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LA REVOLUCIONARIA ALTOPERUANA

Por Liliana Rojas.

Año 1780 en el Alto Perú, territorio del Virreinato del Río de la Plata. El 12 de julio, en el cantón de Toroca, próximo a Chuquisaca, en el seno de la familia conformada por el español Matías Azurduy y la chola Eulalia Bermudes, nació Juana Azurduy.

Chuquisaca era una bella ciudad, conocida como Charcas, la provincia/intendencia, Chuquisaca, la ciudad o La Plata, la Arquidiócesis Ciudad de clérigos, de abogados, de funcionarios y de estudiantes de la Universidad de San Francisco Javier. Fundada para ser capital, tuvo que conformarse con ser la tercera, después de Lima y de Buenos Aires.

La mayoría de los pobladores eran indígenas, mestizos o cholos, también negros, criollos en menor número y españoles, sector minoritario que ostentaba el poder político-económico.

El 4 de noviembre comenzó en Cuzco, Virreinato del Perú, la rebelión de Túpac Amaru II. Las vejaciones y malos tratos sufridos por los indígenas durante siglos, la suba de impuestos y el nuevo orden administrativo, fueron las causas; el olvidado y sojuzgado pueblo por fin reclamaba. Curacas, algunos criollos, negros libertos, mestizos y una masa indígena se sumaron a la lucha, que no era contra el rey español sino contra el “mal gobierno”. Túpac Amaru se proponía abolir el reparto, la alcabala, la aduana y la mita. Aunque derrotado, torturado y ejecutado, la lucha continuó un tiempo más. En el interrogatorio, le dijo al representante de la autoridad española José A. de Areche: “Solamente tú y yo somos culpables, tú por oprimir a mi pueblo, y yo por tratar de libertarlo de semejante tiranía. Ambos merecemos la muerte”.

En su niñez, Juana aprendió a cabalgar y a reconocer las tareas rurales junto a su padre, que le permitió ponerse al tanto de las necesidades y sentimientos de su gente. También conoció a sus vecinos los Padilla, a Manuel, que sería su esposo y al que acompañaría en la luchas de resistencia a los españoles. Huérfana de madre –de quien mamó las lenguas quechua y aymará– a los siete años, y de su padre siendo adolescente, quedó a cargo de unos tíos, con quienes la convivencia no fue fácil; internada en un convento, halló en la lectura sobre la vida de santos guerreros un modelo a imitar.

Aún se escuchaban los ecos de la rebelión de Túpac Amaru, cuando se producen los levantamientos de Chuquisaca el 25 de mayo de 1809 –del cual participó Manuel Padilla– y de La Paz en el mes de julio; todas esas luchas la marcarán fuertemente. La guerra por la independencia la encontró luchando en las filas patriotas como un hombre más. Manuel Belgrano, por su valentía y coraje, le entregó su espada, y recomendó al director supremo Pueyrredón que se la nombrara teniente coronela de las Milicias Partidarias de los Decididos del Perú.
Derrotados los patriotas, los Padilla, como otros, se dedicaron afanosamente a defender su comarca contra las tropas realistas; esta etapa es conocida como de las republiquetas o montoneras del Alto Perú, entendiéndose que cada cerro, sierra o valle se declaraba autónomo y era foco de resistencia. Cada republiqueta se constituía mayoritariamente de población indígena o mestiza y reconocía a un jefe. Manuel Padilla, como también el Padre Ildefonso Muñecas, Antonio Álvarez de Arenales, Ignacio Warnes, Vicente Camargo, y muchos más, fue uno de ellos.

Manuel y Juana combatieron con los suyos en la zona del norte de Chuquisaca hasta las selvas de Santa Cruz, y en la provincia de Cinti. Cuando Manuel fue asesinado, como muchos de los líderes altoperuanos, Juana ocupó su lugar. Ya había perdido a cuatro de sus hijos; sólo le quedaría una beba, Luisa.

Derrotadas las montoneras, Juana fue a Salta, a pelear con Güemes; muerto el salteño, volvió a su patria, sin honores ni dinero. Allí la visitó Bolívar, quien ordenó se le concediera una pensión que, años después, fue suspendida.

Murió en la pobreza, solo acompañada de un niño, un 25 de mayo de 1862, en su ciudad (hoy Sucre).
Los reconocimientos a la revolucionaria altoperuana que bregó por la Patria Grande se suman en este bicentenario. La presidenta Cristina F. de Kirchner la elevó al grado de generala del Ejército Argentino y el presidente Evo Morales hizo lo propio como mariscala del Estado Plurinacional de Bolivia. Un acuerdo entre los dos países instituyó al 12 de julio como “Día de la Confraternidad Argentina-Boliviana”, en su honor. Recientemente se incluyó su imagen en el billete de $10 argentino.

A través de la cueca de Luna y Ramírez la recordamos así: Juana Azurduy, flor del Alto Perú/No hay otro capitán más valiente que tú//. Truena el cañón préstame tu fusil/ Que la revolución viene oliendo a jazmín.

Artículo publicado en el suplemento Claves de la Historia - Miradas al Sur
31.07.14

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