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LA JUNTA DEL 25 DE MAYO DE 1810


El fin del dominio español en América fue una emancipación, no una rebelión de pueblos sometidos. La hicieron criollos –descendientes de conquistadores– y peninsulares arraigados, como en Buenos Aires Larrea y Matheu. Sólo en México, y al principio, hubo indígenas, aunque conducidos por un cura criollo, Miguel Hidalgo.
Después de que Buenos Aires expulsara a los ingleses, nunca volvió el poder a los virreyes. Santiago de Liniers fue un caudillo que se cuidaba de respetar la voluntad del pueblo porteño y sus milicias.
En 1808, España, aliada de Napoleón, por una rebelión popular, enfrentó al emperador y se alió con los ingleses. Sin embargo, el coraje no pudo con Bonaparte y sus batallones. Él, dueño de Europa, se apoderó de España.
Los americanos se preocuparon por el futuro. ¿Qué pasaría con el continente? ¿Sería de Napoleón? ¿Aprovecharían los ingleses para conquistar lo que antes no pudieron? ¿Y los portugueses, con su Corte en Río de Janeiro? La preocupación era del continente que en 1810 estalló al saberse que Bonaparte había dominado totalmente la península.
Liniers fue reemplazado en 1809 por Baltasar Hidalgo de Cisneros, gobernante débil sin autoridad sobre el pueblo ni las milicias. Durante su breve gestión, autorizó “por excepción” la entrada de mercaderías inglesas. Su avanzada tecnología terminaría por arrasar la economía de subsistencia de las provincias, lo que provocaría la división del virreinato en cuatro. En la porción más grande –la Argentina– se sucedieron décadas de guerras civiles en las que la entrada de mercaderías británica fue causa fundamental.
Un año antes de la Revolución de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1809, estalló un levantamiento en Chuquisaca y La Paz. Los virreyes de Buenos Aires y de Lima enviaron tropas que lo aplastaron. En él se inspiró Vicente López y Planes en el Himno cuando dijo: “Y cual lloran, bañadas en sangre, Potosí, Cochabamba y La Paz”.
En mayo de 1810 todo Buenos Aires discutía qué habría de hacerse cuando España cayera en manos de Napoleón. Entre los más interesados estaba el propio virrey, de quien el espía portugués Felipe Contucci informaba en marzo, según Marfany, que “piensa formar una Junta Gubernativa, perdida que sea la Península; al intento mandó llamar un representante de cada Ciudad o pueblo grande, etc... y que tiene miras de establecerse continuando en el mando a toda costa”. El agente británico Saturnino Rodríguez Peña escribía al ministro Souza Coutinho: “... el Virrey de Buenos Aires ha asegurado al Tribunal de la Audiencia y a la Municipalidad, que en el momento que se reciban las noticias de la subyugación de España, depositará el mando en los dichos dos cuerpos. Que no se reconocerá otra autoridad ni Soberanía que la del Sor. Fernando 7º. Que se formará una Junta Provisoria compuesta de la Rl. Audiencia y cabildo de Buenos aires de la que será presidente Cisneros”.
Cuando se supo la caída de Andalucía, Cisneros la hizo pública. Los grupos políticos se movilizaron. Saavedra, el jefe de Patricios, encabezaba uno. Otro era liderado por Manuel Belgrano y Juan José Castelli. Martín de Álzaga, héroe de la lucha contra los ingleses, había sido expulsado de la escena, pero dos de sus antiguos partidarios jugarían papeles importantes. Julián de Leiva con Cisneros y Mariano Moreno, que se sumó a la revolución.
Todos exigieron la renuncia del virrey. Su mandante, la Junta Central, ya no existía. Luego habría un cabildo abierto que resolviera el futuro. Cisneros, con hábiles abogados, se hizo el sordo con lo de su renuncia, y convocó a la asamblea. Los militares le negaron respaldo. Los revolucionarios asistieron al cabildo abierto con cierta ingenuidad.
Castelli sostuvo que si el rey estaba impedido, y también los que legalmente lo reemplazaban, la soberanía volvía al pueblo. Genaro Villota, fiscal de la Audiencia, aceptó el argumento, pero afirmó que no eran los vecinos de Buenos Aires quienes debían resolver por el virreinato. Juan José Paso salvó la situación diciendo que por la urgencia y los peligros que se corrían, la capital decidiría provisoriamente, hasta que un congreso general diera la solución definitiva.
Cisneros cesaba como virrey, y lo reemplazaría una Junta provisional, nombrada por el cabildo ordinario. Éste designó presidente al propio Cisneros. En realidad, no correspondía objeción legal, pero se cumplían los planes que habían denunciado Contucci y Rodríguez Peña. Pero cuando se instaló la Junta, dos vocales, Castelli y Saavedra, informaron que “una parte del pueblo” estaba disgustada con que Cisneros siguiera al mando de las tropas. Éste dijo que si una parte del pueblo se resistía, había que reprimirla. Pero el inconveniente era que esa parte del pueblo estaba reunida en el cuartel de Patricios, y era el regimiento criollo el que no lo aceptaba. No se trataba de veteranos, sino del pueblo en armas. Éste venía actuando, como señala O’Donnell, en “el grupo de choque conducido por Domingo French, cartero de la villa, y Antonio Beruti, empleado de la administración virreinal, que se autodenominaban ‘los Infernales’, desnudando su propósito de intimidación política”.
La Junta renunció, y el 25 de mayo surgió una nueva, a gusto de la parte del pueblo ganadora. La presidía Saavedra, sin Cisneros, y la integraban Castelli, Belgrano, Paso y Moreno. Los dos últimos, como secretarios –lo que hoy serían ministros– y, por eso, con menor rango que los vocales.

Artículo publicado en el suplemento Claves de la Historia - Miradas al Sur
25.05.14

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