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Cuando la historia es política

"Pacho" O`Donnell y Artigas 

Rafael Rey

pacholejendo-chicoJacques Le Goff sostuvo alguna vez que la memoria histórica es una memoria selectiva, que vuelve "inevitable que acaben existiendo afinidades entre un determinado momento histórico y el pasado tal como este momento lo lee". La reflexión del gran historiador francés resulta perfecta para entender Artigas. La versión popular de la Revolución de Mayo, el más reciente libro del escritor argentino Pacho O`Donnell. Hay mucho de selectivo; mucha afinidad entre el actual contexto histórico de la República Argentina, la interpretación que se está haciendo del pasado en ese país y la publicación de este libro sobre el caudillo oriental José Artigas.

Lejos de la rigurosidad científica de la Historia, O`Donnell elaboró una suerte de alegato sobre la figura y el pensamiento "popular, federal y americanista" de Artigas, a quien el escritor argentino considera "mucho más que un prócer uruguayo". Es al mismo tiempo una reivindicación del caudillo oriental frente al "enterramiento histórico" por parte de la "Historia Oficial" argentina, personificada en las figuras de Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López. Y una muestra de que la Historia es un terreno de disputa política.
O`Donnell estuvo de paso por Montevideo.

LA ESCRITURA DEL EMPATE.

-¿Por qué un libro sobre Artigas? ¿Sigue vigente?

-Nunca he escrito libros con una finalidad que no sea la del entusiasmo por el tema. Sólo puedo escribir sobre aquello que me interesa profundamente. Me interné en Artigas en mi libro sobre los caudillos federales. Me pareció fascinante; era una personalidad que desconocía en gran medida, que no pude dejar de seguir trabajando después de publicado ese libro. Sobre si Artigas tiene vigencia, creo que hay que hacer que empiece a tenerla. Artigas es un personaje escondido, que ha sido muy maltratado por los historiadores oficiales argentinos. Hay una carta de Bartolomé Mitre a Vicente Fidel López, que son los dos historiadores fundacionales, en la que le escribe: "Los dos, usted y yo, hemos tenido la misma predilección por las grandes figuras, y las mismas repulsiones, contra los bárbaros desorganizadores como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente". El enterramiento de Artigas es un hecho voluntario, estratégico, llevado a cabo exitosamente. Artigas es un personaje al que hay que re-descubrir, o por lo menos descubrir.

-Dice que la "historia oficial" argentina enterró históricamente a Artigas. Acá en Uruguay hay una mirada antagónica; una veneración del personaje que lo eleva al estatus de mito, y sobre el que coincide todo el espectro político, e incluso los militares. Todos tomando los aspectos funcionales a su propio discurso. ¿Dónde se para usted?

-Eso de la utilización de los distintos sectores se da también con San Martín. Ha sido tomado por las peores dictaduras argentinas y al mismo tiempo tenía un pensamiento progresista y populista. Pero queda claro dónde lo ubico a Artigas. Uno de los ejes es comprenderlo como quizás el intento más importante de que la Revolución de Mayo expresara los intereses populares. Me parece que esa es la versión verdadera de Artigas. Y con una capacidad de liderazgo excepcional. Ahí hay que hacer un estudio sociológico y psicológico: qué tenía este tipo para que la gente lo siguiera como lo seguía. Fijate en la caravana que termina en el campamento del Ayuí. Llegan 14, 15 mil familias, personas, viejos, niños… Llega el pueblo. Y no porque él los haya obligado. ¿Viste esa carta que dice: "Por favor párenlos; yo no les puedo garantizar que les voy a poder dar de comer, que les voy a poder dar abrigo, pero si quieren venir que vengan"? Me encanta ese final (se ríe). "Usted trate de disuadirlos, pero si ellos quieren venir, que vengan".

