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10 de Julio 1882 – Perú

Finaliza el Combate de Concepción, contienda librada en la Guerra del Pacífico. El combate de Concepción —como se conoce en la historiografía peruana— o batalla de La Concepción —llamada así por la historiografía chilena— corresponde a la campaña terrestre de la Guerra del Pacífico en la fase de la Campaña de la Breña. 
Se desarrolló entre el domingo 9 y el lunes 10 de julio de 1882, entre tropas chilenas y peruanas, estas últimas apoyadas por guerrilleros, en la localidad de Concepción, capital de la provincia homónima en el Departamento de Junín, a 22 km de la ciudad de Huancayo, en los Andes centrales de Perú.
Antecedentes:
Durante la Campaña de la Breña, se enfrentaron las fuerzas de ocupación al mando de Patricio Lynch contra la resistencia comandada por Andrés Avelino Cáceres. Cáceres había adoptado la estrategia de organizar un ejército en la sierra peruana. Por otro lado, los campesinos organizaron guerrillas que hostilizaban al ejército chileno de ocupación cuando este se aproximaba a sus poblados.
Para enfrentar tanto a las guerrillas como a las fuerzas de Cáceres, Lynch envió expediciones que se dividían en los distintos pueblos de las serranías. La primera expedición fue enviada bajo el comando de Ambrosio Letelier, la cual, si bien es cierto, cumplió su cometido de mantener cierto control en la sierra, cometió varios abusos contra la población civil y se apropió indebidamente de grandes sumas de dinero por lo que fue llamado a Lima y enjuiciado. Una segunda expedición, bajo el comando del coronel Estanislao del Canto Arteaga, salió nuevamente hacia las montañas con el fin de destruir las fuerzas del coronel Cáceres.
Esta campaña fue dificultosa para los soldados chilenos porque lejos de la costa se enfrentaron a enfermedades que hacían estragos entre sus filas, como el tifus, además de no contar con abastecimiento de ningún tipo, por lo que confiscaron alimentos, agua y ganado de las poblaciones por las que pasaban, lo que contribuyó a la formación de guerrillas y la incorporación de los campesinos de la zona al ejército de Cáceres, gracias a la acción del arzobispo Manuel Teodoro del Valle del Convento de Santa Rosa de Ocopa.
El 8 de febrero llegó a Comas el contador de la hacienda Márancocha, Ambrosio Salazar, natural de Quichuay, quien fue enviado por Cáceres a organizar una guerrilla en Comas; sin embargo fue rechazado por los campesinos.
En la mañana del 2 de marzo, apareció en Comas una expedición chilena formada por un piquete de caballería al mando del teniente Ildefonso Álamos que tenía como misión la requisa de provisiones para la manutención de las fuerzas chilenas de ocupación que en ese momento se encontraban acantonadas en gran número en el poblado de Concepción. Tras indicar que a su regreso deberían tener listas las provisiones para su tropa, bajo amenaza de tomarlas por la fuerza, continuó su marcha hacia la hacienda Runatullo. Ante esta nueva situación, el alcalde de Comas solicitó a Salazar que retomara su encomienda. Ambrosio Salazar entrenó y armó a los pobladores en dos columnas de 30 rifles y 50 hombres con rejones y otras armas, y también mandó preparar galgas, con los cuales logró la victoria en la emboscada de Sierralumi sorprendiendo a Álamos y recuperando el botín que había obtenido junto a algunas armas de los muertos. Salazar envió entonces un pedido al general Cáceres para que lo apoyara con fuerzas militares. A principios de marzo de 1882, la tensión entre los pobladores de la sierra central y las fuerzas chilenas había aumentando considerablemente.
El 30 de marzo de ese mismo año, Salazar fue nombrado por Cáceres Comandante Militar de la plaza de Comas. Los guerrilleros comasinos tuvieron que confrontar la ausencia de armamento puesto que los campesinos solo contaban con rejones al ser considerados sin cultura militar como para portar armas. Los campesinos, disgustados por no recibir armamento, arrestaron a Salazar a inicios de julio de 1882; poco después llegaron a la zona dos columnas caceristas que reorganizaron la guerrilla con las órdenes de atacar Concepción. Lo mismo ocurrió en otras comunidades campesinas de la sierra central donde también se organizaron columnas guerrilleras.
