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CONMEMORANDO A NUESTRO PAISANO JAURETCHE

La ceremonia prevista para este martes 9 de diciembre, donde la Presidenta de la Nación inauguraría el monumento a Arturo Jauretche, se ha reprogramado para el día de hoy, miércoles 10 de diciembre, a las 18 hs, en la plazoleta Rodolfo Ortega Peña, sita en la calle Carlos Pellegrini entre Arenales y Juncal - CABA.

Lamentablemente no contaremos con la presencia física de nuestra Presidenta Cristina Fernández de Kirchner; lo hará en teleconferencia, pero el memorable suceso reclama la presencia de familiares y público en el lugar.
 
Invitamos, por tanto, a la amplia corriente de compañeros que con su devoción jauretcheana enriquecen el campo nacional y popular a participar de este histórico acontecimiento.

CONMEMORANDO A NUESTRO PAISANO JAURETCHE

Escribe Ernesto Jauretche

Él mismo periodizó su vida en un inconcluso proyecto autobiográfico. Se proponía desplegarla a lo largo de tres épocas que denominó “Pantalones cortos”, “Verde, pintón y maduro” y “Los años altos”.

Apenas le dio el aliento para el primero.
Los demás pueden derivarse de su propia  producción político-literaria.

Pantalones cortos (1901-1928)

“De memoria” nomás, subtituló: porque no son “mis memorias”, cosa de gente que se cree importante.
“Lo que estoy queriendo es mostrar cómo la formación del medio nos llevó a elaborarnos una “cultura” a pelo y otra a contrapelo, o dos culturas paralelas: una a la vista que identificábamos con el guardapolvo escolar; era la que exhibíamos ante los mayores y en la escuela. Otra secreta.”

“El estudiante destacado no podía pensar de otra manera, que era como pensaban la casi totalidad de sus maestros y sus propios padres... Pero el otro chico, el lagunero, el de las rabonas, y sobre todo el amigo de los paisanitos, quedó latente en mí. Estuvo esperando con su realismo, con su humildad, a que yo me sacara el guardapolvo, me desnudase de un ropaje que era como una arquitectura que dificultaba el contacto con el mundo concreto”.

“En mí, creo que ganó la cultura paisana –o si Ud. quiere la barbarie-, que seguramente será poca, pero buena, porque está hecha a base de sentido común y contacto con la realidad.”

“Es el dilema de civilización y barbarie: lo que aprendí en la calle y en el campo con los chiquilines de alpargatas, creo que es lo que me preparó para que a la larga pudiera zafarme de la colonización pedagógica, sobre todo en política, cuando me di cuenta que allí, entre supuestas derechas e izquierdas, se jugaba un partido entre civilizados –los de pantalón- que no le daban lugar a la realidad para manifestarse, porque andaba en bombacha.”

“Con los pantalones largos salí del pueblo y desde Buenos Aires vi un paisaje más grande: el del país. Cómo mis ojos fueron aprendiendo a verlo es lo que cuento en el que seguirá con el título “Los años mozos” y el subtítulo “Verde, pintón y maduro” que se refiere a los cambios que hubo en mí a medida que fui aprendiendo a ver, y lo que vi sin los anteojos deformados que llevé antes de llegar a hombre.”


Los años mozos (1929-1955)

Este periodo de la vida de Jauretche está signado por el activismo político y el temple de su espíritu revolucionario. Lo matizan dos encuentros con la amistad: el que lo termina ligando a Homero Manzi en los años de construcción de su cultura y su pensamiento nacional; y el que lo acerca a Raúl Scalabrini Ortíz desde la maduración conjunta de una concepción y, sobre todo, de una práctica de la política y la economía. La misión pedagógica del Jauretche de los años altos se va alimentando de la experiencia que lo llevará decir más adelante que se formó en la “universidad de la calle” y a enorgullecerse de su cultura “de estaño”. Aunque están constantemente acompañados por reflexiones que aluden a su formación intelectual y a la de sus adversarios, durante los importantes hechos históricos de que es protagonista Jauretche intuye lo que más adelante elaborará consciente e inteligentemente: que la dependencia económica es producto de la colonización pedagógica; que una y otra se complementan. Y así debe leerse este resumen de acontecimientos y de asombrosas anécdotas que revelan la intensa influencia de Jauretche en el devenir de la historia política argentina de la época: como la preparación de un hombre que tiene un destino y va formando la personalidad del sujeto de una causa por la cual vivir y morir. Como el compromiso del joven de austeridad republicana y moral inflexible con las luchas de “sus paisanos”, que se anticipa a la devolución de una experiencia racionalizada en los futuros textos: primero con el radicalismo yrigoyenista, que a su decir fue “un balbuceo” de la revolución esperada; luego con el peronismo, al que considera “un ensayo general revolucionario”. Para desembocar por fin en la propuesta de emancipación definitiva que fundamenta en sus 16 libros y centenares de artículos periodísticos elaborados entre 1955 y su desaparición, que es el tema del próximo capítulo de esta vida apasionante.
    
