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“LA GRAN VICTORIA DEL REVISIONISMO HISTÓRICO ES HABER FORZADO EL DEBATE EN LUGAR DEL OCULTAMIENTO”

Entrevista a Fernando Del Corro realizada por Pablo Hernández.

“Cuando nos dicen que Rosas fue un terrible tirano y todo lo que se añade al respecto nos permite ver si es cierto, investigar y llegar a otras conclusiones.”

Periodista, historiador económico y docente universitario, Fernando José Del Corro, a lo largo de sus varias décadas de militancia social y política, aun desde diferentes sellos partidarios, fue desarrollando una profunda convicción acerca de la necesidad de profundizar el conocimiento histórico no solamente refutando las versiones equivocadas, en su mayor parte interesadas, sino, fundamentalmente, sacando a la luz muchos hechos ignorados, en general ocultados, que terminaron configurando una leyenda instrumentada desde la antigüedad por los poderes de turno lo que con el devenir del tiempo se reprodujo en todo el planeta. Es integrante de la Comisión Directiva del Instituto Dorrego, como periodista ha trabajado en diversos medios nacionales e internacionales, actualmente y desde hace 43 años en la agencia Télam, con la interrupción del Proceso, y como docente se desempeña, fundamentalmente, en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Sobre todo ello y mucho más conversamos con él en esta entrevista para Miradas al Sur.

–Contanos un poco cómo surgió tu interés por la historia y la economía. ¿Siempre tuviste esos centros de interés?

–Si bien las cosas siempre tienen un desarrollo que se va profundizando, por lo general hay un trasfondo que viene de muy lejos. En mi caso debo ir hacia mi infancia, aun desde la época preescolar, cuando mi padre me enseñó a leer y escribir con ese querido libro Upa y, mientras, asturiano él, de Cangas de Onis, la capital del reino fundado por el conde Pelayo en 722, me contaba de esa historia, de la batalla de Covadonga y hasta, con el correr del tiempo, a leer el bable por cuya oficialización aún luchan los astures. Por otra parte, mi padre tenía una pyme donde se combinaba la metalúrgica con la producción de parches para neumáticos de bicicletas, espirales y unos palitos mata insectos y hasta se alquilaba una parte a un relojero. Los que trabajaban allí eran casi todos peronistas y un par de republicanos españoles. El matricero era don Juan Altavista, el padre de Minguito, quien solía ir de visita. Como la fábrica estaba al fondo de la casa pasaba buena parte del día hablando con esa gente que no coincidía, precisamente, con la opinión de la mayor parte de mi familia, que escuchaba los discursos de Evita para cuestionarla. Todo eso influyó muchísimo en mi formación. Cuando comencé la educación formal yo me interesaba por muchísimas cosas de las que eran ajenos la mayor parte de mis coetáneos.

–Cuando entraste a la escuela primaria era plena época del peronismo y eso seguramente también influyó.

–Sí, pero indirectamente. La mayor parte de los maestros, salvo el de quinto grado, hoy sexto, no eran peronistas. Gracias a que sabía muchas cosas más de las que me iban a enseñar, porque leía y escribía, y sabía sumar, restar, multiplicar y dividir, me hicieron saltar al entonces primero superior, hoy segundo. Yo tengo una hermana más de tres años menor. Cuando ella ingresó a la primaria no era muy aplicada por lo que mi madre me puso a ser su maestrito y ayudarla con los deberes. Como compensación me pagaba con un libro por semana a mi elección. Así en unos años terminé leyendo un centenar de libros, amén de que también leía revistas y diarios. A la vuelta del colegio leía La Prensa, y más tarde, cuando llegaba mi abuelo, el padrastro de mi papá, La Razón en la que comenzaba por los chistes y seguía por la política internacional, por Josef Stalin, Winston Churchill, Alcide de Gasperi, Mao Tse Tung, Dwight Eisenhower, en fin. Eso me permitía conversar de igual a igual con los mayores en esos almuerzos y cenas multitudinarias de todos los días de una familia de inmigrantes, en su mayor parte de origen italiano, en donde también participaba el personal doméstico. De las lecturas de esos libros con los que me pagaba mi madre las enseñanzas a mi hermana también surgió mi pasión por la historia.

–No vas a decirme que todos esos libros que leíste eran de historia.

