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10 de Julio 1863 – México

Bajo la presión de fuerzas francesas, la Junta de Notables de México declara que la Nación acepta el régimen monárquico. Ver más…

La Junta de Notables, que se había constituido en Regencia en la ciudad de México, viajó al castillo de Miramar para ofrecer la corona al archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo en 1863. Encabezados por José María Gutiérrez Estrada, integraban el grupo José Manuel Hidalgo, amigo íntimo de la emperatriz Eugenia, el padre Francisco Javier Miranda, Antonio Escandón, socio de la Casa Jecker, el ingeniero Joaquín Velázquez de León y el general de origen francés Adrían Woll, entre otros.
Antecedentes:
En México se libraba una guerra a muerte entre liberales y conservadores. Un grupo de los conservadores consideraba que una solución para los problemas del país sería el establecimiento de una monarquía, la que confiaron al emperador francés Napoleón III, quien, con el pretexto de cobrar viejas deuda había invadido México, país que según el senador Michel Chevalier tenía grandes yacimientos de oro en Sonora. El emperador francés buscaba crear una Liga Latina que incluyera tierras mediterráneas y las ex colonias españolas y portuguesas. Un bastión francés en México, podría ser la base para imponer otros protectorados en centro y sudamérica. Años antes, el conde francés Gastón de Roausset-Boulbon había pagado con su vida su intento de crear un nuevo país con los estados de Sonora, Sinaloa, Durango y Chihuahua. Ahora el momento era propicio porque México estaba sumido en el caos económico y Estados Unidos dividido internamente en la guerra de Secesión. Establecer un gobierno sujeto a los intereses de Francia, permitiría a Napoleón III constituir un baluarte monárquico y católico para contrarrestar en la región la influencia norteamericana anglosajona, republicana y protestante, además de cobrar los adeudos mexicanos, de los que su medio hermano, el Duc de Morny, era el más grande acreedor. A instancias de su esposa Eugenia de Montijo, el emperador francés se decidió por Maximiliano, el hermano del emperador de Austria Francisco José, quien estaba casado con Carlota, hija de Leopoldo I, rey de Bélgica y sobrina de la reina Victoria de Inglaterra.
Maximiliano de Habsburgo José Fernando (1832-1867)
Segundo hijo del archiduque Francisco Carlos y su esposa Sofía de Baviera, nació el 6 de julio de 1832 en el palacio de Schoenbrün, muy cerca de Viena. Hermano de Francisco José, emperador de Austria, la educación de ambos fue confiada a un preceptor, el conde de Bombelles, quien les inculcó las ideas liberales que les acompañarían durante su vida. De hecho, ambos fueron educados para gobernar, pero Maximiliano, al no ser el primogénito, tenía pocas posibilidades de hacerlo. Llegó a dominar los idiomas alemán, inglés, francés, húngaro e italiano.
Ocupó diversos cargos en el Imperio austriaco, pues fue oficial de la marina de guerra, y llegó a ser comandante en jefe de la flota en 1854, debido a su conocimiento del mar Mediterráneo. Durante su estancia en Portugal se enamoró de María Amalia de la casa de Braganza, que desgraciadamente murió de un mal pulmonar. Fue en ese entonces cuando viajó a París a conocer los planes de política exterior de Napoleón III.
En uno de sus viajes conoció a la princesa Carlota Amalia, hija del rey Leopoldo I de Bélgica, con quien contrajo muy convenientes nupcias el 27 de julio de 1857, él de 25 años y ella de 17. Esto le permitió gobernar la Lombardía y Venecia, donde tuvo que enfrentar de forma difícil rebeliones independentistas de los patriotas italianos. Ello, además de no adecuarse lo suficiente a la política que deseaban en Viena, llevó a su separación del cargo. Fue sustituido por el conde Franz Gyulai, personaje de conocida mano dura. Emprendió un viaje a Brasil, tras el cual se establece con su esposa en el castillo de Miramar, en Trieste, Italia.
