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La Batalla de Chacabuco y la Independencia Americana

La invasión de España por parte de Napoleón Bonaparte tuvo un efecto demoledor sobre los dominios coloniales hispanos. La caída de Fernando VII, sumada a la incapacidad evidenciada por las Juntas conservadoras de sus privilegios monárquicos que se levantaron en diversos puntos de la península para contener el avance demoledor de las tropas francesas, pusieron sobre el tapete la cuestión de la gobernabilidad de los dominios ultramarinos. De acuerdo a la legislación de Indias, el Pacto Colonial se disolvía automáticamente en caso de que el monarca legítimo no pudiera garantizar el ejercicio de sus facultades de gobierno, y eso era lo que ocurría precisamente en ese momento: con Fernando imposibilitado de gobernar, y desconocida la legitimidad de José Bonaparte –quien había sido proclamado por su hermano Napoleón como nuevo monarca-, se producía la prevista retroversión de la soberanía en los pueblos.

Sin embargo, la transición no era sencilla, ya que se planteaban conflictos de intereses y alternativas contrapuestas de encauzamiento de la nueva situación en cada una de las sociedades americanas. Por una parte, los españoles no quería perder sus privilegios comerciales ni institucionales, que les garantizaban su predominio –y, en muchos lugares- directamente el monopolio de los espacios administrativos y de gestión, siendo su peso económico y social determinante aún a pesar de la crisis de la monarquía metropolitana.

Por el lado de los criollos, las posiciones no eran homogéneas, ya que en tanto algunos que venían medrando desde los tramos finales de la etapa colonial limitaban sus expectativas a la equiparación de sus situación con la de los peninsulares, manteniendo intacta la estructura social y la exclusión de mestizos, nativos, negros, mulatos y zambos, otros impulsaban propuestas mucho mas radicales, que incluían la inclusión de los principios de igualdad y libertad impulsados por la Revolución Francesa, con la consiguiente eliminación de los privilegios y desigualdades que habían caracterizado a los tiempos coloniales.

En el caso del Río de la Plata, las Invasiones Inglesas incorporaron un nuevo elemento disruptor dentro de esa disputa, ya que si bien las tropas fueron expulsadas de Buenos Aires en dos ocasiones, la presencia comercial y diplomática del Imperio Británico no cesó de incrementarse, pasando a desempeñar un papel determinante en las décadas siguientes. Esta participación creciente le garantizó beneficios económicos y el desempeño de un rol consular en tramado geopolítico de la América del Sur atlántica, que tanto retrasó la sanción de la Independencia cuando así lo exigían sus propios intereses imperiales –por ejemplo, en el caso de la Asamblea del Año XIII, ya que Gran Bretaña no deseaba romper su alianza anti-napoleónica con España-, cuanto contribuyó a desalentar las pretensiones de Fernando VII de reasumir el control de sus antiguos dominios, una vez que la amenaza de Napoleón fue archivada.

Mientras tanto, en las áreas del antiguo Virreinato del Perú o de la Gobernación de Chile la situación era muy diferente, ya que la presencia británica brillaba por su ausencia. En esta situación, la autoridad del Virrey de Lima se mantenía intacta, pese a que sus fundamentos legales hubiesen caducado. No era casualidad, ya que se trataba de uno de los dos ejes principales –junto con México- de la fabulosa construcción colonial iniciada en el Siglo XV. En el caso de Chile, en cambio, el derrotero fue diferente. El 18 de septiembre de 1810 un Cabildo Abierto reunido en Santiago, y compuesto por los jefes de cuerpos militares y religiosos, prelados y vecinos “nobles”, dispuso la creación de una Junta de Gobierno, de clara matriz conservadora, que inmediatamente reconoció los derechos de Fernando VII, manteniendo la exclusión casi total de criollos y de las distintas etnías que componían la sociedad chilena. Las tensiones sociales derivaron rápidamente en guerra civil y, fruto de esos choques, emergió la autoridad de los hermanos Carreras a partir de 1811, quienes auspiciaron algunos avances en lo referido al gobierno propio, aunque manteniendo la sumisión a Fernando. Sin embargo, las tensiones regionales y sociales eran muy profundas y resultaba imposible consolidar un sistema efectivo de gobierno. Por este motivo, un escenario político marcadamente inestable, donde convivían los proyectos restauradores, el plan de Carreras de impulsar una monarquía constitucional a la usanza inglesa y una apuesta republicana independentista y reivindicatoria de los sectores más perjudicados levantada por Bernardo de O’Higgins –miembro de la Logia Lautaro-, resultó por demás propicio para las aspiraciones del Virrey del Perú de reincorporar al territorio chileno a los dominios españoles en América. Luego de numerosos enfrentamientos armados y acuerdos provisorias, el Desastre de Rancagua (1 y 2 de octubre de 1814), que incluyó una terrible matanza de patriotas chilenos apresados por las tropas españolas, acabó con la autonomía chilena. Carreras y O´Higgins, junto con unos pocos cientos de sus hombres se vieron obligados a cruzar la cordillera, para solicitar el apoyo de las autoridades rioplatenses.

