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16 de Julio 1898 – Cuba

En el contexto de la guerra hispano-estadounidense, tiene lugar la rendición española de Santiago de Cuba y la firma del armisticio entre ambos contendientes. 
La “Muy Noble y Muy Leal” Santiago de Cuba, como la llamó Felipe V, dejó de ser española al terminar la guerra hispano-cubano-americana. Las fuerzas combinadas de los mambises, dirigidas por Calixto García, y de los Estados Unidos, lograron el triunfo.
La incapacidad de los españoles para detener la insurrección de Cuba llevó a las medidas sangrientas de Valeriano Weyler. Durante su mando murieron más de 300 mil campesinos reconcentrados —verdadero genocidio que la caridad criolla supo perdonar al fin de la guerra. La emigración cubana en los Estados Unidos informaba al mundo de los abusos de España, y los americanos, que querían la intervención de su país en el conflicto, fueron dándole forma a la política exterior. Por otra parte el periodismo ruidoso de William Hearst y de Joseph Pulitzer hizo su obra alentando a los que creían necesario aumentar la esfera de influencia internacional. El programa lo había concretado en sus escritos el capitán de marina Alfred T. Mahan, “apóstol del expansionismo”: con el ejemplo de Inglaterra mantenía que “el mar es la nodriza de los pueblos” y que éstos tenían que nutrirse con aventuras imperialistas aseguradas por el poderío naval.
Los puntos básicos de la estrategia de Mahan eran la anexión de Hawai, el canal interoceánico en Centroamérica y el dominio del Caribe; e hizo estas observaciones que aún hoy pueden ser útiles a los cubanos a los dos lados del Estrecho de la Florida: “Es tan vano, como lo fue siempre, esperar que los gobiernos actúen en otro terreno que no sea el de su interés. No tienen derecho a proceder de otra manera siendo, como son, mandatarios y no propietarios de la cosa. Los gobiernos funcionan como corporaciones y no tienen alma: colocan en primer término el interés de lo que tienen confiado a su protección y tutela...”. Y concluía: “Es preciso desconocer la naturaleza humana para ignorar que en las relaciones internacionales todo poder siempre persigue su poder exclusivo”. El presidente McKinley, sin embargo, se resistía a entrar en la guerra: un mes antes de enviar tropas a Cuba aún tentaba a la monarquía española con la oferta de 300 millones de dólares por la isla; pero la reina dijo que no vendía “la más rica joya de su corona”.
Por probar otro camino, y al ver que tenía perdida la guerra, la administración en Madrid determinó sustituir a Weyler y establecer en Cuba la Autonomía, pero esas medidas no lograron reducir los extremos en que estaban divididas las opiniones: los insurrectos no aceptaban nada menos que la independencia; y los más intransigentes españoles sólo querían la sumisión cubana por la fuerza de las armas. Enfurecidos, éstos atacaron en la capital el periódico La Discusión y el Diario de la Marina: uno por simpatizar con los rebeldes y el otro por apoyar a los autonomistas. Ante la alteración del orden el cónsul americano, Fitzhugh Lee, pidió ayuda a Washington, y se le envió el acorazado Maine, que entró en el puerto de La Habana el 24 de enero de 1898.