Su encuentro con Homero Manzi y su incorporación activa al radicalismo durante la campaña electoral del año 1928; la intervención Borzani a la provincia de Mendoza y el golpe de Estado del 6 de setiembre de 1930; la visita a Yrigoyen en su lecho de muerte y luego el abatimiento que precede a su incorporación a la guerrilla yrigoyenista en Paso de los Libres. La primera cárcel, y la  poesía, y al salir la penuria económica que lo aqueja al igual que a sus contemporáneos. La fundación de FORJA –22 de junio de 1935-, y los primeros artículos en “Señales” (la popularización de las palabras oligarca, vendepatria y cipayo) y “Reconquista”, donde se encuentra con Raúl Scalabrini Ortíz; los Cuadernos de FORJA, el Manifiesto al Pueblo de la República y la audacia e imaginación  de la propaganda, los lemas (“Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba”, “Somos una Argentina colonial. Queremos ser una Argentina libre”) y consignas (“Patria, Pan y Poder al Pueblo”, “Ni plutocracia ni nazifascismo”, “Radicalizar la revolución y revolucionar al radicalismo”). Los 3000 actos relámpago en las calles de Buenos Aires, la proscripción de FORJA, el Club Argentino y el periódico “La Víspera”; las entrevistas con Perón, la esperanza y la grandeza de servir al movimiento revolucionario emergente hasta el 17 de octubre de 1945. Y su incorporación decidida al peronismo, que le brinda la titularidad del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Luego un periodo de ostracismo que concluye con el golpe de Estado del 16 de setiembre de 1955, cuando grita ¡Vuelvan caras! a sus paisanos para iniciar la resistencia peronista. De esta etapa data su versación en economía y finanzas, en pedagogía e historia, y sus estudios de jardinería y botánica, cunicultura y apicultura, así como su dominio de los temas agrarios y pecuarios...

Quizás, como resumen de la etapa, baste con reproducir el editorial del primer número de La Víspera, publicado en los últimos días de 1944: “...En lo grande no se han equivocado nunca ni el pueblo de la emancipación ni el de los caudillos federales, ni el de Yrigoyen. Los doctorcitos son los que se equivocan... Por eso no somos maestros de nada. Nos dimos cuenta, simplemente, de lo que verdaderamente intuíamos hasta hacerlo pensamiento primero que otros, y nada más. Ahora queremos ayudar a que ese descubrimiento de la verdad de cada uno se haga en todos. Cuando ello haya ocurrido habrá dejado de ser La Víspera. Será el día”.


Los años altos (1955-1974)

La persecución y el exilio montevideano; la censura y las interdicciones económicas. Y el periódico El 45, primera expresión periodística de la “resistencia”.

El debate público con Raúl Prebisch; el encuentro con Methol Ferré en la disciplina de la geografía y la geopolítica; los artículos de la revista Qué y la publicación de “Los profetas del odio” –en 1957-; la campaña por Frondizi y el triunfo electoral; la segunda resistencia peronista, y el exilio en Europa.