Ambrosio Salazar comandaba la columna Cazadores de Comas y la guerrilla de Andamarca, que los acompañaba armada con rejones y que estaba capitaneada por Hipólito Avellaneda.
Las guerrillas campesinas siguieron activas hasta inicios del siglo XX, tomando las armas en 1882 y 1888. A finales del siglo XX, conformaron las «rondas campesinas».
En junio de 1882, Cáceres tenía su base de operaciones en Izcuchaca donde, observando el despliegue chileno sobre el valle del río Mantaro, planeó encajonarlos en el valle, cortando la posible retirada hacia Lima, confrontándolos en cada pueblo. Cáceres dividió sus fuerzas en tres columnas al mando del coronel Máximo Tafur, del coronel Juan Gastó y la última al mando del mismo Cáceres.
La columna de Tafur debía pasar por Chongos y Chupaca y atacar a la guarnición chilena de La Oroya. El general Cáceres fue a combatir la posición chilena de Marcavalle y Pucará. La orden del coronel Gastó era avanzar por las alturas de los cerros del valle hasta Comas, donde se reuniría con los guerrilleros de Ambrosio Salazar para atacar al destacamento chileno de Concepción. Las columnas de Cáceres y Gastó deberían atacar las posiciones enemigas el 9 de julio y la columna de Tafur una semana antes. Juan Gastó marchó hacia Comas con las columnas «Pucará N°4» al mando de Andrés Freyre y la columna «Libres de Ayacucho» al mando de Francisco Carbajal.
El poblado de Concepción era el extremo de la línea de avanzada del coronel Del Canto, donde al principio se habían acuartelado unos 110 soldados chilenos al mando del capitán Alberto Nebel Ovalle, con el objetivo de mantener una línea a partir de La Oroya, pasando luego por Huancayo, Tarma, y finalmente Concepción para controlar las acciones de Cáceres.
El grueso del ejército chileno estaba en la ciudad de Huancayo, donde el coronel Del Canto recibió instrucciones de reforzar Concepción y encomendó, el miércoles 5 de julio, a la 4.ª Compañía del Batallón 6.º de Línea «Chacabuco» de 77 soldados al mando del capitán Ignacio Carrera Pinto, quien fue ascendido a este grado aunque no alcanzó a saberlo, y los subtenientes Arturo Pérez Canto y Luis Cruz Martínez relevar al capitán Nebel quien tenía soldados enfermos de tifus y viruela. También acordó el repliegue de las fuerzas chilenas y el abandono de las plazas por falta de alimentos y medicamentos, teniendo además cientos de enfermos en las plazas ocupadas que necesitaban asistencia hospitalaria.
El capitán Pinto Agüero sostuvo que la situación del 6.º de Línea «Chacabuco» en Concepción era precaria. Del Canto prefirió primero evacuar a los enfermos al hospital de Jauja, escoltados por sus dos compañías, lo que dejaría sin apoyo a la compañía que comandaba el teniente Carrera Pinto en Concepción, quienes deberían esperar dos días para que fueran recogidos por Del Canto para escoltarlos hasta Tarma.
Al llegar la 4.ª compañía a su destino, se encontraron con el capitán Nebel y se procedió a evacuar a los enfermos. Resguardaban la plaza la recién llegada compañía de Carrera Pinto y 9 soldados de la compañía del capitán Nebel. Los acompañaban dos enfermos graves y tres cantineras, una de ellas embarazada.
Carrera Pinto distribuyó las guardias, hizo construir parapetos en los cuatro costados de la plaza y encomendó especial vigilancia hacia el cerro El León por el cual podría venir un ataque. Carrera Pinto observó que en el poblado solo se encontraban italianos y otros extranjeros en un hotel cercano mientras la población local mantenía una notoria distancia.
