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26 de julio 1822 - Perú

El Cabildo dispone el arresto Bernardo Monteagudo, ex ministro.

Intervino en las luchas por la liberación del territorio que hoy ocupan cuatro repúblicas, algunas de las cuales se disputaron el honor de tenerlo por hijo, pero él mismo declara, siendo prisionero de los realistas en la provincia de Charcas el 1° de Junio de 1809, tener 19 años y ser natural de la ciudad de San Miguel de Tucumán.
Nació en Tucumán en 1789, posiblemente el 20 de Agosto, según la tradición oral recogida por los vecinos D. Florencio Sal y el Obispo Moisés Aráoz. Además de la fecha también señalaban que el lugar de su nacimiento fue en la llamada en ese entonces calle de San Francisco que es la actual 9 de Julio hoy correspondiente a los números 8, 10 y 14. Esta tradición se refuerza por ser el 20 de agosto el día de San Bernardo y con dos expedientes que se encuentran en el Archivo General de la Nación caratulados “Proceso del Desaguadero” y “Proceso de Residencia” en donde declara el 10 de diciembre de 1811 tener 22 años y el 3 de Junio de 1815 tener 25 años, o sea que su cumpleaños tenía que ser entre ambas fechas
Su padre fue Miguel Monteagudo, español, natural de Cuenca en Castilla la Nueva y, según lo declara en su testamento, era hijo de Pedro Monteagudo y María Alexandró, casado en primeras nupcias con Catalina Cáceres natural de la ciudad de Jujuy e hija legítima de D. Baltasar Cáceres Montes de Oca y Da. Gabriela Bramajo o Gramajo (creo que este último es el apellido correcto). Habían contraído matrimonio en Chuquisaca el 11-3-1786. Al año siguiente se trasladaron a S. M. de Tucumán, donde sus familiares tenían una buena situación económica.
Hizo sus primeros estudios con el padre José Antonio Medina y luego pasó a Chuquisaca donde se graduó en Teología en 1805, y en 1806 como bachiller en Derecho Canónico. En 1807 pasó a la Academia Carolina donde leyó en público su tesis doctoral: “El origen de la sociedad y sus medios de mantenimiento”, recibiendo cuatro meses después, el 22 de septiembre de 1808, el título de “Doctor en ambos Derechos”.
Fue abogado de la Real Audiencia y Defensor de Pobres. Actuó en la insurrección de Chuquisaca el 25 de mayo de 1809, precursora de nuestra Revolución de Mayo, y luego fue enviado a Potosí por la Junta Revolucionaria que en La Paz se levantó en armas el 16 de julio del mismo año, con el propósito de crear un gobierno propio separado de España. El movimiento fue apoyado por las milicias y el Cabildo.
En su escrito “Diálogo entre Atahualpa y Fernando VII”, que circuló manuscrito, muestra su adhesión a la causa revolucionaria y causó tal efecto que una vez derrotada la revuelta, en febrero de 1810, fue capturado por los realistas cuando se dirigía en misión a Tupiza y a los pocos días fue condenado a muerte.
Al enterarse del avance del ejército patriota por el Alto Perú logró fugarse el 4 de noviembre uniéndose a las tropas argentinas acampadas en Suipacha bajo las órdenes de Balcarce y Castelli, en ese momento jefe del Ejército del Norte, quien lo nombró su secretario y auditor de guerra. Tres días después, el 7 de noviembre, se libró la batalla de la victoria, luego entró con el ejército triunfante en Charcas y después en Potosí. El recibimiento en ambos lugares fue apoteótico.
Estaban impedidos a seguir por orden de Moreno que consideraba al río Desaguadero el límite del Virreinato. Pero igualmente Monteagudo predicó que el objetivo político de la Revolución era la liberación de la América Española y la necesidad de unir a todos los pueblos en una gran nación.
Las tropas patriotas acamparon ociosas a orillas del río límite. Al no poder avanzar pactaron con Goyeneche, jefe del ejército realista, la no agresión. Es sabida una vieja norma militar que enseña que un ejército en campaña nunca debe quedarse con los brazos cruzados.
Al cundir la molicie el entusiasmo bélico iba canalizándose hacia otros entusiasmos y para colmo un grupo de oficiales argentinos no encontraron mejor ocupación que farsarse del acendrado catolicismo de los altoperuanos. En la capilla del pueblo de Loja se disfrazan de sacerdotes y se burlan de las tradiciones religiosas. Algunos historiadores acusan a Monteagudo de ser el promotor de estas actitudes.
Este anticlericalismo fuera de lugar cayó como una bomba en el religioso pueblo del Alto Perú, y el primitivo y masivo apoyo al movimiento revolucionario se volvió en su contra desertando día a día de la causa patriota y pasándose a las filas de Goyeneche.
