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EL PATRIOTA LATINOAMERICANO OLVIDADO: BERNARDO DE MONTEAGUDO

Por Pablo Vázquez.

El olvido intencionado nunca logra su cometido. Siempre hay quienes se interesan por desenterrar “la otra historia”. Más cuando hay figuras que trascienden lo meramente local y se proyectan con su pensamiento a construir una realidad colectiva de unión entre los pueblos.

Ese fue el caso de Bernardo de Monteagudo.

Las publicaciones sobre su vida e ideario fueron escasas en nuestras tierras, pero significativas. Juan María Gutiérrez, en 1860; Mariano Pelliza, en 1880; José Manuel Eizaguirre, en 1918; Juan Pablo Echagüe, en 1942 (con tres tomos); Oriel Menéndez, en 1943; y Mariano de Vedia y Mitre, de 1950 (también con tres tomos), dan testimonios de ello.

A ellas debo agregar una del otro lado de la cordillera, la de Antonio Iñíguez Vicuña, de 1867, y se suma a la investigación chilena otra de Perú, de Ricardo Palma, de 1906.

Volviendo a nuestro país, pasarían años hasta que Eudeba editara en 1965 a Bernardo de Monteagudo: Mártir o Libre, y otras páginas políticas, conteniendo la tapa una obra de Ricardo Carpani.

La edición de la obra de Pacho O’ Donnell Monteagudo, la pasión revolucionaria, de 1995, puso en valor su legado a las jóvenes generaciones. Y fue en estos años que los trabajos de Felipe Pigna, Hernán Brienza, Hugo Chumbita, Alberto Lettieri y del propio O’ Donnell, con la reelaboración de su obra, dieron luz al redescubrimiento del patriota.

Revolucionario, doctor en leyes, periodista y figura pública partícipe de los sucesos revolucionarios en las primeras décadas del siglo XIX en el Cono Sur, tiene, además, el privilegio de ser uno de los primeros en plantear la idea de unión americana como motor de la acción emancipatoria en nuestro continente.

Tucumano de origen, estudió en Córdoba y luego en Chuquisaca (Sucre, de la actual Bolivia), donde su pensamiento y acción acompañaron el alzamiento revolucionario del 25 de mayo de 1809. Al año, tras los sucesos de Buenos Aires, acompañó el accionar de Castelli y, tras la derrota de éste, se llegó a Buenos Aires donde su prédica revolucionaria se reflejó en La Gaceta y luego en Mártir o Libre. Acompañando a San Martín, pasó a Santiago de Chile, donde impulsó el Censor de la Revolución. Tras el triunfo patriota en Lima fue la figura clave del protectorado sanmartiniano, aunque intrigas lo alejan de la capital peruana y busca refugio en Quito. Bolívar lo tomó a su cargo y le encargó la realización de un congreso de unión suramericana, pero la muerte a traición cerró sus sueños.

Tuvo, como pocos, palabras hacia la mujer: “Americanas… haced resonar por todas partes el eco patético de vuestra voz, repitiendo la viva exclamación que hacía en nuestra época una peruana sensible: ¡¡¡LIBERTAD, LIBERTAD sagrada, yo seguiré tus pasos hasta el sepulcro mismo!!!”.

Sus sueños libertarios se expresaron en la apertura de la Sociedad Patriótica, del 12 de enero de 1812, donde afirmó: “No habría tiranos si no hubiera esclavos, y si todos sostuvieran sus derechos, la usurpación sería imposible. Luego de que un pueblo se corrompe pierde la energía, porque a la transgresión de sus deberes es consiguiente el olvido de sus derechos, y al que se defrauda a sí propio le es indiferente ser defraudado por otro”. Refirmó el equilibrio entre educación y dignidades al pronunciar: “Pero si el error y la ignorancia degradan la dignidad del pueblo disponiéndolo a la servidumbre, la falta de virtudes lo conduce a la anarquía, lo acostumbra al yugo de un déspota perverso a quien siempre ama la multitud corrompida; porque la afinidad de sus costumbres asegura la impunidad de sus crímenes recíprocos”.

Finalmente uno de sus últimos textos fue el Ensayo. Sobre la necesidad de una federación general entre los Estados hispanoamericanos y plan de su organización. Allí expresó: “Independencia, paz y garantías: éstos son los grandes resultados que debemos esperar de la asamblea continental… Se publicó en Guatemala, en el Amigo de la Patria, un artículo sobre este plan, escrito con todo el fuego y elevación que caracterizan a su ilustrado autor el señor Valle. Su idea madre es la misma que ahora nos ocupa: formar un foco de luz que ilumine a la América: crear un poder que una las fuerzas de catorce millones de individuos: estrechar las relaciones de los americanos, uniéndolos por el gran lazo de un congreso común, para que aprendan a identificar sus intereses y formar a la letra una sola familia”.

Afortunadamente su ideario no cayó en el vacío y hoy se refleja en la comunión de las naciones suramericanas que buscar afianzar cada día un destino común.

Artículo publicado en el suplemento Claves de la Historia - Miradas al Sur
24.08.14

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