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SARGENTO PORFIDIO CARLDERÓN, UN RECUERDO QUE SIGUE VIVO

Por Daniel Brion

El pasado jueves 28 de noviembre, a las 7,25 de la mañana, se cumplió un año desde que mi querido amigo, compañero de causa, hermano de ideales y luchas, Sgto. Porfidio Calderón, se unía al Comando Celestial.

Aprendí a quererlo como a un padre y preferí recordarlo en el día de su nacimiento, un 9 de diciembre de 1934 en Gutenberg, un pueblito cercano a Villa María del Río Seco, Provincia de Córdoba… siempre solía decirle: “unos pocos kilómetros más y nos salías santiagueño-, ya que está casi en el límite de las dos provincias.

Todavía duele su ausencia, todavía siento el impulso de llamarlo cada vez que se me ocurre desarrollar una idea, o alguien me ofrece dar una charla, viajar a otra ciudad, ir a un acto, lo que fuere…, mi primer reacción es mirar el teléfono para llamarlo y decirle “¿Caldera, me acompañas, vamos?”. Su ausencia me ha hecho perder en gran medida las ganas de viajar, de hacer, de estar en actos, ¡me resulta difícil sin Caldera!

Con él compartíamos todo, las ganas, la militancia, los viajes… tantos kilómetros recorridos juntos, tantos actos, tantas charlas tanta vida… imposible de olvidar. Muchas veces me agradecía diciendo que yo “le había enseñado a no llorar cuando tenía que hablar…”, yo no puedo aprender a controlar el llanto de su ausencia, no termino de realizar el duelo, me es muy difícil hacerlo.

Era el compa al que le decía: “Caldera, vamos a dar una charla en tal lugar y estaría bueno llevar los libros de Fabián (D´Antonio – Ed. Fabro) para armar una mesa en la entrada de la sala así puede vender algunos y se va haciendo conocer (cuando Fabián estaba empezando a remarla) ¿podés?”, y ahí estaba él con su camioneta cargándola de libros para ayudar a la difusión, acompañar y llevar a algunos de los que dábamos la charla. Era de los que no preguntaban quien lo hace, él lo hacía, era de los que no preguntaban cuando ni porque, siempre estaba dispuesto a ofrecerse a colaborar, a seguir su lucha militante.

No le interesaba ser orador, que le den un micrófono, que lo hagan subir a una tarima, nada de eso, él llevaba generosamente su filmadora, su cámara fotográfica, para registrar todo y de esa manera dármelo para que después lo pudiera difundir.
Era vergonzoso –como los grandes suelen serlo- cuando se anunciaba su presencia refiriéndose a él como a un héroe de la patria, y lo era, mientras otros se ofendían si no se los nombraba. Ese era Calderón.

Ni hablar como se jugó la vida en la movida del Grl. Valle, que lealtad a su jefe y a la causa, que obediencia a su jefe directo de entonces, el Cnl. Ibazeta. Estando preso aprendió muchísimo más aún, recorrió varios penales, “despidió” la Penitenciaría de Las Heras e “inauguró” la de Magdalena, conoció al Sgto. César Francisco Marcos un autodidacta (de quien aprendió J. W. Cooke) allí, en la cárcel, con la bajada de línea que hacía Cesar Marcos se hizo aún más peronista, si eso fuera posible. No es casual que el general lo incluyera entre su custodia personal en su regreso a la patria.

Porfidio no le aflojó jamás a la vida ni a la alegría, siempre le apostó al amor, al perdón, a sus ideales. No le interesaban contratos, afiches, ser nombrado, tener un cargo, una tarjeta, nada; sólo le interesaba participar en lo peronista, en lo nacional, federal y popular, sólo participaba porque quería hacerlo y nada más, era ejemplo de militancia, capaz de viajar toda la noche para llegar a tiempo a un acto en Capital Federal, estando en alguna provincia en otro acto, como sucedió, por ejemplo, el 14 de noviembre de 2012 cuando entronizaron el busto del Grl. Perón en Campo de Mayo a la mañana temprano y estábamos en Paraná en una charla la noche anterior.

Cuando se aprobó la Ley de la Provincia de Buenos Aires que otorgaba una reparación económica a los detenidos en las dictaduras fue Calderón quien busco uno por uno a sus viejos compañeros, o a sus viudas, les acompañó y los ayudó para que pudieran acceder a esa reparación. Sus vecinos del bajo de San Fernando gracias a sus ganas y solidaridad hoy son dueños de sus parcelas y pudieron escriturar esos terrenos que ocupaban a orillas del río, Caldera no paró hasta conseguirlo.

¡Tantos compañeros le deben tantas cosas al querido sargento!

La tarde anterior a su fallecimiento estuvimos con mi señora, Rina, hablándole, acariciándolo, yo simplemente le miraba los ojos y le charlaba, en un momento él (ya casi no podía hablar) me miró profundamente, hasta dentro del alma, hizo un gesto moviendo su cabeza como diciendo un “no”, allí supimos los tres que se estaba despidiendo.

Le dimos un abrazo enorme, sabiendo que era el último… ¡querido amigo! cuando salía de la clínica sabía que no volvería a verte, ¡y cómo dolía!

Por eso no quería dejar pasar este recuerdo, el día de su nacimiento, como un agradecimiento a la vida misma, porque gracias a ello hemos podido conocerlo y recorrer juntos parte del camino, un camino que él ya ha dejado de transitar pero que indudablemente ha mostrado como hacerlo con lealtad, con alegría, convicción y desapego.

Ya no estará su grito estridente de “PRESENTE” cuando recordemos compañeros, hoy lo gritamos por vos querido Caldera, ya no está tu voz desafinada pero fuerte y plena de convicciones cantando la marchita o el himno, pero seguiremos cantándolos. Porque compañeros como vos Sargento Porfidio Calderón nunca terminan de irse, permanecen en nuestros corazones.

Finalizo diciendo lo mismo que hace un año: “Calderón hoy ya te uniste al Comando Celestial, estoy seguro que allí te esperaba en persona el General Perón para darte un abrazo enorme, se habrán puesto en posición de firmes el Grl. Valle, el Grl. Ibazeta, tus compañeros suboficiales. Estoy seguro también que mi viejo, Mario, habrá salido a tu encuentro para abrazarte y darte las gracias por todo lo que viviste junto a mí. Caldera, querido cumpa y amigo, hoy la patria esta de duelo por vos".

Querido Compañero Sargento Porfidio Calderón - PRESENTE - AHORA Y SIEMPRE

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