–Más o menos. También, en un elevado porcentaje, lo son de manera indirecta. Compré muchísimos de la colección Robin Hood, el luchador justiciero. En particular me leí la totalidad de la obra de ese gran novelista italiano que fue Emilio Salgari. Hasta le descubrí algunos errores que estuve a punto de presentar hace unos años en un congreso sobre Salgari que se hizo en Italia. Por ejemplo, él hablaba del portugués Yáñez de Gomera. En realidad Gomera es una isla del archipiélago de Canarias de manera que Yáñez, al ser de Gomera, era español no portugués. Otra que Sambigliong murió sobre el final de El Rey del Mar y apareció nuevamente en una novela posterior, A la conquista de un imperio. Salgari fue un reivindicador de los pueblos asiáticos en lucha contra el imperialismo inglés a través de la saga de Sandokán, y hasta de las mujeres, como en el caso de El capitán Tormenta. Además fue un visionario de la tecnología como la utilización del rayo láser también en El Rey del Mar. Ese mismo rayo láser que décadas después, pero mucho antes de que lo desarrollara la ciencia, aparece en El hiperboloide del ingeniero Garin, del ruso Alexei Tolstoi, el hijo de León. Leyendo a Salgari uno siempre estaba del lado de los malayos y demás pueblos colonizados contra los imperialismos. Y eso también tenía un valor histórico porque las aventuras narradas siempre estaban en un marco de realidad, sin ir más lejos, como el verdadero James Brook, el famoso “rajá de Sarawak”. Así que después de la novela había lugar para ir a ver qué había pasado realmente pero ella era el punto de partida. Hoy se debiera difundir la obra de Salgari.

–¿Cuándo apareció la lectura por los libros de historia propiamente dichos?

–Ya te dije que constituíamos una familia muy grande, más de una docena, en su mayor parte por el lado lucano de mi madre, los antiguos italiotas criadores de búfalos. Yo compartía una pieza con mi tío Tito, gran lector, además de gran persona, más allá de su antiperonismo. Un día encontré sobre la mesa de luz la Historia universal, de Herbert George Wells. Se trata de dos tomos enormes a los que devoré. Por alguna cosa me quedó siempre grabada la guerra ruso-turca de 1877-1878. Por entonces yo tenía poco más de diez años, estaba por terminar la primaria. Ahí comencé, aunque sin dejar los libros de aventuras, por alguna causa que no recuerdo, me empecé a interesar por “desmentirizar” –vocablo de mi invención– la historia. Por ejemplo por el presunto “descubrimiento” de América por Cristóbal Colón cinco siglos después de las andanzas de Erik Thorvaldsson, El Rojo; su esposa Theodhild, la edificadora de la primera iglesia cristiana en América en el siglo X y cuyos restos existen; y sus hijos como Leif Eriksen, quien fundó la primigenia Nueva York. Así que desde preadolescente ya descreí de la historia oficial, aunque la estudiaba y respetaba a algún profesor de la secundaria que la enseñaba.

–¿Después de eso, entonces, derecho a estudiar historia en la universidad?

–No tan así. Estando en segundo año del secundario el presidente Arturo Frondizi, en otro de sus giros, impulsó la enseñanza universitaria privada y se planteó la cuestión de “laica o libre”, ya que se trataba de un acuerdo inicial con la jerarquía católica. Participé en esa gran huelga que hicimos los secundarios con marchas diarias que concluyeron con una manifestación en la Plaza de los Dos Congresos, no sé si la mayor que vi en mi vida. En ese marco, y con mi admiración por Lisandro de la Torre y su lucha contra los ingleses, me sumé a las filas del Partido Demócrata Progresista en el que militaban dos compañeros de curso en el Nacional Urquiza del barrio de Flores: Alfredo Kohn Loncarica, luego importante historiador de la medicina, y Ricardo Cámara, más tarde importante periodista. Allí pude descubrir una cosa muy interesante, que el PDP había tenido una política pro estadounidense que lo llevó a propiciar formalmente en el Congreso el ingreso de la Argentina en la Gran Guerra cuando en 1917 el presidente Woodrow Wilson rompió con el neutralismo y declaró las hostilidades a los imperios centrales. La Argentina igual mantuvo la neutralidad impuesta desde el comienzo del conflicto por el gobierno conservador del presidente Victorino de la Plaza y continuada con la gestión radical de Hipólito Yrigoyen. Lamentablemente la mayor parte de la izquierda argentina, en la que milité desde diversos sellos, se dejó atrapar por la versión liberal de la historia argentina, la elaborada en función de los negocios británicos en el país desde los tiempos coloniales del Tratado de Utrecht, de 1713, cuando se les otorgaba el monopolio del comercio de esclavos lo que, de paso, les abriese las puertas del contrabando y hasta de la organización de las invasiones al Río de la Plata y la implementación del proceso de endeudamiento que aún padecemos.

–¿Y a la universidad cuándo?

