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11 de julio 1780 – Argentina

Nace Juan Gregorio de las Heras, militar argentino y héroe de la independencia americana. Error frecuente es creer que era Gregorio uno de sus nombres. Estos eran Juan Gualberto y su apellido Gregorio de las Heras, que usó su padre don Bernardo Gregorio, hijo a su vez de don Francisco Plácido Gregorio y de doña Catalina García de Las Heras. Don Bernardo unió el apellido paterno con el segundo de su madre y así lo hizo también el colaborador del general San Martín. Concluidos sus estudios en el Real Colegio de San Carlos, se dedicó al comercio, siguiendo las huellas del padre. Este, además de ser comerciante de desahogada posición, había ocupado importantes funciones en la capital del Virreinato del Río de la Plata, entre ellas las de Receptor de Penas de Cámara, Defensor de Menores, Tesorero de Propios del Cabildo y capitán de las milicias urbanas. En la lucha contra los invasores ingleses Las Heras combatió en primera fila, lo mismo que su padre. Juan Gregorio viajaba con frecuencia con motivo de sus actividades comerciales, cuyo centro estaba en la ciudad de Córdoba. Esto explica que la sobresaliente figura de las luchas de la independencia no figurase en los acontecimientos de Mayo. En Córdoba, sin embargo, núcleo de la reacción realista que encabezaba el prestigioso Liniers, se unió a la causa revolucionaria. Allí se formó un regimiento de Patricios que estuvo a su mando; y Juan José Castelli comunicó a la Primera Junta el nombre de Las Heras como el de «uno de los más decididos patriotas en los que podía confiar». El 24 de octubre de 1810 la Primera Junta extendió los despachos de Sargento Mayor y dos años más tarde fue designado comandante general de milicias de la provincia. A principios de 1813 el virrey del Perú envió contra los patriotas la poderosa expedición que, al mando del brigadier don Antonio Pareja, ocupó Talcahuano y Concepción. El gobierno chileno, ante las perspectivas desfavorables de la campaña, solicitó ayuda y la Junta dispuso el envío de los famosos Auxiliares Argentinos, bravos soldados reclutados en Córdoba y Mendoza, que al mando de Las Heras cruzaron la cordillera. Estos Auxiliares tuvieron brillante actuación en la campaña de 1813-1814. En cuanto a Las Heras cabe destacar su heroico comportamiento en Quechereguas, y en Membrillar, donde obtuvo su ascenso a teniente coronel, y en Cucha Cucha, donde regresó al campamento «entre las aclamaciones de la tropa hermana», según comenta uno de sus biógrafos. En mayo de 1814 se firmaron los convenios de Licay, por los cuales los chilenos reconocían su lealtad a España a cambio de una amplia autonomía. Fueron mal recibidos y provocaron un golpe militar que puso al frente de Chile al general José Miguel Carrera, lo cual provocó la lucha civil entre partidarios de O'Higgins y de Carrera. Las Heras, que estaba con sus Auxiliares Argentinos en Santiago, «procede -escribe Nocetti Fasolino- como San Martín lo haría más tarde y adopta prescindente actitud en la guerra civil». Ello le valió la admonición de Carrera: «Usted no puede ser neutral». «Sindicado ayer de parcialidad a V. E. y notado hoy por V. E. de adhesión a una parcialidad contraria -replicó dignamente Las Heras- nadie ha debido ofenderse de la neutralidad con que, pronto a todo servicio del Estado sólo ha tratado de prescindir de sus cuestiones domésticas». Las «cuestiones domésticas» a que se refería malograron los heroicos esfuerzos realizados por los patriotas chilenos para lograr su independencia. Debilitados por las disensiones internas fueron deshechos por las fuerzas realistas al mando de Ossorio en el combate de Rancagua. Clausuró este desastre la primera etapa de la lucha por la libertad de Chile. La segunda comenzaría casi tres años más tarde al entrar en escena San Martín, y en ésta tenía reservado un gran papel el general Gregorio de Las Heras. En Cuyo, tras las disensiones entre Carrera y O'Higgins, ejercía las funciones de gobernador-intendente el general José de San Martín, dedicado entonces a la preparación de aquel Plan Continental cuya ejecución daría la definitiva libertad a América. Consistía en atacar el poderío militar realista en su baluarte mismo: el Virreinato del Perú. Para ello era menester cruzar los Andes, libertar