Mientras se producían estos sucesos un nuevo problema para los españoles se gestaba: el día de Navidad del año anterior, el ministro de Madrid en los Estados Unidos, Enrique Depuy de Lome, le había enviado a un amigo en La Habana una carta en la que comentaba el último Mensaje de McKinley al Congreso; le decía: “Además de la natural e inevitable grosería con que repite cuanto ha dicho de Weyler la prensa y la opinión aquí, demuestra una vez más lo que es McKinley, débil y populachero y un politicastro que quiere dejarle una puerta abierta y quedar bien con los jingoes de su partido...”. Un cubano empleado del destinatario secuestró la carta y la llevó a Nueva York, donde la hizo pública el Journal el 9 de febrero. Seis días más tarde explotó el Maine: murieron 264 marinos y dos oficiales, y nunca se supo la causa del desastre. Vino luego la Resolución Conjunta, el 20 de abril, en la que el Congreso americano declaraba: “El pueblo de Cuba es, y de derecho debe ser, libre e independiente”. Era un ultimátum para España. Fue entonces a Cuba el teniente Andrew S. Rowan a entrevistarse con el general Calixto García: así se produjo el primer contacto del ejército americano con un jefe insurrecto, y éste trazó el plan para el desembarco de las tropas. La misión de Rowan, “el mensaje a García”, no fue tan dramática como la presentó el libro de E. Hubbard en ese mismo año —del que se vendieron 4 millones de ejemplares; y menos como llegó al cine, en 1936, en la película de Wallace Beery. El éxito se lo debió a la ayuda cubana en el extranjero y en la isla.
Al compás de “Stars and Stripes Forever”, la marcha de John Philip Sousa, miles de norteamericanos se enrolaron de voluntarios en el ejército. Nunca una guerra en los Estados Unidos fue tan popular, pero lo que sobró de entusiasmo faltaba en organización: la incapacidad y la ineficiencia estuvo en todas partes: la marina tiraba por un lado y el ejército por otro; la infantería y la caballería no se ponían de acuerdo, ni los soldados regulares con los voluntarios: miles de hombres fueron a Cuba con uniformes de invierno porque no había suficiente tela caqui; y la sanidad faltó siempre: por cada baja en el campo de batalla tuvieron varias por enfermedad: el transporte de los 18 mil hombres que tomaron parte en la contienda fue más complejo y difícil que el de los 2 millones que veinte años más tarde fueron a Francia.
El Morro de Santiago de Cuba avistó el primer barco de guerra el 26 de mayo: era el acorazado Minneapolis. Seis días antes se había refugiado en el puerto la escuadra del almirante Pascual Cervera: un total de siete unidades: las mandaron a Cuba para combatir la flota americana. Cervera sabía que era un empeño inútil, que los cubanos tenían ganada la guerra y que él no podía medirse con los modernos acorazados del enemigo, pero se dispuso a cumplir órdenes. Sin entrenamiento suficiente salieron las tropas americanas de la Florida: un mes demoró reunirlas alrededor de Santiago. El 20 de junio sus jefes se entrevistaron en Aserradero con el general García, y éste recomendó el desembarco por Siboney y Daiquirí, zonas que él conocía y que estarían protegidas por el coronel santiaguero Demetrio Castillo Duany con un ejército de mil quinientos hombres. El grueso de las tropas cubanas en la provincia estaba en diversos lugares impidiendo los movimientos del enemigo.
Al mando de William Shafter, general en jefe de las fuerzas de los Estados Unidos, desembarcaron 15 mil soldados entre el 22 y el 24 de junio, y siguieron hasta Las Guásimas en persecución de los españoles, que peleaban con el mayor heroísmo: en el combate de El Caney poco más de 400 hicieron frente a 6,500 americanos —murió allí Vara del Rey y sólo sobrevivieron ochenta de sus soldados; y no fue distinta la batalla en la Loma de San Juan, donde murió toda la oficialidad española y 400 regulares. En esos encuentros los americanos tuvieron un diez por ciento de bajas, un total de 1.500 soldados.
