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20 de Julio 1979 – Nicaragua

La Junta de Reconstrucción Nacional Nicaragüense llega a Managua y asume el poder tras la derrota definitiva de la Guardia Nacional de Somoza por las tropas del Frente Sandinista de Liberación Nacional. 
Se conoce como Revolución Sandinista o Revolución Nicaragüense al proceso abierto en Nicaragua en 1978, y que se extendió hasta febrero de 1990, protagonizado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (llamado así en memoria de Augusto Nicolas Calderón Sandino) en el que se puso fin a la dictadura de la familia Somoza, derrotando al hijo de Anastasio Somoza, Anastasio Somoza Debayle, sustituyéndolo por un gobierno de perfil progresista de izquierda.
La lucha contra la dictadura de los Somoza, que ya había comenzado a finales de los años 50 del siglo XX se intensifica significativamente en 1978. En marzo de 1979 se firma el acuerdo de unidad por parte de los representantes de las tres fracciones sandinistas y se decide impulsar la lucha. En junio se hace el llamamiento a la "Ofensiva Final" y a la huelga general y el 19 de julio de 1979 las columnas guerrilleras del FSLN entran en Managua, con un amplio respaldo popular, consumando la derrota de Anastasio Somoza Debayle.
El nuevo gobierno, formado por un amplio espectro ideológico con presencia socialdemócrata, socialista, Marxista-leninista y con una influencia muy grande de la teología de la liberación, trataron de introducir reformas en los aspectos socio-económicos y políticos del Estado nicaragüense, tratando además los problemas relativos a la sanidad, la educación y reparto de la tierra que el país sufría. Logrando avances significativos y reconocidos internacionalmente.
La oposición armada realizada y organizada por los Estados Unidos, que organizó la llamada contra y hundió al país en una guerra civil. Esto, junto con diversos errores de gobierno achacables a la inexperiencia de los sandinistas, llevaron a Nicaragua a una posición económica crítica, causando que el FSLN perdiera las elecciones de febrero de 1990 frente a la Unión Nacional Opositora presidida por Violeta Chamorro, poniendo fin al periodo revolucionario.
Evaluando la experiencia revolucionaria de Nicaragua en los años 80 -desde el punto de vista histórico- se puede decir que implicó un ascenso de los sectores populares en la vida política nacional, quienes tuvieron, en líneas generales, una movilidad social ascendente por los derechos y oportunidades socioeconómicas que se generaron, y por primera vez la disputa política y la hegemonía en lo político y lo ideológico ya no sólo estaban en el campo de la derecha (el tradicional rejuego de derecha, el rejuego libero-conservador y las concepciones derivadas de ello quedaban superados), sino que se tenía que disputar con la izquierda, representada por el sandinismo, que surge con Sandino y se consolida con el FSLN, a quien le corresponde dirigir la revolución.
Con respecto a la experiencia revolucionaria de los años 80, desde el punto de vista político se ve un avance en una concepción de democracia integral, no sólo reivindicando la democracia representativa sino dándole fuerza efectiva a la democracia participativa, no reduciendo la democracia a lo político sino concibiéndola en su amplia expresión: lo económico, lo social y lo cultural. Efectivamente, de manera importante la sociedad, la política, la economía y la cultura se democratizaron en los años 80, lo que permitió avanzar en la igualdad y la justicia social. Pero también la revolución creó un nuevo marco jurídico (progresista) y una nueva institucionalidad que, entre otros aspectos, se expresa en la creación de un Ejército y una Policía de nuevo tipo en el país.
En lo económico se impulsaron proyectos que permitieran sacar a Nicaragua del atraso y el subdesarrollo, dándole fuerza al sector nacional y estatal de la economía e impulsando un proceso de agro industrialización que permitiera superar el tradicional ciclo de simples productores de materias prima. El alcance de las transformaciones económicas fue limitado, condicionado por múltiples factores adversos, entre ellos la guerra, el bloqueo económico y la crisis económica internacional. Pese a eso “lo poco que había se compartía”, la economía se democratizó porque se distribuyó de mejor manera la riqueza.
El país avanzó en el rescate de su cultura nacional y en su dignidad nacional, lo que tuvo como acicate las políticas revolucionarias impulsadas y la resistencia a la política de agresión del imperialismo yanqui en los años 80.
Efectivamente -como ha sucedido en la historia de la humanidad- cuando se han producido revoluciones o experiencias revolucionarias, las fuerzas derrotadas, las opuestas a los cambios, las que pretenden mantener los privilegios de los sectores minoritarios, resisten o se enfrentan a las fuerzas revolucionarias, tratando de detener o derrotar la revolución. Nicaragua no fue la excepción. Y si se pretende ser objetivo en el análisis histórico y socio-político de los años 80 en Nicaragua, tenemos que hacerlo a partir de la comprensión de la dinámica del enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución, poniendo en la balanza el papel de los distintos actores en el avance o retroceso del país. Es claro que en los años 80 se generó una contrarrevolución que fue oxigenada y determinada por una fuerza externa poderosa, el imperialismo estadounidense, que no derrotó la revolución aunque sí la desgastó, evitando que ésta avanzara en mayores logros sociales y económicos. Al final el enfrentamiento revolución/contrarrevolución tuvo un escenario de salida: la derrota electoral del FSLN en febrero de 1990. Sin embargo, la revolución no fue derrotada militarmente (y por eso sus instituciones más características se preservaron), tampoco políticamente, ya que el sandinismo preservó espacio de poder y de representación, un ordenamiento jurídico y una institucionalidad sustentada en la Constitución Política de 1987, que sigue vigente hasta nuestros días.

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