-Leyendo el libro da la impresión de que hay una intención de mostrar a un Artigas infalible, sin fisuras morales; "inquebrantable", según sus propias palabras. Eso es claro cuando se muestra a los ejércitos porteños y portugueses como los únicos salvajes y asesinos…

-Yo no niego el apasionamiento. Me parece que un historiador tiene derecho a denunciar que todo en la Historia es subjetivo. La Historia Oficial ha logrado convencernos de "La Historia", la incontrovertible, la natural. Es una Historia Política que entierra, por ejemplo, a Artigas. No me parece mal que uno descubra lo que piensa, lo que siente, y que cometa esos excesos voluntariamente. Artigas nunca tuvo la crueldad, por ejemplo, de los portugueses cuando invadieron. Si hay algo complicado para un escritor de biografías, que en alguna medida lo soy, es tratar de no enamorarte del biografiado, cosa que es inevitable. Entonces siempre tenés que tener un mecanismo ahí dispuesto para ver las partes oscuras. En el caso de Artigas no es fácil, es un tipo muy entero, muy digno, no le descubrís trapisondas, traiciones, contradicciones que tengan que ver con la mala voluntad o la mala fe. Es un tipo de una entereza notable. Lo más que le podés criticar es que sus fuerzas saqueaban y mataban, pero era un tipo que no tenía la más mínima fuente de financiación; lo único que podía hacer realmente era dejar que sus hombres saquearan.

-Es algo que aparece también con el Congreso de la Capilla Maciel, en el que Artigas pierde un poco de la autoridad que tenía. Los delegados deciden realmente por sí mismos, y Artigas, en lugar de ser consecuente con su prédica de "mi autoridad emana de vosotros", se ofende un poco, como que no se la esperaba…
-No se la crean tanto… (se ríe).

-Hay una mención al pasar de ese asunto que es clave, porque tiene como consecuencia el abandono de Artigas del sitio de Montevideo y la ruptura definitiva con Buenos Aires. Mostrar sólo ese Artigas "inquebrantable", ¿no es caer en el mismo error de mostrarlo únicamente como un bárbaro, un anárquico, como Mitre y López?

-Es una decisión tomada. Yo trato de escapar de algunas tradiciones historiográficas; lo que yo llamo "La Historia del empate". Es la frase que viene así: "George Washington de alguna manera tenía influencia de tal tipo y la ponía de manifiesto, pero en realidad podría pensarse que a lo mejor no fue tanto esto, sino que…". Esta cosa que siempre aparece, el empate.

-Usted toma partido…

-Yo quiero opinar, quiero contar. No me gusta esa escritura de empate. Si leés textos académicos vas a ver que el empate es una prevalencia tal que finalmente te dan ganas de tirar el libro; te cuesta mucho seguir leyendo. Porque uno no ignora que la historia es política y que la política es historia, y cuando se está escribiendo de historia se está haciendo política. Por lo menos tenés que saberlo; después si querés lo disimulás, pero estás haciendo política.

-Desde la academia, en la mayoría de los casos, se mantiene al menos cierta rigurosidad.

-Nosotros, en el Instituto (Nacional de Revisionismo Histórico, Manuel) Dorrego, estamos trabajando en la recuperación de la mujer en la Historia. Entonces te encontrás con alguno de la academia que te dice: "yo tengo siete artículos sobre la mujer en la Historia". Ahora, ¿dónde están esos siete artículos?, ¿quién los leyó?, ¿quién los conoció? Hay una diferencia, una distancia, entre que vos podés trabajar un tema y que ese tema llegue o no al conocimiento de la gente.

MÁS QUE UN PRÓCER URUGUAYO.

-En una entrevista reciente usted dijo que la historia argentina redujo a Artigas a "nada más que un prócer uruguayo". En el libro es señalado como "el primer patriota argentino" y usted afirma que la historia oficial argentina "ni siquiera lo registra como tal".

-Eso fue una mala transcripción en el libro. Lo que quise decir, y está en el libro, es que Artigas fue el primer jefe popular del Río de la Plata. Por supuesto que es un prócer uruguayo, pero en lo que he insistido en todo el libro es que es mucho más que un prócer uruguayo. Es un prócer rioplatense y es un prócer americanista. Cuando se lo ve nada más que como un prócer uruguayo, se le quita trascendencia. Cuando la Liga Federal, todas esas provincias siguieron a Artigas. La importancia que eso tiene en la historia argentina es extraordinaria. Lo que he querido decir es que Artigas fue el más importante, o el primer revolucionario del Río de la Plata. Cuando vos pensás en los otros caudillos, están más o menos cortados con la tijera de Artigas. No me gustó esa transcripción cuando la leí. Nunca reivindiqué a Artigas como argentino. Es como decir que "La Cumparsita" es Argentina, o que Julio Sosa es argentino. Sería un robo, un arrebato. Nunca dije ni pensé eso. Es uruguayo, nació en la Banda Oriental. Lo que sí es cierto es que Artigas nunca fue un gran apasionado de la independencia de la Banda Oriental. Él tenía un proyecto que apuntaba más a incidir en la organización de las Provincias Unidas. Quería una organización federalista.