Bloqueada en el puerto se mantenía la escuadra de Cervera, y ante el peligro de que la ciudad cayera, el cónsul de Francia le preguntó al almirante si la bombardearía al producirse la ocupación. Cervera dijo que sí, y el 2 de julio salieron los súbditos franceses a zonas cercanas ya en manos de los “aliados”, como le llamaban al conjunto de fuerzas de cubanos y americanos: era la avanzada del éxodo mayor que tuvo Cuba antes de producirse el reciente desde el puerto del Mariel. Por su parte Shafter había avisado que la ciudad sería bombardeada para intimar su rendición: de esta manera, al resistir o rendirse, el resultado sería el mismo. Huyeron entonces miles de santiagueros. En unas 200 casas que había en Cuabitas y en El Caney, hasta que fue destruida la escuadra y se rindió la ciudad, buscaron refugio más de 20 mil personas. Tres testigos describieron el acontecimiento. En su libro Combate y Capitulación de Santiago de Cuba, publicado en el mismo año 1898, dijo José Muller Tejeiro, segundo comandante de la marina española en Santiago:
Al amanecer del día 5 [de julio] una compacta multitud que no tenía fin, compuesta en su mayor parte de ancianos, mujeres y niños, aunque no faltaban hombres fuertes y robustos, voluntarios algunos, si bien ahora vestidos de paisanos, salía en dirección del Caney, distante legua y media de la ciudad. Muchos de los que emigraban eran personas pudientes y señoras no acostumbradas a semejantes fatigas y molestias que ahora sólo arrostraban impulsadas por el miedo y el terror. La mayor parte de los emigrados comían mangos y mamoncillos, con lo cual no es maravilla se desarrollaran y adquiriesen alarmantes proporciones el paludismo, las fiebres y la disentería. Esos once días del Caney han causado más víctimas en Santiago de Cuba que los tres años de guerra: una población que encerraba en su seno 45 mil almas no contaba más que 5 defunciones diarias por término medio, y hoy que sus habitantes se han reducido a 30 mil alcanzan la cifra de 50. Rara es la casa en la que no hay un enfermo o más, y el que hace dos días estaba bueno y sano, óyese decir que acaban de enterrarlo...
En Mi mando en Cuba, de 1911, Weyler recogió el testimonio de otro español que estuvo presente en el éxodo, y así lo describe:
...la consternación era indescriptible y el pánico horrendo. Todos los gemidos e imprecaciones del terror formaban aquella noche una nota dolorosa, triste y lúgubre, cuando a las 11 de la noche empezaron a oírse tremendos cañonazos hacia el mar. El que más o el que menos, temblando y lívido como un cadáver, huyó con un lío de ropas, hacinándose hombres, mujeres, ancianos y niños en los portillos en espera hasta que se abriesen para huir por aquellos caminos formando el más doloroso éxodo que jamás ha contemplado pueblo alguno.
Más de 22 mil almas abandonaron aquella mañana la población: magistrados, sacerdotes, comerciantes, industriales, empleados, el pueblo en contubernio con las clases elevadas, la raza de color empujando a la blanca, el niño, el enfermo, el anciano y la mujer atropellados por el hombre fugitivo. Aquello era espantoso. Cerca de 20 mil fueron a buscar refugio al Caney y unos 3 mil a Cuabitas... Sin viviendas, sin alimentos, sin ropas, ¿cómo iban a vivir en aquel lugar estrecho 22 mil personas? El hacimiento, la suciedad y el olor de más de mil cadáveres medio insepultos, de hombres y animales, ya era mortal. A falta de otra cosa se comían mangos cuyas cáscaras, huesos y deyecciones contribuyeron a aumentar lo deletéreo de la atmósfera. Y por si esto fuera poco, torrenciales aguaceros inundaron aquellos campamentos haciendo fermentar tanta podredumbre y envenenando con el pus de tanto cadáver las aguas de aquel río de escasa corriente donde se surtían para beberla, al par que allí se bañaban y lavaban tantas toneladas de trapos sucios...