Varios retrasos relacionados con el transporte de enfermos en Huancayo, Jauja y Tarma impidieron a Del Canto iniciar el desalojo de las plazas. Carrera Pinto supuso que una grave dificultad habría retrasado a Del Canto.
El sábado 8 de julio las fuerzas de Gastó y Salazar partieron de Comas, llegando en la noche a San Antonio de Ocopa, donde acamparon. Allí, el obispo Manuel Teodoro del Valle les informó sobre los movimientos de las fuerzas chilenas en Concepción. El 9 de julio marcharon a Santa Rosa de Ocopa, pasando por Alayo, Quichuay y Lastay. Allí, Salazar decidió atacar Concepción sólo con las fuerzas a su mando, la columna Cazadores de Comas y la guerrilla de Andamarca. El coronel Gastó decidió apoyarlo en el ataque. El mismo día se sumaron las guerrillas de Vilca y Quichuay al mando de los hermanos Salazar y la guerrilla de San Jerónimo al mando de Melchor Gonzáles.
La división chilena de Del Canto, después de abandonar Huancayo, fue atacada por las fuerzas peruanas de Cáceres retrasando su retorno hacia Concepción. Además, a las 13:30 del mismo domingo, Del Canto recibió una nota de Carrera Pinto que no indicaba problemas en Concepción.
El 9 de julio se celebraba el día de San Feliciano en Concepción, por lo que los pobladores realizaron la procesión acostumbrada al santo del pueblo. Los oficiales chilenos fueron invitados por los italianos a un almuerzo en el hotel Huilfo.
El capitán Carrera Pinto desconfió de ambos sucesos ya que esperaba un ataque en esos días, mantuvo a la tropa acuartelada y acondicionó defensas en la plaza. Once de sus soldados estaban enfermos de tifus. Asistió al almuerzo que finalizó violentamente y el estallido de un disparo activó su plan defensivo en la plaza.
Eran las 14:30 cuando las fuerzas peruanas aparecieron por la cima de los cerros Piedra Parada y El León de Concepción. Los habitantes de Concepción empezaron a salir del pueblo a resguardarse porque el combate podría extenderse a todo el poblado.
Carrera Pinto no podía abandonar Concepción, la superioridad numérica de los peruanos le era desfavorable, y tendría que defenderse a la espera de Del Canto. Carrera Pinto ordenó dividir a sus tropas en tres secciones para defender las entradas a la plaza: en la esquina del norte, Pérez Canto, en la del noroeste, Cruz Martínez; en la del sudeste, Montt Salamanca; y en el sudoeste el mismo Carrera Pinto, dividiendo las tropas proporcionalmente en cada posición. Envió a un cabo y dos soldados hacia Huancayo para avisar de su situación. Los jinetes fueron muertos cuando llegaban al barrio de Alapa.
Las fuerzas peruanas empezaron a bajar de las alturas en dirección a la plaza. Los guerrilleros con Ambrosio Salazar por el sur desde el cerro El León y los soldados de Juan Gastó por el norte desde el cerro Piedra Parada, cercando el pueblo, asaltando la plaza y atacando las posiciones chilenas. Las fuerzas chilenas mezclaron ataques a la bayoneta con fuego de sus rifles, los que generaban bajas en las guerrillas que no contaban con armas de fuego sino con rejones.
Juan Gastó se instaló en la casa Valladares como puesto de comando para dirigir sus fuerzas y centro de socorro a los heridos. El ataque peruano continuaba, incluyendo francotiradores en los techos y ventanas, hasta que los chilenos retrocedieron hacia el centro de la plaza donde, por ser una posición muy expuesta, se replegaron ordenadamente al cuartel que tapiaron con muebles. Allí los soldados ocuparon posiciones defensivas, incluidos los heridos.
Eran las 19:00 cuando llegaron la guerrilla de Orcotuna al mando de Teodosio López y la guerrilla de Mito al mando de Aurelio Gutiérres. En la oscuridad de la noche, las fuerzas chilenas intentaron salir hacia Huancayo, lo cual no lograron, retrocediendo hasta el cuartel.
