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La Batalla de Salta y los claroscuros de un jefe improvisado

Para el mes de marzo de 1812 la Revolución de Mayo había entrado en cuarto menguante. El Primer Triunvirato, manejado desde las sombras por Bernardino Rivadavia, profundizaba su política contra revolucionaria, limitando sus expectativas bélicas a mantener a raya al Litoral Argentino, encolumnado tras el líder de la Provincia Oriental, José Gervasio de Artigas. Como parte de su política de sumisión y convivencia con los Estados europeos, el Triunvirato decidió abandonar a su propia suerte al NOA tras el desastre de la Batalla de Huaqui (20 de junio de 1811), en territorio del Alto Perú.

Para implementar su política de entrega del territorio nacional a manos del enemigo, las autoridades porteñas designaron al frente del Ejército del Norte a Manuel Belgrano, con la indicación de retroceder hasta la Provincia de Córdoba y entregar sin combate el norte del país a las tropas del General realista Pío Tristán.

Sin embargo Belgrano -quien había hecho jurar la bandera nacional a orillas del Paraná sin autorización del Triunvirato el mismo día de la derrota de Huaqui-, demostró su valentía y compromiso con la causa revolucionaria reorganizando al diezmado Ejército del Norte, organizando el éxodo jujeño (23 de agosto de 1812) y ofreciendo combate a los realistas en la Batalla de Tucumán (24 de septiembre de 1812), donde les propinó una dura derrota.

Sin embargo, el ejército realista no había sido diezmado, y emprendió la retirada hacia el Norte para reagruparse. Consciente de la situación, Belgrano pasó a la ofensiva, y el 20 de febrero de 1813 lo enfrentó en la Batalla de Salta. El combate fue duro y complejo, y en su definición jugó un papel determinante la intervención de Manuel Dorrego, quien al mando de la reserva intervino en el momento decisivo de la lucha, volcando a favor del bando patriota una situación que, hasta entonces, permitía augurar un resultado bastante oscuro.

Los términos de la paz.
Las fuerzas realistas firmaron su capitulación, deponiendo las armas a cambio de la garantía de integridad física y libertad que les ofreció Belgrano, formulando juramento solemne de no volver a empuñar las armas contra los patriotas. Asimismo, los prisioneros tomados con anterioridad a la rendición serían liberados a cambio de la libertad de los patriotas que estaban en poder del General realista Goyeneche, en el Alto Perú.

Belgrano tomó por entonces una serie de determinaciones que tanto permiten traducir su elevada condición humana, como su manifiesta ingenuidad como conductor militar y político. Por un lado, dispuso que los muertos de ambos bandos fueran enterrados en fosas comunes, al considerarlos como víctimas comunes de un mismo destino trágico. “Se despedaza mi corazón al ver derramada tanta sangre americana”-confesaría por entonces. La decisión de disponer la libertad de los vencidos –incluido su jefe, Pío Tristan, a quien lo unía una antigua amistad iniciada en sus tiempos de condiscípulos en la Universidad de Salamanca-, resultó un verdadero despropósito, ya que las autoridades eclesiásticas de Charcas y de La Paz relevaron a los vencidos (2786 hombres y once jefes militares) de su juramento, al considerar que había sido formulado ante herejes, según consideraba la Iglesia, alineada con el poder colonial, a los patriotas. De este modo, los derrotados de Salta formaron un batallón de infantería y un escuadrón de dragones que tendrían una actuación decisiva, pocos meses después, en las drásticas derrotas de Vilcapugio (1 de octubre) y Ayouma (14 de noviembre de 1813) que significaron la pérdida del Alto Perú.

Claroscuros de un jefe improvisado

La victoria de Belgrano en Salta resultó determinante para definir el curso de la gesta revolucionaria. Con su desobediencia de las órdenes recibidas garantizó la pertenencia territorial del NOA a las Provincias Unidas del Río de la Plata, invalidando el proyecto rivadaviano de una Argentina cuyo límite norte estaba situado en la provincia de Córdoba. Sin embargo, su mérito no se limitó a eso, ya previamente, y como consecuencia de la victoria de Tucumán, Belgrano generó las condiciones históricas adecuadas para el desplazamiento del Primer Triunvirato, y la creación de un Segundo Triunvirato, con el compromiso de convocatoria de una Asamblea Constituyente –la Asamblea del Año XIII-, que aunque no cumplió con ese cometido, avanzó en la proclamación de numerosos actos de soberanía política (himno nacional, escudo nacional, sistema de pesos y medidas, eliminación de títulos de nobleza, etc.) De manera inversa, su espíritu humanista tendría consecuencias nefastas en el caso de la liberación de los prisioneros realistas, demostrando escaso tacto político y militar. Sin embargo, incluso en este grave error Belgrano permite demostrar su compromiso con la vida y la convivencia pacífica en un momento en el que la paz estaba muy distante de constituir un horizonte asequible para las sociedades americanas.

Pero hay un último elemento de juicio que nos permite construir una visión de conjunto sobre su personalidad y su condición de estadista. Como premio a su brillante victoria, el Segundo Triunvirato decidió otorgarle un premio de $ 40.000, que Belgrano, pese a su declinante situación económica, dispuso aplicar a la construcción de cuatro escuelas en Tucumán, Salta, Jujuy y Tarija, con aplicación del sistema lancasteriano y la inclusión de mujeres y etnías, hasta entonces excluidas del sistema educativo, dentro de su alumnado. Sin embargo, también en este terreno su loable determinación fue desmentida por la cruda realidad, ya que el dinero fue utilizado para la compra de armamentos y vituallas para la continuidad de la lucha armada. Recién en 1998, 185 años después, fue equipado el último de los establecimientos propiciados por el vencedor de Salta.

Lettieri, Alberto

Historiador. Docente

Miembro del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego

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