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De febreros y de patriotas

El 25 de febrero de 1778, en Yapeyú –en la actual provincia de Corrientes-, nació José de San Martín, patriota y libertador americano, cuya influencia resultó decisiva en la independencia de tres países: la Argentina, Chile y Perú. Pese a la magnitud de su aporte a la causa americana, San Martín es aún hoy en día, un personaje caracterizado por sus claroscuros. De sus 72 años de vida, sólo conocemos con cierta profundidad la década que se desempeñó en el continente americano, a partir de 1812. Antes y después, la ambigüedad predomina. En lo referido a sus orígenes, existen dudas ciertas sobre su filiación, que han llevado a que el querido Hugo Chumbita iniciara una campaña para realizar un estudio de ADN sobre sus restos, con posibilidades ciertas de verse coronada por el éxito en el presente. ¿Hijo de los padres que Mitre le ha asignado, o emergente de las relaciones informales de una mujer originaria con un reconocido jefe militar de la elite porteña??? En desmedro de los argumentos de tradicionalistas y moralistas, la resolución de este interrogante sería de utilidad para reconstruir las formas en que la aristocracia porteña ocultaba sus desaguisados.

Por cierto, las dudas no sólo remiten a la filiación de San Martín, ya que su tradicional biógrafo, Bartolomé Mitre, se empeñó en distorsionar u ocultar aspectos demasiado significativos de su vida y de su pensamiento para convertirlo en instrumental al proyecto colonial que impuso el liberalismo rioplatense a partir de la caída de Rosas. De este modo, no sólo nos resultan áridos los años previos a su retorno al Río de la Plata, sino también los que siguieron a su retorno a Europa a principios de 1824. ¿Y qué decir de aquella etapa de la vida de su héroe que Mitre pretende reconstruir? Un San Martín monárquico, ferviente lector, comprometido a rajatabla con el proyecto federal y la independencia latinoamericana, mentor esencial del paradigma de la Patria Grande, es convertido por el fundador del diario La Nación en un militar sin vuelo, habilísimo combatiente y especie de profesional de la guerra que habría evitado por todos los medios involucrarse en las luchas civiles argentinas. Por cierto, numerosos documentos y algunos estudios históricos que evitaron convertirse en presa de la manipulación mitrista dan cuenta de un San Martín muy diferente, apasionado por la política y la libertad americanas, enemigo acérrimo del modelo colonialista levantado por los unitarios del litoral, a punto tal que prefirió desconocer las órdenes recibidas de Buenos Aires que le exigían regresar de Cuyo para aplastar la invasión porteña organizada por los caudillos de Entre Ríos y de Santa Fe, Francisco Ramírez y Estanislao López, en 1820. De esta decisión, y de sus explícitos comentarios, puede inferirse que su renuencia a "derramar sangre de hermanos" expresó en realidad su respaldo a la causa federal, cuya matriz adoptó durante su gestión como Gobernador Intendente de Cuyo. El San Martin real reivindicó a Artigas y expresó una mutua admiración con Rosas, a quien ofreció su colaboración durante los bloqueos francés y anglo-francés y a quien legó su espada al momento de su muerte, fomentó el proteccionismo y la manufactura, y resistió y disciplinó a la aristocracia cuyana. Por estas razones, Mitre debió vaciar a San Martin de toda sustancia política e histórica, para convertirlo en mito y testigo mudo de su grotesco proyecto de concentración de la riqueza y de entrega servil del patrimonio nacional.

El padre de la patria falleció en 1850 en su exilio de Boulogne-sur-Mer. Un siglo después, otro general patriota y americanista reivindicó su figura sancionando ese centenario como Año del Libertador. Por cierto, Juan D. Perón no se limitó a eso. Desde su juventud reconocía en el héroe de Chacabuco al inspirador de su ideal de confraternidad americana y de su programa de construcción de una patria justa, libre y soberana. Así como San Martín había jugado todo su capital político a la sanción de la independencia política en Tucumán, en 1816, Perón realizó una gigantesca apuesta por la independencia económica al recuperar la soberanía sobre los transportes, nacionalizando los ferrocarriles en 1948.

