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19 de Julio 1821 – Argentina

El general Martín Rodríguez, gobernador y capitán general de Buenos Aires, nombra ministro de Gobierno a Bernardino Rivadavia. 

Por Osvaldo Vergara Bertiche 

Para la verdadera vida y obra de Bernardino Rivadavia, no existen argumentos posibles para su defensa, salvo las que, maliciosa y mentirosamente, se presentan, ya que resulta difícil reivindicar a tan servil agente del Imperio Británico;

Vale la pena recordar que su verdadero nombre era Bernardo González Rivadabia (con “b” larga), más conocido como Bernardino Rivadavia o simplemente como “Don Bernardino”, y también mentado el “Sapo del diluvio” por sus contemporáneos, vivió un tiempo en Inglaterra, de donde volvió “henchido de orgullo como pavo real”.

Por ser yerno del Virrey del Pino, se otorgaba una especie de titulo nobiliario y al mismo tiempo una postura ridícula; de una cultura regular pero provisto de una palabra rebuscada e inentendible, no tardó en encontrar un séquito de seguidores y admiradores que alimentaban su ego.

Como señala el historiador José María Rosa: “Bernardino Rivadavia fue tenido por un hombre culto por sus contemporáneos. Más que por un hombre culto, por un sabio: su mote Padre de las Luces no tenía intención irónica. Casi todos creían en el enorme talento y los considerables conocimientos de Rivadavia: hasta San Martín (por lo menos en 1823), y el mismo Rosas en sus cartas de 1830 y 1834, ambos desconfiados por naturaleza de valores ficticios, reconocen su “vasta erudición”.

Entre quienes no creyeron en la cultura de Rivadavia, y llegaron a burlarse inexorablemente del Padre de las Luces estuvieron el padre Castañeda, hombre de sólida formación filosófica, y Pedro de Ángelis, humanista y erudito a toda prueba. ¿Nuestra opinión?... Rivadavia no escribió un libro, ni dictó una cátedra. Su talento y conocimientos se manifestaron, por lo tanto, en su conversación particular, epístolas, discursos y decretos de gobierno. Nadie ha mencionado una frase feliz o un giro brillante de la conversación de Rivadavia, y sus cartas no pasan de una medianía. Los discursos no revelan precisamente ese enorme talento. En el inaugural de la presidencia, dijo: “...Organizar los elementos sociales que ellos tienen (los Estados) de manera que produzcan cada vez, en menor tiempo, el resultado mayor y mejor. Esto es lo que hay de verdad cuando se dice que se crea, y esto también pone delante de vosotros (los diputados) uno de aquellos avisos de refracción que el Presidente no puede dejar de recomendar: el que los señores diputados lo tengan siempre delante de sí, y es el que sólo la sanción que regle lo que existe o para cortar el deterioro o para que produzca todo lo que da su vigor natural tiene efecto, y por consiguiente, obtendrá la autoridad que da el acierto y la duración que sólo puede garantir el bien”. En esta frase se encuentra de todo: anfibología, solecismos, barbarismos, monotonía. Y después de descifrar con trabajo ese aviso de refracción que la Presidencia recomienda a los diputados tener delante de sí, resulta que se reduce a una verdad de Pero Grullo: quitar lo malo y dejar lo bueno. Quedan sus decretos de gobierno. En el Registro Oficial de Rivadavia han encontrado sus admiradores la prueba de sus conocimientos y su afán civilizador. Aunque sea por las tapas. Alguna vez un diputado o senador comparó a Rivadavia con Rosas, por supuesto en beneficio de aquél, por el número de decretos de gobierno producidos por uno y otro. En sus decretos de gobierno, Rivadavia enseñaba de todo: para nombrar a un jardinero con 50 pesos mensuales dictaba una cátedra de botánica en quince artículos cuya parte dispositiva se resume: “las funciones del jardinero son... plantar y cultivar todo árbol de utilidad para paseo, combustible y todo género de combustible; plantar y cultivar todo género de flores, árboles frutales, plantas medicinales, granos, pastos y hortalizas”. (Registro Nacional Nº 1998, tomo II, Pág. 135). Crea una Academia de Medicina y Ciencias Exactas para encargarse de “formar una colección demostrativa de la geología y de las aves del país”: tamaña colección de despropósitos no puede ser más estrafalaria, pero está allí en el decreto del 31 de diciembre de 1823. Y no solamente hace danzar juntas a la medicina, a las ciencias exactas, a la geología y a las aves del país para ilustración de los lectores del Registro Oficial, sino que dicta un Reglamento para la Escuela de Partos, en enero de 1824, dando una completa enseñanza de ginecología y obstetricia: el objeto del primer año de estudios es conocer “las partes huesosas que constituyen la pelvis, el útero, el feto y sus dependencias, la vejiga, la orina y el recto”. En estos decretos administrativos está el sólido pedestal de la cultura de Rivadavia. O nuestros gigantes padres los conocieron solamente por las tapas, como el diputado o senador de marras, o se impresionaron demasiado por la música de las palabras. (El revisionismo responde. Ediciones Pampa y Cielo. Buenos Aires)