Familias antes poderosas de Cuba han implorado desfallecidas un plato de verdolagas y hojas de boniato, hervidas con trozos de mangos verdes. Próceres de antes vendían su prosopopeya por un puñado de arroz y un trozo de tocino o por cuatro galletas indigeribles de harina de maíz... Y así estuvo la población de [Santiago de] Cuba desde el 5 por la mañana hasta el 16 y el 17 en que pasado el bombardeo, que no se efectuó hasta el 11, pudieron regresar a sus hogares trayendo las tres cuartas partes el desaliento más triste en el alma y el germen de una muerte próxima corroyéndoles las entrañas en forma de disentería, cólera, tifoidea y paludismo y otras gangas de carácter mortal que han enviado al otro mundo a la tercera parte de la población, dejando al resto inútil para el servicio activo de la vida.
La última narración del acontecimiento que aquí se recoge es la de Emilio Bacardí, quien dijo en sus Crónicas de Santiago de Cuba:
Desde la madrugada de hoy [el día 5] todo el vecindario abandonó sus hogares y empezó a dirigirse a los portillos del Caney, Santa Inés y Cuabitas en éxodo monstruoso. Al franquearle la salida los españoles se desbordó la oleada de gente por aquellos caminos, afanosa, jadeante, en busca de la tierra de promisión que para no pocos fue de maldición. ¡Cuadro digno de un pincel aventajado! Hombres y mujeres de todas clases y edades con líos enormes en la cabeza, ancianos que marchan trabajosamente apoyados en su bastón, enfermos conducidos en camillas, niños empujados en sus coches cuna, valetudinarios que caminan lentamente arrebujados en mantas, faquines cargados con grandes bultos; ricos y pobres, grandes y chicos, blancos y negros, voluntarios, bomberos filtrados a través de la masa humana y muchos guerrilleros que, con el uniforme con el revés hacia afuera, llenos de miedo, procuraban no ser notados. Silenciosas atravesaron las trincheras españolas aquellas inmensas multitudes, integradas por más de 20 mil personas, pero al penetrar en las líneas cubanas y americanas, todas las lenguas se soltaron a un tiempo y al unísono vibró un estruendo, “¡Viva Cuba libre!”.
Destrucción de la escuadra y rendición de Santiago
Cervera recibió órdenes de abandonar la bahía y hacerle frente a los barcos americanos: era una insensatez, otra más, de Madrid, en el manejo de los asuntos de Cuba. Salió primero el Infanta María Teresa con la insignia de “comandante general a bordo”, y lo siguieron el Vizcaya, el Cristóbal Colón y el Almirante Oquendo, y la pequeña escuadrilla de torpederos. Con salvas y vivas saludaron a los marinos sus compatriotas desde el Morro, la Socapa y Punta Gorda, y enseguida doblaron hacia el oeste, paralelos a la costa. Antes de recorrer cinco millas tuvo que embarrancar incendiado el María Teresa. Cervera se tiró al mar y ganó a nado la costa; allí, en Punta Cabrera, lo arrestó el comandante José Candelario Cebreco, quien hizo entrega del prisionero a los americanos mediante recibo. En dos horas que duró el combate todos los barcos españoles se perdieron: eran seis buques mal artillados contra los veinticuatro modernos que constituían esa parte de la armada de los Estados Unidos; y pagaron el disparate: más de 300 muertos y 150 heridos, y 1,500 fueron hechos prisioneros. Para los americanos fue como una práctica de tiro. Honra y admiración se ganaron los vencidos; y por el celo mostrado por los americanos en el salvamento, escribió un oficial del Brooklyn en su Diario: “I cannot express my admiration for my magnificent crew. So long as the enemy showed his flag, they fought like American seamen; but when the flag came down, they were as gentle and tender as American women”.

Después de algunas conversaciones, los jefes contendientes acordaron los términos de la capitulación: cesaban las hostilidades en todos los territorios bajo la División Cuba (Baracoa, Guantánamo, Sagua de Tánamo, El Cristo, Alto Songo, Dos Caminos, Morón, San Luis, Palma Soriano, Cauto Abajo y Puerto Escondido), un total de 17 mil soldados; la oficialidad española podía conservar sus armas y se la embarcaría, con sus tropas, para España; y los voluntarios que así lo quisieran podrían permanecer en la isla.