El coronel Gastó envió un emisario solicitando la rendición de la guarnición con la siguiente nota: “Señor Jefe de las fuerzas chilenas de ocupación.- Considerando que nuestras fuerzas que rodean Concepción son numéricamente superiores a las de su mando y deseando evitar un enfrentamiento imposible de sostener por parte de ustedes, les intimo a deponer las armas en forma incondicional, prometiéndole el respeto a la vida de sus oficiales y soldados. En caso de negativa de parte de ustedes, las fuerzas bajo mi mando procederán con la mayor energía a cumplir con su deber. Dios guarde a usted”.
Carrera Pinto respondió en la misma nota de la siguiente forma: “En la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos existe inmortalizada en bronce la estatua del prócer de nuestra independencia, el general José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá usted que ni como chileno ni como descendiente de aquél deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor. Dios guarde a usted”.
Segundo enfrentamiento
El coronel Juan Gastó informó, a través del capitán Revilla, a Ambrosio Salazar que se retiraba por instrucciones superiores y además porque el teniente coronel Francisco Carvajal había sido herido, dejándole a Salazar la toma del cuartel. Se sumaron al ataque de Salazar once pobladores de Concepción con sus respectivos rifles, como el doctor Santiago Manrique Tello.
Carrera Pinto ordenó una carga para forzar la salida. Fue herido en el brazo izquierdo al regresar al convento con el resto de la tropa chilena.
Ambrosio Salazar ordenó a Pablo Bellido y Cipriano Camacachi a rociar con combustible los techos del convento para obligar a salir a los chilenos, quienes respondían desde las ventanas del edificio. La cantinera que estaba en parto tuvo un niño.
El cuartel en llamas fue abandonado por las fuerzas chilenas a las 12 de la noche, ocupando el local contiguo a la iglesia. En esa acción, fue muerto Ignacio Carrera Pinto. Así el mando recayó en el subteniente Julio Montt Salamanca.
Durante la noche, los ataques fueron a intervalos. Los guerrilleros de Salazar ocuparon los techos y las paredes atacando a los chilenos en su última posición, quedando apenas 9 al mando del subteniente Luis Cruz Martínez y las cantineras.
A las 07:00 del lunes 10 de julio de 1882, llegaron los integrantes de la guerrilla de Apata al mando de Andrés Avelino Ponce y la guerrilla de Paccha al mando de Andrés Bedoya Seijas. Los guerrilleros empezaron a abrir forados en el local que defendía Cruz Martínez. A las 10:00 ya no contaban con municiones, el fuego y el humo les obligaban a salir del recinto.
Dado que no hubo sobrevivientes chilenos, no existen testigos de esa nacionalidad. Sin embargo, las fuentes chilenas, en base a lo contado por dos testigos extranjeros a Del Canto, cuando llegó al pueblo, indican que el subteniente Cruz Martínez, mediante el grito “¡Los chilenos no se rinden..!” junto a cuatro soldados sobrevivientes cargaron a la bayoneta y fueron muertos al salir por las fuerzas de Salazar: “Como a las nueve de la mañana del día 10, no quedaban sino el teniente Cruz y cuatro soldados que defendían la entrada al recinto del ya quemado cuartel. Se noto a esa que ya habían agotado todas sus municiones, porque no hacían ningún disparo, y entonces algunas voces peruanas, le gritaban: ¡Subteniente Cruz, ríndase hijito, no tiene para que morir! A lo cual él les contestaba: ¡Los chilenos no se rinden jamás! y volviéndose a su tropa les preguntaba: ¿No es verdad muchachos? Los soldados respondieron afirmativamente y entonces el oficial mando a calar bayoneta y se fueron furiosos contra las masas indígenas. Fatigados, tuvieron que rendir su vida, quedando algunos clavados en las lanzas de los salvajes. Al subteniente Cruz se le aplico un tiro por la espalda. Refirió el español que cuando no podían hacerse rendirse al subteniente Cruz, hicieron llegar al cuartel a una jovencita, a quien el oficial saludaba siempre con cariño, para que fuera a rogarle que se rindiera y el oficial la rechazó indignado. Los dos últimos soldados que escaparon después de la muerte de Cruz se refugiaron en el atrio de una iglesia y allí se noto que hablaban. Luego se abrocharon el uniforme, se pusieron el barboquejo y se lanzaron sobe la turba para morir rifle en mano”. (Descripción del coronel Estanislao del Canto Arteaga).