a Chile y, desde esta nación hermana, emprender la campaña contra el Perú enviando tropas por el Pacífico. Plan genial que en aquellos momentos parecía risible a quien tuviese en cuenta los escasos elementos de que se disponía. Pero San Martín tenía a su favor los fundamentos: su genio militar y el patriotismo de su pueblo. En aquellas jornadas iniciales Las Heras fue su más entusiasta colaborador. Mitre, en su Historia de San Martín y de la emancipación Sudamericana, afirmará rotundamente: «El batallón en esqueleto de los Auxiliares de Las Heras es el primer contingente humano, el verdadero génesis de la milicia que se organiza en Mendoza». Personalmente se le confió la formación de un fuerte regimiento de infantería, el número 11. Al iniciar San Martín su expedición libertadora de Chile, Las Heras, al mando de la infantería, cruzó por Uspallata realizando matemáticamente la marcha de su división, comenzada el 18 de enero. En territorio chileno libró los primeros encuentros en Potrerillos y Putaendo, que le fueron favorables, y marchó a incorporarse al grueso de las tropas que el 12 de febrero de 1817 obtuvieron el triunfo de la cuesta de Chacabuco. Los realistas, concentrados en el Sur, esperaban refuerzos del Perú para reunirse en Concepción. Las Heras, fue enviado allá con una división de las tres armas. Era su antagonista el más capaz y sobre todo el más valiente de los jefes españoles en Chile: el bravo José Ordóñez, antiguo compañero de armas de San Martín y verdadero héroe de la defensa del Caserío de Espejo en la batalla de Maipú. El 4 de abril de 1817 Las Heras fue atacado en Curapaligüe y sostuvo la arremetida hasta rechazar a Ordóñez con grandes pérdidas; contraatacando luego, Concepción cayó en su poder y Ordóñez se replegó sobre Talcahuano, donde recibió una ayuda de 1.500 veteranos con los que decidió atacar el campamento de Las Heras en Cerro Gavilán (6 de mayo de 1817). Nuevamente éste resistió con éxito e hizo suyo el triunfo obligando al bravo Ordóñez a atrincherarse nuevamente en Talcahuano. El general O'Higgins no valoró adecuadamente las acciones realizadas por Las Heras y salió personalmente al frente de un poderoso ejército a «terminar de una vez con esta demorada campaña del Sur». Aconsejado por el general francés Brayer, que había preparado el plan del sitio y ataque a Talcahuano, decidió asaltar la plaza. Rechazado en toda la línea con enormes pérdidas, tocó a Las Heras atacar uno de los más fuertes baluartes, El Morro, siendo también rechazado. Por informes que le hizo llegar José Bernáldez Polledo, militar argentino prisionero en la fortaleza de El Callao, supo San Martín que los españoles pensaban aniquilar a las fuerzas de O'Higgins y Las Heras sobre Talcahuano; marchar por mar desde esta plaza hasta Valparaíso y de aquí por tierra hasta Santiago. Cifraban el éxito en la sorpresa y en el empleo de la máxima fuerza disponible en cada ataque principal. En consecuencia las tropas del Sur, cumpliendo órdenes de San Martín levantaron el sitio y se dirigieron hacia el norte. Lograda la unión de la fuerzas sobrevino la desastrosa jornada de Cancha Rayada, donde prácticamente la serenidad y el valor de Las Heras salvaron al ejército patriota. Mitre dice que «Las Heras salvaría la revolución americana en el día de su mayor conflicto». El 19 de marzo encuentra a los ejércitos frente a frente en la llanura de ese nombre, extenso llano cortado por zanjones en las márgenes del Lirca. Cae la noche y comienzan a encenderse los vivaques. El ejército supone que el ataque se iniciará con la aurora. Pero los jefes realistas, sobre todo por consejo del impetuoso Ordóñez, conciben un plan realmente temerario. Al filo de la medianoche, favorecidos por la oscuridad, se lanzan sobre las tropas argentino-chilenas, que en medio de una gran confusión terminan estorbándose y acometiéndose entre sí. Las Heras, con hábiles maniobras, logró salvar del desastre y sacar del campo su poderosa división de casi tres mil quinientos hombres, con la que pudo retirarse ordenadamente para conducirla intacta a Santiago de Chile. Cancha Rayada pudo ser decisiva para la lucha por la libertad chilena: pudo ser una nueva Rancagua; afortunadamente las fuerzas salvadas por Las Heras facilitaron al genio militar de San Martín la base del ejército de Maipú. En Maipú, Las