–¡Ah, perdón! Cuando concluí el secundario apunté a la Facultad de Ingeniería de la UBA a la que ingresé sin problemas. Me encantan también las matemáticas y en mi casa era la mecánica un tema central. Mi otro tío materno era arquitecto y entre sus amigos había un conocido físico autor de libros para secundarios, Alberto Frumento, y tenía destacados parientes como el ingeniero Ernesto Galloni. Así que estudié ingeniería lo que me sirvió para mucho como método de pensamiento. Siempre tengo presente la teoría del límite, que indica que se marcha en una dirección pero, aunque nos vamos acercando cada vez más, nunca llegamos a la meta establecida. Si ella es el 4,0 vamos a llegar a 3,5, a 3,8, a 3,92, a 3,99, pero nunca a 4,0. Muchos de los grandes pensadores tuvieron importantes conocimientos matemáticos. Ojalá yo pudiese estar a sus alturas. Pero entre que me puse a trabajar, la práctica deportiva y la militancia política, terminé abandonando. Fue bastante tiempo después cuando ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras a estudiar formalmente historia. Allí tuve grandes maestros, aunque pudiera discrepar en algunas de sus visiones, como me ocurrió, por ejemplo, en Historia de España.

–Pero la economía...

–Siempre tuve la preocupación económica, desde muy jovencito, heredada de las historias familiares. En algún momento fui funcionario bancario y, con no mucho más de 20 años, estaba encargado de la captación de clientes en una zona de la capital y en la política crediticia en una entidad financiera española, recién llegaba el Santander, hoy el más importante de la Eurozona. Más tarde, dedicado al periodismo, si bien tuve que comenzar en el área de deportes, que era a la que se accedía más fácilmente y que me gustaba, cuando pude comencé con las notas especiales en Télam y así, por ejemplo, encaré temas como la problemática petrolera, por entonces incipiente, en las islas Malvinas cuando surgió cuatro décadas atrás. Pero mi gran dedicación se la debo a un enorme periodista, Horacio Tato, quien al ver mi interés en el tema me puso al frente del mismo en la agencia Noticias Argentinas. Por otra parte, durante mi paso por Filosofía y Letras casi todas mis monografías obligatorias en diferentes materias fueron sobre aspectos económicos como, por ejemplo: “Mil años de industria en España: 722-1788”, “Manuel Fragueiro y la política económica en la Confederación Argentina”, “El sistema económico en el incanato” y “La economía en las ciudades estado mayas”. La excepción, porque el profesor nos fijó el tema, fue “El mito y el rito en el Cercano Oriente Próximo” donde nos ayudamos con el actual ministro de Educación, Alberto Sileoni. La cuestión es que me pasé muchos años trabajando como periodista acreditado en el Ministerio de Economía y luego a cargo de los temas del área en el Congreso de la Nación.

–¿Tengo entendido que también te desempeñaste en cargos públicos en más de una ocasión?

–Sí. Fui asesor entre 1983 y 1987 del entonces gobernador de Santa Fe, José María Vernet, con quien colaboré en varias cosas, como siempre recuerdo el desarrollo de la cría de búfalos en el norte de la provincia cosa que, seguramente, agradecen los gustadores de esa mozarela. E iniciamos un proceso de integración subregional con el sur del Brasil y el Paraguay, el Codesul-Crecenea, hoy prácticamente abandonado. También colaboré con él cuando fue ministro en Buenos Aires durante la gobernación de Antonio Cafiero. Ahí logramos un gran desarrollo de la cunicultura, luego también abandonado. Y yo había planteado, entre otras, cosas, crear un sistema de supermercados cooperativizando a pequeños comerciantes con financiamiento público, pero nos fuimos y quedó en la nada. Esporádicamente también me desempeñé con Alieto Guadagni en el área de comercio exterior en la Cancillería y también pasé por economías regionales en el Palacio de Hacienda. No fui funcionario pero estuve en el equipo que, con Eduardo Setti a la cabeza, se iba a hacer cargo del Ministerio de Economía si ganaba el peronismo en 1983. Así como también había democristianos yo era el socialista en cuestión. También integré el equipo de Arnaldo Etchart a quien Carlos Menem le había ofrecido esa cartera en 1989 antes de las elecciones, pero al que dejó de lado cuando arregló con la familia Born. Luego metí la mano en varios proyectos sin ser funcionario, colaborando con amigos que lo eran, como en el caso del radical Ricardo Campero, cuando le sugerí prohibir la compra con pagos diferidos de ganado por los frigoríficos, con lo cual, en medio de una brutal inflación, la carne tuvo los precios congelados por más de dos meses al perder el componente financiero que había incorporado vía la financiación.

–¿Estás dedicado actualmente a la investigación de la historia económica argentina?