Es cierto es que Rivadavia promulgó los más variados y extravagantes decretos, entre otros el que disponía la persecución de perros en Buenos Aires porque uno de ellos tuvo el atrevimiento de ladrar el caballo del Presidente, que, siendo mal jinete, dio con su osamenta en el barro. Esto permitió que al día siguiente, barras de chicos se divirtieran recorriendo las calles de Buenos Aires en persecución de “perros ladradores de caballos”, sobre todo si eran el “caballo del presidente”.

Sus aires de grandeza, su palabrerío, sus ”luces” (y sus admiradores y aduladores) habían logrado que Don Bernardino trepara hasta la secretaría de la Junta de Gobierno, desde donde ejercería su nefasta influencia.

Su falta de patriotismo lo llevó a desinteresarse por las luchas emancipadoras, y se dedicó más a ordenar la ciudad y a tratar de aplastar a los “brutos” caudillos del interior. Esto le llevo a tener algunas “diferencias”, entre otros, con Belgrano y San Martin.

San Martín, le escribe a O´Higgins el 20 de octubre de 1827, manifestándole: “Me dice Ud. no haber recibido más carta mías; se han extraviado, o mejor dicho se han escamoteado ocho o diez cartas mías que e tengo escritas desde mi salida de América; esto no me sorprende, pues me consta que en todo el tiempo de la administración de Rivadavia mi correspondencia ha sufrido una revista inquisitorial, la más completa. Yo he mirado esta conducta con el desprecio que merecen sus autores... ya habrá sabido la renuncia de Rivadavia. Su administración ha sido desastrosa y solo ha contribuido a dividir los ánimos. Yo he rechazado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona. Con un hombre como este al frente de la administración no creí necesario ofrecer mis servicios en la actual guerra con el Brasil por el convencimiento en que estaba, de que hubieran sido despreciados”.

En el informe de Parish (representante británico) a Caninng (Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX. H.S.Ferns. p.182) éste dice: “desgraciadamente en esta cuestión, la conducta del señor Rivadavia desde que fue nombrado Presidente ha tenido la tendencia de acarrear odio y , casi podría agregarse, ridículo a lo que pudiera considerarse una autoridad suprema…; su repentina disolución del ex Gobierno de Buenos Aires… alarmó prematuramente a las otras provincias respecto de su propia suerte y ha determinado que se considerara la cuestión de federalismo o no federalismo, en un momento y de una manera que pudiera hacer muy difícil al Gobierno poner por obra sus planes”, agregando que Rivadavia tenía “adhesión a todo lo que fuera inglés”

Alberdi, con cierta indulgencia, dirá de Rivadavia, "...la nación no de le debe nada sino el perdón de sus agravios en gracia a su buena intención y debilidad".(Alberdi, Juan Bautista. Grandes y pequeños hombres del Plata, editorial Garnier Hnos.)

