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24 de julio 1911 - Perú

El estadounidense Hiram Bingham descubre las ruinas de Machu Pichu, la ciudad sagrada de la civilización incaica. 
El hombre que cambió el curso de la historia del Perú al descubrir su más grande patrimonio cultural nació en la lejana isla de Oahu, Hawaii, el 19 de noviembre de 1875, descendiente del colono Thomas Bingham, que llegó al nuevo continente en 1650 para asentarse en Connecticut. Sus abuelos fueron los primeros misioneros protestantes en arribar a Hawaii, y casi sin ayuda emprendieron la cristianización de las islas. Su padre, Hiram Bingham II, realizó un intenso trabajo misionero en las islas Gilbert, y tradujo la Biblia en el idioma de este archipiélago.
En su prólogo a la obra La ciudad perdida de los incas, Hugh Thompson describe a Bingham como “...alto, medía poco menos de dos metros, delgado y era un gran jugador de tenis... su carisma y su buena apariencia lo ayudaron a subir en la escalera política ”.
El joven Hiram estudió entre 1882 y 1992 en la Punahou School y el Oahu College antes de emigrar al continente, donde continuó sus estudios en el Phillips Academy, de Massachusetts, y luego en la Universidad de Yale, en la que graduó en 1898. Luego, obtendría un posgrado en Historia y Ciencias Políticas en Berkeley, y finalmente un doctorado en Harvard, en 1905.
En 1900 -a los 25 años- se casó con Alfreda Mitchell, hija de una acaudalada familia a través de la cual consiguió la comodidad material que le permitió emprender sus exploraciones futuras. Juntos tuvieron siete hijos.
En noviembre de 1906, el profesor Bingham emprendió un viaje a Sudamérica, siguiendo la ruta de Simón Bolívar, cuyas incidencias fueron publicadas bajo el título de Journal of an Expedition Across Venezuela and Columbia. Su afán explorador lo llevó luego a recorrer las antiguas rutas de comercio entre Buenos Aires y Lima, cuyas peripecias están contenidas en el libro Across South America. Finalmente, en 1911, Hiram Bingham regresó a la región a la cabeza de una expedición auspiciada en gran parte por sus compañeros de Yale, que compartían el mismo espíritu aventurero.
Su buena suerte y una avidez de aventuras que le permitieran escapar de rígido ambiente paternal, llevaron de regreso a Bingham a las escarpadas laderas orientales de los Andes peruanos en busca Vitcos, la última capital de los incas rebeldes, aunque el motivo principal del viaje hubiera sido la ascensión del volcán Coropuna (6.494 msnm), que a inicios del siglo XX se tenía erróneamente como la cima de Sudamérica.
Mucho se ha escrito sobre el descubrimiento de Bingham, de su poco ortodoxo método de excavación, incluso se le ha mezquinado el crédito de descubridor, debido a que otros visitaron y documentaron Machu Picchu antes que él. Pero como indica Thompson: “si bien no fue la primera persona en haber visto las ruinas, sí fue el primero en darse cuenta de su importancia, y fue él quien las dio a conocer al mundo ”.
Su ‘nueva ciudad inca ’ como describió a Machu Picchu en una carta a su esposa Alfreda le valió la primera beca de arqueología otorgada por la Nacional Geographic Society, con cuyo auspicio regresó a excavar en 1912, 1914 y 1915. En 1913, la revista de la Sociedad publicó un extenso informe escrito por Bingham, titulado In the wonderlands of Peru, en el que su autor describe a su hallazgo como “la ruina más grande e importante descubierta en Sudamérica desde los días de la conquista española”. La leyenda había comenzado.
En sus expediciones sucesivas, Bingham descubrió el camino inca a Machu Picchu y las ciudadelas de Espíritu Pampa y Vitcos, así como otros asentamientos menores. Con la fama ganada en su país pudo abocarse en cuerpo y alma a la investigación del pasado inca hasta recorrer cada rincón de la cordillera de Vilcabamaba.
En 1916, con el ingreso de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, Bingham se enlista, a los 41 años, en la aviación en la cual alcanza el rango de coronel. De agosto a diciembre de 1918 comanda la escuela de vuelo de Issoudun, en Francia.
De regreso a su país, Bingham tentó una meteórica carrera política y llegó a ser gobernador de Connecticut y luego senador, puesto en el que fue reelecto en 1926. Sin embargo, la contratación de un lobista le valió la censura total de sus colegas en el Senado en 1929, lo cual empañó su carrera.
Separado de su esposa Alfreda, Hiram Bingham se casó con Suzanne Carroll Hill, y alejado de la política y los discursos, y se abocó a escribir el libro definitivo de su gran descubrimiento: La ciudad perdida de los incas, en donde resume, a la luz de los años pasados, lo que el Che Guevara describiera como: “la coronación de todos los sueños más puros de un niño adulto ”. Murió en Washington, a los 80 años, el 6 de junio de 1956.

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