Heras condujo el ala derecha del ejército en forma que San Martín elogió después al Gobierno Supremo de Chile. Le correspondió el honor de recibir la espada del valeroso Ordóñez tras su desesperada resistencia en los edificios y viñedos de la Chacra de Espejo. Allí donde, como dice el coronel Manuel Alejandro Pueyrredón: «la resistencia fue tan tenaz que aquello fue otra batalla». En Maipú, Las Heras ganó sus entorchados de general. Faltaba realizar la segunda etapa del Plan Continental sanmartiniano, la que ha sido llamada «Cruzada Libertadora del Perú». En ella su colaborador eficaz y acaso el más destacado, fue el general ascendido en Maipú. Los titánicos esfuerzos de San Martín en tierras cuyanas para organizar el Ejército de los Andes se repitieron en suelo chileno para preparar la expedición. A mediados de agosto de 1820 el patriotismo y la tenacidad habían dado sus frutos y la expedición se hallaba lista. El 20 de dicho mes la escuadra zarpaba de Valparaíso. San Martín tenía el mando en jefe y Las Heras había sido designado jefe del Estado Mayor. Fue el primero que pisó tierra peruana al desembarcar en Pisco. En el Perú alcanzaría los más altos grados militares, hasta llegar, con el de mariscal de campo, a la jefatura del ejército sitiador de El Callao. También ejerció funciones políticas como consejero de Estado del Protector del Perú. Cuando San Martín renunció el gobierno del Perú, Las Heras resolvió regresar a la patria. Gobernaba entonces la provincia de Buenos Aires el brigadier Martín Rodríguez, que encomendó al glorioso guerrero una misión diplomática ante los jefes realistas en el Alto Perú. De regreso a su ciudad natal (2 de abril de 1824) la Cámara de Representantes de Buenos Aires lo eligió gobernador de la Provincia. En el gobierno no desmereció al combatiente. Le tocó cumplir su mandato en momentos difíciles y supo superarlos con visión y energía de estadista. En cumplimiento del gran anhelo de unidad nacional que representó el Congreso de 1824-1827, le cupo el honor de inaugurarlo. El Congreso de 1824-1827 -que como lo destaca Leopoldo R. Ornstein en su Historia de la democracia argentina, fue iniciativa de Las Heras-, sancionó importantes leyes, entre ellas la llamada Ley Fundamental (23 de febrero de 1825), «que expresamente consagraba la unidad nacional por la representación de todas las provincias». Las Heras estimaba indispensable fortalecer ese sentimiento porque amenazaban a nuestro país peligros muy serios. En efecto, la vieja cuestión de límites entre españoles y portugueses en sus dominios americanos -litigo que habían heredado sus descendientes argentinos y brasileños- cobraba actualidad con la ocupación brasileña de la Banda Oriental, unida al Imperio con el nombre de Provincia Cisplatina. El pueblo repudió la anexión, y el patriota Juan Antonio Lavalleja acaudilló la famosa expedición de los Treinta y Tres Orientales, que desde San Isidro partió para desembarcar en La Agraciada. Un congreso de patriotas reunido en La Florida (agosto de 1825) confirmó la condición de aquella provincia como parte integrante de las Provincias Unidas del Río de la Plata. A su vez, el Congreso de 1824-1827 hizo expresa declaración de que aquel territorio era argentino. Casi de inmediato (diciembre de 1825) el emperador del Brasil, Pedro I, declaró la guerra. Pero antes, el Congreso había resuelto conferir a Las Heras el gobierno nacional en carácter provisorio. Era inminente el conflicto armado y Las Heras, por patriótica inspiración, aceptó la responsabilidad y envió una circular a las provincias exhortándolas a luchar unidas. Con su sentido de estratega había obtenido del Congreso la sanción de la ley del 11 de mayo, por la que se creaba un Ejército de Observación sobre el Uruguay, que al mando del general Martín Rodríguez se concentró en el Paso del Molino, en los alrededores de la actual población entrerriana de Concepción. En el mes de julio había renunciado al Poder Ejecutivo Nacional que ejercía provisoriamente en virtud de disposiciones de la Ley Fundamental, considerando incompatible la doble función gubernativa. La renuncia no le fue aceptada por el Congreso; reiteró su actitud cuando la guerra hizo necesario establecer una autoridad nacional permanente. El 28 de enero el diputado por Córdoba Dr. Bedoya, planteó en el Congreso