-El decreto de creación del Instituto Manuel Dorrego, que usted preside, señala que se abocará a la reivindicación de todos aquellos que "defendieron el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante". Se nombra a una docena de personajes argentinos, como San Martín, Rosas, Perón; y luego a un grupo de próceres "iberoamericanos": Bolívar, O´Hig-gins, Martí y otros. Sin embargo Artigas está en el primer grupo. Hay como una tendencia oficial de llevarlo hacia Argentina…

-(Se ríe). Está bueno, está bueno… Lo que hay de parte nuestra es la intención de entender a Artigas como un gran prócer rioplatense. Porque si no lo entendemos desde la historia argentina, no entendemos muchas cosas que pasaron en la Argentina. Si bien la oligarquía porteña le pone los tapones de punta a (Francisco) Ramírez, a Estanislao López, son personajes mucho más fáciles de conjurar. Le dieron vuelta el triunfo militar con una victoria diplomática de este gran urdidor que fue Sarratea. En cambio, Artigas fue un hueso muy duro de roer. Fue un tipo extraordinario, y si se lo dejamos nada más que al Uruguay, realmente nos cuesta mucho entender cosas de nuestra historia. Yo creo que es válido que lo reivindiquemos como un prócer rioplatense. De todas maneras, hay que cuidarse de ese pecado posible de entusiasmarse tanto con Artigas…

-De "argentinizarlo".

-(Se ríe) De argentinizarlo…

-En el decreto también se menciona a Luis Alberto de Herrera. ¿Tiene intenciones de escribir algo sobre su figura?
-No lo puse yo. Eso fue redactado, te lo voy a confesar, medio ligeramente. No hubo demasiada preparación. De todas maneras es un tipo valioso. Había alguno de nosotros que sabía bien quién era Luis Alberto Herrera (sic) y dijo "tiene que estar" y lo pusimos. Personalmente no te puedo hablar mucho, no es alguien que yo haya analizado.

ACADEMIA ELEGANTE.

-El Instituto fue duramente criticado. La historiadora María Sáenz Quesada dijo que "tenía más que ver con la política que con la historia".

-Han dicho tantas cosas. Incluso me han acusado de estar con el gobierno. Yo ni siquiera estoy con el gobierno actual. Además, estos cargos son ad-honorem. Fue un momento difícil, te diría, pero acá estamos, muy fuertes, muy solidarizados. Entre otras cosas porque las provincias son básicamente revisionistas, aborrecen la historia porteñista y reivindican sus propios próceres, que son los caudillos, los primeros gobernadores de sus provincias.

María Sáenz Quesada fue la única persona de la academia que se pronunció. Porque la academia ha sido muy elegante, muy equidistante, no tuvo ninguna expresión orgánicamente contraria a nosotros, que seguramente se la habrán reclamado.

-Precisamente una de las críticas fue la de que la mayoría no eran historiadores.

-En alguna medida nosotros entendimos que la historia era algo demasiado complejo como para que estuviera en manos solamente de historiadores. Entonces tenemos historiadores de todas las épocas, politólogos, periodistas, sociólogos; es más, creo que eso le da mucha riqueza al Instituto. El ataque de María Sáenz Quesada venía por la pasión anti-kirchnerista, la idea de que esto había sido creado por el gobierno y era naturalmente malo. Esto no fue creado; fue oficializado, porque viene de hace mucho tiempo.