También tuvo “diferencias” con Dorrego. Rivadavia era partidario del voto calificado, de la aristocracia, de los comerciantes. En cambio Dorrego defendía el voto universal, oponiéndose, también, al proyecto constitucional rivadaviano de 1826, considerándolo nulo porque se desconocía en él la voluntad general de las provincias. Tambien limitaba el voto ya que negaba el derecho de votar a los menores de veinte años, los analfabetos, los deudores fallidos, deudores del tesoro público, dementes, notoriamente vagos, criminales con pena corporal o infamante, pero también los que se presumía (domésticos y peones) que estaban bajo la influencia del patrón. Rivadavia negaba el voto a los “criados a sueldo, peones jornaleros y soldadas de línea” y con tal de mantener la hegemonía sobre las provincias, prefería desprenderse de territorio patrio porque como diría Sarmiento luego, “el problema de Argentina es la extensión de su territorio”. Así es como se perdería o separarían Tarija, Banda Oriental, Misiones Orientales, Paraguay, etcétera. Algo que muchos no le perdonarían jamás; entre ellos San Martín, que tenia “luces propias” y verdadero patriotismo.

Es por todos conocido que Rivadavia negaba todo recurso a San Martín para la guerra de emancipación, y que éste la llevaría adelante mal que le pesara a “Don Bernardino”, más preocupado por las cuestiones edilicias que por la independencia. San Martín, falto de apoyo en el Ejército del Norte, se recluyó en Mendoza como gobernador y se dedicó a preparar su campaña militar. Formó un ejercito “a pulmón”, con mano de obra mendocina que hizo desde los uniformes y la bandera del ejército hasta los cañones en la fragua de Fray Luis Beltrán. El plan libertador de San Martín consistía básicamente en un movimiento de pinzas sobre los españoles, haciéndolo él por mar y que al mismo tiempo un ejército auxiliar que avance por el norte. Con ese propósito mandó a Gutiérrez de la Fuente para que ofreciera la jefatura a Bustos (de Córdoba) para que forme un ejército con gente de las provincias del interior, y con la ayuda económica de Buenos Aires (del puerto). Bustos, pensando que su nombre sonara mal entre los porteños y con tal de ganar la voluntad de éstos, manda un emisario para que se entreviste con Rivadavia, ofreciendo ceder el mando a quien designe. Pero Rivadavia despilfarrando el dinero en cosas superfluas en aquellas circunstancias, dejó “cajoneado” el pedido de fondos, y Gutiérrez de la Fuente se volvió con las manos vacías.

“La guerra la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar. Cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las bayetitas que trabajan nuestras mujeres, y sino andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres, que lo demás no importa” (José de San Martín, al negársele los recursos para la Campaña Libertadora por parte de Rivadavia y Compañía.).

Que, Rivadavia, temeroso de que se designara jefe supremo a San Martín, boicoteó por todos los medios la reunión de un congreso constituyente en Córdoba. Un emisario de Buenos Aires, el Dean Zavaleta, le hizo saber a San Martín que la gran dificultad para reunir el congreso era su permanencia en el país. San Martín decide entonces su viaje a Europa, pero antes de partir hacia Buenos Aires, Estanislao López le advierte sobre el plan para asesinarlo en el camino, y le ofrece una escolta que lo acompañe y lo lleve "en triunfo hasta la plaza de la Victoria". No obstante la advertencia, San Martín pasa por Buenos Aires. para irse finalmente el 10 de febrero de 1824.

“Rivadavia era incapaz de lealtad, honestidad o siquiera buenas maneras en sus relaciones con los hombres que lo rodeaban con quienes estaba obligado a llevar los negocios de la comunidad. Odiaba a los hombres que eran más notables o tenían más éxito que él”. (Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX. H.S.Ferns. p.178)

