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LA ARGENTINA YA NO FUE LA MISMA

Por Alberto Lettieri.

Hace algunas semanas, cuando se anunció la emisión de los billetes de $ 100 con la figura de Evita, un periodista radial me consultó acerca de qué otro actor histórico merecería, a mi juicio, un reconocimiento similar. Sin dudar, conteste: Néstor Kirchner. ¿Por qué motivo?, me repreguntó. Simplemente, le dije, porque gracias a Néstor, la Argentina ya no fue la misma.

La catástrofe.

El 19 y 20 de diciembre de 2001, el Estado nacional Argentino colapsó. El neoliberalismo había hecho su tarea con probidad, destrozando la economía y poniendo al país de rodillas frente a los grandes centros internacionales de poder. La aplicación a rajatablas de las políticas del FMI, el endeudamiento sin límite ni control alguno, la corrupción generalizada, la sangría incontenible de nuestras riquezas a través de la transferencia de recursos hacia el exterior y el saqueo de las empresas estatales fueron minando la consistencia de una absurda política de convertibilidad. Durante su vigencia, la soberanía financiera de nuestro Estado nacional fue suprimida, con nuestro signo monetario convertido en alter ego desprestigiado del dólar, para luego forzar, al momento del inevitable fracaso de una política nefasta, la emisión de famélicas cuasi monedas provinciales –los descalificados bonos– o el restablecimiento del sistema del trueque. La industria argentina virtualmente desapareció y, con el librecambio como slogan, se alcanzaron rápidamente indicadores récord de desocupación, precariedad laboral y empleo en negro. En consonancia, los colegios industriales fueron eliminados, ya que no cumplían función alguna dentro del nuevo modelo semicolonial.

El éxito del proyecto de convertibilidad entrañó, hacia fines del siglo XX, una inevitable crisis económica y social, de inédita magnitud. Su creador, el aprendiz de brujo Domingo Cavallo, convocado ahora por la gestión de Fernando de la Rúa, sólo atinó a tratar de “enfriar” la economía, imponiendo una retención del 13% de los ingresos a los empleados estatales, una desesperada toma de deuda a tasas exorbitantes –el denominado “blindaje”– y el establecimiento de un estricto “corralito” financiero. Estas iniciativas, aún más recesivas, esfumaron los últimos restos de tolerancia social.

La huida en helicóptero de De la Rúa, en el marco de una represión absurda e injustificada, reiteraba la pauta de retiro anticipado del radicalismo del gobierno instalada en 1930. ¡Que se vayan todos! Tal como había sucedido en las gestas históricas del 25 de mayo y el 17 de octubre, el pueblo ocupó la Plaza de Mayo exigiendo un cambio drástico. Sin embargo, mientras que en el nacimiento de la patria y en 1945 existían programas concretos –la creación de un gobierno propio con liderazgo criollo y la liberación y la restitución del líder que había implementado el proceso de cambio social, respectivamente–, la demanda de 2001 era mucho más perturbadora. Ese “que se vayan todos” implicaba que el único consenso existente se refería a la impugnación de una dirigencia política considerada corrupta y genuflexa ante las presiones de los mercados o de los organismos internacionales.

La situación era terrible y no se avizoraba la luz en el fondo del túnel. El pueblo se movilizaba contra algo, pero, a diferencia de las otras gestas históricas, carecía de propuesta o programa positivo de acción. La gestión de Eduardo Duhalde –autoridad emergente de la gravísima crisis político-institucional que siguió al estallido y la rebelión social del 2001– aportó módicos avances en la consolidación institucional, una pesificación desigual que sólo benefició a las empresas y corporaciones más poderosas –Clarín, La Nación, las privatizadas, etc.– y un recurso sistemático al uso de la violencia para contener las legítimas demandas sociales, que aportó dos nuevos mártires –Maximiliano Kosteki y Darío Santillán– y forzó la salida anticipada de quien había asegurado, en clave demagógica, que los argentinos estábamos “condenados al éxito”.

La refundación.