Aceptación del cargo
Llegado a Miramar, Maximiliano estuvo dispuesto a aceptar, siempre y cuando el ofrecimiento de la corona estuviera respaldado por la nación mexicana. “Para que yo pueda tomar a mi cargo una empresa rodeada por tantos obstáculos será preciso, antes de todo, que yo esté bien seguro del consentimiento y de la cooperación de la nación. Y no podría yo prestar el mío sin que una manifestación nacional compruebe, en forma indudable, el deseo del país para colocarme en su trono”.
Al conocerse la noticia, Benito Juárez envió a Jesús Terán a Viena para convencerlo de lo peligroso de sus propósitos: “Cuando el gobierno de Washington salga victorioso de la guerra civil que hoy por hoy divide a su patria, no permanecerá indiferente ante una monarquía establecida al sur de sus fronteras. Las potencias marítimas europeas no han calibrado lo que supone atentar contra las ideas e instituciones democráticas de los Estados Unidos... No meta vuestra Alteza las manos en esa charca si no quiere sacarlas manchadas de barro y salpicar con ello su limpio historial.
También otros personajes sugirieron a Maximiliano desistir de la aventura, entre ellos el conde Rechberg, canciller austriaco y el general Prim, que aconsejó a Napoleón no meterse en México porque no podría sostenerse.
Por su parte, los conservadores se dieron a la tarea de reunir miles de firmas que, en una suerte de plebiscito realizado en la ciudad de México y otras poblaciones, bajo la presión de las tropas francesas, expresaría esa voluntad. Tras mostrar sus legajos, el 10 de abril de 1864 una comisión le ofreció la corona de México, la cual fue aceptada por Maximiliano, quien había rechazado anteriormente la corona de Grecia: “asumo el poder constituyente con que ha querido investirme la nación... pero sólo lo conservaré para crear en México un orden regular y para establecer instituciones sabiamente liberales... me apresuraré a colocar la monarquía bajo la autoridad de leyes constitucionales, tan luego como la pacificación del país se haya conseguido completamente.”
Para contar con el apoyo del ejército francés, Maximiliano contrajo con Napoleón III una obligación de 175 millones de francos, de los cuales sólo recibió 8 y el resto se destinó al pago del adeudo mexicano a los franceses, intereses y gastos de guerra; además, renunció a sus derechos de sucesión de la corona austriaca; a cambio contaría con 28,000 soldados franceses. En un tratado secreto se estableció que el ejército de ocupación ascendería a 38,000 soldados, cuyo número se iría reduciendo a partir de 1865. Con la bendición del Papa Pío IX recibida en Roma, pero con la protesta de Estados Unidos que había declarado su doctrina Monroe (“América para los Americanos”), Maximiliano y Carlota se embarcaron en la fragata Novara, la que llegó a Veracruz el 28 de mayo siguiente.
Recibidos con entusiasmo en Orizaba y Puebla, el 12 de junio hicieron su arribo apoteótico a la ciudad de México, tomada por las tropas francesas. Ese mismo día inició su gobierno y dispuso que los servicios religiosos fueran gratuitos, y que toda correspondencia con Roma pasara por la censura del gobierno antes de ser entregada. Estableció una monarquía parlamentaria y fijó su residencia en el Castillo de Chapultepec, al que bautizó Castillo de Miravalle porque miraba al valle; después mandó trazar un camino que le conectase al centro de la ciudad (el actual Paseo de la Reforma).
Maximiliano ejerció el poder ejecutivo sin un legislativo electo y trató de seguir una política de conciliación nacional. Cuenta Rafael Martínez de la Torre (El Libro Rojo) que en privado Maximiliano presentó su programa a algunos liberales moderados: “Difundir la enseñanza a costa de los más grandes sacrificios, promover toda mejora material, alentando la colonización en masas y la inmigración de ricos capitalistas, afianzar las conquistas obtenidas por la República a favor de la libertad, y encaminar ésta a su aceptación por todos los partidos”. Con estas bases obtuvo la colaboración de algunos de ellos en su gobierno, pero para el resto de los liberales era demasiado conservador, mientras que para los conservadores era demasiado liberal. También decepcionó a los militares cuando trató de formar una guardia rural mexicana y un ejército imperial propio con voluntarios austriacos y belgas. Los militares conservadores esperaban manejar a su antojo al nuevo emperador. El malestar se incrementó porque quiso reducir a 18 el número de generales mexicanos, en tanto que ascendió de grado a los oficiales y jefes franceses. Su gabinete mexicano tampoco se sintió a gusto cuando nombró un gabinete paralelo de extranjeros con mayor poder efectivo. Además, en misiones diplomáticas irrelevantes, envió a los dos generales conservadores principales Miramón y Márquez a Berlín y Estambul respectivamente.
