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A 40 AÑOS DE LA VIDA SIN PERÓN

Por Eduardo Anguita.

Se cumplirá un nuevo aniversario de la muerte del líder, en una Argentina convulsionada, mientras la Selección jugaba el Mundial de Alemania.

Argentina debutaba el sábado 15 de junio de 1974 perdiendo 3 a 2 contra Polonia. En el segundo, contra Italia, había que jugarse. El técnico, Vladislao Cap, explicó que había elegido un esquema ofensivo, que los marcadores de punta –Quique Wolff y Jorge Carrascosa– se proyectarían en ataque y que los tres delanteros –Mario Kempes, el Chirola Yazalde y René Housseman– saldrían a golear. Atrás estaban el arquero Daniel Carnevali y los backs Roberto Perfumo y Ángel Bargas. En el medio, el Oveja Telch, Cacho Heredia y el Inglés Babington. Hacía 18 años que la Argentina no le ganaba a Italia. Empataron 1-1. No era mucho, pero parecía que la Selección levantaba cabeza. En la última jornada de la clasificación, Argentina goleó a Haití 4-0, Polonia le ganó a Italia 2-1 y se clasificaron Polonia y Argentina, que fue a una zona con Holanda, Brasil y Alemania Democrática. En la otra, quedaron Alemania Federal, Polonia, Suecia y Yugoeslavia. Era el Mundial que se jugó en Alemania. Era un Mundial decididamente europeo.

El primer partido de la segunda ronda fue el miércoles 26, contra Holanda que, de entrada, apabulló a los argentinos: los de Johan Cruyff volaban y los argentinos jugaban lento, pero mal. Cuando los holandeses ya habían metido tres goles, su técnico, Rinus Michels, frotándose las manos, le dijo a un periodista de La Nación que estaba al lado que "a mí no me interesan los rivales. Jugamos como sabemos. Que los demás se preocupen por Holanda". Al rato los holandeses metieron el cuarto gol. Y el equipo argentino, ninguno. El domingo 30, Brasil les ganó 2 a 1.

El último partido de Argentina fue el miércoles 3 de julio contra Alemania Democrática y el equipo de Cap sacó un módico 1-1. Ese día, hubo minuto de silencio en el estadio y los jugadores llevaban una banda negra en el brazo.
Aunque el domingo 7, en la final, Alemania Federal se ocupó de Holanda con el 2-1 que le dio la Copa del Mundo, en la Argentina no se hablaba de otra cosa: se había muerto el general Juan Domingo Perón. Ya para los últimos días de junio, José López Rega había hablado con la vice, María Estela Martínez de Perón, para que regresara urgente de una gira europea: todo era inminente y el Brujo sabía que el vandorismo, como se llamaba entonces a la dirigencia de la CGT, quería el abrazo del oso a quien, irremediablemente, sería la presidenta.

El domingo 30 de junio, por los partes que salían de la oficina de prensa del gobierno, los diarios hablaban de la "sensible mejoría de la salud del teniente general Juan Domingo Perón" y López Rega insistía en que era sólo una gripe, que él también se había contagiado: "El señor presidente y yo nos levantamos para atender a los ministros y luego de resolver las distintas tareas, cada uno se reintegra a su respectivo dormitorio. El General está bastante recuperado, gracias a Dios."

Pero la realidad era que, el día anterior, "para poder cumplir con el reposo absoluto que los médicos le recomendaron con el fin de lograr su total restablecimiento en el menor tiempo posible", Perón había firmado el traspaso, momentáneo, del Ejecutivo en Isabelita, tal como todo el mundo la llamaba por el nombre que tenía cuando bailaba en un cabaret de Panamá y conoció a Perón, con quien se había casado en 1961. Ante el seguro desenlace, el comandante de la Armada, Eduardo Emilio Massera, sacó un comunicado desde el Edificio Libertad: "Ante la enfermedad del excelentísimo señor presidente de la Nación he reiterado a las autoridades del gobierno nacional que para la Armada no hay otra solución política argentina que aquella que se deriva del total y absoluto respeto a la Constitución y a las leyes." López Rega se apuró a que el canciller Alberto Vignes "aceptara" la renuncia de Héctor Cámpora como embajador en México, donde había ido silenciosamente tras su renuncia a la Presidencia el 13 de julio de 1973. Desde la Catedral, el cardenal primado Antonio Caggiano oficiaba una misa por su mejoría. En ese momento, en facultades, fábricas, sedes políticas, diarios, unidades básicas, miles de personas se hacían la misma pregunta: nadie sabía lo que podría pasar cuando se muriera el hombre que había marcado la historia argentina de las últimas décadas.

A las 14:05 del 1 de julio de 1974, Isabel apareció con el pelo recogido y los ojos rojos: "Al pueblo argentino: estamos viviendo horas aciagas, circunstancia que debe retemplar el espíritu del pueblo argentino en un sentido de verdadera unidad nacional. El presidente de los argentinos ha dado a su patria y al continente latinoamericano la más grande expresión de grandeza y humanismo cristiano. Entregó su vida en holocausto a la libertad pacífica de los pueblos. Hasta sus últimos instantes trabajó por la unidad nacional, continental y universal. Con gran dolor debo transmitir al pueblo el fallecimiento de un verdadero apóstol de la paz y la no violencia...", y cientos de miles, probablemente millones de personas se sintieron desconsoladas y explotaron en lágrimas.