-Les preguntaron si los textos escolares iban a ser revisionistas…

-Claro, porque Beatriz Sarlo dijo que le asustaba que les cambiáramos la cabeza a los chicos. Le contesto a las dos. A María le digo: sí, es política, o sea, cuando me preguntan y yo quiero ser muy (estira la "u") específico y cometiendo el error de ser demasiado esquemático, digo: el revisionismo es la visión peronista de la historia. Entonces sí, este instituto podía ser avalado nada más que por un gobierno peronista. Porque tiene enormes lazos de relación con lo que es la esencia nacional, popular, federal del peronismo. A Beatriz Sarlo le digo: sí, está bien, haremos todo lo posible por cambiarle la cabeza a los chicos. Queremos incidir, estamos trabajando en eso, en los programas educativos. Sabemos que es un aparato ideológico de primer nivel, que Mitre y Vicente López comprendieron muy bien; ellos han tenido muchas décadas de pensamiento único, de formar chicos, estudiantes, para ser útiles al país de derechas, al país liberal. Nosotros queremos que ahora los chicos conozcan esta historia; no queremos desterrar la otra historia, queremos mejorarla, hacerla más verdadera. Estamos en eso, muy convencidos, muy entusiasmados, con mucho apoyo de las provincias y del conurbano, lo que es lógico. Si me permitís cierta petulancia, pero es real, se ha transformado más que en una corriente histórica, en una corriente de opinión. Gente que se siente representada en una concepción, en una idea de país, que va más allá estrictamente de la historia. Es un proceso muy apasionante.


Dale campeón
R. R.
Para quienes habitan la margen oriental del Río Uruguay, y más aún, para aquellos que se han abocado al estudio científico de su Historia, la importancia o la novedad de Artigas. La versión popular de la Revolución de Mayo podría radicar más en la propia publicación, que en su contenido. Es decir, en analizar el interés -incluso oficial- en reivindicar el ideario artiguista desde el vecino país; en divulgar allí sus "sorprendentes y admirables convicciones democráticas anticipadas a los tiempos no solo del Río de la Plata, sino de todo el planeta", como escribe O`Donnell, ya que es poco lo que el autor puede aportar a cualquier lector uruguayo cuyo conocimiento sobre Artigas trascienda, al menos mínimamente, el bronce de los textos escolares.

Teniendo esto claro, el lector puede entregarse a la lectura y dejarse llevar por un libro ágil, breve, sin pretensiones académicas -O`Donnell no es historiador en el sentido estricto del término, y no pretende serlo-, en el que el autor o bien se detiene superficialmente en los acontecimientos claves de la gesta artiguista -el Éxodo, el Congreso de Tres Cruces, Las Instrucciones del Año XIII, el Reglamento de Tierras ("la primera reforma agraria de Latinoamérica")- o bien evita meterse con aquellos sucesos en los que Artigas pueda quedar un tanto mal parado. Hay un objetivo explícito: elevar a Artigas a la categoría de "campeón de la lucha por la Patria Grande en el Río de la Plata", y limpiar su nombre de más de un siglo de indiferencia y ataques por parte de las "figuras políticas fundacionales de la historiografía argentina", Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López.

Y O`Donnell lo logra. Sin trampas; sin esconder que escribe con la camiseta puesta. Y, fundamentalmente, sin perder de vista los usos políticos de la Historia: "El exilio del Protector de los Pueblos Libres parece estar terminando al cabo de tantos años, porque una conciencia histórica eminentemente nacional, popular, federalista está volviéndose política, en oposición a la prédica ahistórica impuesta por las oligarquías latinoamericanas asociadas a los imperialismos de turno", sostiene sobre el final del libro. Toda una declaración de principios.

 

"Artigas. La versión popular de la Revolución de Mayo", de Pacho O`Donnell. Aguilar, 2012. Buenos Aires, 264 págs. Distribuye Santillana.

Publicado en EL PAIS de Montevideo Uruguay, el viernes 17/07/2012
http://www.elpais.com.uy/suplemento/cultural/cuando-la-historia-es-politica/cultural_650958_120713.html

Juan Lavalle fue el verdugo, pero ¿Quién mató a Manuel Dorrego?

Manuel-DorrgoEl primer jefe popular urbano de la historia argentina ponía en riesgo el poder de la oligarquía librecambista porteña, cuyo líder era Bernardino Rivadavia. Por esta razón, su asesinato fue el resultado de una decisión política.