La tontería de un puñado de libres pensadores argentinos transformó una guerra de liberación que contaba con el apoyo popular, en una guerra santa en la que sin esfuerzo y apoyado por la población que había contribuido a expulsarlo, Goyeneche derrotó a Castelli y a Balcarce en Huaqui
Después de Huaqui es destituido Castelli y Monteagudo fue arrestado y llevado a Tucumán. Mientras estuvo prisionero en Tucumán era muy visitado y todos elogiaban su fácil conversación “era capaz de hablar todo el día”, según narra una carta de la época.
El Triunvirato lo liberó al poco tiempo, viajó a Buenos Aires y el gobierno le encomendó la redacción de La Gazeta de Buenos Aires en 1811, siendo célebres sus artículos de doctrina revolucionaria pidiendo que se proclame inmediatamente la independencia y afirmando que la soberanía reside en el pueblo y en la autoridad de las leyes. Desarrolló la idea de utilizar la institución romana de la dictadura hasta que pase el “peligro español”.
Desaparecida la publicación Monteagudo publicó la suya propia “Mártir o Libre” de breve existencia. Fue orador en la sesión inaugural de la Sociedad Patriótica (1812) y dirigió el “Grito del Sud”. Actuó sin contemplaciones como uno de los jueces de la conspiración de Alzaga, y también en la sedición que derrocó al primer Triunvirato el 8 de octubre de 1812 en el que el pueblo de Buenos Aires, junto con el ejército en el que estaba el regimiento de Granaderos a Caballo dirigido por San Martín y Alvear, depuso al Triunvirato cuya cabeza era Rivadavia.
Con las ideas de Filadelfia y de la Revolución Francesa, elaboró el proyecto de constitución que prohijaba la Sociedad Patriótica. Representó a Mendoza en la Asamblea de 1813 de la que fue redactor.
La Sociedad Patriótica le encomendó la tarea de mandar a hacer una lámina de plata con sobre puesta de oro dedicada a la valerosa ciudad de San Miguel de Tucumán para dar un “testimonio público de gratitud y alta consideración hacia ese pueblo” en conmemoración de la victoria del 24 de septiembre “La victoria del 24 de Septiembre en Tucumán será siempre mirada como el lucero más notable de la revolución”.(1)
En 1815 siguió su acción de periodista político en “El Independiente”.
A la caída de Alvear fue tomado preso y desterrado, pero logró fugarse. Estuvo en Río de Janeiro y pasó a Londres y París.
Volvió a Buenos Aires en 1817, pero fue arrestado y confinado en Mendoza. Luego pasó a Chile presentándose a San Martín, flamante vencedor de Chacabuco, quien lo nombró auditor de guerra del Ejército.
Fue redactor, a pedido de O´Higgins, del Acta de la Independencia de Chile. Después de Cancha Rayada, volvió a Mendoza para intervenir en el juicio a los Carrera, firmando su sentencia de muerte.
Tras una breve estada en Chile actuó en San Luis en el proceso contra los revolucionarios de 1819.
Nuevamente en Chile reasumió su cargo con el grado de teniente coronel.
Publicó el periódico “El Censor de la Revolución”. Luego partió en la expedición al Perú con San Martín, entrando triunfalmente en Lima el 9 de julio de 1821 y el 28 en el Cabildo Abierto juró la Independencia del Perú. Allí publicó el “Boletín del Ejército” y luego “El Pacificador del Perú”.
Actuó en la confección del Estatuto Provisorio del Perú.
San Martín, elegido “Protector del Perú” nombró a Monteagudo ministro de Guerra y Marina y luego de Gobierno y Relaciones Exteriores.
Tomó una serie de medidas violentas anti españolas que hicieron detonar en 1822 una rebelión en su contra.
Se fue a Panamá donde el Intendente del Istmo, don José María Carreño, lo recibió con los honores de “quien tanto había hecho por la emancipación americana” y luego pasó a Quito donde escribió su “Memoria” y conoció a Bolívar.
Actuó también en Guatemala postulando el Congreso Continental y volvió al Perú en 1823.
Recorrió nueve países americanos siempre en pos de su ideal de libertad para los pueblos de América.
La noche del 28 de enero de 1825 fue asesinado en la calle del Convento de San Juan de Dios en la ciudad de Lima y a pesar de que su muerte es atribuida a su borrascosa vida galante, nunca se establecieron las causas reales de ella.
Al ser asesinado no dejó bienes lo que significa un mentís rotundo a los infundios de sus enemigos que decían que “vivía en medio del fasto y las magnificencias”.

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