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12 de Octubre

La construcción de un nuevo relato histórico en clave democrática, nacional y popular plantea el desafío de abordar algunas cuestiones, procesos o acontecimientos que, por su complejidad y particularidades, disparan habitualmente la polémica y la confrontación.

Dentro de esta categoría de contenidos históricos problemáticos, el 12 de octubre ocupa un lugar privilegiado. La historiografía tradicional ha formulado diversas interpretaciones alternativas. ¿Conquista o encuentro de culturas? ¿Genocidio o inclusión de América en la senda del progreso en clave eurocentrista? ¿Saqueo o justo precio por la divulgación entre los nativos de la fe y la civilización cristiana? Podrían presentarse caracterizaciones hasta el hartazgo, pero todas ellas expresan dos perspectivas subyacentes: una que plantea la cuestión en términos de conflicto entre civilización (occidental) y barbarie, dispuesta a considerar como “daños colaterales” la violencia, las pestes y la enajenación de riquezas, adoptando el axioma de que “el fin justifica los medios”; y otra que denuncia el autoritarismo de esa interpretación y reivindica los derechos de los pueblos originarios avasallados por los europeos y el derecho a la autodeterminación.

Paradójicamente las opciones señaladas no se excluyen sino que se complementan, componiendo las dos caras de un mismo proceso. Por cierto que existió la conquista brutal, el genocidio y el saqueo, los que resultan naturalmente condenables, pero ello no impide advertir que se sustanció asimismo un encuentro de culturas; que la imposición forzosa del cristianismo agudizó la capacidad de resistencia de los pueblos originarios, que apelaron a los sincretismos para preservar sus antiguas creencias; o bien que los europeos también incorporaron practicas y consumos propios de las sociedades americanas. Estos procesos, con sus tensiones y sus contradicciones, permitieron construir nuevas síntesis culturales y definir un destino común para las nacientes sociedades latinoamericanas.

Esta interpretación no implica una puesta en cuestión de la posibilidad de formular condenas morales a los objetivos o procedimientos de los conquistadores, o de reivindicar los derechos de los pueblos originarios. Sin embargo, desde el análisis histórico debemos basarnos en procesos efectivos y no en contra-fácticos. Y en tal sentido, la llegada de los europeos constituyó el punto de partida en la gestación de las nuevas sociedades: ni nativas ni blancas, sino mestizas y originales. Y, sobre todo, nuestras.

Si bien los argumentos y conclusiones precedentes pueden considerarse casi como un tributo al sentido común, la historia argentina aporta numerosos ejemplos de la resistencia del liberalismo a aceptar cualquier clase de clasificación que pretendiera englobar dentro de un colectivo común a esa elite portuaria blanca con los pueblos originarios o la población mestiza. Recordemos que la receta de la generación del ’37, a través de la pluma de Sarmiento, recomendaba “no ahorrar sangre de gauchos”, mientras que Alberdi reclamaba su inmolación en la empresa de exterminio del indio. La Argentina moderna debía ser blanca y europea, y abandonar definitivamente toda alternativa de “americanismo a lo Rosas”, según le comentaba Mariano Balcarce al presidente Mitre en 1864. El punto de vista era compartido por el fundador de La Nación, quien ese mismo año reconvino duramente a Sarmiento –enviado como observador al Congreso Americano que se desarrollaba en Perú–, por expresar su repudio a la invasión de las Islas Chincha por parte de España, “en su nombre y en el del pueblo argentino”. Para Mitre el colectivo de referencia de la Argentina debía ser la civilización europea y no la “barbarie” americana, y no dudó en dejárselo en claro a su compadre.

Hobsbawm y el Colorado Ramos. En la semana precedente, tuvieron lugar dos acontecimientos que se relacionan directamente con la cuestión de la dominación colonial, la historia y los historiadores. El 1º de octubre falleció Eric J. Hobsbawm, historiador inglés nacido en Alejandría, en tiempos en que Egipto era colonia británica. Hobsbawm se enroló en el comunismo en 1933, mientras vivía en Berlín, para emigrar poco después a Inglaterra. Las contradicciones abundaron a lo largo de su vida: aunque se definía públicamente como comunista, la mayor parte de su vida descartó la militancia y se mantuvo fuera del PC. Crítico del capitalismo, insistía en resaltar su condición de profesor de Cambridge, o en ejercer su vocación como critico de jazz en publicaciones norteamericanas con el seudónimo de Francis Newton. Fundador de una nueva corriente histórica, la “historia social”, que constituyó a las sociedades en protagonistas de los procesos históricos en reemplazo de los Estados o los grandes hombres, fue sistemáticamente eurocentrista y se mostró escasamente interesado por los procesos que tenían lugar fuera de la Commonwealth. Su biografía confirma la exactitud de la definición de François Furet sobre los comunistas de Europa occidental, siempre dispuestos a defender la revolución socialista en tanto esto no incluyera la exigencia de radicarse en la Europa del Este. En definitiva, eran amantes del bienestar capitalista y del consumismo, y su presunto “compromiso” los dotaba del prestigio social indispensable para ahuyentar las objeciones de conciencia y el insomnio.

Naturalmente, este Hobsbawn amante del jazz y de la cultura norteamericana, revolucionario de las ideas pero sin compromiso concreto con la política real, que evidenciaba una preocupación social que no excedía la tarea intelectual ni le exigía mezclarse con las masas sudorosas, rápidamente se convirtió en referente y guía del grupo de los “modernos” que se alzó con el control de la universidad y del Conicet desde la asunción de Alfonsín, y que solo sintió amenazada seriamente esa posición con la creación del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego. Progresista y políticamente correcto, Hobsbawm le adiciono a la pretensión colonizadora de la cultura europea una conceptualización marxista que descalificaba en tono agrio los procesos alternativos a esa matriz que encaraban las sociedades tecermundistas.

Un día después de la muerte de Hobsbawm, el 2 de octubre, se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de Jorge Abelardo Ramos. Aun cuando sus orígenes intelectuales no son demasiado lejanos a los del alejandrino, Ramos se situó en la vereda opuesta: la del compromiso social y la militancia política. Evidenciando una drástica ruptura con el internacionalismo marxista, apostó al socialismo nacional y a la integración de la Patria Grande: una América robusta y solidaria, integrada en clave nacional y popular. Tal vez el mejor homenaje consista en recordar la actualidad de su obra y su condición de insumo indispensable para la construcción del nuevo paradigma histórico

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