Menu

The best bookmaker bet365

Best bookmaker bet365 Bonus

EL CARÁCTER POPULAR DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO

Por Hugo Chumbita.

En vísperas de los festejos del Bicentenario de 1810, un interesante cruce polémico entre José Pablo Feinmann (Página/12, 18/4/2010) y Norberto Galasso (Miradas al Sur, 9/5/2010) viene a replantear algunas cuestiones cruciales en torno del significado de lo que nuestro país se apresta a celebrar. ¿De qué revolución estamos hablando?

Según plantea Feinmann, ¿fue una operación financiada por los ingleses para arrebatarle a España el mercado de estas colonias? ¿La Primera Junta no era un gobierno popular? ¿Fue sólo una revolución política, que no transformó la sociedad, y cuyo único objetivo era la libertad de formar parte del desarrollo del capitalismo occidental? Galasso refuta algunas afirmaciones de Feinmann y, si bien concuerda en la carencia de una burguesía nacional revolucionaria que fuera capaz de unir las repúblicas hispanoamericanas, señala el carácter popular del movimiento que expresaba Mariano Moreno, y el rol de Bernardo Monteagudo y José de San Martín como continuadores de ese proyecto.
Si la provocación de Feinmann tiene el mérito de poner el dedo en la llaga de este espinoso asunto, la réplica de Galasso coloca cosas en su lugar. Pero creo que hay algunos datos que es oportuno agregar al respecto.
La revolución invocaba “la soberanía del pueblo”, aunque el concepto se podía entender entonces de maneras diferentes. En realidad, la cuestión de fondo era quiénes integraban aquel pueblo soberano. El Cabildo colonial era una institución aristocrática, e incluso el Cabildo Abierto del 22 de mayo estuvo circunscripto a la “gente decente”. Y se dejó la formación de la Junta a criterio de los cabildantes, pero cuando pretendieron colocar de presidente al virrey Baltasar Cisneros, fueron la decisión de los conspiradores patriotas y la movilización de las milicias y de los agitadores populares las que impusieron el nuevo gobierno.
Aquellas milicias, templadas en la resistencia a las invasiones inglesas, eran el fermento de un pueblo en armas, que incluso elegía a sus jefes. De esas filas surgieron los criollos patricios Cornelio Saavedra y Manuel Belgrano. Pero atención: por iniciativa de Moreno, entonces secretario de Guerra y Gobierno, en los primeros días de junio se resolvió que los oficiales y tropa de indios, hasta entonces agregados al “cuerpo de castas de pardos y morenos”, debían sumarse a los regimientos de criollos, “alternando con los demás sin diferencia alguna y con igual opción a ascensos”. Asimismo, en las instrucciones al Ejército que marchó hacia el Alto Perú, se le encomendaba expresamente “conquistar la voluntad de los indios”. El Plan de Operaciones de la Junta redactado por Moreno instaba a dictar “un Reglamento de Igualdad y Libertad entre las castas” y liberar a los esclavos incorporándolos a la milicia (artículo 1º, puntos 18 y 19). También previó convocar a José Artigas y sus gauchos ¿tal como se hizo? para insurreccionar la campaña oriental contra el bastión realista de Montevideo (artículo 2º).
O sea que, a falta de una burguesía revolucionaria, los patriotas del grupo morenista contaban con las masas populares criollas, las “castas” y los indios para hacer la revolución. Era sin duda una forma de ensanchar la categoría de pueblo. En cuanto a los alcances de la transformación, el citado Plan trazaba una política de cambios fundamentales, con una economía dirigida por el Estado.
Y sobre la necesaria independencia de los poderes externos, los patriotas jacobinos no se engañaban, y no dejaron de instruir al público en su órgano periodístico, con advertencias como la siguiente: “Los pueblos deben estar siempre atentos a la conservación de sus intereses y derechos; y no deben fiar sino de sí mismos. El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse. Recibámoslo en hora buena, aprendamos las mejoras de su civilización, aceptemos las obras de su industria y franqueémosle los frutos que la naturaleza nos reparte a manos llenas; pero miremos sus consejos con la mayor reserva, y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les habían producido los chiches y abalorios” (Gaceta de Buenos Aires, 20/9/1810).
La lucha continental por la independencia no se podía hacer sin el concurso de todo el pueblo. Contra los manejos de Bernardino Rivadavia y Manuel de Sarratea que frenaban la revolución, San Martín y Monteagudo organizaron en Buenos Aires el golpe y la pueblada de octubre de 1812, que renovó el Triunvirato para impulsar la guerra de la emancipación. San Martín formó luego el Ejército de los Andes reclutando a los paisanos, los gauchos y los negros de Cuyo, y emprendió su campaña de liberación americanista con el apoyo de las tribus de la cordillera. El aporte del almirante chileno Thomas Alexander Co­chrane fue demasiado oneroso como para considerarlo ayuda, lo mismo que los préstamos británicos a las nuevas repúblicas que vinieron después.
Es cierto que las repúblicas sudamericanas cayeron luego en la órbita del mercado mundial hegemonizado por Inglaterra, y que nuestro país fue regido durante más de medio siglo por una oligarquía que traicionó los objetivos de la independencia. Pero ese desenlace, que requirió antes aplastar en crueles guerras civiles la resistencia de los federales del interior no debería nublar la comprensión del carácter popular de la revolución emancipadora. Como todas las revoluciones, tuvo sus entregadores y sus renegados, pero contribuyó a poner en pie a las masas secularmente aplastadas bajo el sistema colonial, y fue liderada por verdaderos patriotas que sembraron su ejemplo de conducta revolucionaria, e iniciaron un camino, a pesar de todo, irreversible. En este año del Bicentenario, confiemos en que el océano de la modernidad capitalista no podrá apagar el brillo de aquellos fuegos.

Artículo publicado en el suplemento Claves de la Historia - Miradas al Sur
24.08.14

volver arriba

logo footer

Rodríguez Peña 356. CP : 1220. CABA. Argentina
Teléfono: 54 11 4371 6226