También fue Rivadavia un “comerciante” y uno de los precursores y promotores de los negociados en este país. Como consecuencia del libre comercio, se produjeron, y no casualmente, saldos negativos en nuestra balanza de pagos que originaron nuestra primera deuda externa. Bernardino Rivadavia y Manuel J. García, representantes de la oligarquía porteña, se encontraban en la cúspide del poder, la influencia británica está en su apogeo. Rivadavia solicitó el cargo de Ministro Plenipotenciario de las Provincias Unidas en Francia e Inglaterra, y viajó a Londres para ser designado presidente del directorio de la compañía minera “River Plate Mining Association”. Regresó el año siguiente a Buenos Aires, asegurando que “interpondría su prestigio a favor del negocio”. Llegando a ser al mismo tiempo, Presidente de las Provincias Unidas, y director de al River Plate Mining, de capital mixto inglés - porteño. Se ocuparía entonces de nacionalizar el subsuelo de las provincias, incluidas las minas de Famatina. Informaba a Hullet (de la Minning): "El negocio que más me ha preocupado, que más me ha afectado, y sobre el cual la prudencia no me ha permitido llegar a una solución, es el de la Sociedad de Minas… todas las minas desocupadas de las provincias de Salta, Mendoza y San Juan se encuentran a disposición de La Sociedad. Con respecto a las existentes en La Rioja, cuya importancia es superior a las de las otras provincias, en el transcurso de un corto plazo, con el establecimiento de un gobierno nacional todo cuanto debe desearse se obtendrá… ello (ahora) es imposible por la posición en que ha sido colocado el Congreso; la necesidad de un cambio es evidente y las primeras medidas ya han sido tomadas. Me veo obligado a emplear la mayor circunspección para no comprometer inútilmente mi influencia y no debo decir mas por el momento". El 27 de enero de 1826 informa: "Ya no puedo demorar por más tiempo la instalación del gobierno nacional ... tan pronto que sea nombrado procederé a procurar la sanción de la ley para el contrato de la compañía" y el 14 de marzo después aprobada y reglamentada la ley : "Las minas son ya, por ley, de propiedad nacional y están exclusivamente bajo la administración del Presidente de la República" (Del presidente de la República y socio de la Minning) Detalles de estos “negocios” (para otros, por supuesto, no para los argentinos) pueden encontrarse con detalles en “Rivadavia y el Imperialismo Financiero.” (J. M. Rosa. Edición 1969)

Fue el inventor local de “la deuda eterna”. En 1824, siendo Ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, autorizó pedir un préstamo a la Baring Brothers (Inglaterra) por un millón de libras esterlinas. Este préstamo fue impuesto como parte de la estrategia geopolítica de dominación de Gran Bretaña, para condicionarnos económicamente e impedir nuestro crecimiento como Nación independiente. Respondió más a las necesidades inglesas de asegurarse la subordinación colonial que a necesidades locales. El argumento para pedir el préstamo fue el supuesto propósito de construir un puerto, fundar ciudades y dar aguas corrientes a Buenos Aires, nada de eso se hizo finalmente. Con algunas honrosas excepciones y resistencias, se aprobó el pedido y se autorizó a un ”consorcio” (Guillermo y Juan Parish Roberston, Braulio Costa, Miguel Siglos y J. Pablo Sáenz Valiente) para negociarlo en Londres al 70 % de su valor. La estafa era tan evidente que el principal banquero ingles (Nathan Rostschild) se abstuvo de participar, y finalmente se negoció con la casa Baring. El país se comprometió por una deuda de 1.000.000 de Libras al 6 % de interés anual garantizadas con rentas y hasta con tierra pública. Del millón de Libras se descontó la comisión del “consorcio” (120.000 Libras), intereses y “servicios” adelantados, quedando en definitiva un saldo de 560.000 Libras, que se debía recibir por el millón que se endeudaba. Cuando el gobierno reclama el envío del dinero, Baring remite 2.000 en monedas de oro, 62.000 en letras de cambio (papeles) y propone por “prudencia de mandar dinero a tanta distancia”, dejar depositado en su banco los 500.000 restantes, pagando 3 % de interés anual. Los Hermanos Baring no eran solamente banqueros, sino funcionarios de los organismos de la política imperial: la Tesorería Británica, el Ministerio de Hacienda, y de la Compañía de Indias. Rivadavia garantizó el pago de esa deuda con las tierras públicas de Buenos Aires (Ley de enfiteusis). Posteriormente extendió la garantía hipotecaria a todas las tierras públicas de la Nación. (“quedan especialmente afectadas al pago de la deuda nacional, la tierra y demás bienes inmuebles de propiedad pública cuya enajenación se prohíbe”).Ya no pudieron venderse tierras públicas con fines de colonización. Con el mismo propósito el Imperio Británico concedió préstamos a varios países latinoamericanos (México, Colombia, Chile, Perú, Centroamérica) que se estaban independizando de España. Como era lógico suponer, faltó dinero para pagar esa deuda. En consecuencia, en 1828 se liquidó la escuadra naval y se dieron en pago dos fragatas que se estaban construyendo en Inglaterra. De este modo, cuando se produjo la usurpación de las Malvinas por los ingleses, cinco años más tarde, no hubo fuerza naval para contrarrestarla. Obviamente, esto estuvo planificado por los acreedores, y su cómplice, Rivadavia. Los mismos ingleses, admitieron el carácter fraudulento de esta negociación. Ferdinand White, espía inglés, enviado por la Baring al Río de la Plata, condenó los aspectos delictuosos de este acuerdo. Fue una operación usurera, un acto de saqueo y sumisión y el primer acto de corrupción ligado a la deuda externa. Según Raúl Scalabrini Ortiz, de la suma recibida, sólo llegaron al Río de la Plata en oro, como estaba convenido, el 4% de lo pactado, o sean 20.678 libras. El primer negociador del empréstito Baring, fue Manuel José García, ministro de Hacienda de Martín Rodríguez, gobernador de Buenos Aires de 1821 a 1824. Rivadavia, también fue ministro de este gobierno. García utilizó toda su influencia, para que se perdiera el Alto Perú. Fue agente de Rivadavia, cuando se pactó la entrega de la Banda Oriental al Emperador de Brasil. Llevó adelante una política antinacional que favoreció los intereses británicos. Fue por esa época que el ministro inglés dijera “América española es libre y si sabemos actuar con habilidad será nuestra” (George Canning, después de reconocer la independencia de las colonias latinoamericanas en la época en que el grupo rivadaviano concertaba el primer empréstito con la Baring) (Historia universal. Editorial Daimon).