Las conferencias por todo el país y la producción periodística hasta la publicación de “El medio pelo en la sociedad argentina” -noviembre de 1966- y sus nueve ediciones en seis meses. Los libros en todas las vidrieras y quioscos (“Ejército y política”, “Política nacional y revisionismo histórico”, “Prosa de hacha y tiza”, “FORJA y la década infame”, “Filo, contrafilo y punta” y diez ediciones de “Los Profetas...”, desde 1967 con “La yapa-La colonización pedagógica”), el Jauretche best seller consentido por periodistas comprometidos de la radio y la TV, halagado por la intelectualidad de pensamiento nacional y reconocido por la gente, con sus travesuras y durísimas polémicas (con su estilo campechano y enérgico, irónico y rebelde). El incansable periodista que está en las tapas de todas las revistas políticas combativas; y los nuevos libros (”Mano a mano entre nosotros” y “El manual de zonceras argentinas”-1968) que lo sostienen hasta el 73 como el autor más vendido y el personaje más taquillero de la política y la cultura argentina de la época; hasta la vuelta de Perón, el triunfo de Cámpora (11 de marzo de 1973), la asunción del gobierno peronista y su designación en la presidencia de Eudeba; con las enormes movilizaciones populares, sus coincidencias con la Juventud Peronista, el ciclo de conferencias en Bahía Blanca (“Método para el estudio de la realidad nacional”) y, al regreso, un infarto cardíaco.

Su último desplante: morir en la madrugada del 25 de mayo de 1974.


 

EVOCACION DEL HOMBRE JAURETCHE


Por Roque Raúl Aragón (militante de la UCR,
diputado salteño y amigo personal de Don Arturo, +1952)


“Corpulento, vigoroso, de rostro noble, de voz grave y cálida, hablaba con aplomo y fluidez. Tenía la metáfora fácil y una rara aptitud para improvisar fórmulas gráficas... Era un orador nato. Se apoderaba del público y podía tenerlo durante dos horas pendiente de su palabra. Creaba rápidamente un clima en el que sus razones parecían la evidencia misma y producían un efecto estimulante. Lograba convencer y entusiasmar al mismo tiempo. Saltaba naturalmente de un tema al otro y los recomponía en un cuadro en el que todo parecía quedar explicado. Alternaba los acordes patéticos (llegando a hacer llorar) con súbitos chistes que sacudían al auditorio. Ante una interrupción tenía la réplica fulgurante y sobre la marcha elaboraba sus argumentos alrededor del reparo que se le había formulado. Sus arengas eran vibrantes y lacónicas. Si se hubieran conservado constituirían piezas ejemplares en su especie. También en sus escritos es Jauretche ante todo un orador y por eso logra tan amplio alcance en el público. Yo he presenciado la redacción de algunos artículos; mientras alguien recoge a máquina, él se pasea por el cuarto, concentrado, crispado, con la mirada crepitante, la cabeza con una caldera encendida, recitando, con grandes gestos, airosas parrafadas que dejan a mitad de camino al dactilógrafo... Tenía entonces, un espíritu jovial. Se reía y hacía reír a carcajadas. (Una vez me dijo: desconfíe de las inteligencias sin sentido del humor; abominaba de las tristezas, los quejosos, los resentidos, los quebrados). Sus salidas eran famosas. Nosotros las usábamos en nuestro proselitismo; las teníamos clasificadas. Era divertido; narraba con graciosa amenidad casos, cuentos, anécdotas, de los que tenía un repertorio inagotable; caracterizaba vívidamente a los personajes grotescos y estas historias entraban en su argumentación a manera de apólogos. No obstante su propensión mordaz, era benévolo y ecuánime con las personas. Contra una censura injusta, salía a veces en defensa de sus peores enemigos y explicaba actitudes inadmisibles por la presión de las circunstancias, la formación intelectual o alguna flaqueza menuda. Nosotros, que éramos jóvenes, lo escuchábamos en actitud receptiva, no percibíamos un defecto: su intemperancia. Le fastidiaba la contradicción. Sabía argüir pero no discutir. No se contentaba con el triunfo dialéctico; además gritoneaba al interlocutor y lo arrinconaba a panzazos. Este se iba, como es de suponer, con la cola entre las patas, y si, al reflexionar después, reaccionaba favorablemente, se hacia jauretchista sin Jauretche. Esto lo ha perjudicado bastante... Tenía el ceño del valor genuino. No se arredraba jamás. Lo recuerdo en las trifulcas callejeras, en medio de gritos y palos y corridas de la policía, sereno, firme, mirando como distraído, con sus  mansos ojos claros. Contagiaba guapeza”.

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