La entrega de la ciudad se realizó el 17 de julio. A las nueve de la mañana salió del caserío de Canosa el general español José del Toral con su Estado Mayor; bajo una ceiba en el camino de San Juan, “El Árbol de la Paz”, donde antes se habían reunido, esperaban el general Shafter y el vice almirante Sampson y su Estado Mayor. Después de una breve ceremonia entraron en la ciudad mil soldados con sus jefes, y al sonar las campanadas de las doce, mientras la banda tocaba el himno americano y la tropa presentaba armas, se izó la bandera de las barras y las estrellas en el Palacio de Gobierno, en cuya fachada, entre fastuoso y mohíno, aún proclamaba un letrero: “¡Viva Alfonso XIII!”

Ni respeto para el vencido ni contento para el vencedor faltó en aquel espléndido día del verano santiaguero; faltó justicia: a las tropas cubanas se les prohibió la entrada en la ciudad. Si no por reconocimiento de los 30 años de guerra contra España, por simple gratitud, debió Shafter haber invitado a Calixto García y a una representación de los insurrectos. Los generales Lawton y Wheeler reconocían públicamente la deuda con los mambises; el general William Ludlow le escribió el día 15 a Calixto García:

I beg to congratulate you as well as ourselves on what seems now to have been a fortunate solution of the Santiago problem, resulting in the success of our combined forces in the taking of the city, the departure of the Spaniards, and the restoration of peace in Santiago. Permit me to say to you that your forces have performed most notable service, and their work has been invaluable for us not only in scouting and procuring information, but in the vital matter of the construction of trenches and defenses for the investment of the city...

Y otros actores de la época también confirman que sin la ayuda cubana el ejército de Shafter no hubiera podido desembarcar, o hubiera necesitado fuerzas muy superiores y sufrido incalculables bajas.

Ante la afrenta, el general García presentó su renuncia: el Consejo de Gobierno de la República en Armas le había ordenado acatar las órdenes de los americanos: no quiso obedecer y dejó el mando de su tropa al general Agustín Cebreco y se retiró al Cobre. Desde allí le escribió al soberbio e ingrato Shafter: “La ciudad de Santiago se rindió al fin al Ejército Americano, la noticia de tan importante victoria llegó a mi conocimiento por personas completamente extrañas a su Estado Mayor, no habiendo sido honrado con una sola palabra de parte de usted sobre las negociaciones de paz y los términos de la capitulación propuesta por los españoles...” Y con respecto a la entrada en la ciudad, que se le prohibía, agregó:
Circula el rumor, que por lo absurdo no es digno de crédito, general, de que la orden de impedir a mi ejército su entrada en Santiago de Cuba ha obedecido al temor de venganzas y represalias contra los españoles. Permítame protestar contra la más ligera sombra de semejante pensamiento, porque no somos un pueblo salvaje que desconoce los principios de la guerra civilizada. Formamos un ejército pobre y harapiento, y tan harapiento como lo fue el ejército de sus antepasados en su guerra noble por la independencia de los Estados Unidos de América; pero a semejanza de los héroes de Saratoga y de Yorktown, respetamos demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía...
Pero ya, a las puertas de la independencia, empezó a ocupar su tribuna la “mentalidad colonial” de algunos cubanos: por temor a lastimar a funcionarios del presidente McKinley, la Delegación de Nueva York se negó a publicar en Patria la carta de Calixto García. Y como para que bien se viera quiénes eran los mambises, qué conducta militar los distinguía, el general García se fue a la ciudad de Gibara, por lo que escribió a Enrique Collazo:
Quizás en Gibara, con razón tildada como la población más española de la isla, sus habitantes y su rico comercio, que se veían fuertemente resguardados, habían mostrado siempre su desafecto a la revolución: los alrededores, en su mayoría isleños o hijos de isleños, eran los que más numeroso contingente habían dado como guerrilleros y voluntarios al ejército español; su hostilidad contra los cubanos había sido siempre manifiesta; y, sin embargo, esa población marcadamente hostil fue ocupada por las mismas fuerzas cubanas a quienes el gobierno americano había prohibido la entrada en Santiago, buscando como pretexto ruin que ocultara su codicia la ferocidad con que nos quisieron vestir.