El proceso electoral para suceder a Duhalde conllevaba las marcas de la crisis. La síntesis de altísimo endeudamiento, profundo clima de conflictividad social y una economía colapsada disuadieron a algunos competidores destacados de la racionalidad de hacerse cargo de un país en llamas. En ese momento dramático, en el cual incluso la unidad territorial de la república estaba puesta en discusión, sólo una personalidad excepcional podía asumir el desafío de ponerse el sayo en una situación en la que sólo el fracaso parecía estar garantizado.

Y en medio del lodazal y del espanto surgió un líder, transgresor, políticamente incorrecto, dispuesto a hacer realidad un programa nacional y popular que había sido sistemáticamente descalificado por los gurúes y los comunicadores del neoliberalismo en la década precedente. Y así, con su raquítico capital electoral de poco más del 20% de los sufragios emitidos, acometió la ciclópea empresa de convertir en realidad el auténtico peronismo, el de Evita y el Coronel Perón, adaptado a las condiciones y exigencias del siglo XXI. De nada valieron las zancadillas que trataron de forzar su rápido declive.

La decisión de Carlos Menem de eludir la segunda vuelta electoral para obligarlo a asumir con el voto de sólo un de cada cinco electores constituyó un nuevo fracaso para el riojano. Pragmático al extremo y consecuente con sus ideales y compromiso doctrinario, Néstor fue capaz de revertir la debilidad de origen de su mandato construyendo legitimidad a través de una llamativa capacidad de gestión. En poco tiempo, la economía fue relanzada, la utilización de las variables monetarias permitieron garantizar la competitividad de las exportaciones argentinas, su apuesta por el mercado interno impulsó el crecimiento industrial, avalando la reapertura de aquella prestigiosa educación técnica a la que el neoliberalismo le había otorgado carta de defunción.

A poco de andar, Néstor Kirchner había transformado su escuálido capital electoral en más del 70% de apoyo en la opinión pública. Anuló los indultos de Carlos Menem a los genocidas, imponiendo políticas de Estado basadas en la verdad y la justicia. Así se convirtió en hijo adoptivo de las heroicas Madres de Plaza de Mayo y en sostén primordial de la encomiable lucha de las Abuelas. Néstor Kirchner impulsó un drástico e inédito proceso de desendeudamiento. En lugar de las balas del pasado, respondió a las demandas sociales con políticas efectivas y expansión del empleo. Revirtió la desocupación endémica, garantizó el crecimiento económico sostenido en el tiempo a tasas chinas y dejó constancia en el contexto internacional de que otra política económica era posible, y también deseable.

La apuesta de Néstor permitió recuperar la historia, en su condición de usina inspiradora y proveedora de insumos en clave nacional y popular, y fundamento del proyecto de construcción de la Patria Grande Americana a través del Mercosur y la Unasur. También reafirmó el papel del Estado como nivelador de las desigualdades e injusticias creadas por el mercado y como promotor del crecimiento económico y la integración social, y restituyó el principio de autoridad en clave democrática, deshilachado tras la desafortunada experiencia de Fernando de la Rúa. Esto le permitió reivindicar la política, la participación y el compromiso social, que habían sido desacreditados deliberadamente por el neoliberalismo, para garantizar la primacía del mercado sobre los ciudadanos como instancia de control y de guía de los gobernantes.

Y, sobre todo, Néstor consiguió devolvernos a los argentinos la utopía sepultada a partir de la instalación de la dictadura cívico-militar. La convicción de que una sociedad más justa, inclusiva e igualitaria era posible, con compromiso y consecuencia, con organización y participación popular.

A dos años de su muerte, Néstor sigue vivo en el proyecto nacional y popular, protagonista del proceso de integración latinoamericana y presente en las iniciativas implementadas por su compañera y sucesora, Cristina Fernández de Kirchner. Para regocijo de las grandes mayorías populares y desazón de aquellos a quien Perón definió en su momento como los “nostálgicos del ’43”, constantes en su proyecto reaccionario y egoísta de construir un país para unos pocos.

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