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05 de Agosto 1868 - Paraguay

El coronel paraguayo Martínez se rinde en Laguna Verá ante las tropas del general argentino Ignacio Rivas
Se produce un combate cuerpo a cuerpo entre tropas argentinas y paraguayas. Las fuerzas paraguayas fueron aniquiladas. Frente a Humaitá, el río forma una gran península baja y anegadiza, cortada por la Laguna Verá, que desde poca distancia del río se extiende hasta cerca del arroyo Timbó. El punto de desembarco de los evacuados estaba al norte de Humaitá, en la llamada Isla Poí, siendo en realidad una lengua de tierra montuosa que se interna en Laguna Verá. La primera disposición de Martínez fue cruzar al otro lado de la laguna a mujeres, niños y enfermos, en embarcaciones y a través de un canal abierto ex profeso. En principio no hubo dificultades, pero advertido el movimiento por los aliados, el general Rivas, con elementos que disponía más 14 batallones de infantería y 2 batería de artillería que le envió Caxias, mandó extender un cerco infranqueable frente a los paraguayos, contando además con una escuadrilla de botes y canoas, cuatro de ellos artillados en la proa, haciendo imposible el paso hacia Timbó. Acosados por el hambre y el continuo bombardeo aliado, que en una semana arrojó 10.000 bombas, la situación de los paraguayos no podía ser peor. Ni bien oscurecía, los paraguayos avanzaban embarcados, y a poco andar se topaban con las canoas aliadas, produciéndose desesperados combates en las sombras de la noche, amaneciendo el día la laguna teñida de sangre. La última tentativa tuvo lugar el 30 de julio, en que unas 400 personas, entre ellas mujeres y niños, intentaron abrirse paso a través del cerco infranqueable. Las canoas quedaron llenas de muertos, y los aliados no pudieron soportar el espanto de la escena: “Al traer las canoas al puerto – le escribe Gelly y Obes a Mitre - fue cuando todos quedaron espantados de lo que veían pues que al remover los cuerpos, para saber si había heridos, se encontraron con varias mujeres muertas, que venían con camiseta de soldado, y con éstas varias criaturas, también muertas”. El mismo Obes dice que, con motivo del combate, fue a verlo a Rivas y “lo encontré todavía afectado por el espantoso cuadro que había presenciado” Quedaban aún en Isla Poi, 1.800 paraguayos permanentemente bombardeados y diezmados por el hambre, muriendo algunos de inanición ante el agotamiento completo de provisiones. Conmovido por la situación, envía Rivas parlamentarios en tres oportunidades con proposiciones de capitulación, que son sucesivamente rechazadas por Martínez. Intervienen inclusive religiosos, que portando una cruz llegaron hasta los sitiados, hasta que finalmente Martínez acepta conferenciar con la condición de que los paraguayos no sean incorporados al ejército aliado y obligados a pelear contra su Patria, como había sucedido en el transcurso de la guerra. No solo a esto accedió Rivas, sino que además prometió que los jefes y oficiales conservarían sus espadas. Según el parte de Rivas, cayeron en su poder 4 jefes, 95 oficiales, 300 heridos y enfermos, y 900 soldados. Pocos días después, el general Bernardino Caballero recibe la orden de evacuar Timbó, trasladando a Monte Lindo la artillería, y pasando de aquí a incorporarse al ejército, detrás del Tebicuary. Ignacio Rivas Nació en Paysandú, Uruguay y falleció en Buenos Aires en abril de 1880. Militar argentino de origen uruguayo, luchó en las guerras civiles argentinas, en la guerra del Paraguay y secundó a Bartolomé Mitre en la revolución de 1874. Se enroló como cadete en la defensa de Montevideo contra el sitio de Manuel Oribe, durante la “Guerra Grande”, y se hizo amigo de Mitre. Participó en la batalla de Caseros y en la lucha contra los federales de Buenos Aires, en 1852 y 1853. Prestó servicios en la frontera con la Confederación Argentina, y secundó a Manuel Hornos en la batalla de El Tala (8 de noviembre de 1854), repeliendo la invasión de Hilario Lagos. Al año siguiente fue enviado a la frontera sur con los indios, con sede en Azul. Meses después fundó el fuerte Olavarría, que doce años más tarde se convertiría en la ciudad de ese nombre. Participó en la batalla de Tapalqué, en que junto a Hornos repelieron el ataque de Calfucurá. Meses después reprimió el alzamiento de los italianos de la Legión Agrícola Militar de Bahía Blanca. En 1858 fue ascendido a coronel y nombrado comandante de la frontera sur. Peleó en la batalla de Cepeda (1859) como