Argentina había vencido a Brasil en Ituzaingó, y faltaba el empujón final. Alvear quería llegar hasta Río de Janeiro, pero los ingleses tenían otros planes: la “Federación del Uruguay”. Era un proyecto británico para formar un Estado reuniendo a la Banda Oriental, Río Grande, Entre Ríos, Corrientes y Paraguay, que compensara el poderío de la Confederación y del Imperio. Rivadavia, más interesado en el negocio con los ingleses y en someter al interior, hizo regresar el ejército y firmar un tratado vergonzoso a través de García e imponer “la organización a palos” en el interior, aun a costa de ceder la Banda Oriental. Prevalecen las palabras del ministro Agüero de “la paz a cualquier precio”. Los federales piden el gobierno y que les dejen a ellos el peso de la guerra pero Rivadavia prefería perder la guerra y la banda oriental, antes que dejarle el gobierno a los federales. Fue un arreglo tan vergonzoso que ante la indignación popular Rivadavia intentó usar a García de chivo expiatorio: “no sólo ha traspasado sus instrucciones sino contravenido a la letra y espíritu de ellas” que ”destruye el honor nacional y ataca la intendencia y todos los intereses de la República” e intenta desconocer el arreglo.

“El tribuno”, de Dorrego, publica el “Reports” del capitán Head y la correspondencia entre éste y Rivadavia sobre el escandaloso negociado de las minas del Famatina. Se da cuenta de los sueldos según “libros” de la Mining a Rivadavia, las comisiones y tráfico de influencias (para más detalles ver J. M Rosa Historia Argentina tomo IV).

Rivadavia no puede tapar tanta mugre con un pañuelo, y renuncia verborrágicamente: “Me es penoso no poder exponer a la faz del mundo los motivos que justifican mi irrevocable decisión (también, como para exponer al mundo los motivos)… He dado a la patria días de gloria (¿?)…he sostenido hasta el último punto la honra y dignidad de la Nación (menos la honra propia)…Dificultades de nuevo orden que no me fue dado prever (¿?) han venido a convencerme de que mis servicios no pueden en lo sucesivo serle de utilidad alguna (le habrán sido alguna vez?)...sensible es no poder satisfacer al mundo de los motivos irresistibles que justifican esta decidida resolución. Quizás hoy no se hará justicia a la nobleza y sinceridad de mis sentimientos, mas yo cuento con que al menos me hará algún día la posteridad, me hará la historia”

¿Sabría anticipadamente que Mitre y Sarmiento se ocuparían de la historia ?.

Fuente: www.pensamientonacional.com.ar

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