Se fijó un sueldo estratosférico –un millón y medio de pesos al año y 200 mil para la emperatriz- a pesar de que las arcas mexicanas estaban prácticamente vacías y poco hizo el emperador por ordenarlas y engrosarlas, lo que a la larga causó graves carencias económicas que incluso llevaron a la suspensión de giras del emperador por falta de recursos. Entonces recurrió a préstamos extranjeros, los que al gastarlos rápidamente, sumieron al naciente imperio en la bancarrota total. Además, debido a su delicada salud se ausentaba del gobierno, a menudo para viajar a Cuernavaca, en donde se cuenta sostuvo amores con Concepción Sedano “La India Bonita”, esposa de su jardinero (otra versión es que era Guadalupe Martínez, hija del jardinero).
Si bien el gobierno imperial fue reconocido por muchos gobiernos extranjeros –con la notable excepción de los Estados Unidos-, las cosas empezaron a andar mal cuando Maximiliano se reveló como un liberal –lo que había advertido a los conservadores desde Miramar- y además, masón. Así, presionado por los intereses franceses, Maximiliano gobernó oscilando de un criterio liberal a otro conservador y mostrando una gran debilidad de carácter. Comenzó por adoptar medidas liberales, y no sólo ello: en su gabinete fueron incluidos liberales moderados, lo que provocó el enojo de los conservadores que lo habían traído. Además, dadas sus convicciones liberales y su condición de miembro de la masonería (y en México del Rito escocés antiguo y aceptado), el 10 de abril de 1865, Maximiliano decretó el Estatuto del Imperio que lo dividía en 50 departamentos, y después promulgó un código civil, una Ley de Instrucción Pública que establecía la primaria obligatoria y una ley agraria protectora de los campesinos e indígenas, que incluía medidas tales como restringir las horas laborales y abolir el trabajo de los menores, cancelar las deudas de los campesinos que excedieran los 10 pesos y prohibir toda forma de castigo corporal; también trató de romper el monopolio de las tiendas de raya, e imponer la educación indígena bilingüe, el descanso dominical, la libertad de culto y el derecho al voto de los desposeídos. Asimismo, dispuso restaurar la propiedad comunal, dotar a los pueblos de fundo legal si carecían de él, así como ejidos y tierras de labor. También creó un Comité Protector de las Clases Menesterosas. Por su parte, la Emperatriz dio todos los lunes audiencia para recibir las peticiones de los pobres porque deseaba ser “como una madre para todos los mexicanos”, por eso se le comenzó a llamar cariñosamente “mamá Carlota”.
Todo esto causó y profundizó el descontento entre las filas conservadoras. En contraste, algunos liberales vieron los cambios con simpatía, no así los juaristas que continuaron su lucha por regresar a un régimen nacional y republicano, inspirado en el modelo estadounidense.
Para alentar la economía del país, Maximiliano firmó un contrato para la construcción del ferrocarril de México a Veracruz, así como autorizó el establecimiento del Banco de Londres, México y Sudamérica para facilitar los intercambios comerciales.
Maximiliano entró en pugna con el clero mexicano, que deseaba la marcha atrás de las Leyes de Reforma y la devolución íntegra de la propiedad raíz. Decretó la tolerancia religiosa aunque declaró a la religión católica como la oficial del Imperio, pero anunció que ejercería el patronato real y mantuvo los principios de la reforma liberal y ratificó esas leyes y alejó al clero del gobierno, lo que le atrajo la malquerencia de la Iglesia católica y otra vez de los conservadores. Inclusive, un nuncio papal llegó a México para exigir la revocación de las leyes de reforma, la restauración de las órdenes religiosas, la remoción de la dependencia de la iglesia de las autoridades civiles, la vuelta de la educación a manos eclesiásticas y desde luego la devolución de los bienes expropiados a la iglesia. Ante su negativa, el clero y sus seguidores se sintieron traicionados. Inclusive, Maximiliano creó en 1865, la Administración de Bienes Nacionalizados para validar las expropiaciones e imponerles un gravamen de 15% a quienes los habían comprado, que en su mayoría eran terratenientes conservadores, quienes por su propia conveniencia, bloquearon cualquier intento de devolución al clero de esos bienes.