El fusilamiento del gobernador electo de la provincia de Buenos Aires Manuel Dorrego no fue consecuencia de un impulso emocional, de un arrebato violento, sino una decisión fríamente tomada en torno a una mesa. Una decisión política para eliminar al primer jefe popular urbano de nuestra historia que ponía en riesgo el poder de la oligarquía librecambista porteña, cuyo líder era Bernardino Rivadavia. Fue el sangriento antecedente de tantos atentados contra los intereses populares y democráticos, tan en superficie en los días que vivimos.

El golpe en su contra se puso en marcha en el mismo momento en que don Bernardino debió renunciar a la presidencia, que él mismo se había adjudicado, por la presión popular. La conspiración era tan evidente que, en 1827, aun antes de asumir Dorrego, al ofrecerle el presidente provisional López y Planes a Julián de Agüero un ministerio en su Gabinete lo rechazó rotundamente, diciendo que la caída del partido unitario era "aparente, nada más que transitoria".

Dorrego debió enfrentar también la enemistad del embajador británico en el Río de la Plata, Lord Ponsomby, quien en un extenso oficio de abril de 1828 diría al primer ministro Dudley "que el general Dorrego será destituido de su cargo de gobernador tan pronto como se logre la paz (con Brasil)".

Los conjurados ultimaron los preparativos del golpe contra el gobernador y la decisión de su muerte en una reunión mantenida el domingo 30 de noviembre en una casa de la calle del Parque (hoy Lavalle) entre las de San Martín y Reconquista.

San Martín no tuvo dudas de quiénes fueron los instigadores del golpe: "Los autores del movimiento del primero (de diciembre) son Rivadavia y sus satélites, y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo a este país, sino al resto de la América con su infernal conducta" (carta a O’Higgins de abril de 1829).

Tampoco el general unitario Iriarte tenía dudas : "Los principales instigadores fueron el doctor Agüero, in capite, Carril, Cruz y otros más subalternos. El nuevo Licurgo, don Bernardino Rivadavia, se mantenía so capa, conservando siempre, aunque en privado, las atribuciones de Patriarca de la Unidad: gustaba del movimiento, tuvo noticia de él y lo aprobó, porque creía que era el primer escalón para volver a subir al mando supremo."
La participación de don Bernardino fue encubierta, siendo representado en las reuniones conspirativas por un ciudadano francés a quien Vicente Fidel López llamará "monsieur Verennes" pero cuyo verdadero apellido era Filiberto Héctor Varaigne. Años más tarde Manuel Sarratea escribiría desde París a Felipe Arana, a la sazón ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación, que monsieur Varaigne había hecho saber al general San Martín que él se hallaba en el Fuerte integrando "la Junta nocturna en la que se resolvió la muerte del gobernador Dorrego".

Washington Mendeville, cónsul francés en el Río de la Plata, en comunicación a su cancillería eleva el número de participantes en el derrocamiento y posterior ejecución de Dorrego: "Quince individuos se conocen ahora por haber preparado este hecho de larga data, o haber participado en su ejecución; pero ellos se nos presentan en tres diferentes categorías; cinco han estado desde el comienzo en evidencia, ya sea colocándose a la cabeza del poder o bien por el rol activo que desempeñaron. Son los generales Lavalle, Brown, Martín Rodríguez, el ministro Díaz Vélez y el Sr. Larrea. Tres actuaron a cara descubierta pero sin menos rango: ellos son los señores Varaigne, que se conocía como el representante del Sr. Rivadavia aunque parecía como actuando por su propia cuenta, Varela y Gallardo, redactores de dos diarios incendiarios. Y por fin siete que estaban en todas las reuniones secretas, que participaban en la decisión de todas las medidas importantes y que a menudo las provocaban, pero que actuaban en la sombra con el fin de aprovechar las circunstancias si éstas los favorecían y de mantenerse a un lado si les eran adversas. Estos son los señores Rivadavia, Agüero, Valentín Gómez, Carril, Ocampo y el general Cruz."