la creación del Poder Ejecutivo Permanente. Sancionada la Ley Presidencial el 6 de febrero de 1826 fue elegido al otro día presidente de la República don Bernardino Rivadavia, quien asumió sus funciones el día 8. Una de las iniciativas de Rivadavia era la capitalización de Buenos Aires, que tras apasionados debates entre unitarios y federales fue aprobada por el Congreso el 4 de marzo. Tres días después Rivadavia decretó el cese de los poderes ejecutivo y legislativo en la provincia. La opinión pública era contraria a la ley y muchos incitaron al general Las Heras a resistir el decreto. Pero éste -escribe Nocetti Fasolino- «valiente como el que más al frente de sus legiones, entre el tronar de los cañones y el fragor de las batallas, que se encrespa cuando piensa que su patria pueda caer otra vez en su pasado de opresión, no tiene carácter para luchar en el campo político, frente a la arbitrariedad y a la incomprensión reinantes. No puede permitir, como no lo consintió San Martín, el participar en una guerra civil». Para peor, la contienda fratricida debía encenderse cuando las tropas argentinas y las naves de Brown se disponían a defender el honor de la República. Por eso, en rasgo digno de su patriotismo, aceptó la resolución presidencial y se alejó de la función pública decidido a establecerse en Chile. Había estado allí en las dos etapas de la lucha por la libertad: en aquel período de 1813-1814 que los chilenos llaman la «Patria vieja» -su epílogo fue el sacrificio de Rancagua-, y en el otro glorioso en el que San Martín y O'Higgins consolidaron la independencia de la república trasandina. En ambos peleó como un héroe por al emancipación del país hermano. Era lógico que Chile, tan entrañable en sus recuerdos, fuese el puerto buscado en esta hora amarga de su vida. En mérito a sus antecedentes militares, el gobierno chileno le confirió el grado de general. Paulatinamente los acontecimientos que ocurrían en su patria le llevaron hacia el campo político que nunca quiso deliberadamente pisar. Su simpatía estaba con los que combatían a Rosas. En noviembre de 1843 el gobierno de Montevideo, en lucha contra Rosas y Oribe, le confió una misión diplomática ante el gobierno de Chile. Las Heras fue amigo del padre don José Clemente Sarmiento (padre de Domingo Faustino), portador a tierras cuyanas del parte de la victoria de Chacabuco. El glorioso guerrero de las guerras de la independencia de América y el futuro presidente argentino intimaron de manera que Las Heras prestó asilo en su casa a Sarmiento, perseguido por el gobierno del general Prieto. Otra vez, acusado Sarmiento de malversación de los fondos recolectados para auxiliar a los derrotados soldados de La Madrid, Las Heras «sale apasionadamente en su defensa y lo rehabilita públicamente de la calumnia y la injusticia». Lamentablemente, en la escasez y en la inacción, este hombre hecho para ser conductor y adalid vio acercarse los años vacíos de su destino. El 6 de febrero de 1866 Juan Gualberto Gregorio de Las Heras, mariscal de campo, murió en la hospitalaria tierra chilena. Vestido con el uniforme, su cadáver fue expuesto en la Catedral de Santiago de Chile. Todo el pueblo desfiló reverente ante los gloriosos despojos. En el año 1906 fueron repatriados sus restos. El general Garmendia y el almirante Howard fueron a Chile con fuerzas que simbolizaban la recepción, por parte de nuestros soldados y marinos, de los restos del camarada de San Martín. El féretro, envuelto en las banderas de la Argentina, Perú y Chile, fue embarcado en el crucero «25 de Mayo» rumbo a la patria. El 20 de octubre de 1906 el gobierno argentino recibió sus restos mortales. Una verdadera multitud acompañó el cortejo hasta la Catedral, donde fueron sepultados sus restos junto a los del general San Martín. Casi treinta años antes de este homenaje la Comisión de Repatriación de los restos del general San Martín había propuesto al Gobierno Nacional la erección en el mausoleo de la Catedral de cuatro estatuas de los más distinguidos generales del Libertador «para los cuales están preparados los nichos, pidiendo a V. E. -dice la nota- solicitar al Congreso decrete ese honor para los generales Las Heras, Arenales, Alvarado y Zapiola». Fuente: http://www.educar-argentina.com.ar
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