Como el emperador y la emperatriz no podían tener hijos, pues se dice que Maximiliano se había enfermado de sífilis en su expedición a Brasil, adoptaron a los nietos de Agustín de Iturbide para hincar su dinastía. También, para fortalecer la legitimidad histórica de su Imperio rindió homenaje a los héroes de la independencia: en 1864 dio el “grito” por primera vez en Dolores y erigió la primera estatua de Morelos.
Por otra parte, Maximiliano embelleció la ciudad de México mediante la alineación de sus calles, el sembrado de fresnos y la instalación de alumbrado de gas. Asimismo, reorganizó la Academia de San Carlos, fundó los Museos de Historia Natural y de Arqueología, y la Academia Imperial de Ciencias y Literatura.
En septiembre de 1864, Maximiliano visitó las ciudades que apoyaban su imperio y ante la calurosa recepción que en todos lados recibía, concluyó que la mayoría de los mexicanos deseaba paz y justicia, y por lo tanto, que la minoría disidente podía ser considerada fuera de la ley y tratada como delincuente. Así, cuando sus tropas empujaron a Juárez a refugiarse en Paso del Norte, consideró que ya contaba con la simpatía de la población mexicana y publicó el famoso decreto del 3 de octubre de 1865, por el que se ponía fuera de la ley, se remitía a la corte marcial y se ordenaba la ejecución de toda aquella persona que fuese miembro de “bandas armadas”, o que las auxiliasen de cualquier forma. El decreto mereció la repulsa internacional e inclusive una protesta formal al gobierno francés por parte de los Estados Unidos.
Pero la resistencia republicana bajo el liderazgo de Benito Juárez fue creciendo, mientras que el imperio se debilitaba. Las guerrillas no lograron ser controladas por las fuerzas francesas, austriacas, belgas y mexicanas que sostenían al emperador. Maximiliano nunca llegó a ejercer un verdadero dominio sobre México, ya que su gobierno funcionaba solamente donde había guarniciones extranjeras.
Pese a su compromiso en Miramar, Maximiliano no se ocupó realmente de formar un ejército propio, de modo que contó sólo con las tropas mexicanas cuando Napoleón III dispuso que sus soldados regresaran ante la crítica del parlamento y la prensa francesas por lo costoso de la intervención sin resultados evidentes. Además, la situación internacional había cambiado: crecía la amenaza a Francia de la Confederación Alemana y la victoria en 1865 del presidente Lincoln en la guerra civil norteamericana, hacían ya riesgosa para Francia la continuación de la aventura mexicana y hasta el Papa Pío IX se había negado a recibir representación diplomática de Maximiliano.
Para justificar su retiro, Napoleón acusó a Maximiliano de haber sido incapaz de establecer la paz y organizar un gobierno sólido; además intentó negociar con los liberales el establecimiento de un gobierno republicano, pero sin Juárez para salvar su honor. Las dificultades de Maximiliano con el mariscal francés Aquiles Bazaine también apresuraron que las tropas de Napoleón se retiraran antes de lo previsto en el Convenio de Miramar. Su hermano, el emperador austriaco Francisco José, aceptó reforzarlo con 4,000 soldados, pero Estados Unidos protestó y el auxilio nunca llegó.
En julio de 1866 la emperatriz Carlota viajó a Europa intentando conseguir apoyos para el gobierno de su esposo. El 12 de agosto siguiente se entrevistó con Napoleón III en el palacio de Saint Cloud, quien le confirmó el retiro de su apoyo militar, político y económico a su esposo. Sus esfuerzos fueron infructuosos, incluso ante Pío IX, con quien habló el 27 de septiembre. Así, la emperatriz sufrió, ese mismo mes, un ataque de locura, sea por una seta que le dio una yerbera patriota como cuenta una versión, sea porque enfrentaba un embarazo producto de un adulterio como también se dice, o sea porque fracasaba su proyecto de vida que es la versión histórica, el caso es que ya nunca se recuperó, aunque vivió hasta 1927.