El protocolo de paz y el fin de la guerra
A poco el imperio español se vino abajo con la ocupación de Puerto Rico y de Manila. El 12 de agosto se firmó en Washington un Protocolo de Paz por el que España renunciaba su soberanía en Cuba, cedía a los americanos Puerto Rico y aceptaba su presencia en las Filipinas hasta ver qué se determinaba sobre aquellas islas en un futuro Tratado. Así terminaban los Estados Unidos, con una impresionante victoria, su “magnífica guerrita”: John Hay, futuro Secretario de Estado, le escribió a Teddy Roosevelt, jefe de los Rough Riders, cuya afortunada actuación en El Caney y en San Juan lo impulsó a la presidencia de su país: “It has been a splendid little war, begun with the highest motives, carried on with magnificent intelligence and spirit, and favored by that fortune which loves the brave”. Por suerte para los cubanos Shafter regresó a los Estados Unidos el 26 de agosto. Adiposo y enfermizo, el calor y la campaña de Santiago lo hicieron sufrir; siempre tuvo mal recuerdo de Cuba y de los cubanos, de los que siguió hablando mal para justificar sus desaciertos. Quedó como gobernador militar de la plaza el general Leonardo Wood y, ya en ausencia de Shafter, quiso hacerle justicia a los mambises —acto que le reduce su cuenta de culpas en Cuba. Invitó a la ciudad al general García y parte de su tropa. El 23 de setiembre fue a esperarlo a las afueras de Santiago: un testigo excepcional narró el acontecimiento: Emilio Bacardí:
A las nueve menos cinco de esta mañana radiante de sol y rebosante el corazón de Cuba, llegó a las puertas del Palacio de Gobierno Calixto García Íñiguez. Desde las primeras horas la ciudad entera se dispuso al recibimiento del héroe. La muchedumbre invadió las calles de la carrera, carrera verdaderamente triunfal. Casi todas las casas particulares y muchos establecimientos ostentaban colgaduras y banderas cubanas. Desde el Paseo de Concha a la Plaza de Armas, subiendo por la céntrica calle de Santo Tomás, el pueblo estaba congregado en grandes masas. Al costado del Palacio estaban apostadas varias compañías de la guarnición americana de esta ciudad con banda de música dispuesta para tributar honores militares a nuestro general. En la entrada de Dos Caminos le aguardaba con sus oficiales, en representación del gobierno americano, el general Wood. Rodeado por ellos y seguido por su Estado Mayor, y una numerosa escolta, entró por fin. Después de permanecer en Palacio algunos momentos para saludar al general Lawton siguió el general García por las calles de la Marina, San Pedro, Heredia y Calvario hasta su residencia, en la casa número 6 de ésta.
Agradecido por el homenaje y en elogio de los americanos dijo Calixto García en aquella oportunidad: “Gran nación deben de ser los Estados Unidos cuando los hijos de sus millonarios, que solamente podían ganar en Cuba gloria militar, vinieron aquí a morir junto a los soldados cubanos”. Y por la noche hubo una gran fiesta en el criollísimo Club San Carlos, que no había querido cerrar sus puertas ni cuando el bombardeo ni cuando el éxodo, y que desafiando el desaire de Shafter colocó la bandera cubana en su balcón desde el día 18 de julio. Y en todo hijo de la ciudad, y en toda santiaguera hermosa que acudió aquella noche a felicitarlo, tuvieron el guerrero, y su patria, el mejor desagravio.

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