–Ese tema lo conocés bien como presidente del Instituto Dorrego, en donde encabezo un grupo que está rastreando cosas poco conocidas en la historia de nuestro epónimo. Ya hemos avanzado en varias cosas como el hallazgo que hizo nuestro compañero Alejandro Heredia, descendiente del caudillo tucumano homónimo, de un himno a Dorrego que se había perdido producto de nuestra historia oficial y que pronto va a ser ejecutado a nivel oficial, comenzando por la banda del Ejército. Algo en lo que vos tenés que ver. El, con Bianca Casagrande, está trabajando en aspectos de esa investigación. También la amiga Elsa González ha trabajado bastante en lo relacionado con un segundo préstamo Baring Brothers impulsado por Bernardino Rivadavia, como el original, para trazar un disparatado canal fluvial desde Mendoza hasta Buenos Aires por zonas carentes de suficiente agua para alimentarlo. Un préstamo que se frustró, por fortuna, gracias a la oposición de Manuel Dorrego. También el amigo Alejandro García Poultier ha avanzado sobre las ideas federalistas de Dorrego apuntando a un sistema de grandes provincias autofinanciables, como Cuyo, Mesopotamia, Catamarca-La Rioja y Santiago del Estero-Tucumán, en base a la integración de las actuales. Ideas que fueron recogidas por Juan Manuel de Rosas y expresadas claramente en la “Carta de la Estancia de Figueroa” dirigida a Facundo Quiroga. El Instituto ha logrado dar un paso fundamental en el esclarecimiento de la historia argentina y regional ya que también se ha avanzado en temas de la Patria Grande, incluso con participación de mujeres afrodescendientes, como tienen gran importancia los cursos que organiza el amigo Julio Fernández Baraibar. En todo ello hay que destacar como cuestión clave lo que significó la fundación y presidencia del Dorrego por Mario Pacho O’Donnell, que nos permitió concretar todo ello y hasta comenzar con la edición de libros a través de importantes editoriales, como La Otra Historia, con una veintena de coautores entre los que me honra estar y cuya segunda versión está próxima a aparecer.

–¿Entonces, como vos decís, estamos “desmentirizando”?

–Más que “desmentirizando”. El problema mayor en la historia es el ocultamiento. Cuando nos dicen que Rosas fue un terrible tirano y todo lo que se añade al respecto nos permite ver si es cierto, investigar y llegar a otras conclusiones. De hecho, Rosas tiene desde hace mucho historiadores que lo reivindican. Nos han contado que Bernardino Rivadavia fue un gobernante maravilloso, un gran avanzado para su época y otras yerbas semejantes. También nos permitió ver si todo eso era cierto y, de repente, nos encontramos con todos los negocios y actos de corrupción en contra del interés nacional como el citado préstamo de la Baring Brothers. Ahora bien, ¿cuántos somos los que sabemos de la existencia de ese gran economista argentino, aunque nacido en Bélgica, en una zona entonces alemana, llamado Jean Silvio Gesell? Ni siquiera se sabe que el balneario atlántico, fundado por su hijo Carlos Idaho Gesell, fue creado como Silvio Gesell, el más destacado economista argentino de la historia y uno de los más reconocidos a nivel mundial como que se mereció un capítulo entero de John Maynard Keynes en su Teoría general. En el Dorrego pronto vamos a publicar también algo sobre Gesell. ¿Y qué sabemos de Fragueiro, el economista socialista que tuvo como ministro de Economía la Confederación Argentina durante su primera etapa con Justo José de Urquiza como presidente? ¿Sabemos que en 1853 Fragueiro hizo incluir como anexo de la Constitución Nacional un agregado económico que luego se dejó de usar y del que no se encuentran rastros? Este es otro tema trascendente para una futura investigación. ¿Y cuando hoy se habla nuevamente del traslado de la capital a otro lugar del país, sabemos por qué está acá y no en otro lado? Está acá porque en 1566 el primer economista americano, aunque nacido en España, Juan de Matienzo, le explicó a Felipe II qué ventajas iba a tener usar la Cuenca del Plata para la comunicación con la metrópolis en lugar del largo y complicado viaje por el Océano Pacífico y el cruce terrestre del Istmo de Panamá. O sea que esta ciudad fue creada para ser el centro del control colonial, lo que con el correr del tiempo fue aprovechado por los británicos. Es decir, que ab initium fue un eje de control a través del manejo de la economía no da lugar a discusiones pero, ¿quién sabe de Juan de Matienzo? En un reciente taller sobre historia económica hablamos de todo eso. Estamos sacando las cosas a la luz en el Dorrego y en eso, además de los que ya mencioné, entre los que estás incluido, es muy importante que, además de investigadores como Hugo Chumbita, Enrique Manson y otros, haya quienes, como Osvaldo Vergara Bertiche, Pablo Vázquez y Víctor Ramos, estén desarrollando una activa campaña de difusión que, con aportes historiográficos serios, ha opacado sensiblemente los agravios de ciertos “académicos”.

Entrevista publicada en el suplemento Claves de la Historia. Miradas al Sur.
21.09.14

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