Desde todas las pantallas se podía apreciar a López Rega apoyando sus manos en el respaldo del sillón presidencial. No era preciso ser demasiado perspicaz para entender el mensaje. El Brujo estaba detrás de la señora. Isabel levantó la vista y el tono: "Asumo constitucionalmente la primera magistratura del país, pidiendo a cada uno de los habitantes la entereza necesaria dentro del lógico dolor patrio para que me ayuden a conducir los destinos del país hacia la meta feliz que Perón soñó para todos los argentinos."

El capellán del regimiento de Granaderos, Antonio Ponzo, salió en los medios para contar que Perón había recibido la extremaunción en estado consciente. Todos sabían que el hombre había sido excomulgado por el Vaticano en 1955, poco antes del derrocamiento, y que le había costado mucho retomar las relaciones con la Iglesia Católica. Muchos sabían de la relación de Perón con Licio Gelli, jefe de la Logia Masónica Propaganda Due, quien se adjudicaba haberle concedido el grado 33 del Rito Escocés y haberlo integrado a esa secta donde abrevaban el almirante Emilio Massera y el general Carlos Suárez Masson. El capellán de Granaderos, aquel lluvioso y frío 1 de julio, agregaba: "Después perdió el conocimiento, a las 12:30, y yo le coloqué sobre el cuerpo el rosario que le había enviado el santo padre Paulo VI."

En la redacción del diario Noticias, Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Juan Gelman, Horacio Verbitsky y Miguel Bonasso discutían cómo debía ser la tapa del martes 2. El título fue aprobado por aclamación y Walsh quedó encargado de escribir las ocho líneas que vendrían después. La tapa fue exclusivamente tipográfica: DOLOR en cuerpo 96, enorme, y debajo el editorial encubierto: "El general Perón, figura central de la política argentina en los últimos 30 años, murió ayer a las 13:15. En la conciencia de millones de hombres y mujeres la noticia tardará en volverse tolerable. Más allá del fragor de la lucha política que lo envolvió, la Argentina llora a un líder excepcional."

El centro de la ciudad se había llenado de gente de todas las edades y que llegaba de todos lados. En los medios se hablaba de un millón de personas en la calle. Durante tres días la ciudad se había paralizado. No había cines, restoranes, trabajos, colegios. Solamente la Escuela de Mecánica de la Armada desafió el duelo nacional y se mantuvo en funcionamiento. El arquero Amadeo Carrizo decía: "Con la muerte de Perón, no sólo la Argentina, sino el mundo, ha perdido al hombre más grande de todos los tiempos." Carlos Caride, el pibe de un inquilinato de San Telmo que se había curtido en la Resistencia y sería un cuadro montonero le contó a Noticias: "La primera vez que pude jugar al fútbol con una de cuero fue en los campeonatos Evita, imaginate. En todos mis recuerdos, desde que era chico, está Perón. Y me pasé toda la vida peleando para que volviera. Ahora, la verdad, no sé cómo voy a hacer para vivir sin él. Pero bueno, la lucha continúa."

La capilla ardiente cerró a las 3 de la mañana del jueves 4 de julio. Cinco horas después, en la Cámara de Diputados, el más joven de los gobernadores, Carlos Saúl Menem, leía un discurso: "Se explica que este pueblo argentino, al que Perón dio las tres banderas de su redención, la patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana, banderas que han dejado ya de ser de un partido para ser las del pueblo entero de la Nación, sienta que, al apagarse la vida del prócer, pareciera haberse plegado momentáneamente la enseña que él enarbolara y que hoy los gobernadores argentinos junto a sus pueblos se comprometen a mantener izadas en todos los mástiles de la República." Después le tocó el turno a Ricardo Balbín, que improvisaba: "Frente a los grandes muertos... frente a los grandes muertos tenemos que olvidar todo lo que fue el error, todo cuanto en otras épocas puede ponernos en las divergencias y en las distancias, pero cuando los argentinos están frente a un muerto ilustre, tiene que estar alejada la hipocresía y la especulación para decir en profundidad lo que sentimos." Tomó respiro porque llegaba su remate: "Este viejo adversario despide a un amigo. Y ahora, frente a los compromisos que tienen que contraerse para el futuro, porque él quería el futuro, porque vino a morir para el futuro, yo le digo, señora presidente de la República, que los partidos políticos argentinos estarán a su lado en nombre de su esposo muerto para servir a la permanencia de las instituciones argentinas, que usted simboliza en esta hora." Lorenzo Miguel leyó, y le hablaba al líder: 2Cómo no expresarte, mi General, el agradecimiento al reconocimiento manifestado el 1º de mayo último en tus palabras, cuando dijiste: 'Por eso, compañeros, quiero que esta primera reunión  del Día del Trabajador sea para rendir homenaje a esas organizaciones y a esos dirigentes sabios y prudentes que han mantenido su fuerza orgánica.'" Era un mensaje para los cientos de miles de militantes de la Tendencia, que habían dejado la Plaza aquel 1º de mayo y sabían que se venía un enfrentamiento feroz con las bandas de la Triple A de López Rega, del Comando de Organización, de la Concentración Nacional Universitaria y otros tantos grupos paramilitares amparados en el Estado.

El mediodía del 4 de julio, el cajón empezó su largo viaje, montado sobre una cureña, hasta su tumba en la Quinta de Olivos. A lo largo de 15 kilómetros, 8000 soldados y cientos de miles de personas lo despedían agitando pañuelos y gritando "Perón, Perón" bajo la lluvia. Eran las 3 de la tarde cuando recomenzaron las actividades cotidianas. La ciudad, extrañada, intentaba sacudirse su largo duelo, y demasiada gente se preguntaba cómo sería la vida sin Perón.

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