jefe de un regimiento de caballería. Regresó al fuerte Cruz de Guerra, donde repelió un ataque de indios de Calfucurá, que ayudando a los federales en su intento de controlar el sur de la provincia avanzaron hasta el arroyo Chico que cruza la estancia San Juan, donde fueron finalmente rechazados. En 1861 luchó también en la batalla de Pavón. Semanas después fue puesto al mando de una división de 2.000 hombres que debía invadir las provincias de Cuyo, de la cual era segundo jefe el “coronel” Domingo Faustino Sarmiento. Puso a éste como gobernador de San Juan, a Luis Molina en Mendoza y a Justo Daract en San Luis. En ningún caso organizó elecciones. Participó en las campañas contra el “Chacho” Peñaloza, que convulsionó a siete provincias contra los invasores porteños. Persiguió a los montoneros por toda La Rioja y San Luis, y lo venció en las batallas de Las Mulitas y Los Gigantes. Pero convenció a Mitre de que debía llegarse a un acuerdo con Peñaloza, porque era la única garantía real de paz. Por ello firmó con él el Tratado de La Banderita, por el que se negoció la sumisión del Chacho y de sus hombres, a cambio de una amnistía para todos los montoneros. Terminada la firma de los tratados, el Chacho entregó los oficiales prisioneros que tenía en su poder, y a cambio no recibió nada: todos los oficiales presos habían sido fusilados. Regresó a Azul y peleó algunos combates contra los indios. En abril de 1865 se incorporó a la división de Wenceslao Paunero, marchando a la guerra del Paraguay. Peleó en el asalto a Corrientes, en Yatay, Estero Bellaco y Tuyutí. Fue el jefe del primer regimiento que inició el heroico y estúpido asalto a Curupaytí, donde los aliados tuvieron diez mil bajas y los defensores menos de setenta. Fue herido de gravedad, pero aun así siguió combatiendo; Mitre lo ascendió a general. Tras un tiempo de recuperación en Buenos Aires, dirigió una campaña a través del Chaco para tomar por la espalda la fortaleza de Humaitá pero fracasó. Participó también en las campañas finales de esa guerra, que permitieron tomar Asunción, luchando en la batalla de Lomas Valentinas. Regresó a Buenos Aires en 1869 y fue nombrado comandante de las secciones de fronteras del sur de la provincia de Buenos Aires. A mediados de 1870 pasó a Entre Ríos, a aplastar la sublevación del último caudillo federal, Ricardo López Jordán, como jefe de los departamentos de la costa del río Uruguay. El 12 de octubre de ese año lo derrotó en la batalla de Santa Rosa y, poco después, con la ayuda del general Gelly, lo venció nuevamente en batalla de Don Cristóbal. En marzo de 1872, el gran cacique Calfucurá dirigió una gran entrada de indios en territorio cristiano, como otras veces. Pero, por una vez, cometió el terrible error de enfrentar en campo abierto y en batalla general a las fuerzas que salían a perseguirlo. El general Rivas lo derrotó completamente en la batalla de San Carlos de Bolívar, cerca de San Carlos de Bolívar. Fue la peor derrota de los indios en mucho tiempo, e inició la retirada final de éstos de la provincia de Buenos Aires. Pocas semanas más tarde moría Calfucurá, y Rivas aprovechó para hacer una campaña dentro del territorio indígena, capturando Atreucó, uno de los principales campamentos de Calfucurá. En 1874 fue uno de los gestores de la revolución de los partidarios de Mitre contra el presidente Nicolás Avellaneda. Éste había ganado con ayuda del fraude, de la misma forma que Mitre lo había utilizado a su favor. Pero Mitre creyó que había alguna diferencia entre su fraude y el de los demás, y se lanzó a la revolución. Rivas organizó las fuerzas en el interior de la provincia de Buenos Aires, y luego se puso a órdenes de Mitre. Pero si bien lograron reunir importantes contingentes, no obtuvieron ninguna victoria importante. Por orden de Mitre, se dirigieron hacia el norte de la provincia, pero en su camino encontraron al coronel José Inocencio Arias atrincherado en la estancia La Verde; atacaron las excelentes posiciones de éste y fueron completamente derrotados el 26 de noviembre. Una semana más tarde, se rindieron y firmó el tratado de paz de Junín. Fue llevado preso a Buenos Aires, y se pidió para él la pena de muerte. Tras unos meses de prisión fue dado de baja e indultado por Avellaneda. Fue reincorporado al ejército en 1877, pero no se le dio mando de tropas, ya que lo consideraban peligroso. Por eso no participó en la campaña del desierto del general Roca.

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