Es bien sabido que el verdugo fue Juan Lavalle, quien habría cumplido con la orden de la junta secreta a cambio de ocupar la gobernación de la provincia. San Martín expresó su opinión a Iriarte: "Sería yo un loco si me mezclase con esos calaveras: entre ellos hay algunos, y Lavalle es uno de ellos, a quienes no he fusilado de lástima cuando estaban a mis órdenes en Chile y el Perú. Los he conocido de tenientes y subtenientes, son unos muchachos sin juicio, hombres desalmados."

Vicente Fidel López, contemporáneo de los hechos, descree que Lavalle fuese sólo el ejecutor: "Al anoticiarse que el comandante Escribano lo conducía (a Dorrego) a la ciudad, despachó inmediatamente al coronel Rauch con una buena escolta para que se hiciera cargo del preso y lo condujese al campamento (en Navarro). Esto prueba hasta la evidencia que estaba en las mismas ideas de los señores Varela y Carril, y que no fueron esas cartas las que lo indujeron a la espantosa resolución que tenía ya premeditada. El sólo hecho de haber dado esa comisión al coronel Rauch ya era una crueldad exquisita de su parte, pues conocía bien a este oficial, como conocía también la enemistad mortal con que miraba a Dorrego". Se justifica que entonces Dorrego le dijese a su hermano: "¡Luis, estoy perdido!"

Es que hubo otros partícipes necesarios en la tragedia de Navarro, aquellos que instigaron a Lavalle a cumplir con su parte. El cronista Beruti, también contemporáneo, denunciaría a Martín Rodríguez y a Rauch como quienes más influyeron en el ánimo del comandante de las fuerzas amotinadas, pues "aunque Lavalle es un mozo soberbio, orgulloso, cruel y sanguinario, cuando tuvo preso en su poder al finado Dorrego trepidó mucho para quitarle la vida, pero que lo ejecutó porque el coronel Rauch lo incitó a ello diciéndole que si no lo fusilaba, él mismo lo había de degollar; cuyo consejo apuró el brigadier Martín Rodríguez expresándose de que no trepidase en hacerlo, porque Dorrego era perjudicial, mozo revoltoso, y de salvarlo, en cualquier parte había de vengarse, con otras más razones que dio, por lo que Lavalle, alucinado de estos malvados consejos, lo hizo fusilar."

Las consecuencias del hecho se expandieron más allá de nuestras fronteras. Así Bolívar, en mayo de 1829, le escribiría al general Pedro Briceño Méndez que "en Buenos Aires se ha visto la atrocidad más digna de unos bandidos. Dorrego era jefe de aquel gobierno constitucionalmente y a pesar de esto el coronel Lavalle se bate contra el presidente, le derrota, le persigue, y al tomarle le hace fusilar sin más proceso ni leyes que su voluntad; y en consecuencia, se apodera del mando y sigue mandando literalmente a lo tártaro".

Publicado en Tiempo Argentino: 
http://tiempo.infonews.com/2012/12/13/cultura-92723-juan-lavalle-fue-el-verdugo-pero-quien-mato-a-manuel-dorrego.php

La Gran Epopeya. El combate de la Vuelta de Obligado

La mañana del 20 de noviembre de 1845, una escuadra confor­mada por naves francesas y británicas que remontaba el río Pa­raná invadiendo el territorio en busca de nuevos mercados, fue enfrentada por un puñado de criollos decididos a rechazar la prepoten­cia expansionista. Tropas improvisadas, con escaso y antiguo armamen­to, pero llenas de coraje y determinación, iniciaron una resistencia que terminó por hacer fracasar el plan político y económico de esas poten­cias, las más importantes de la época.

La historia oficial soslayó esa “Guerra del Paraná”, y Pacho O’Donnell la revela en esta obra, fruto de tres años de intensa investigación. La gran epopeya es el relato veraz de esa defensa heroica, llevada a cabo con una estrategia lúcida y sagaz que culminó, tiempo después, en la capitulación de ambas potencias, aceptando las condiciones impuestas por la Argentina.

Es legítimo afirmar que el combate de la Vuelta de Obligado es una de las dos mayores epopeyas militares de nuestra patria naciente –junto con el cruce de los Andes–, al punto que San Martín lo definió como “una segunda guerra de la Independencia”.

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