San Martín, Gobernador-Intendente de Cuyo, recibió cordialmente a los emigrados e incluyó en la oficialidad del Ejército de los Andes que por entonces estaba organizando a los trasandinos O`Higgins y Ramón Freire. La creación de este ejército era una herramienta esencial para el desarrollo del “Plan Continental” del Libertador, quien consideraba imposible atacar el corazón del imperio español en Lima por vía terrestre, a través del NOA. Por ese motivo, decidió expulsar a los españoles de Chile y posibilitar el acceso al poder de Bernardo de O’Higgins, quien luego se encargaría de aportar fondos y efectivos para emprender el ataque decisivo al Perú por vía marítima.
Hasta 1816 San Martín había sido aislado por el Directorio Supremo de las Provincias Unidas, que se había desentendido prácticamente de las cuestiones vinculadas con las guerras de independencia, por lo que debió ocuparse de la fabricación de pólvora, armamentos e insumos diversos, y de implementar una agresiva política de reclutamiento, que incluyó la liberación de los esclavos negros que se sumaran a su ejército y a los emigrados chilenos, sumando de este modo unos 4000 hombres, armados y organizados. Sin embargo, la sanción de la Independencia por parte del Congreso de Tucumán –en cuya definición San Martín jugó un papel determinante- modificó drásticamente la situación, ya que dicho Congreso designó a un actor muy próximo a San Martín como Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, quien hizo caso omiso a las presiones porteñas y abasteció generosamente de caballadas, armamentos y dinero al Ejercito de los Andes.

Las tropas de San Martín efectuaron el mítico Cruce de los Andes, e inmediatamente ofrecieron combate a los realistas en la Batalla de Chacabuco, a unos 50 kms de Santiago, el 17 de febrero de 1817. Las autoridades españolas no reaccionaron a tiempo y su ejército se había desarticulado en medio de un malestar generalizado por el retraso en los pagos y el incumplimiento de los ascensos obtenidos en las campañas previas. Por esta razón, sólo consiguieron reunir a 1500 hombres, y aunque la estrategia de combate del Ejercito Libertador no fue demasiado convincente, el valor y la pericia de O'Higgins permitieron alcanzar una victoria terminante. Poco después, una Asamblea aclamó por unanimidad a San Martín Gobernador de Chile con “omnímoda facultad”. Sin embargo, este declinó la designación en beneficio de Bernardo de O’Higgins, quien asumió entonces como Director Supremo de Chile.

El desempeño del Ejército de los Andes había sido fulminante, y sus consecuencias, decisivas para la independencia americana. El propio San Martín sintetizaba lo sucedido del siguiente modo: “En veinticuatro días hemos hecho la campaña; pasamos la cordillera más elevada del globo, concluimos con los tiranos y dimos libertad a Chile.” El próximo paso sería la campaña sobre Lima. La construcción de la patria grande americana era el horizonte que orientaba la marcha.

Lettieri, Alberto

Historiador. Docente

Miembro del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego

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