En este punto resulta necesario retornar a ese año de 1950, que tendría un aditamento especial, ignorado durante mucho tiempo: el 25 de febrero, aniversario del nacimiento de San Martin y cuando se cumplía el centenario de su muerte, nacía en Río Gallegos otro patriota, Néstor Kirchner, al que la historia impondría medio siglo después del desafío de reconstruir la Argentina, recuperarla como nación soberana y garantizar su integridad territorial y económica. Al llegar a la presidencia de una Argentina "con más desocupados que votos", según su propia y certera caracterización, Néstor Kirchner decidió jugar a ganador y apostar a invertir el curso de la historia en un país que planteaba desde hacía mucho tiempo a los historiadores la infausta tarea de explicar las razones de su fracaso. Tal como lo hicieran en el pasado Perón y San Martín –según las posibilidades que se presentaban en cada caso-, Néstor Kirchner impulsó una agresiva política de crecimiento industrial, de recuperación del valor del salario, de dignificación del trabajador y de desendeudamiento, entendiendo como sus antecesores que "vivir con lo nuestro" era el precio a pagar para reconquistar la independencia política y económica. Su confluencia no se limitó a esto. Néstor, como San Martín y como Perón, comprendió que una Argentina justa, libre y soberana solo sería posible en el marco de la Patria Grande americana. Y así como San Martín fundió su tarea con la gesta bolivariana en el norte de América del Sur, y Perón se esforzó en integrar a los gobiernos y las economías de los países americanos en una cruzada antiiperialista, Néstor se articuló con Lula y con Chávez para volver realidad el cascarón casi vacío hasta entonces del Mercosur, y sumó a las naciones americanas en su proyecto de construcción de la UNASUR. A su influjo, el sueño de la colaboración americana cobró vuelo, se evitaron guerras y se desactivaron golpes de Estado. El pueblo se apropió nuevamente de las calles, recuperó la conciencia de su protagonismo y comenzó a avizorar un futuro concreto e inminente, de dignidad y de trabajo, que reemplazó las relaciones carnales, la entrega del patrimonio y de la dignidad nacional, y la negación de nuestro pasado, tributos exigidos por un modelo que combinaba saqueo, aculturación y concentración de la riqueza.

Con Néstor Kirchner, la sociedad argentina comenzó a recuperar su historia, una empresa que Cristina Férnandez de Kirchner profundizó con compromiso militante. Y al hablar de historia no refiero a aquella de los manuales tradicionales, inamovible, estéril, basada en la mentira y el ocultamiento del pasado, sino a la conciencia de la historia viva, nacional y popular, la revisión del pasado. Así fue posible reivindicar a Dorrego, a Rosas, a Juana Azurduy y a Felipe Varela, al San Martín histórico, al Perón estadista y a la Evita capitana; a los pueblos originarios y a las minorías étnicas y culturales, a la Patria Grande y a la hermandad iberoamericana. De este modo, la historia se convirtió en sujeto de la construcción política, y el pasado histórico en agente legitimador de un futuro de libertad y soberanía, que vino a reemplazar ajustes, privatizaciones y humillaciones impuestas por el liberalismo y sus instrumentos de turno. Por esa razón los ensayos de nuestros historiadores comprometidos con la causa nacional y popular se han convertido en éxitos de ventas. Por eso el acto oficial del bicentenario de la Asamblea del Año XIII tuvo como oradores a dos historiadores del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego –Araceli Bellotta y Hernán Brienza- y a un reconocido jurista –Eugenio Zaffaroni- comprometido con sus principios. Por eso cada presentación pública de Pacho O'Donnell –como ha ocurrido, una vez más, en las últimas dos semanas en Chacabuco y en Salta- despierta una entusiasta ola de fervor y reconocimiento popular.

Al cumplirse un nuevo aniversario del nacimiento de dos hijos pródigos de la Patria Grande Americana, San Martín, Perón y Néstor Kirchner cobran vida y se articulan en un proyecto nacional y popular que hunde sus raíces en la gesta de nuestra independencia, afrontó con valor la agresión externa en las guerras del Paraná, y que, pese a la sanguinaria barbarie impulsada por el liberalismo y sus aliados externos, consiguió sobrevivir y revitalizarse para componer una opción de futuro. Un futuro que necesariamente vendrá de la mano de la unión y la organización con nuestros hermanos americanos, tal como lo entendieron nuestros mayores, tal como siempre lo supieron nuestros enemigos, que hicieron y hacen todo lo posible para impedirlas.

Lettieri, Alberto

Historiador. Docente

Miembro del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego

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