Al enterarse de las intenciones del emperador francés de abandonarlo incumpliendo en dos años lo estipulado, Maximiliano pensó en abdicar como se lo aconsejó Castelnau, nuevo embajador de Napoleón III. Según Agustín Rivera (Anales Mexicanos), Maximiliano se enfrentaba, por un lado, a la imposibilidad de sobrevivir sin el apoyo francés, y a la presión del emperador, de sus enviados y de su círculo más íntimo para que abdicara; por el otro, a la presión de los principales conservadores mexicanos, entre ellos Márquez y Miramón, para que resistiera; a la negativa de su hermano Francisco José de permitirle el regreso a Austria; a la exigencia de su madre, la archiduquesa Sofía, de sacrificar su vida, antes de caer en la deshonra de la abdicación; además, a la vergüenza de volver a Europa, humillado y sin corona. Para la misma Carlota: “abdicar es condenarse, extenderse a sí mismo un certificado de incapacidad y esto es sólo aceptable en ancianos o imbéciles, no es la manera de actuar de un príncipe de 34 años, lleno de vida y de esperanzas en el porvenir... Partir como civilizadores, salvadores y regeneradores, y volver con la explicación de que no hay nada qué civilizar, nada que regenerar y nada que salvar sería el mayor absurdo que hay bajo el sol… Yo no conozco ninguna situación en la cual la abdicación no fuera otra cosa que una falta o una cobardía... en tanto que haya aquí un emperador, habrá un imperio, incluso aunque sólo le pertenezcan sus pies de tierra. El imperio no es otra cosa que un emperador.”
En noviembre de 1866, convocó a un Congreso Nacional con la participación de todos los partidos, para decidir la continuación o no del Imperio, y en caso afirmativo la formación de leyes para consolidarlo. En enero siguiente, Bazaine lo conminó a retirarse frente a una junta de 35 notables, pero finalmente la junta decidió por el voto de 26 de sus miembros por continuar la defensa del Imperio.
Al retiro de las tropas francesas el 5 de febrero de 1867, los generales conservadores Miramón y Márquez auxiliaron a Maximiliano en la reorganización del ejército mexicano imperial. Pero las derrotas ante los juaristas forzaron a Maximiliano a abandonar la capital del país el 13 de febrero siguiente, e instalarse, junto con el general Mejía, en la ciudad de Querétaro para enfrentar la embestida de los republicanos juaristas. Márquez fue enviado a Puebla para intentar la resistencia a los ataques de Porfirio Díaz.
El 14 de marzo de 1867, comenzó el sitio de Querétaro por las tropas de los generales republicanos Ramón Corona y Mariano Escobedo. Tras algunos enfrentamientos por romper el sitio, la noche del 14 de mayo siguiente, el coronel imperialista Miguel López, por traición o por encargo secreto de Maximiliano acordó con el general Escobedo la entrega incondicional de uno de los reductos sitiados para que las tropas republicanas penetraran a la ciudad. Así, la plaza cayó el día 15 de mayo y Maximiliano fue hecho prisionero y conducido a una celda del convento de Capuchinas. Al llegar al convento regaló su caballo al general Vicente Riva Palacio, por las consideraciones que había tenido con él: “recibidlo como una memoria de este día”.
El 21 de mayo siguiente, conforme a la ley del 25 de enero de 1862, el presidente Juárez ordenó se abriera proceso a Maximiliano, Miramón y Mejía. El fiscal. coronel Manuel Aspiroz, señaló a Maximiliano el cargo que le resultaba por haberse prestado a ser el principal instrumento de la intervención francesa para sustituir a la república por una monarquía subordinada a Napoleón III, en contra de la democracia americana y con el fin de favorecer intereses bastardos del emperador francés y de personajes como el agiotista Jecker. Asimismo, la ley marcial del 3 de octubre de 1865, decretada por Maximiliano fue uno de los cargos principales. Maximiliano dijo a su abogado defensor Rafael Martínez de la Torre: “Mirad los decretos del periodo de mi gobierno; leedlos, y su lectura será mi defensa: mi intención ha sido recta, y el mejor intérprete de mis actos todos, es el conjunto de mis diversas órdenes para no derramar sangre mexicana. La ley de 3 de octubre fue creada para otros fines que no se pudieron realizar. La consolidación de una paz que parecía casi obtenida, era el objeto de esa ley que, aterradora en su texto, llevaba en lo reservado instrucciones que detenían sus efectos”. Entonces solicitó una entrevista con el presidente Juárez, que nunca fue otorgada. Después, intentó escapar mediante el soborno, pero sus custodios resultaron insobornables y la fuga fracasó.
