinas profesionales, los detalles que interesan al narrador.
En José S. Álvarez se dieron ambos casos: como policía–literato escribió sus Memorias de un vigilante y Vida de los ladrones célebres de Buenos Aires y su manera de robar, en una prosa rica de matices y de espontánea gracia; metido a navegante, incursionó por islas y tierras del litoral, conversó con marineros y concibió Un viaje al país de los matreros (descripción de la Mesopotamia, en prosa chispeante) y En el mar Austral (escrito de imaginación inspirado en las bellezas del mar patagónico). Lo más interesante del caso es que, no por buen escritor, descuidó la responsabilidad de sus cargos.
En esos días, Fray Mocho aún no había logrado la formación completa del autor y de su asunto. Sólo después de 1897 encontró la manera de plasmarse con entera libertad, cuando fundó Caras y caretas, el mejor semanario ilustrado del país y uno de los más completos de habla española.
Mayol, artista de mérito, se puso al frente de la parte gráfica; el humorista Pellicier redactó la crónica festiva; Bartolomé Mitre, después de dar a la iniciativa el prestigio de su nombre, se retiró de la sociedad. Fray Mocho, secundado por los dos ingeniosos españoles, trabajo de firme; superó con cromos y fotograbados las incipientes ilustraciones de El Correo del Domingo; notas gráficas y artísticas de calidad excepcional dejado muy atrás las torpes caricaturas de Don Quijote; la colaboración local, las notas ágiles e intencionadas, reemplazaron a las aburridas traducciones. El público ovacionó la publicación. Fama y dinero recompensaron el esfuerzo de Alvarez, quien producía con pasmosa celeridad toda suerte de fábulas, diálogos y escenas locales "fotografiadas" por su talento del narrador agudo, incisivo en el diálogo, franco en la exposición de los tipos más característicos: el vigilante de la esquina, el vendedor ambulante, el turco pregonero de baratijas, la sirvienta gallega, el peón respetuoso, el señorito remilgado. Esos cuentos y escenas criollas publicados en Caras y caretas fueron su obra maestra, la consecuencia de un estilo y de un procedimiento de genuina filiación popular, sustentados con un vocabulario realista con sabor a pueblo, lleno de palabras indias, gauchas y cosmopolitas. Su prosa clara, nerviosa y fácil, acepta por momentos algunos trozos versificados, empleados sin jactancia y esgrimidos al azar, como una escapada del espíritu retozón del autor que de 1897 a 1903 se plantó frente al público en medio de una tarima de humorismo gráfico, cambió disfraces con premura de prestidigitador, práctico los juegos malabares de un lenguaje por demás fluido y encanto a todos por la donosura de su acento cordial.

Fuente: www.autoresdeconcordia.com.ar

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