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TULIO HALPERIN DONGHI: EL ADMIRADOR MENOS PENSADO DE PACHO O’DONNELL

Por Alberto Lettieri.

El domingo pasado a última hora me llamó encolerizado el querido Martín García, invitándome a realizar un desagravio a Manuel Belgrano en la reunión semanal de la Oesterheld, en vistas del ataque realizado por la Revista Noticias en su última edición. Belgrano, tal vez el prócer con reconocimiento más unánime dentro de nuestro panteón nacional, y seguramente también el más querido, debió soportar un tomatazo en la portada del semanario y diversos cuestionamientos en las páginas interiores, tanto por su condición de “favorito” de Cristina Fernández de Kirchner cuanto por los juicios descalificatorios vertidos por Tulio Halperín Donghi en su último libro, “El enigma Belgrano”.

Si bien acepté de inmediato la atractiva propuesta, ya que siempre es  muy agradable participar de tan cálidas reuniones, debo señalar que ni la lectura de la nota, que incluía un reportaje complaciente al propio Halperín, ni mucho menos el posterior exámen del libro en cuestión, me llevaron a compartir el sentimiento de indignación expresado por la mayoría de los compañeros. Por el contrario, creo que el insulso ensayo del senil historiador, empleado de la Universidad de Berkley desde hace 30 años, sólo permite comprobar que, en el terreno de la historia, hemos avanzado mucho más allá de lo que suponíamos en la denominada “batalla cultural”. Y a las pruebas me remito.

En los inicios de los años 80, y en el marco del proceso de repliegue de la Dictadura Cívico Militar, se creó en nuestro país el PEHESA/CISEA, centro de investigaciones financiado por entonces por la Fundación Ford, con la pretensión de sentar las bases sobre las cuales se desarrollarían las Ciencias Sociales de la renaciente democracia argentina. Los nombres más destacados de ese emprendimiento fueron Leandro Gutiérrez, Luis Alberto Romero, Beatriz Sarlo, Hilda Sabato y Carlos Altamirando, actualmente editorialistas habituales de La Nación y de Clarín, quienes durante la mayor parte de los últimos 30 años manejaron los contenidos y criterios académicos de la corporación intelectual (universidades, Conicet, Agencia, Coneau, etc.). Su objetivo de máxima consistía en elaborar un relato sobre la historia argentina que prescindiera del peronismo –o bien recuperara únicamente sus aspectos negativos-, en el marco del inocuo “Tercer Movimiento Histórico” que pretendió impulsar Raùl Alfonsín.
Para ello, el académico “profesional” debía trabajar con determinadas reglas, ser objetivo y neutral en sus análisis, y estudiar problemas concretos y claramente delimitados, con una lógica de laboratorio, desechando los procesos de larga duración y, sobre todo, las demandas e inquietudes de la sociedad. Un intelectual que se preciara de tal debía escribir exclusivamente para sus pares y sólo sus opiniones debían  desvelarlo. La divulgación estaba excluida de cualquier carrera académica exitosa, juzgándosela como el terreno de los autodidactas y los charlatanes. Por último, el compromiso con la política y con las demandas sociales era considerado como un resabio molesto de los años 70, aquellos que la mayoría de nuestros académicos de carrera hubiera deseado borrar de sus trayectorias, al recordarles con crueldad demasiado severa su antigua  militancia, y en qué se habían convertido con el paso del tiempo.

El profeta de dicha corporación, denominada habitualmente como los “modernos”, no era otro que Tulio Halperín Donghi, quien periódicamente descendía desde las alturas áureas del norte hacia los infiernos la Sudamérica profunda, para repartir premios y castigos, y recordarnos que nuestra infausta situación no era otra más que el bien merecido castigo que nos tocaba a los argentinos por haber desafiado reiteradamente los mandatos del imperio reinante, tanto en la época de Rosas y de los trágicamente caricaturescos caudillos nativos, cuanto en los tiempos del abominable y maldito peronismo, que había acabado por extender su mugrosa cizaña a lo largo de todo nuestro tejido social. Para Halperín, la dependencia argentina era tan natural como el régimen de lluvias, por lo que no valía la pena detenerse a analizarla seriamente ya que resultaba irreversible. Mucho menos el patriarca de los modernos podía comprender a esa Argentina peronista, cuyo fin pronosticó erróneamente como corolario necesario del menemismo.