Tras un juicio celebrado en el teatro municipal por un coronel y seis capitanes, sin derecho a apelaciones y con base en un interrogatorio que en su mayor parte el emperador se negó a contestar, el 14 de junio siguiente, Maximiliano, Miramón y Mejía fueron condenados a la pena capital conforme a la ley del 25 de enero ya mencionada. Dos días más tarde, el fallo del jurado fue confirmado por el general Mariano Escobedo. Al enterarse de la sentencia definitiva, Maximiliano dijo: “Estoy pronto”. Arregló su testamento creyendo que Carlota ya estaba muerta y envió una carta a su madre la princesa Sofía de Baviera.
Encargó que se escribiera la historia de su gobierno y se terminaran algunos trabajos de arte en Miramar; interrumpió sus oraciones para hacer obsequios y escribir cartas de agradecimiento y despedida, una de ellas dirigida al presidente Juárez, fechada el mismo día de su muerte: “yo conjuro a usted de la manera más solemne y con la sinceridad propia de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última que se derrame y para que la misma perseverancia que me complacía en reconocer y estimar en medio de la prosperidad con que ha defendido usted la causa que acaba de triunfar, la consagre a la más noble tarea de reconciliar los ánimos, y de fundar de una manera estable y duradera la paz y la tranquilidad de este país infortunado”.
Pese a los ruegos y peticiones de sus defensores legales, de varios diplomáticos extranjeros, del propio gobierno norteamericano y de algunas personalidades de la época, Juárez se negó a otorgar el indulto a Maximiliano, quien entonces sólo pidió se concediera conservar la vida a Miramón y Mejía. No fue concedida la petición. Años antes, tampoco Maximiliano había concedido el indulto a Nicolás Romero y el coronel Cano, juaristas condenados a muerte por tribunales monárquicos.
Maximiliano, Miramón y Mejía fueron fusilados el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas, Querétaro. Ante el pelotón de su fusilamiento, Maximiliano honró a Miramón colocándolo al centro, dio a cada uno de los soldados del pelotón de fusilamiento un “maximiliano” (moneda de oro con su efigie con valor de veinte pesos) y dijo sus últimas palabras: “Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Qué mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!” Empuñó un crucifijo: “Los perdono a todos y que todos me perdonen”. Separó su barba para descubrir su pecho y a la descarga de los fusiles, cayó al suelo aun con vida, por lo que tuvo que recibir el tiro de gracia en el pecho.
A solicitud del gobierno austriaco, el 28 de noviembre de 1867, los restos de Maximiliano fueron trasladados a su auténtica patria; la misma fragata Novara, que lo había traído esperanzado a Veracruz, transportó su cuerpo ya sin vida de regreso a Europa.
Desde 1868 sus restos reposan en la Cripta Imperial de la Iglesia de Capuchinas de Viena.
Para Érika Pani (Gobernantes Mexicanos): “Maximiliano no pudo establecer las bases de un poder estable y duradero; no contó con el apoyo de la Iglesia Católica, cuya red institucional le hubiera podido facilitar su dominio del territorio; no logró monopolizar el uso de la fuerza física y le fue imposible construir la legitimidad necesaria para apuntalar un sistema hacendario viable. De esta forma, sufrió la misma suerte de otros gobernantes decimonónicos, que sucumbieron ante la indiferencia de la población, la pobreza del Tesoro, la resistencia de los intereses regionales y de la oposición política, y su propia ineficiencia.”

Fuente: www.memoriapolíticademexico.org

 

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