Las fuentes peruanas, tanto primarias como secundarias, indican que depusieron las armas pero fueron muertos y descuartizados por las guerrillas de Ambrosio Salazar. El capitán Carrera Pinto, el subteniente Cruz Martínez y nueve soldados más fueron fusilados en la plaza de Concepción en represalia al saqueo e incendio de Huaripampa y la muerte de los familiares de los guerrilleros.
“Concluida la operación de los forados por varias partes y viendo los enemigos que el peligro era inminente, izaron un pañuelo blanco, símbolo de paz; creyendo los nuestros que ya se redirían, avanzaron sin hacer fuego, hasta medio patio, donde fueron recibidos con una lluvia de balas, no sin causarnos numerosas bajas [...] En el acto se abalanzaron 50 hombres al recinto de los enemigos, como una jauría de tigres, y ultimaron á éstos después de una resistencia verdaderamente horrible. El capitán Carrera Pinto, subteniente Cruz y 9 soldados sacados de trinchera, fueron fusilados en la plaza; los subtenientes Pérez Canto y Montt sucumbieron en el fragor de la lucha dentro de aquella. (Ambrosio Salazar y Márquez. Parte oficial de la batalla de Concepción. Concepción, 10 de julio de 1882).
El comandante Lago quiso conservar la vida de 15 soldados chilenos que se habían entregado a discreción, pero los guerrilleros implacables en sus represalias, los ultimaron al grito de “¿dónde están nuestras fatigas? ¿dónde estan nuestras mujeres y nuestros hijos? Grito de desesperación salido del pecho de las víctimas de Huaripampa, pueblo saqueado e incendiado por los chilenos... Era la ley de Talión... Los guerrilleros han estado fuera de la ley, se les ha desconocido su carácter de beligerantes como ciudadanos que defienden a su patria. Todo el que era capturado se le pasaba inmediatamente por las armas. Les toco su turno y entonces exigieron ojo por ojo, diente por diente, devolviendo mal por mal”.
A las 18:00, aparecieron las fuerzas al mando de Del Canto que, al ver a sus compañeros muertos, ordenó el fusilamiento de 18 de los 20 habitantes que habían quedado en Concepción y el saqueo e incendio del pueblo.
En la ciudad apenas habían quedado 20 habitantes, de los cuales 18 fueron pasados por las armas inmediatamente, entre ellos un anciano señor Salazar, escapándose a los cerros dos. Todas las casas fueron saqueadas e incendiadas por los chilenos al abandonar la población.
El mismo domingo 9 de julio de 1882, Cáceres atacó la división chilena Santiago en los poblados de Marcavalle y Pucará.
En 1912, sobre el terreno de la iglesia que se incendió, se levantó un obelisco que indicaba: “Aquí yacen los héroes del Centro, los que cayeron sobre le escudo, los que sin elementos de guerra antes, lo improvisaron todo en el momento álgido del peligro, por salvar la dignidad nacional, y exterminaron en leal combate a la 4ta compañía del batallón Chacabuco, en la tarde y en la noche, en la madrugada y en el día del 9 y 10 de julio de 1882”.
Contradiciendo el parte oficial de Ambrosio Salazar y las memorias de Andrés Avelino Cáceres, los historiadores peruanos Jorge Basadre Grohmann, Emilio Luna Vega y Carlos Milla Batres han mencionado la presencia de sobrevivientes chilenos, aunque no los mismos; sin embargo, esto no se ha comprobado hasta la fecha.

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