Sin embargo, para desgracia de Halperín, y de los modernos que hacían las veces de coro monocorde y de cancerberos del pensamiento único que habían instalado en la cultura argentina, el cambio de siglo trajo consigo no ya la desaparición, sino la recuperación y el protagonismo de muchas de las banderas y de las realizaciones de ese peronismo indigerible, transgresor, idealista y políticamente incorrecto. Las relaciones carnales dejaron paso a la Unasur, al desendeudamiento, a la revitalización del MERCOSUR, a las políticas sociales y a la ruptura de la dependencia con el FMI. La Argentina peronista ya no agonizaba, ni mucho menos había muerto, y en reemplazo del intelectual cosmopolita, profesional y aculturado, llegaron los tiempos de la batalla cultural, del Instituto Dorrego y con él, de un renovado revisionismo histórico que sintetizaba a intelectuales y “silvestres” –tal la denominación ocurrente de Pacho O`Donnell- y que encontraba eco en una sociedad que no tardó en identificar a la historia oficial con el relato del coloniaje.

Cuando nació el Instituto, Sarlos, Romeros y Sabatos salieron a reclamar que sólo ellos tenian el derecho de imponer el pensamiento único: se les contestó con argumentos democráticos y pluralistas, con sólidos conocimientos históricos y, una vez más,  debieron llamarse a silencio, encerrarse en sus claustros y eludir el debate. Derrotados, desanimados, recurrieron ahora a su profeta del Norte, a su última espada, a aquél que los había conducido en la toma del poder cultural. Pero su conductor les respondió con un corte de manga, y demostrando que aquel pragmatismo que había criticado en ese peronismo plebeyo al que tanto odiaba por no poder escapar a su seducción, también lo había contaminado a él, optó por adaptarse a las exigencias de nuestro tiempo. Y así se sumó a la ola revisionista, aunque a su manera… Es decir, prescindiendo de estudios serios y documentados sobre su objeto de estudio, ya que en su mirada reduccionista y despectiva el revisionismo era el fruto de lo precario, una especie de pensamiento mágico. A tal punto llegó su oportunismo y su afán de alcanzar el reconocimiento postrero de una sociedad a la que había descalificado a lo largo de toda su vida que no dudó en desmentir las elogiosas consideraciones que habían tributado en sus biografías de Belgrano dos figuras consulares en la extensa obra historiográfica de Halperín, el General Paz y el mismísimo Bartolomé Mitre, para ofrecernos una absurda caricatura de Belgrano, el “preferido de Cristina” y de todos los argentinos, sin molestarse en agregar una sola fuente original en su análisis. Y, para que la desazón de sus aplaudidores resultara aún mayor, sus descalificaciones se fundaron en la adopción de una clave psicologista ordinaria, de baja estofa, lejana del presunto cientificismo de los modernos, en la que cualquier lector avezado podría descubrir tanto la oculta admiración de Halperín por Pacho O`Donnell como su drámatica carencia de recursos para poder aproximarse minimamente a la agudeza demostrada por este “maldito” de la historia oficial en, por ejemplo, su excelente análisis de la personalidad y las conductas de Juan Manuel de Rosas.  

“Egocéntrico”, “incompetente”, “fantasioso”, “sin sentido común”, con “expectativas desmedidas” en atención a sus propias capacidades, Belgrano es para el profeta de Berkley un sujeto caprichoso y ambicioso dispuesto a desmentir las expectativas familiares puestas en él. Sin embargo, tales características, a la luz de las endebles pruebas presentadas, permiten definir mucho más al propio Halperín, que al prócer que trató de destruir y que terminará por condenarlo al ridículo. ¿Qué opinarán ahora sus aplaudidores locales? ¿Tomarán distancia del decrépito ídolo o, por el contrario, asistiremos a una oleada de revisionismo reaccionario, combinado con psicologismo improvisado y descalificaciones sin fundamentos hacia los padres fundadores del campo popular? Ladran, Sancho… La batalla cultural ha comenzado a dejar su huella en el campo de la historia.

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